Capítulo 4 #2
—El blanco fácil. La policía no suele buscar lejos en esos casos.
—Exacto. Y si la casa era ostentosa y ordinaria, el cuerpo reflejaba la violencia bruta.
Lo encontraron encerrado en un viejo congelador horizontal en la cocina, con la tapa cerrada.
Los primeros agentes pensaron en un hombre atrapado dentro o en un atraco que salió mal.
La escena gritaba desorden, pero en realidad todo estaba en su sitio.
Había rastros de vómito y quemaduras químicas graves.
Pero el forense no tardó en cantar la verdad: no murió de frío ni por falta de aire.
Lo metieron allí ya envenenado, para que pareciera un encierro.
Su voz se volvió baja al recordar la autopsia:
—El forense habló de lesiones graves en el esófago y el estómago, compatibles con la ingestión de una sustancia cáustica, probablemente sosa cáustica, un producto de uso común en limpiadores industriales de desagües, a falta de los análisis definitivos.
Una de las peores muertes posibles. Pero lo que me inquietó no fue la violencia, Genny.
Fue el silencio. No había señales de lucha: Víctor tuvo que estar sedado o inmovilizado cuando le obligaron a ingerirlo.
Hizo una pausa para beber agua.
—Y lo peor de todo: su pareja, Dana, estuvo casi dos días sin saber que su novio estaba muerto y congelado en su propia cocina.
Había encadenado turnos de noche y apenas pasó por casa; lo encontró el lunes por la mañana, al volver.
Hablé con Dana durante horas. Estaba en shock y era la única fuente de información que teníamos.
Los colegas querían cerrar el caso como un «ajuste de cuentas de drogas» que entró por la fuerza.
Pero Dana me dijo una cosa que no me dejaba dormir.
Hank se inclinó sobre la mesa, buscando la mirada de Genny.
—Ella estaba absolutamente segura de que Víctor no había salido esa noche.
Y el motivo, de nuevo, era la más absoluta e inofensiva mediocridad: la pizza gratis.
Desde hacía cuatro meses, todos los sábados les llegaba una pizza de pepperoni grande de la misma pizzería.
Y era gratis. Una equivocación constante, pensaba Víctor.
Había convertido ese error en una rutina religiosa.
Se quedaba en el sofá. La novia no estaba.
No se molestaba en cocinar. Esperaba la pizza.
—Esa misma semana me di cuenta del engaño: aquellas pizzas no figuraban en ningún pedido de la pizzería.
Los pagos llevaban a tarjetas prepago recargadas en docenas de tiendas; un rastro de papel muerto.
Eso es lo que tenía: pagos anticipados durante cuatro meses y nadie a quien atribuírselos.
Lo demás es interpretación mía, Genny. Yo creo que alguien pagó para crear una costumbre y que Víctor, un hombre paranoico con enemigos, abriera la puerta sin dudar, pensando que era su pizza gratuita.
Que esa rutina fue la llave silenciosa: entró con el consentimiento de la víctima, lo dejó fuera de combate, le hizo ingerir el cáustico y luego montó el espectáculo del congelador.
Pero nunca supe quién traía las pizzas ni quién las pagaba, y sin eso, para el fiscal, yo solo tenía una historia.
—Al principio fue solo Víctor. Pero la naturaleza química y el congelador…
me hicieron contactar con sus padres. Vivían en Kensington, Filadelfia.
El lunes por la tarde pedimos a la policía de allí que fuera a avisarlos y los encontraron muertos, con muchas horas encima: desde la madrugada del domingo, según el forense. Atados de pies y manos.
—¿Con lo mismo? —preguntó Genny.
—Un giro completo: aquí no hubo químicos.
El asesino usó papel film industrial y papel de cocina para sellarles completamente el rostro.
Una muerte por asfixia lenta y horrible.
La casa parecía haber sido «revisada», pero no por un robo, sino más bien por un saneamiento.
Encontraron pequeñas cantidades de heroína escondidas y una caja fuerte vacía.
No fue un robo cualquiera; fue un ajuste de cuentas.
—Tres muertos en dos estados —continuó Hank—.
Y la logística ya se estaba volviendo una pesadilla, especialmente porque los colegas de Filadelfia no estaban muy interesados en investigar a fondo a «una familia de traficantes menos en la calle».
Y quedaba un hermano. Emitimos una alerta máxima para localizarlo, que ya nos hacía parecer histéricos, y no apareció hasta el martes: llevaba muerto desde el mediodía del domingo en Raleigh, Carolina del Norte, registrado por la policía local como un homicidio callejero más.
—Este fue el caso más dramático de todos —dijo Hank, bajando la voz—.
El método cambió de nuevo, por tercera vez.
El asesino lo mató en medio de una calle concurrida, en un acto público de violencia.
Le dio un tajo en el cuello con un objeto afilado y pesado, como una espada ancha o un machete de gran tamaño.
Un acto de salvajismo que contrastaba con la calculada quietud de los otros crímenes.
—¿Y nadie lo vio? —preguntó Genny.
—Había testigos, muchos, pero la escena fue tan caótica y la sorpresa tan grande que cada descripción era contradictoria.
Uno hablaba de un tipo alto, otro de uno bajo; uno juraba que estaba gordo y otro que era delgado, y alguno creyó ver una cojera.
Y eso a plena luz del día. El asesino se esfumó.
Hank golpeó suavemente la mesa.
—Cuatro muertos, tres estados, tres métodos: corrosión, asfixia por sellado y degüello en público.
Las autopsias fijaron las muertes en tres momentos distintos: Víctor, el sábado por la noche; los padres, de madrugada; el hermano, hacia el mediodía del domingo.
Pero los cuerpos fueron apareciendo uno detrás de otro, y solo nosotros, los inspectores de las tres ciudades, sabíamos que alguien había aniquilado a toda una familia en horas.
Fue esa locura logística, Genny, lo que me llevó a una crisis.
Yo estaba convencido de que la conexión era una mente maestra y de que la pizza era su firma.
Pero no podía probar la logística, no podía venderle la historia a un superior.
Estaba bebiendo de nuevo. Estaba a punto de perder la placa. Y entonces di con él.
Genny se enderezó, la mirada tensa de nuevo.
—La persona.