Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Estaba sentado en una cabina esquinera, la mejor de la casa.

Eran la una y tres minutos. Hank se sentía en la cima de su carrera, aunque la fatiga de las últimas semanas le pesaba en los huesos.

Llevaba cuatro meses de sobriedad estricta, un sacrificio que consideraba necesario para presentarse como el candidato inmaculado a capitán.

El viejo Hank, el bebedor y jugador, estaba bajo llave; el nuevo, el de las ambiciones pulcras, se había apoderado de su vida.

¿Genny? ¿Por qué diablos lo había llamado?

Habían pasado ya seis o siete años desde la última vez que compartieron mesa. Su relación había sido intensa y desordenada. Ella tenía veinticinco años y él cuarenta y cinco cuando aquella efímera pasión se encendió en los pasillos de la comisaría.

Hank recordaba vívidamente a aquella joven: Jennifer Connor Alvarado, una promesa sonriente y enérgica.

Era la definición de la policía idealista; efervescente, risueña, con una fe inquebrantable en la placa.

Él se había sentido revitalizado por esa energía, en su propia existencia empantanada por el cinismo y el alcohol.

Pero la vida y el cuerpo de policía habían masticado y escupido a esa joven.

El desastre del caso Kuzma la había marcado a fuego y la habían relegado.

La Genny que esperaba ahora era una mujer de cincel: más seca, más dura, con una armadura visible en sus hombros.

Su humor había sido reemplazado por un sarcasmo cortante.

Hank sentía una punzada de culpa por el papel indirecto que él y el sistema habían jugado en esa transformación.

Se enderezó al verla entrar. Llevaba una chaqueta de cuero gastada sobre una camisa simple. Al sentarse frente a él, el contacto visual fue directo, casi acusatorio.

—¡Genny! ¡Qué maravilla verte! Pareces haber estado haciendo horas extras en una sala de interrogatorios de alta seguridad. ¡Ven, siéntate, esto es un placer! —exclamó Hank, jovial, con una pizca de su antiguo sarcasmo.

—Hank. Gracias por verme. Es extraño verte en un restaurante de esquina en lugar de en el comedor ejecutivo —respondió ella con una sonrisa tensa—. Pero necesito tu tiempo. Y tu discreción. Me han asignado un caso, o más bien, una persona. Y necesito saber algo que solo tú podrías saber.

—Estoy a tu disposición —dijo Hank con un gesto elegante de la mano.

El camarero se acercó y Genny puso los ojos en blanco al notar el ambiente cargado de especias.

—Hank, dime que aquí hay algo que pueda comer.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta el aroma exótico? —preguntó Hank, reprimiendo una carcajada.

—No es el aroma, es la reacción —dijo Genny, bajando la voz—. Si pruebo algo con especias picantes, me pongo a sudar por toda la cara. Una fuente, Hank. Me avergüenza y no puedo concentrarme.

Hank sonrió; una risa profunda que se sintió rara y reconfortante.

—Lo sé. Lo recuerdo perfectamente.

—Y te hacía gracia.

—Adoraba verte perder el control —dijo él, guiñándole un ojo—. Pero relájate. He llamado antes: tu comida es lo más insípido que hayan cocinado aquí en años. Pan naan y arroz sin aderezos. El equivalente culinario de la declaración de un testigo que no ha visto nada. No hay peligro.

El enfado de Genny se deshizo en un resoplido.

—Más te vale. Si me pongo a gotear, lo pagas tú.

—Trato hecho.

Pidieron. Genny, el arroz y el naan sin nada; Hank, el pollo tikka masala, su plato favorito por ese equilibrio de dulzura, cremosidad y calor leve.

—Y un vaso de agua —añadió Hank al camarero—. Solo agua, por favor.

Genny parpadeó, sorprendida.

—¿Agua? ¿Hank Beaumont pidiendo agua?

—Llevo meses sin beber. Ni una gota. Me quité todos los viejos lastres; el alcohol era el peor.

No puedes ascender a cierto nivel con un pasado turbio y un aliento a whisky a las diez de la mañana.

Me miré al espejo y vi a un hombre que iba a estallar.

Así que lo maté. Y lo estoy reemplazando por este tipo sobrio y aburrido.

El ascenso es el premio, pero la sensación de control… eso es lo que me mantiene en marcha.

—Es un gran logro, Hank. De verdad.

—Exacto. Ahora, basta de hablar de mi impresionante autocontrol —dijo Hank, recuperando su tono inquisitivo—. Ya tenemos la comida. Desembucha. ¿Quién es esta persona que te tiene tan tensa?

Genny tomó un bocado del naan, asegurándose de que el camarero se hubiera retirado. La tensión regresó a su rostro.

—Estoy investigando a un tipo. Se llama Elías Finch —dijo Genny con voz baja y concentrada.

El efecto fue inmediato y brutal.

Hank, que estaba a punto de llevarse el tenedor a la boca, se congeló. El trozo de pollo se detuvo a medio camino. Notó cómo la sonrisa se esfumaba de su rostro como si nunca hubiera estado allí. Lo que le subió por dentro fue pánico puro.

—¿Elías Finch? ¿Qué pasa con él? ¿Le ha pasado algo? —preguntó con voz grave.

Se abalanzó hacia adelante y su mano golpeó el borde del cuenco, esparciendo salsa naranja sobre el mantel. El candidato inmaculado había desaparecido.

Genny se echó hacia atrás, sorprendida, sin quitarle los ojos de encima.

—Hank, cálmate. Está bien. Está en la comisaría, colaborando. No le ha pasado nada —dijo Genny con firmeza—. Pero tu reacción me sorprende. —Ella lo miró fijamente—. ¿Por qué el pánico? ¿Qué tienes que ver con él? ¿Lo conoces de verdad? ¿Sois amigos o algo así?

Hank parpadeó. Cogió su vaso de agua y bebió un largo trago, recuperando el aire y la compostura.

—¿Relación? Genny, por favor —dijo, sonriendo con dificultad mientras se limpiaba la boca con la servilleta—.

Claro que lo conozco. Lo conozco de un caso antiguo que me tocó llevar hace años, antes de que ascendiera al piso de arriba.

Tuve trato con él durante esa investigación.

Eso es todo. Es un tipo bastante inteligente y agradable.

Mi reacción es porque… me preocupa que te haya arrastrado a algo, Genny.

Un tipo con su pasado solo causa problemas cuando vuelve a aparecer. Estoy protegiéndote.

Genny no parpadeó. Hank supo que no se lo había creído.

—Hank, ya no soy la joven detective que una vez conociste.

Si mientes, esta conversación se acabó —sentenció Genny.

Se acercó más, bajando la voz—. Él no está en la comisaría por un caso menor de agresión ni como testigo problemático.

Elías Finch es el principal sospechoso del asesinato de las cuatro chicas de Queens.

Esta vez, la reacción de Hank no fue de pánico, sino de una incredulidad total. Se puso rígido.

—¡Imposible! ¡Él no puede ser! —siseó Hank tan bajo que solo Genny pudo oírlo. Su voz era áspera, despojada de toda autoridad—. Estás equivocada, Genny. Te lo garantizo. Finch no es el asesino de Queens. No es ese tipo de criminal. Es… es imposible.

—¿Y cómo sabes tú con tanta seguridad qué tipo de criminal es, Hank? —preguntó Genny con voz firme y sin compasión—. Tú sabes algo sobre Elías Finch que no está en los archivos. No me estás protegiendo, Hank. Estás encubriendo algo.

Genny se reclinó, sin dejar de mirarlo. La tensión entre ellos se había vuelto densa.

—Tienes tiempo. La comida no se va a ir a ninguna parte.

No me iré de esta mesa hasta que me cuentes la historia completa, Hank.

Estamos hablando de cuatro vidas. Cuatro.

Si él es una pieza clave, necesito la verdad.

Ahora mismo, tu pánico es una obstrucción.

Y eso tiene consecuencias, Hank. Te lo aseguro.

Hank se quedó inmóvil. El silencio entre ellos se hizo pesado.

Miró la mancha de salsa naranja en el mantel y luego la mirada inquebrantable de Genny.

Ella no iba a parpadear. Él podía ver el reportaje de portada: Candidato a capitán cómplice de encubrimiento.

El ascenso y la carrera se desdibujaron, hechos añicos por una figura del pasado.

Lentamente, Hank asintió, con la resistencia agotada. Se pasó la mano por la nuca en un gesto de derrota.

—No es un encubrimiento, Genny —murmuró con voz apagada—. Es un error que pensé que había enterrado. Pero tienes razón. Me lo guardé. Nunca debí hacerlo. —Sacudió la cabeza.

Hank suspiró, un sonido pesado que se perdió en la música de fondo. Empujó el plato de pollo tikka masala, ya sin apetito.

—Está bien, Genny. Pide un poco más de agua. Voy a necesitar aclarar la garganta para esto. Es una historia muy larga. Y sí, tiene que ver con Finch.

Hank se recostó en la cabina. El camarero regresó con el agua y un pequeño cuenco de nueces. Genny esperaba con la paciencia fría que la caracterizaba ahora. El refugio de Hank se sentía ahora como una celda de interrogatorio.

—La verdad es que necesito algo fuerte —murmuró Hank, mirando con anhelo el vaso de agua—.

Pero el miedo a volver a ser quien era… me mantiene anclado aquí.

La historia que te voy a contar fue una de las razones por las que casi estallo.

Me costó la estabilidad. Y me hizo conocer de cerca la clase de mente que no se altera, Genny, que planifica.

—Ocurrió hace unos tres años, en agosto —empezó—.

Yo ya estaba en la rampa de ascenso, pero aún no había conseguido despegar del todo.

Estaba de guardia, castigado por un pequeño desliz con la prensa.

Me llamaron a una casa en el Bajo Manhattan.

Un cadáver encontrado. La policía que llegó primero lo manejó como un atraco fallido, pero la escena no encajaba. Y ahí es donde entro yo.

Hank continuó con un deje de desdén:

—El apartamento era hortera. La decoración era de una ostentación ordinaria.

Piensa en muebles demasiado grandes, terciopelo rojo, espejos excesivos.

Dinero, sí, pero sin clase. El tipo, Víctor, era el dueño.

Veintitantos, muchos tatuajes, mala pinta en general.

Un perfil que enseguida encasillas: deudas por drogas, mala familia.

No era un «gamer inofensivo» como se lo vendieron a la prensa.

Era un mal tipo. Un camello de medio pelo, con mucho que ocultar y una lista de enemigos larga.

Genny asintió.