Capítulo 3 #3
¿Cómo sabía que la abuela de Ezra era la única persona que le había creído? ¿De dónde sacaba un detalle tan íntimo de su fracaso? Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió, dando un pequeño portazo tras de sí.
Se alejó con la cabeza dándole vueltas. No la conocía por su reputación de insubordinada. La conocía por Ezra Kuzma. ¿Qué sabía el chef de aquel fracaso?
Ignorando las miradas expectantes de Martinsson y Vega, que ya salían del despacho del capitán, Genny se fue a un rincón apartado. Le temblaba la mano al marcar el número de la abuela de Ezra, la señora Richards. Hacía meses que no la llamaba.
La anciana respondió al tercer tono, su voz frágil y gastada.
—¿Señora Richards? Soy Genny, la detective Connor Alvarado —se presentó Genny, luchando por sonar profesional—. Lamento molestar a estas horas, pero necesito preguntarle algo sobre Ezra…
Un sollozo agudo y quebrado atravesó el auricular.
—Se quitó la vida, Genny. En la celda. Estaba desesperado. Dicen que fue un suicidio. Lo enterraron hace unas semanas —la voz de la anciana se ahogó—. Pero mi Ezra jamás haría eso. Jamás se rendiría de esa manera. No me lo creo, no me lo creo…
—Lo siento mucho, señora Richards. No lo sabía.
Con un esfuerzo, Genny cerró los ojos. La noticia no había tenido repercusión pública; la burocracia policial lo había gestionado en silencio. Pensó en la cara de Ezra, el chico al que no pudo salvar.
Una vez que la anciana se hubo calmado un poco, Genny formuló la pregunta crucial.
—Señora Richards, permítame que le haga una pregunta, quizás no venga a cuento, pero ¿le suena el nombre de Elías Finch? El… Eli.
—Eli, dices —repitió la anciana—. Sí, era…
la única persona, la única, que vino a vernos después de que lo condenaran.
Se preocupó. Conocía a Ezra de cuando eran jóvenes.
Estaba convencido de que Ezra era inocente —reveló la anciana—.
Y la última vez que hablamos, justo antes de que pasara, Eli nos dijo que posiblemente tenía al verdadero asesino, pero que tenía que confirmarlo todo. Quería probar la inocencia de Ezra.
Le dio las gracias y colgó. No sabía si podía fiarse de él.
Mientras esperaba que su taza se llenara de café amargo, se cruzó con el sargento Gómez, un agente de patrulla.
—Hola, Genny. ¿Estás por el chef, no? —preguntó Gómez—. Dicen que es algo sociópata.
—No creo que sea así —murmuró Genny.
—Sabes, estoy casi seguro de que ese tipo ya estuvo por aquí. Yo diría que fue un caso de Hank Beaumont, pero no sé, me suena de hace mucho.
Genny dejó la taza de café aún humeante. Elías, Ezra y ahora Hank. Si Elías ya había pasado por esa comisaría, Hank Beaumont podía saber por qué. Tenía que hablar con él.
Martinsson y Vega la interceptaron de camino a la salida, notando su palidez.
—Genny, ¿qué pasa? Pareces haber visto un fantasma —dijo Martinsson.
—Nada. Es un hueso duro de roer, eso es todo —mintió Genny.
—Vete a casa. Has tenido un día de perros —insistió Vega—. Finch está aquí por voluntad propia y no creo que cambie. En cuanto el juez firme la orden de registro, lo retomamos.
—Seguirá sin decir nada más, así que puedes irte tranquila. Te avisamos cuando tengamos la orden —concluyó Martinsson.
Genny asintió y se dirigió a la calle. Mientras caminaba, no dejaba de pensar en Hank Beaumont.
Era teniente y jefe de Detectives, tenía muchas posibilidades de ser nombrado capitán y su nombre sonaba por sus aciertos en casos graves y mediáticos.
Además, era su contacto con el poder real del departamento.
Llegó a casa antes del amanecer y no pudo dormir. A las ocho, con un café en la mano, marcó el número, con el pulso acelerado.
El teléfono sonó solo dos veces antes de que una voz grave y profesional respondiera:
—¿Diga?
—Hank, soy Genny. Connor Alvarado —dijo ella, sintiéndose ligeramente incómoda.
Hubo una pequeña pausa, luego una risa suave y genuina.
—¡Anda, Genny! ¡Cuánto tiempo! Es raro que me llames tan temprano. ¿Cómo están las cosas por tu departamento? Siento mucho lo que te están haciendo, relegándote a estos casos de perfil bajo después de todo lo que has demostrado. Es una injusticia, Genny, y quiero que lo sepas.
El comentario de Hank, tan directo y comprensivo, le calentó el pecho.
—Gracias, Hank. Lo es. Pero… ahora mismo estoy en medio de algo. Algo que me supera. No es un caso de perfil bajo, de hecho, es lo opuesto, y necesito hablar contigo. En persona. Necesito tu consejo, y quizás, acceso a algo.
Se escuchó el golpeteo de un bolígrafo en el otro extremo.
—Estoy hasta arriba, Genny. Pero si me dices que es importante, no te voy a dar largas. Por supuesto que te ayudo. ¿Hoy? A la hora de comer es lo único que tengo libre. ¿Te va bien?
—Perfecto. Hoy a la una.
—Conozco un sitio discreto donde nadie nos verá, muy cerca de aquí. Quedamos en la 48 con la Octava, justo al lado de ese viejo teatro de off-Broadway. Sabes cuál es. Entra directamente, no tiene cartel.
—Entendido. Ahí estaré. Gracias de nuevo, Hank. De verdad —dijo Genny.
—Hasta luego, Genny. No te preocupes por el caso. Lo que sea, me lo cuentas con calma.