Capítulo 3 #2
Era un hombre de apariencia tranquila. Se apoyaba en el respaldo de la silla de plástico, con las piernas cruzadas con una calma inquietante.
Su camiseta negra de cuello alto, algo arrugada, contrastaba con la pulcritud obsesiva que habían descrito en el informe del piso de Hallets Point.
Lo que captó su atención de inmediato fue el movimiento rítmico e incesante de los dedos de su mano derecha.
No la miraba, sino que se concentraba en la superficie pulida de la mesa.
Estaba segura de que nunca lo había visto. ¿Por qué ella? ¿Una broma? ¿Un juego de poder? ¿O era su fama de detective repudiada lo que le interesaba?
Tomó aire.
Entró en la pequeña sala. Cerró la puerta tras de sí con un sonido sordo que selló el silencio entre ellos. Al otro lado de la mesa, el hombre levantó la mirada y la recorrió despacio, sin sorpresa, como quien ya sabe a quién tiene delante.
Se sentó, deslizando su silla con un raspado metálico, y lo miró fijamente.
—Detective Connor Alvarado. Gracias por venir —dijo el hombre con una voz mesurada.
Con un asentimiento:
—Sí, señor Finch. Soy la detective Connor Alvarado. Pero dígame Genny. Es como me conocen mis… conocidos.
—Pues puede llamarme Eli, Genny. Así no estamos en desventaja —replicó él.
El cocinero sonrió, un movimiento mínimo.
—La conozco. No personalmente. He oído hablar de usted y también he leído sobre usted, para ser exactos —añadió.
Ella preguntó:
—¿Nos conocemos? No lo creo. No recuerdo haberle dado mi currículum.
—Eso es irrelevante. Hablemos de los hechos —interrumpió.
Se enderezó, apoyando los codos en la mesa.
—¿De verdad? Yo creo que es muy relevante. Usted ha pedido hablar conmigo, la detective que revisa los casos de robos de bicicletas. Antes de que hablemos de sus hechos, quiero saber por qué estoy perdiendo mi tiempo.
Ladeando la cabeza, él ensanchó ligeramente su sonrisa.
—No sea impaciente. Ya llegaremos a eso.
La detective, frustrada por su calma, cedió.
—Muy bien, Finch. Cuénteme la noche, de nuevo. Desde el principio, con todos los detalles. No se salte nada.
Asintió. Su voz era grave y clara.
—Por supuesto. Es la tercera vez que lo cuento, pero lo repito encantado. Me gusta la precisión.
Sin más dilación, el cocinero comenzó:
—Llegué sobre las seis y media y entré por el acceso de servicio. Reese me abrió. Las otras tres ya estaban en el salón. Tartar de atún con aguacate, cordero de pasto y tarta de queso con sorbete de melocotón. Terminé a las nueve y cuarto y me fui.
Hizo una pausa.
—Durante la cena hubo un martilleo en el pasillo, hasta las nueve más o menos. Al salir vi a un hombre con mono de trabajo cerca de los ascensores de servicio.
—Pero este no fue un crimen de impulso, Finch. Fue veneno. Nicotina líquida —interrumpió la detective, golpeando el bolígrafo.
Tras escucharla, parpadeó; por un microsegundo, la calma se rompió. Genny no supo si la sorpresa era real.
—Nicotina… No sabía que se podía usar así. Los otros detectives me preguntaron si fumaba; ahora entiendo por qué. Vaya, detective, ha averiguado algo que yo no sabía.
Haciendo caso omiso del comentario, se inclinó hacia delante.
—Usted utiliza distintos componentes y mezclas en la cocina, Finch.
Es un químico culinario. Para usted, manipular un veneno en una solución líquida, posiblemente el vino, sería sencillo.
La nicotina se disfraza bien en sabores fuertes.
Además, fue la última persona, posiblemente, que las vio con vida.
Recuperando la compostura, él sonrió.
—La cocina es química, detective, sí. En cuanto a ser la última persona…
Se inclinó.
—¿Realmente lo fui, Genny? El mozo posiblemente salió más tarde que yo del edificio. Y si el veneno tarda en hacer efecto, ese tiempo es mucho. La policía quiso un sospechoso y yo estaba a mano. Pero ya descartaron lo más importante.
Respiró hondo.
—Ilumíneme.
Con un gesto calculado, el chef se recostó.
—No la química, detective. Es el estado de ánimo. La contradicción que la policía no quiso ver.
La detective miró el reloj de la pared. Llevaban una hora. No había sacado una confesión, sino una lección de lógica.
Justo entonces, un toque urgente en el cristal. Era Vega. Hacía gestos para que saliera.
Con un movimiento abrupto, se levantó de la silla.
—Espere aquí, Finch. Nuestra conversación no ha terminado.
Salió de la sala y se encontró con Vega y Martinsson, quienes ya estaban en la oficina de su jefe, el capitán Donnelly.
El capitán Donnelly la recibió con frialdad.
—Detective Connor. ¿Qué ha sacado de él?
La detective se encogió de hombros, la antipatía fluyendo.
—Lo mismo que sacaron sus detectives: una coartada muy bien montada y mucha calma. Ninguna confesión.
El capitán golpeó la mesa.
—¡Necesitamos una condena! El caso está en todas las noticias. Voy a obtener una orden para registrar la casa de Elías Finch. Y, detective, necesitamos acusarlo de algo.
—Capitán, ¿cómo vamos a acusarlo si no tenemos absolutamente nada? Está colaborando en todo, tranquilo, y su coartada sigue siendo la más lógica. Es el único sospechoso porque es el único que encontraron, no porque tengamos pruebas. Eso no aguanta un juicio.
—¡Es para conseguir la orden! —espetó Donnelly, ignorándola—. Usted vuelva adentro. Intente quebrarle. Utilice la presión.
Asintió con desprecio y regresó a la sala de interrogatorios.
Se sentó de nuevo. La rabia de su encuentro con Donnelly se reflejaba en su voz.
—Mire, Finch —dijo, su voz recuperando la aspereza—.
Por todo lo que me cuenta, usted es la última persona que estuvo allí.
Los detectives van a recabar alguna prueba porque de momento no tienen nada, pero van a intentarlo, y si no la encuentran, la van a inventar.
Y con casi total seguridad, van a intentar acusarle de algo.
Sinceramente, no sé por qué me ha hecho perder mi tiempo, si no me va a decir algo que me valga.
El cocinero sonrió con tristeza.
—Lo van a intentar, dice. O sea, que no tienen nada, pero necesitan una cara para cerrar el caso. ¿Es así como funciona la justicia que me va a encarcelar, Genny? Creí que había hecho buenas migas con los detectives Martinsson y Vega.
—Esto no depende de ellos, Finch.
Se levantó de la silla, lista para marcharse. Dio dos pasos hacia la puerta.
—Detective —la voz de él la detuvo. Era suave—. ¿Va a dejar que me acusen de algo sobre lo que no tienen nada? ¿Quiere que me convierta en otro caso Ezra Kuzma?
Se quedó quieta. Ezra Kuzma era el epicentro de su conflicto: el chico del caso que le había costado Homicidios, al que ella creía acusado injustamente por el mismo sistema de estadísticas. Se giró hacia él con los labios entreabiertos, sin que le saliera ninguna palabra.
Antes de que pudiera articular una respuesta, él habló de nuevo.
—Debería llamar a la abuela de Ezra, detective. Perdón… Genny.