Capítulo 3
—¡Son más de las tres y llevamos dos horas! ¿Cómo diablos no localizan a una detective? ¿Han llamado a su comisaría? —masculló Martinsson, pasando una mano por su escaso cabello y frotándose el puente de la nariz con un tic nervioso que aparecía siempre bajo presión.
Jennifer Connor Alvarado, Genny para casi todos, una investigadora brillante, había entrado en desgracia.
Morena, de cabello rizado que le caía sobre los hombros, y de una piel clara que contrastaba con los tonos más oscuros heredados de su madre puertorriqueña, era una figura llamativa con un aire de cansancio.
Estaba a un tris de dimitir, disgustada por la incompetencia y la burocracia que la rodeaban.
Horas antes de recibir la llamada, acababa de terminar de calmar a la señora Velásquez, una mujer de la tercera edad que vivía en Queens y estaba convencida de que su nuevo roomba la estaba grabando para la mafia rusa.
La detective Connor había pasado cuarenta y cinco minutos inspeccionando el robot aspirador, tranquilizando a la señora con la promesa de una «vigilancia discreta» sobre el aparato.
—Ha salido a «despejarse», detective —respondió un colega nervioso—.
Terminó su turno a medianoche. Me han dicho que la tienen apartada de cualquier caso grave desde hace meses, solo con denuncias nimias de vecinos, un papeleo que nadie quiere hacer.
Le han dado largas con la esperanza de que renuncie.
Genny estaba sentada en un ruidoso bar de Brooklyn, iluminado por luces de neón baratas, disfrutando del anonimato.
Tenía un vaso de whisky en la mano. Se sentía agotada por la futilidad de su trabajo diario.
Llevaba meses sin tocar nada que la hiciera pensar: papeleo, perros que ladran, vecinos que se pelean.
Un hombre corpulento con una camisa hawaiana demasiado ajustada se acercó a la barra, intentando invadir su espacio personal.
—Vaya, vaya. Una mujer tan seria no debería beber sola. ¿Vienes mucho por aquí, belleza?
Genny ni siquiera giró la cabeza, fijando su mirada en el reflejo de la luz en su vaso.
—Solo cuando necesito que me dejen en paz —respondió con una sonrisa irónica que solo él no captó.
—¿Y por qué una mujer como tú necesita estar tan… sola? —El hombre se apoyó en la barra.
—Con que me dejen tranquila se arregla —contestó ella, tomando un sorbo largo de su whisky—. ¿Tú vienes mucho a molestar a mujeres que beben solas?
El hombre se ruborizó ligeramente.
—No, en absoluto. Solo quería… ofrecer compañía.
—Te lo agradezco, pero esta noche no estoy para compañía —dijo Genny, mirándolo por fin, con una chispa peligrosa en los ojos—. Y tú tampoco me pareces buena idea. Buenas noches.
El hombre se quedó sin saber qué decir y se largó.
Su teléfono vibró en la barra con un número interno de la comisaría. Lo ignoró dos veces, pero a la tercera, cedió con exasperación.
—Sí, ¿quién es y qué querrá de mí el departamento de «delitos violentos»?
La voz de Martinsson sonó tensa.
—Detective Connor, soy el detective Martinsson. Necesitamos que venga a la comisaría de la 114, ahora. Es el caso de Hallets Point.
Genny casi se rió.
—¿Necesitarme? ¿Para rellenar los formularios de un robo de bicicleta? Detective, estoy fuera de servicio. Sus prioridades están mal ordenadas.
—¡No es una broma! Tenemos un sospechoso clave. Y él solo quiere hablar con usted.
Genny se quedó inmóvil.
—¿Quién? ¿Y por qué a mí? Si me han relegado a enterrar informes.
Martinsson, ignorando la queja, solo soltó el nombre.
—Se llama Elías Finch. Es nuestro único cabo suelto.
Genny frunció el ceño.
—¿Finch? Nunca he oído hablar de él. ¿Es alguien importante o es solo un juego de este tipo?
Se le pasó el enfado. Hacía meses que nadie le ofrecía nada que mereciera la pena. Dejó el vaso a medio llenar sobre la barra y se puso la chaqueta de cuero. La idea de un juego intelectual con un asesino —o un chivo expiatorio fabricado por sus colegas— era demasiado tentadora.
—Dame media hora —dijo, cortando la llamada.
Cuando Genny llegó, el ambiente de la comisaría de la 114.ª le resultó instantáneamente repulsivo.
Genny no le tenía aprecio a la 114.ª ni, por extensión, a su jefe, el capitán Donnelly.
Para Genny, capitanes como Donnelly solo se preocupaban por las estadísticas, la «gestión de la percepción» y conservar su puesto, aunque eso significara presionar a los detectives para que acusaran injustamente o cerraran casos con la solución más fácil.
Su padre, también policía, había dimitido años atrás por esa misma razón, harto de un sistema corrupto; ella sentía que, al entrar en ese edificio, estaba traicionando su legado.
La suya era una lucha de tres años, desde el caso Kuzma, que se había recrudecido cuando ella insistió, públicamente, en que su capitán, Stuart Lennon, había acusado a la persona equivocada en un caso de alto perfil, una insolencia que le costó su puesto en Homicidios hacía casi un año y la envió a archivar informes.
Martinsson y Vega la esperaban en el pasillo, con cara de pocos amigos.
Vega, vestida con un blazer de lana gris que se veía demasiado elegante para la 114.ª, conocía bien a Genny de un pasado más cooperativo y se le notó la alegría de ver una cara familiar que entendiera su frustración. La saludó con un tono más cercano.
—¡Genny! Creí que te habías fugado a alguna isla tropical. Estamos en un lío. Este tipo es un dolor de cabeza, y tú eres su única petición.
—Siempre es un placer, Vega. Me alegra que seas tú quien lleve esto —respondió Genny, devolviendo un rápido asentimiento—. Y sí, casi lo hago. Ahora, ¿quién es Elías Finch? Explicadme por encima. Y ¿por qué me eligió a mí, la detective de los gatos perdidos?
Vega, más concisa, soltó los hechos mientras la guiaba hacia un despacho vacío.
—Finch es un cocinero que estuvo con las víctimas hasta las nueve y cuarto.
La autopsia habla de intoxicación aguda por nicotina, a falta de la toxicología, y sitúa las muertes entre las diez y la medianoche.
Tenía una coartada sólida que él mismo proporcionó, señalando a un mozo de mantenimiento que resultó ser un callejón sin salida —explicó Vega—.
Tiene una agresión archivada y una multa por grabar un juicio.
Martinsson añadió con sarcasmo:
—Creemos que nos está dando una coartada perfecta, demasiado limpia. Nos señaló a otro y, cuando lo descartamos, nos quedamos solo con él. Quiere hablar contigo… suponemos que para manipularte, o no sabemos muy bien por qué te ha llamado.
Genny detuvo a Vega antes de llegar a la sala de interrogatorios.
—Dime que tenéis el expediente aquí. Necesito diez minutos, a solas, con la autopsia. No voy a entrar a ciegas con alguien que tiene el ego para pedir a un detective específico.
Martinsson, gruñendo, le entregó una carpeta gruesa.
—Aquí tienes. Pero no demores más esto. Tenemos al capitán Donnelly respirándonos en la nuca.
Genny ignoró a Martinsson y se dirigió al despacho vacío, cerrando la puerta. Abrió el expediente y se sumergió en él, con el subidón de siempre cuando algo no le cuadraba. Deslizó la mirada sobre el informe de la autopsia.
El informe, redactado por el forense, el doctor Aris Thorne, hablaba de hallazgos compatibles con una intoxicación aguda por nicotina líquida concentrada, a falta de la toxicología definitiva.
El informe no decía cómo se había administrado; eso lo suponían los detectives: algún líquido, quizá el vino, por la facilidad de ocultar el sabor en alcohol fuerte o mezclado.
Era un veneno de acción rápida, aunque sus efectos podían variar mucho de una persona a otra.
Genny agarró un bolígrafo y apuntó dos horas en el margen de una hoja: salida de Finch, 21:15; muertes, entre las 22:00 y las 00:00.
Con un veneno de acción rápida, y si el informe acertaba con la hora de la muerte, lo habrían tomado más o menos entre las nueve y las once.
Era solo una hipótesis: los efectos variaban de una persona a otra, y la hora de la muerte no era la hora de la ingesta.
De esa ventana, Finch solo había estado presente quince minutos.
Si fue durante la cena, tuvo que ser al final, y apostando a que el efecto tardara en llegar lo suficiente.
Pero él había cocinado y controlado cada ingrediente.
Si el veneno estaba en la comida, tendría que haber sabido disimular el amargor.
Y si lo administró en el vino, ¿cómo se aseguró de que solo Reese y sus amigas lo bebieran y lo ingirieran en el momento exacto para que el efecto se produjera después de su salida?
Lo que había que explicar era cómo había controlado el tiempo.
Apuntó una última línea: ¿el veneno disfraza el amargor del alcaloide, o el vino fue solo la distracción? El informe mencionaba una botella de tinto vaciada tarde.
—Es un tipo meticuloso —murmuró para sí—. Armó una coartada tan buena que lo descartaron. Pero los horarios todavía no cuadran del todo.
Lo que no entendía era por qué Elías Finch, un cocinero obsesivo, arriesgaría su vida y su carrera sin dejar rastro de un motivo. Y, sobre todo, por qué ahora, siendo el principal sospechoso, pedía hablar con la detective más marginada del departamento.
Genny cerró el expediente. Algo no encajaba y quería saber qué.
—¿Finch es tan inteligente? —preguntó Genny al salir, ajustándose el pelo.
—Parece ser que lo suficiente como para convertirnos en idiotas —gruñó Martinsson.
Genny se detuvo ante la puerta de la sala. Les dio una última mirada a sus colegas, una mezcla de lástima y burla.
—Apartaos.
La sala de interrogatorios era un cubo de cristal doble en el centro de la comisaría de la 114.ª. Detrás del vidrio opaco, el chef esperaba. Lo observó antes de entrar, escrutando cada detalle.