Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Las botellas y las copas las dejé en la mesa, vacías. Lo dejé todo como lo encontré. El vino es lo único que no controlé.

Peter salió del apartamento pasadas las seis y cuarto.

La comisaría estaba llena de ruido: teléfonos y tecleo. No había concertado una cita; simplemente se presentó, insistiendo en que el detective Martinsson y la detective Vega debían escucharlo.

Los encontró en un cubículo desordenado, discutiendo un papeleo en una mesa llena de vasos de espuma vacíos. La expresión de Martinsson al verlo fue una mezcla de hastío profesional y enfado.

—Le dije que hiciera listas, señor Maco —dijo Martinsson, sin levantar la voz—. No que nos hiciera visitas.

—Estamos ocupados —dijo Vega, cruzada de brazos—. Dígalo rápido.

Peter ignoró la advertencia. Estaba impulsado por la certeza que le había dado el chef.

—Tengo un nombre. Estuvo allí la noche del catorce, entre las seis y media y las nueve y cuarto. Es un chef privado que Anna Pados contrató para la cena. Su nombre es Elías Finch.

Les contó, de corrido, todo lo que Elías le había dicho.

Hubo un silencio corto, y Martinsson y Vega se miraron: una mirada que Peter no supo interpretar.

—¿Un chef? —repitió Vega, abriendo una carpeta—. No teníamos ningún proveedor externo en el registro.

—Que fuera chef no prueba nada, señor Maco. Lo verificaremos —dijo Martinsson—. ¿De dónde ha sacado el nombre?

—De los extractos de Anna. Me los pasó Rob.

—Esos extractos no deberían estar en sus manos —dijo Vega.

—Tuvo que ser el vino —añadió Peter—. Él mismo lo dijo: es lo único que no controló.

—Eso lo dirá el laboratorio, señor Maco. No saque conclusiones —dijo Martinsson—. Gracias por el nombre. Se lo diré una sola vez: váyase a casa. Si Finch es el hombre, es peligroso, y usted acaba de visitarlo sin avisar a nadie. Déjenos trabajar.

Peter salió de la comisaría sin saber si había hecho bien.

Martinsson y Vega se dirigieron al despacho de su jefe, el capitán Donnelly. Donnelly no era conocido por su paciencia; era un hombre de resultados rápidos y titulares limpios. La puerta de madera de roble se cerró detrás de ellos con un siseo.

—Donnelly, tenemos un nuevo objetivo. Se llama Elías Finch, chef privado —comenzó Martinsson, depositando la carpeta sobre el escritorio de caoba—. Rastreando los pagos de Anna Pados hemos dado con él.

Vega lo miró de reojo y no dijo nada.

El capitán Donnelly era un hombre de barba pulcra y ojos cansados. Dejó de golpear un lápiz contra el borde de su taza.

—Llevamos casi dos semanas con la prensa encima, ¿y me traen a un cocinero?

—Teníamos que confirmar la vía —intercedió Vega, con su voz clara y autoritaria—. Estuvo en el apartamento de Hallets Point entre las seis y media y las nueve y cuarto. Se cruzó con el chico de mantenimiento. Dice que el vino es lo único que no controló. Es una frase muy pensada.

Donnelly gruñó, inclinándose hacia adelante.

—No me den un ensayo sobre la alta cocina. Quiero hechos. Lo quiero aquí. Esta noche. Y quiero algo de lo que tirar, Martinsson, no más ruido.

—Entendido, capitán. Lo traeremos a la comisaría para hablar con él, de forma voluntaria.

Llegaron al edificio de Elías hacia las ocho. No había luz en la ventana. Una vecina del primero, con las bolsas de la compra, les dijo que el cocinero se había ido a las seis y media en un coche negro, con un montón de cajas, y que no había vuelto.

Aparcaron en la acera de enfrente.

—Tenemos orden de esperar —dijo Martinsson.

—Pues esperaremos —dijo Vega.

Pasó la primera hora en silencio. Vega comió unas patatas de una bolsa. Martinsson fue dos veces a un bar a por café y volvió con dos vasos sin preguntar si ella quería.

—Mi hija tiene función en el colegio el viernes —dijo él, pasadas las diez—. Hace de árbol. No sé cómo se lo voy a decir al jefe.

—Dile que es una emergencia.

—Es de segundo. Tiene siete años.

—Tú verás.

A las once ya no hablaban. A las doce menos cuarto, Martinsson cabeceó y se enderezó de golpe. Vega no dijo nada y apagó la radio.

A las doce y cuarenta, un coche negro se detuvo en la esquina. Bajó un hombre alto, con una bandolera de cuero al hombro, un maletín rígido en una mano y una pila de contenedores isotérmicos, ya vacíos, bajo el otro brazo. El coche arrancó. El hombre echó a andar hacia el portal, sin prisa.

—Es él —dijo Vega.

Los detectives salieron del coche y le cortaron el paso. Elías no pareció sorprendido. Se detuvo, dejó los contenedores en el suelo con cuidado y esperó a que hablaran.

—Elías Finch, ¿verdad? Detective Martinsson, detective Vega. Nos gustaría hacerle unas preguntas sobre una cena que sirvió recientemente en Hallets Point —dijo Martinsson, mostrando su placa.

—Por supuesto. Ya he hablado con Peter Maco, el novio de una de las víctimas, y no tengo problema en responder a nada.

Vega sonrió ligeramente, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Perfecto. ¿Podríamos pasar a su apartamento un momento? Es más discreto que hacerlo aquí en medio de la calle.

Elías dudó un segundo y miró hacia su ventana, a oscuras. Sabía que negarse solo lo haría parecer culpable.

—Se lo agradezco, pero prefiero que no. Si tienen preguntas oficiales, voy con ustedes. ¿Puedo dejar esto en el portal?

—Déjelos —dijo Vega.

El viaje fue diferente. Elías se sentó en el asiento trasero, los detectives al frente. La tensión se disolvió en una extraña cordialidad profesional.

—¿Cómo se llega a chef privado? —preguntó Vega, iniciando una conversación trivial.

—Cansándose de que te griten en una cocina. Después, trabajando para uno mismo. Se trata de autonomía, no solo de ingresos.

Llegaron a la comisaría. Elías fue llevado a una sala de entrevistas estéril, con una mesa de metal y dos sillas. Mientras esperaba, Martinsson y Vega se reunieron para revisar el expediente.

—Un camarero, en 2015 —dijo Martinsson—. Archivado por falta de pruebas.

—Y una multa de 2016 —añadió Vega, mirando el informe—. Se coló en una sala de juicios y grabó el testimonio de un testigo sin permiso. Un aficionado a recopilar información, quizás.

En la sala, Elías estaba tranquilo, pero su mente no paraba.

Se acomodó en la silla y miró el espejo de doble cara.

Siempre se había anticipado a todo; su vida dependía de eso.

Pero esta vez habían llegado antes de que él supiera qué sabían.

Estaban en su terreno, con sus reglas, y él no tenía nada que ellos no tuvieran.

Necesitaba algo que le diera ventaja, y solo conocía una manera de conseguirla.

La puerta se abrió y entraron Martinsson y Vega, deslizándose en las sillas frente a él. El aire se hizo pesado; ya no había bromas ni cordialidad.

—Gracias por venir, señor Finch —comenzó Martinsson, con un tono grave y formal, encendiendo la grabadora de voz.

Elías repitió su relato con la precisión de quien recita una receta: la hora de llegada, la salida, los platos, el chico de mantenimiento, el Pinot Noir y la ginebra del final. Era el mismo relato que les había dado Peter, sin una sola diferencia.

Martinsson siguió con la batería de preguntas: si conocía a alguna de las víctimas, si las había visto antes, si había cocinado para ellas en otras ocasiones. Elías respondió a todas con una negativa concisa y tajante.

—Usted dice que se mantuvo profesional —dijo Vega—. Pero si la precisión es su vida, ¿qué tan profesional es agredir a un camarero o grabar un juicio? ¿Cuál es el punto ciego, el que le hace perder el control?

Elías levantó una ceja.

—Me rodeo de gente que valora la precisión. Cuando la estupidez o la incompetencia se cruzan en mi camino, a veces la reacción es visceral. Lo del camarero fue un malentendido. Y en cuanto a lo otro, tengo cierta afición por recopilar información; pagué la multa. Pero no soy un asesino, detective.

Martinsson, ignorando el dardo, hizo una pregunta que no encajaba con el perfil:

—¿Usted fuma? ¿Vapea? ¿Ha estado expuesto al humo de nicotina o marihuana recientemente?

Elías se quedó atónito. La pregunta era tan curiosa y fuera de lugar que le provocó una risa nerviosa.

—No, en absoluto. Ni fumo ni vapeo. Detesto el olor persistente en mis ingredientes o en mi ropa.

El interrogatorio continuó otra media hora, con las preguntas girando en círculos, buscando la fisura. Elías respondía con calma, y reaccionaba a cada trampa con una lógica inexpugnable.

Finalmente suspiró, frotándose las sienes como un hombre agotado por la incomprensión.

—¿Estoy formalmente detenido, detective? ¿O soy un invitado?

—No —dijo Martinsson, con voz monótona—. Es voluntario. Puede levantarse e irse cuando quiera.

Elías se reclinó, con la expresión endurecida.

—Detectives, lo siento, pero hemos terminado. Si quieren que siga cooperando, si quieren algo más, solo hablaré con una persona.

Vega frunció el ceño.

—¿Quién?

—La detective Jennifer Connor Alvarado —declaró Elías, con un tono ahora firme y exigente.

Vega y Martinsson intercambiaron una mirada de sorpresa.

—Genny… la conozco. ¿Por qué Jennifer Connor? Está en otra comisaría y no está asignada a este caso —preguntó Vega.

Elías se encogió de hombros, inclinándose hacia adelante con una leve sonrisa de satisfacción.

—No diré más. Solo hablaré con la detective Jennifer Connor Alvarado.