Capítulo 1 #5
—Señor Maco, no se meta en nuestro trabajo.
Le aseguro que está entorpeciendo una investigación de homicidio.
Le voy a dar una tarea, si necesita hacer algo: piense.
Recuérdelo todo. Haga listas de los amigos, de la familia de Reese, de las interacciones, de los correos, de las pequeñas disputas.
Manténgase ocupado, pero manténgase alejado de nuestros testigos.
Es la única forma en la que puede ayudar.
Peter colgó, entendiendo la maniobra: era un ejercicio para mantenerlo fuera de su camino. Aceptó la orden, pero la redirigió. En lugar de centrarse en Reese, cuyo mundo ya conocía, se centró en las otras tres víctimas.
Se pasó las siguientes veinticuatro horas sumergido en el timeline de las amigas: Anna Pados, Julia Parker y Michelle Leyton.
Eran cuatro vidas entrelazadas desde la infancia, pero que en Nueva York habían tomado caminos divergentes en la superficie.
Mientras Reese había optado por la discreción y una vida tranquila, Peter pronto descubrió que el círculo íntimo de Reese era la antítesis de la suya.
En las redes sociales, Anna, Julia y Michelle mostraban una vida de consumo de alto nivel: fotos en clubs exclusivos en el Meatpacking District, cenas en restaurantes con estrellas Michelin, viajes de esquí a Colorado.
Anna Pados era la más ostentosa. Su feed de Instagram era una galería de alta costura, brunchs interminables y botellas de vino de añadas inalcanzables.
Peter, el guionista cínico, detectó el esfuerzo en cada publicación, la desesperación por probar una vida de éxito que parecía artificialmente construida.
Peter intentó acercarse a las familias, pero todas eran reticentes y preferían que la policía hiciera su trabajo.
Finalmente, encontró la oportunidad el día que quedaron para esparcir las cenizas de las chicas en el claro del bosque a las afueras de Albany.
El ambiente estaba cargado de una tristeza espesa, una desesperación que se mascaba en el aire frío de la mañana.
Después de que el último puñado de cenizas se perdiera entre los árboles, Peter abordó a Rob, el novio de Anna, apartándolo del grupo principal bajo la sombra de unos robles.
Rob estaba devastado, pero a diferencia de Peter, su dolor era ruidoso, emocional.
—Ya sé que tú no estabas, Maco. Estabas en Nevada, y yo aquí, lidiando con esta mierda —comenzó Rob, visiblemente molesto.
Peter, con el cansancio afilando su voz, fue directo, casi acusador.
—Las cuatro quedaban una vez al mes, y cada vez era en un sitio diferente. ¿Por qué en el apartamento de Reese? ¿Por qué no en uno de esos restaurantes a los que iba Anna que tanto le gustaba mostrar en sus redes sociales?
Rob se enderezó, los ojos inyectados en sangre.
—¿Qué coño estás insinuando, Maco? ¿Insinúas algo sobre Anna? Estoy hablando con la policía, no contigo. No eres más que el novio que estaba convenientemente a tres mil millas de distancia.
—Simplemente busco una lógica, Rob. Mi lógica es que los motivos siempre están cerca de la víctima —replicó Peter, sin inmutarse—. Algo no encaja en la pulcritud de esto. ¿Algún conflicto que Anna tuviera con Reese? ¿Alguna vieja rencilla?
Rob lo miró con furia antes de dejarse caer de nuevo en el asiento, frotándose la frente. El enfado cedió al agotamiento.
—No. La única tensión era de Anna. Decía que Reese se estaba volviendo una aburrida.
Creo que esta vez fue Reese la que dijo que tocaba en su apartamento, para que no salieran.
Lo habíamos hablado. Anna quería «celebrar la vida, no solo hablar de ella».
Por eso contrató un chef a domicilio para que les preparara algo especial.
Quería la experiencia completa. Eso es lo único que sé que fue diferente.
Peter sintió un frío eléctrico. Un chef a domicilio. Un extraño, con acceso. Había estado tan concentrado en la distancia, que había ignorado la posibilidad de un invitado.
—¿Un chef? ¿Sabes el nombre?
Rob se encogió de hombros.
—Ni idea. Anna era un torbellino de decisiones de última hora. No creo que lo haya usado antes.
Peter lo miró con incredulidad, la mandíbula apretada por la tensión.
—Vamos a ver, Rob… ¿Se te ha ocurrido contarle ese detalle a la policía? Un extraño parece ser que fue la última persona que estuvo con ellas y no se lo dices a la policía.
Rob parpadeó, aturdido por el reproche, y bajó la cabeza.
—No… no lo había pensado.
No presionó más esa mañana. Rob tardó dos días en volver a contestarle.
«Eso es la cuenta de Anna, Peter, no puedo», escribió primero.
Peter insistió: la policía ya tenía los registros, pero nadie los miraría con la lógica de quien conocía a Anna.
Al tercer día Rob cedió, a regañadientes, con un puñado de capturas sueltas de la app del banco, sin orden, hechas con la contraseña que compartían porque pagaban juntos el alquiler.
Peter se centró en las transacciones de los días previos al 14 de noviembre.
Entre docenas de cargos de boutiques, servicios y pagos a terceros había uno elevado, a nombre de «CLNDSTNO SVCS LLC», que no decía ni chef ni catering; lo descartó al principio y volvió a él cuando agotó los demás.
Buscó la sociedad en el registro mercantil del Estado de Nueva York: una pequeña empresa con domicilio en Astoria, cuyo titular figuraba como Elías Finch.
De ahí llegó a la web de Clandestino, la de un cocinero a domicilio.
Ahora tenía un nombre, y no era el de un enemigo de ciencia ficción, sino el de un profesional.