Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 1 #6
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Capítulo 1 #6

Mientras Peter se hundía en el agujero de las redes sociales, el detective Martinsson y la detective Vega se encontraban en la oficina del forense, inmersos en la verdad más fría y científica del caso.

El médico forense, el doctor Thorne, era un hombre delgado y eficiente, cuyo tono plano contrastaba con la magnitud del horror que describía.

—Los hallazgos son compatibles con intoxicación aguda por nicotina, a falta de la toxicología definitiva —explicó el forense, señalando una gráfica.

—¿Nicotina? ¿Cómo…? —preguntó Vega.

—Es una sustancia fácil de conseguir, se vende para vapeadores, y muy tóxica. No me atrevo a hablar de dosis hasta tener los análisis.

—¿El método? —inquirió Martinsson.

—Todo apunta a ingestión. No puedo precisar el intervalo hasta la toxicología.

Martinsson abrió el informe de la escena.

—Julia y Michelle estaban cerca de la entrada; Anna, junto al sofá; Reese, en el suelo, junto a la mesa baja.

—¿Y la cena? —preguntó Vega.

—Todas habían comido. El estómago de las cuatro contenía restos de una comida abundante, a medio digerir. No puedo decir cuándo exactamente.

Martinsson asintió. De vuelta a la comisaría, Martinsson y Vega se enfocaron en el círculo de acceso: el personal y los vecinos. Entrevistaron a todos. Vega, con su enfoque metódico, había puesto a su equipo a analizar las cuentas bancarias y de tarjetas de crédito de las cuatro víctimas.

—Martinsson, solo Anna tiene movimientos extraños —dijo Vega, deslizando cuatro informes impresos sobre el escritorio—.

Las cuentas de Reese, Julia y Michelle son, en su mayoría, normales, salvo por el alto volumen de gasto de Julia y Michelle, aunque dentro de lo que se esperaría para sus ingresos.

Anna, sin embargo, estaba gastando muy por encima de sus ingresos declarados.

Su historial de transacciones es caótico y complejo; tiene docenas de cargos diferentes a cuentas de servicios, boutiques de lujo y pagos a terceros. Analizar esto a fondo nos llevará días.

Martinsson se inclinó sobre los papeles.

—¿Nada anómalo en las otras tres? ¿Nada fuera de lugar?

—No. Solo la complejidad del patrón de gasto de Anna. Necesitamos enfocarnos ahí, pero el volumen de datos es enorme. De momento, no tenemos casi nada. Y el teléfono de Anna lo tiene el laboratorio; no tendremos el volcado hasta la semana que viene.

Mientras discutían, un agente les trajo lo recogido en las entrevistas del edificio.

Una vecina de la planta de abajo había dado un testimonio extraño: «No sé si ayuda, pero esa noche, entre las siete y media y las nueve, más o menos, oí un pequeño martilleo constante.

No era fuerte, sino un “toc, toc, toc” suave y rítmico.

Como si alguien estuviera golpeando algo con una herramienta muy pequeña en el pasillo, justo al lado de la puerta de las chicas».

Cruzaron el martilleo con el registro del personal de mantenimiento y descubrieron que el ayudante de mantenimiento, un joven llamado Julio, había estado trabajando en esa planta, reparando un problema de tuberías. Lo llevaron a interrogar. Julio estaba nervioso, sudaba y se retorcía las manos.

—Julio, oímos que estuviste trabajando en el pasillo de la planta de las víctimas la noche del catorce de noviembre —comenzó Martinsson.

—Sí, sí, es verdad. Un problema con las tuberías generales del edificio —balbuceó Julio—. Yo solo estaba haciendo mi trabajo. Toc, toc, toc, con el martillo pequeño… ¡No tuve nada que ver!

Vega se inclinó.

—No te estamos acusando de nada, Julio. Pero si viste algo, cualquier cosa, ahora es el momento. Viste salir a alguien, entrar a alguien…

Julio negó con la cabeza, sus ojos fijos en el suelo.

—No, no vi nada, solo a la señorita Ellison y a sus amigas entrando, pero eso fue más temprano, como a las seis…

—De repente, se detuvo, como si un recuerdo se hubiera abierto paso a través de su miedo—.

¡Un hombre! Salía del pasillo, camino de los ascensores.

No sé de qué puerta, yo ya estaba recogiendo mis cosas.

Era un hombre bien vestido y llevaba un par de cosas. Me fijé en lo que llevaba.

—¿Qué viste, Julio? Descríbelo —dijo Martinsson.

—Eran las nueve y veinte, nueve y media, más o menos.

Este hombre pasó rápido. Llevaba una bandolera de cuero al hombro, un maletín rígido en una mano y unas cajas herméticas en la otra.

Pero lo que me llamó la atención fue la bandolera: de cuero bueno, duro, más grande de lo normal para un portátil. Me gustó mucho.

Martinsson y Vega intercambiaron una mirada. De momento, no tenían casi nada, salvo la declaración de Julio sobre un hombre bien vestido con una bandolera, un maletín y unas cajas saliendo del pasillo a la hora clave.

Esa noche, en su apartamento de Queens, Peter tenía abierta en el portátil la web de Clandestino.

Era sobria: fondo blanco, una foto de unas manos cortando atún y, debajo, unas pocas líneas: «Elías Finch.

Cocina privada a domicilio. Estudio y contacto: 24-18 38th Street, Astoria. Tel. (718) 555-0142».

Copió la dirección y el teléfono en una libreta.