Capítulo 1 #4
Peter asintió, la tarjeta quemándole en la palma. La ceremonia terminó en silencio. Peter no se quedó al final del catering; recogió las pocas pertenencias de Reese que le habían devuelto y huyó de Albany.
Peter se presentó en la comisaría de la 114.
ª. La comisaría era ruidosa y funcional.
Fue dirigido a una pequeña sala de interrogatorios con paredes de bloque de cemento.
Martinsson estaba allí, robusto e imponente, junto a la detective Vega, con una mirada aguda y profesional. Vega encendió una grabadora.
—Gracias por venir, señor Maco. Vamos a ser directos. Queremos que nos ayude a construir el perfil de la víctima, de Reese, y de la dinámica del apartamento.
—Entiendo. Pregunten lo que necesiten —dijo Peter, sintiéndose extrañamente lúcido, como si estuviera interpretando un papel.
Martinsson comenzó:
—¿Cuál era la naturaleza exacta de su relación con la señorita Reese? ¿Era una relación monógama, exclusiva? Entiendo que vivían juntos.
—Nuestra relación era exclusiva, sí. Pero no vivíamos al cien por cien juntos.
Yo mantengo un pequeño apartamento en Queens, no muy lejos del de Reese.
A veces necesito calma para trabajar en los guiones.
Digamos que vivíamos juntos al cincuenta por ciento.
Yo pasaba cuatro o cinco noches a la semana en su piso.
Vega interrumpió:
—¿Y en todos estos años, nunca hubo rupturas, peleas significativas, o celos?
Peter tragó. Pensó en lo callada que había estado Reese.
—Peleas triviales, sí. Pero no rupturas.
No celos. Ambos viajamos mucho por trabajo, y aunque nos queríamos y nos llevábamos bien, es verdad que en los últimos meses la relación se había enfriado un poco.
Últimamente estaba más reservada de la cuenta.
Varias veces la vi desvelarse por la madrugada; me despertaba y ella estaba sentada al borde de la cama o caminando por la casa.
Lo contaba como cosas curiosas, sin más importancia en su momento.
Ella decía que era por un poco el estrés laboral, pero poco más.
Pero sí, detective, se había vuelto un poco más hermética.
Martinsson continuó, pasando a lo profesional:
—Hablemos de su trabajo. Entiendo que la señorita Reese trabajaba como analista informática. ¿Tuvo algún conflicto reciente que pudiera generar rencor? ¿Alguna de sus investigaciones, digamos, de fraude corporativo o esos asuntos sensibles, resultó en amenazas?
—Mire, la gente se imagina que Reese resolvía crímenes con una lupa y un microscopio, pero casi todo su trabajo era administrativo —explicó Peter, forzando una sonrisa amarga—.
Análisis de balances, documentación de despidos por fraude interno, asuntos empresariales.
Era frío, puramente funcional. Que yo sepa, nadie la había amenazado por su trabajo.
Ella era muy reservada, mantenía sus problemas laborales allí. Pero que yo sepa, no.
—¿Y usted? ¿Algún colega resentido, alguien que pudiera querer causarle dolor atacando a su pareja? —preguntó Vega.
Peter hizo una mueca de amargura que apenas llegó a ser una sonrisa.
—Detective, escribo series de ciencia ficción que se resuelven en el último acto. No tengo el tipo de enemigo que mata a cuatro personas por una línea de diálogo mal escrita. Mis colegas son cínicos, no asesinos.
Vega se inclinó sobre la mesa.
—Los cínicos también se enfadan, señor Maco. ¿Alguna discusión reciente con alguno de ellos?
—No.
—A veces es por muy poco, señor Maco —dijo Martinsson, despacio—. ¿Algún exnovio o interés romántico reciente de Reese que pudiera haber actuado de forma obsesiva o amenazante?
—No. Yo era el último. Antes de mí, su vida sentimental era bastante… tranquila. No tenía acosadores.
Vega inclinó la cabeza.
—Señor Maco, usted no es la única persona con la que estamos hablando. Hemos estado reuniendo información con los padres y las parejas de las otras tres víctimas. Estamos descartando todas las hipótesis posibles, y en este tipo de crímenes, hay que empezar por el círculo íntimo.
Martinsson intervino, calmado pero firme:
—En este punto, cualquier persona con una conexión, y especialmente alguien que tenía acceso al apartamento y una coartada sólida, es de interés. Queremos que piense en los días previos a su viaje. ¿Hay algo, cualquier cosa, que le pareciera fuera de lugar? Algo que Reese dijera sobre esa cena.
—Solo sabía que iba a cenar con sus tres amigas, como hacían una vez al mes.
La verdad es que no me dio muchos más detalles sobre la cena.
Le pregunté si había algún problema, si alguien nuevo iba a ir, y simplemente me dijo que no, que era la reunión habitual —Peter dudó, frunciendo el ceño—.
Ellas eran muy unidas, amigas desde la infancia en Albany.
Yo creo que la relación era buena, nunca oí hablar de peleas graves, pero sí es verdad que esta cena era como un ritual mensual y, en los últimos tres meses, Reese había puesto excusas para no ir.
Eran las primeras veces que faltaba. Solo me dijo que no tenía «la energía para el drama» esa noche.
Pero fuera de eso, no creo que hubiese ningún problema entre ellas.
Martinsson asintió, anotando algo en su cuaderno.
—Gracias por ese detalle. Volviendo a su situación, señor Maco. Una coartada tan completa siempre nos interesa. ¿Qué nos puede decir de su estancia en Nevada?
Peter notó la acusación velada.
—No es una coartada, es mi trabajo. Estaba en Reno, Nevada, desde el seis de noviembre, en un retreat corporativo con otros tres guionistas: Jeremy, Lena y David.
Si miran los registros del hotel y los pases de seguridad de la sala de conferencias, lo verán.
Yo estaba al otro lado del país. No pude haber hecho esto.
—Y eso nos obliga a mirar con más cuidado —puntualizó Martinsson—. Estaba obligado a estar allí, pero no atado a la silla. Hay aviones, hay noches libres, hay viajes por carretera. ¿Alquiló algún coche?
—Sí. Pero lo usé para ir al aeropuerto —Peter se detuvo, recordando el Ford Crown Victoria destrozado—.
Mire, yo estaba a tres mil millas de Hallets Point.
No pude haber hecho esto. Revisen los pases de embarque y las cámaras de seguridad de Reno.
Y por cierto, no alquilé el coche; era el coche de cortesía del hotel donde me alojaba y está en el aeropuerto aparcado.
Con los nervios de estos días todavía no he llamado para que se encarguen del coche, tengo que hacerlo sin falta.
Peter se frotó la cara con ambas manos, sintiendo el filo de la desesperación. Se inclinó sobre la mesa.
—Detective, por favor. Ya pasaron días. ¿Quién lo hizo? ¿Qué esperan encontrar? ¿Cuándo van a resolver esto? —La voz le salió como un susurro áspero—. Necesito saber. Me están volviendo loco.
Vega se cruzó de brazos.
—Escúcheme, señor Maco. No sé quién ha sido. Cuando lo sepa, se lo diremos. Mientras tanto, déjenos trabajar.
Martinsson, con un gesto profesional, se puso de pie, terminando el interrogatorio tan abruptamente como había empezado.
—Le agradecemos la información, señor Maco. En cuanto haya un avance que podamos compartir, le informaremos de inmediato. Hasta entonces, por favor, manténgase localizable.
El interrogatorio terminó ahí. Peter salió de la comisaría con la sensación de ser, además, un sospechoso.
Los tres días posteriores al interrogatorio se le fueron en llamadas.
Peter se sentía atrapado en el bucle de un mal thriller de bajo presupuesto.
Llamaba a la comisaría a todas horas, esperando que alguien, Martinsson o Vega, le diera un avance.
La respuesta era siempre la misma: «Deje que la investigación siga los cauces normales, señor Maco. Queremos que nos deje trabajar».
Peter Maco se sentía como un fantasma en su propio apartamento de Queens, un espacio de diez por diez.
El interrogatorio con Martinsson y Vega lo había dejado expuesto, despojado de su rol de víctima para ser revestido con el de sospechoso.
La distancia de Nevada se había reescrito para sonar a coartada.
Peter vagaba por su sala, incapaz de sentarse.
Tres días después del funeral, la policía le permitió el acceso al apartamento de Hallets Point para recoger pertenencias personales, acompañado por un agente que esperó en la puerta. El permiso era una formalidad: lo dejaban entrar, pero vigilado.
Cruzó la puerta de nuevo, y el aire era pesado, aséptico.
El apartamento era un museo de la vida no vivida.
Los platos que se suponía que estaban usados por las cuatro amigas habían sido retirados por la policía, y la pulcritud era inquietante.
Peter notó que los ordenadores portátiles y la torre de escritorio de Reese ya no estaban. Se los había llevado la policía.
Peter se detuvo en el salón. El mueble del televisor, el sofá gris, todo estaba en su sitio.
Solo dos detalles le parecieron fuera de lugar: la alfombra del salón ya no estaba, posiblemente se la llevó la policía como prueba, y unas pequeñas manchas de color marrón oscuro en el suelo de madera, cerca del umbral que daba al pasillo.
Eran casi invisibles, no parecían sangre, sino residuos, quizás café o vino seco, pero la pulcritud del resto de la escena le hizo dudar.
Lo analizó, pero la lógica policial le había prohibido tocar nada.
Salió del apartamento con una caja pequeña: el pasaporte de Reese, un reloj y un cuaderno de bocetos que ella nunca había terminado.
El apartamento no le había ofrecido una respuesta, solo un silencio perfecto.
Decidió que la policía era demasiado lenta y que su destino como guionista era forzar el desenlace.
Intentó interrogar al portero y a un par de vecinos al azar, pero la policía, que lo tenía vigilado, le interceptó rápidamente.
El detective Martinsson lo llamó a su móvil con un tono de advertencia.