Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Mount Sinai Queens, en Astoria —repitió Raj, buscando la confirmación en el espejo retrovisor, donde vio el traje arrugado y los ojos inyectados en sangre de Peter.

—Sí. Lo más rápido posible, por favor. Es una emergencia —dijo Peter, con la voz áspera y extrañamente plana.

Raj asintió y se metió en el tráfico.

—Con esta lluvia tardamos, pero llegamos.

Peter se recostó contra el asiento. La música, suave y constante, servía como un ancla tenue para su mente a la deriva. Volvió a marcar el número de Reese. El buzón.

Raj no volvió a hablar hasta que el taxi se detuvo frente a la entrada del hospital, en la 30th Avenue.

—Suerte, amigo —dijo.

Al entrar en la sala de espera de urgencias del Mount Sinai Queens, Peter no fue abordado. Se detuvo. La sala era de un blanco clínico, fluorescente, que acentuaba el dolor de los rostros sentados allí. El aire era pesado, asfixiante.

En el mostrador de admisión había una mujer con auriculares y una pantalla.

—Busco a Reese Ellison. Soy su pareja. Me llamó la policía.

La mujer escribió algo, leyó, y cambió el gesto de forma casi imperceptible.

—Un momento, por favor.

Llamó por un teléfono interno y habló en voz baja. Colgó.

—Tiene que bajar a la planta menos dos. Los ascensores están al fondo, a la derecha. Allí le atenderán.

—¿Qué hay en la planta menos dos?

—Allí le atenderán, señor.

Peter había escrito suficientes escenas de hospital para saber qué suele haber en los sótanos. Se negó a pensarlo.

Las puertas del ascensor se abrieron a un pasillo de luz fluorescente, con una puerta de «Personal autorizado» y, al fondo, una sala de familiares con la puerta abierta. Tuvo que apoyarse contra el marco metálico de la puerta.

Vio a un joven tembloroso, sentado solo, con las manos apretadas, y lo reconoció: era Billy, el hermano de Rob, el novio de Anna. Lo había conocido en una barbacoa el verano anterior, y no habían vuelto a hablar. Peter avanzó hacia él con la cautela de quien se acerca a una fosa abierta.

—¿Qué pasó? ¿Dónde está Reese? El policía dijo hospital… —Peter no pudo terminar. Su voz se había quedado en un hilo, sus ojos fijos en la nada.

Billy cerró los ojos y tragó saliva. El sonido fue duro, seco.

—Peter… Lo siento muchísimo. Fue esta madrugada, en el apartamento. Las cuatro. Reese, Anna, Julia, Michelle. Alguien las ha… Las han matado. Ya están con el forense. A los familiares nos han reunido aquí hasta que la policía nos hable.

Peter se quedó de pie, rígido. Cuatro. La rodilla de Peter falló. Se deslizó por el marco de la puerta hasta el suelo, quedando sentado en el frío azulejo del pasillo.

—¿Cómo lo saben? ¿Quién…? —dijo Peter, en un hilo de voz.

—Rob fue quien las encontró —explicó Billy, la voz rota por el llanto—.

Anna no volvía a casa. Rob llamó a Reese y a las otras chicas, pero nada.

Fue al apartamento de Reese en Hallets Point a las 3:00 a.

m. Llamó, golpeó, nadie abría. Bajó a buscar al portero, que subió con la llave.

Las encontraron… en la sala. Llamaron a la policía.

Rob está arriba, declarando. A mí me dijeron que esperara aquí.

Billy señaló con un gesto vago hacia la sala de familiares, donde un par de parejas mayores, los padres de las otras chicas, se agolpaban en un silencio sepulcral. Reese, cuyos padres habían fallecido, estaba sola en la representación familiar. Billy añadió en voz baja:

—Reese solo te tiene a ti, Peter. Los demás familiares están lidiando con esto. Pero está su abuela, Elsie. Por su edad, han decidido que es mejor que no sepa nada todavía. Esperamos que la policía pueda hacer el contacto de forma controlada y muy suave.

Aquella mención a la abuela Elsie apenas llegó a registrarse en la mente de Peter. Se quedó allí, en el suelo del pasillo, sintiendo cómo la inercia del shock tomaba el control de su sistema nervioso.

Lo siguiente que recordó fue a una agente agachada a su lado, con una tablet en las manos.

Le dijo su nombre, le dijo que lo sentía y le explicó con voz muy suave que necesitaban que confirmara la identidad de la señorita Ellison, porque era la persona más cercana a ella que habían podido localizar.

Peter miró la pantalla un segundo y dijo que sí. No volvió a recordar la fotografía.

No recordaba cómo salió del hospital ni cómo pasaron las primeras cuarenta y ocho horas.

El siguiente fragmento de realidad nítida lo golpeó días después.

Se encontraba ahora en un pequeño y pulcro despacho de una funeraria en Albany, la ciudad del estado de Nueva York donde Reese y sus amigas habían crecido.

Frente a él, un hombre metódico de rostro impasible, el señor Henderson, repasaba una lista de opciones con la frialdad de quien vende un seguro de vida.

—El forense ya ha liberado los cuerpos, señor Maco, así que podemos proceder.

Respecto a la disposición de los restos.

Tenemos el servicio «Jardín de Paz», la «Eternidad Eterna» o la opción «Solitaria», más sencilla.

¿Y el urnario? ¿Caoba, nogal, o prefiere algo más contemporáneo, quizás metalizado?

Peter se sentía completamente ajeno a las preguntas, como si estuviera asistiendo a una reunión de negocios sin entender el producto.

Había pasado tres días en una bruma de papeleo y llamadas telefónicas, su cuerpo funcionando con la inercia del terror y la falta de sueño.

Había optado por la cremación. La decisión de trasladar los cuerpos de las cuatro amigas a Albany había sido un punto de fricción interna, ya que Reese había expresado su aversión por la ciudad donde creció.

—Será cremación, señor Henderson. Para las cuatro.

Igual que las demás. Y las urnas… La opción más discreta.

Deben ser idénticas, porque planeamos esparcir las cenizas juntas en un pequeño claro en el bosque, donde siempre jugaban de pequeñas —dijo Peter, forzando las palabras.

Las familias habían acordado el lugar, un recuerdo que Peter solo conocía a través de anécdotas.

Las otras tres le habían pedido que coordinara los trámites con la funeraria y cada una había firmado su autorización; Elsie, informada ya con mucho cuidado, había delegado por escrito en él lo de Reese.

Urnas y flores se habían decidido por teléfono entre todos.

—Muy bien. ¿Y respecto a los arreglos florales? ¿Cuatro conjuntos idénticos, o uno individual para la señorita Reese, coordinado con el de sus amigas?

—Idénticos. Cuatro. Que sean… margaritas blancas. Sin mucho adorno. —La necesidad de uniformidad le dio una falsa sensación de control. Henderson asintió, indiferente. Peter solo deseaba que terminara el interrogatorio sobre la forma de la muerte, ignorando por completo el porqué.

El funeral, celebrado en la iglesia de piedra de Albany, estaba atestado.

Peter se sentía como un intruso; un personaje secundario forzado al centro de la escena.

Apenas conocía a nadie más allá de los padres de las otras chicas y algún compañero de trabajo.

Los padres de Anna, en particular, habían insistido en que el evento debía ser un «homenaje majestuoso» y de «alta sociedad», transformando la ceremonia en un despliegue de ostentación que se sentía más a fiesta que a despedida.

Peter, en un rincón, lidiaba con el contraste entre la solemnidad que él buscaba para Reese y la opulencia que el resto de las familias exigían para honrar a sus hijas.

Había rostros nuevos: compañeros de trabajo de Reese y de su propia productora, gente que había viajado desde Nueva York.

Eran las únicas personas conocidas en un mar de rostros desconocidos.

Cuatro urnas idénticas descansaban sobre una mesa de caoba. Los organizadores, en un intento por «celebrar la vida», habían montado una proyección sombría. Desfilaron fotos y videos de las cuatro amigas, desde niñas en el bosque hasta mujeres jóvenes en Nueva York.

Cuando terminó la proyección, la iglesia se sumió en un silencio tenso, roto por el inicio de la música.

Sonó «Here Comes the Sun» de The Beatles, una canción irónica y dolorosamente optimista que, según le había dicho Billy, habían adoptado como himno de amistad desde la universidad.

La voz de Harrison flotaba entre los bancos de madera, y la melodía, que en otro contexto inspiraba esperanza, sonaba ahora a lo contrario.

La gente desfilaba para darle el pésame.

Manos desconocidas en su brazo, frases triviales y solemnes: «Lo siento muchísimo», «Era una chica fantástica», «Dios la tenga en su gloria».

Peter devolvía sonrisas vacías, sintiendo la hipocresía inherente a esos rituales sociales.

En un momento del desfile, vio a la abuela Elsie.

La anciana se acercó con pasos cortos y una fragilidad que parecía a punto de quebrarse bajo el peso del luto.

Al llegar frente a Peter, no dijo nada; simplemente le tomó las manos y se rompió en un sollozo silencioso y profundo que le sacudió todo el cuerpo.

Peter sintió un nudo insoportable en la garganta.

No pudo sostenerle la mirada ni ofrecerle consuelo; se apartó con brusquedad y no volvió a hablar con ella durante el resto del funeral.

Pensó, con una culpa punzante, que más adelante, cuando el aire no quemara tanto, iría a verla.

Peter llevaba tres días sin dormir, consumido por la pregunta: «¿Qué pasó, quién fue y por qué?

». La policía se había mostrado hermética, citando la «investigación abierta y la complejidad del caso».

Mientras se apartaba de un grupo, un hombre alto, vestido con un traje oscuro, se acercó.

Era el detective Martinsson, de la comisaría 114. ª, encargada de la investigación.

—Soy el detective Martinsson. Mi más sentido pésame.

—Gracias.

—Sé que no es el momento. Pero cuando pueda, necesitamos que se acerque a la comisaría. Hay detalles que solo usted puede darnos —Martinsson le tendió una tarjeta sobria.