Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

El 13 de noviembre, el equipo decidió eliminar un personaje secundario por «exceso de complejidad emocional», un movimiento puramente económico para simplificar la mercadotecnia.

Peter pensó en la frialdad de la decisión: su trabajo era extirpar la humanidad.

Por la tarde, la luz del atardecer tiñó las montañas de un ocre rojizo espectacular.

La llamada breve a Reese fue rápida; ella confirmó: «Mañana, cena de chicas.

Ya está todo organizado. Pásalo bien tú con tu vacío existencial».

Peter volvió a borrar lo que llevaba de la novela, se quedó mirando el techo y se durmió tarde.

El catorce de noviembre amaneció en Reno con una calma tensa.

Era el día libre de Peter. Un pequeño respiro de la sinergia forzada.

El equipo de guionistas se había ido a Las Vegas, buscando el caos y el ruido que, irónicamente, su trabajo les negaba.

Peter se quedó solo en el hotel, disfrutando del silencio casi ilegal.

Pasó la mañana con la novela, intentando una vez más empezarla por el final.

Hacia las dos de la tarde, las cinco en Nueva York, llamó a Reese.

Esa noche era la cena con las chicas y la encontró liada con los preparativos.

Hablaron de cosas banales: el tráfico en Queens, un fallo en el servidor de su oficina, el clima seco de Reno.

Al final, antes de cortar, ella hizo una pausa.

—Te quiero, Peter —dijo ella.

Colgó antes de que él pudiera procesar la frase. Peter se quedó extrañado. Reese no solía decirlo; para ella el afecto se daba por sentado, no se anunciaba.

No volvió enseguida a la novela. Se quedó un rato mirando por la ventana el estacionamiento vacío, bajó a la máquina del pasillo, sacó unas galletas y dejó el paquete a medias.

Hacia las cuatro se obligó a sentarse ante el portátil, escribió una página y media y, por una vez, no la borró.

Cuando empezó a oscurecer salió a caminar alrededor del hotel; hacía un frío seco que le despejó la cabeza menos de lo que esperaba.

Al volver pidió la hamburguesa y puso El tercer hombre en el televisor.

A Peter le fascinaba el cine clásico, y siempre llevaba consigo una gran colección en distintas memorias externas, su archivo personal de narrativas perfectas.

La sombra proyectada por la rueda de la fortuna en Viena, con su cinematografía de ángulos holandeses y claroscuro, siempre le recordaba la facilidad con la que la gente oculta sus verdaderas intenciones detrás de la fachada del carisma.

La vida, a diferencia del cine negro, raramente ofrecía sombras tan definidas.

Se acostó temprano, con el «te quiero» todavía en la cabeza.

A las 2:45 a. m., hora de Nevada (5:45 a.

m. en Nueva York, 15 de noviembre), el teléfono de Peter vibró sobre la mesita de noche.

El ruido, en el silencio denso de la habitación, sonó violento, rompiendo la membrana de la rutina.

No era Reese. Era un número desconocido.

La pantalla brillaba con el prefijo de Nueva York.

Peter lo ignoró, esperando que la llamada fuera absorbida por el vacío de la noche y se resolviera sola.

El teléfono volvió a sonar un minuto después.

Insistente, con la persistencia de una emergencia que no acepta ser ignorada.

Peter contestó, con la voz pastosa y áspera por el sueño.

—¿Sí?

La voz al otro lado era profunda, formal y carente de cualquier inflexión innecesaria o emocional, una voz que pertenecía al reino de la burocracia terminal.

—¿Es usted Peter Maco? Le llamamos del Departamento de Policía de Nueva York. Necesitamos que se dirija al Mount Sinai Queens, en Astoria, de inmediato.

Peter sintió un frío que no era de Nevada. La mano con la que sostenía el teléfono se sintió súbitamente ajena a su cuerpo.

—Yo… Lo siento, ¿quién habla? ¿Hospital? Yo estoy en Nevada ahora mismo. Estoy trabajando en Reno.

La voz del oficial no dudó ni un segundo ante la revelación.

—Entendido. Señor Maco, la situación es crítica. Ha habido un incidente que involucra a la señorita Ellison. Debe tomar el primer vuelo a Nueva York y presentarse en el Mount Sinai Queens en cuanto aterrice. No hay más detalles que podamos dar por teléfono.

Peter se quedó sentado en la cama con el teléfono en la mano.

Había colgado con el oficial, y el silencio de la habitación de hotel se había vuelto una cámara anecoica donde solo resonaba la palabra «crítica».

En menos de cinco minutos ya había comprado el primer vuelo de la mañana: salía a las seis y diez, con escala en Denver, y llegaba a Nueva York a media tarde.

Marcó el número de Reese. Salió directamente el buzón de voz.

Volvió a marcar, y otra vez el buzón, con la voz de ella, tan alegre, pidiendo que dejara su mensaje.

Probó una tercera vez y una cuarta; a la quinta ya no escuchó el mensaje entero.

Buscó en la agenda el único otro número que tenía de ese grupo, el de Anna, y llamó.

Sonó hasta que se cortó. Le escribió: «Anna, dime algo de Reese, por favor», y al borrarlo para escribirlo de otra manera se dio cuenta de que le temblaban los pulgares.

Bajó a recepción y pidió el coche de cortesía del hotel, con una mentira torpe sobre una emergencia familiar. Le dieron las llaves de un viejo Ford Crown Victoria marrón.

Tardó más de lo que pensaba en hacer la maleta, con las manos torpes y el teléfono pegado a la oreja, y salió del hotel pasadas las cuatro, conduciendo a una velocidad irresponsable, con el motor del coche prestado gimiendo en protesta.

El aeropuerto estaba a diez minutos. La urgencia lo había despojado de su habitual aplomo; él, que podía trazar el arco de una serie de veinte episodios, era incapaz de navegar por un simple aeropuerto regional.

Llegó al complejo aeroportuario de Reno-Tahoe.

Había señales de tráfico confusas en la oscuridad de antes del amanecer.

Buscaba el estacionamiento de larga duración, pero todas las entradas que encontraba llevaban letreros de «Personal autorizado» o «Alquiler privado».

Aún tenía más de una hora por delante, pero no podía pensar en eso.

Vio una caseta de guardia solitaria junto a una barrera automática. Condujo hasta la caseta. Un guardia de seguridad, un hombre mayor con un gorro de lana y el rostro hecho de puro tedio, asomó la cabeza.

—Disculpe —dijo Peter, con la voz rota por la tensión—. Necesito aparcar de inmediato. Tengo una emergencia familiar. No puedo esperar.

—Todo el long-term parking está al otro lado. Esto es solo para vehículos de servicio —dijo el guardia con voz cansada.

—Por favor, solo serán cinco días. Pagaré lo que sea. Es mi pareja, la policía me ha llamado… —suplicó Peter. La desesperación sonó tan barata y melodramática que ni él se la creyó.

El guardia, impasible, señaló el cartel.

—Política de la compañía, señor. Tiene que dar la vuelta.

En un arrebato de frustración, Peter puso marcha atrás al Ford Crown Victoria demasiado rápido. Escuchó un golpe metálico sordo y luego un sonido crujiente y seco. El coche se había estrellado contra la base de cemento de una mediana. La llanta trasera derecha había reventado.

Peter ignoró el dolor en la nuca y el silbido moribundo del neumático.

Avanzó torpemente, la llanta reventada martillando rítmicamente contra el asfalto.

Por fin, vio un letrero apenas iluminado de «Estacionamiento General».

Entró, aceleró hasta el primer espacio vacío que encontró y apagó el motor con un temblor incontrolable en la mano.

Salió del coche sin siquiera mirar la rueda destrozada, sin molestarse en dejar una nota. Ya se ocuparía del coche después.

Pasó el control de seguridad por pura inercia.

En la puerta de embarque, con más de una hora por delante, repitió todo.

Reese, el buzón. Anna, nada. Después llamó al número desde el que lo habían llamado y contestó la misma voz, que repitió sin cambiar una palabra que tenía que presentarse en persona.

Peter preguntó si ella estaba viva. «Señor Maco, venga en cuanto aterrice», fue lo único que le dijeron.

Aquella respuesta, que no era un sí ni un no, la repasó una y otra vez.

Sentado junto a la ventanilla, mientras el cielo comenzaba a tornarse de un gris lechoso, Peter sabía que no pegaría ojo.

Algo más de siete horas entre vuelos y escala.

Sacó su laptop. Las memorias externas llenas de cine clásico, sus archivos de «narrativas perfectas», ahora parecían una burla obscena.

Abrió también Cine Olvidado, su blog de cine clásico: la última entrada era de agosto y tenía tres comentarios sin contestar.

El tiempo en el aire se volvió estático.

«Crítica». En un guion, ese era el punto de no retorno.

En Denver tuvo cuarenta minutos y los gastó en el teléfono.

Buzón de Reese, nada de Anna. Buscó el número del hospital, esperó once minutos en línea y le dijeron que no daban información de pacientes por teléfono.

Escribió a Reese «Llámame en cuanto veas esto», y al rato, «Reese, por favor».

Los mensajes seguían con una sola marca.

Durante el segundo vuelo revisó los últimos meses con Reese buscando algo que explicara aquello. Solo encontró el «te quiero» de la tarde, que ahora no sabía dónde colocar.

El avión aterrizó en LaGuardia a las cinco menos cuarto de la tarde, con lluvia fina y casi de noche.

Llamó a Reese antes de que dejara de rodar.

El buzón. Tomó un taxi inmediatamente. El conductor era un hombre de origen indio, de barba cuidada y ojos cansados, que se presentó como Raj.

Llevaba una gorra de los Mets y la radio sonaba a un volumen bajo con una música clásica hindi, melancólica y rítmica.

Peter le dio el nombre del hospital al subir.