Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

El sol de Nevada no era el sol filtrado de Nueva York.

Era una luz cruda que no prometía sombra, abrasaba la tierra y dejaba a la vista cada grano de arena y cada grieta del asfalto.

Peter Maco, guionista de veintiocho años, observó el estacionamiento del hotel a través de la ventana de su sala de conferencias.

El edificio, una mole gris y funcional de arquitectura tan anónima que bien podría haber estado en cualquier ciudad aeroportuaria, parecía un búnker olvidado.

Ahora estaba sentado ante una mesa de fórmica, tan blanca y brillante que parecía irreal bajo la luz azul de su laptop.

Los otros tres guionistas estaban inmersos en una discusión acalorada sobre la física cuántica aplicada a un agujero negro ficticio, debatiendo las ramificaciones éticas de la superposición de estados.

Peter, por su parte, se sentía desconectado, como una señal de radio débil que apenas logra atravesar una tormenta.

Se preguntaba, con la acidez que solo da el cinismo profesional, si la productora no había inventado esta reunión en Nevada solo para justificar una gran factura de viajes y reducir los impuestos.

Era un guion que él escribiría, no para la serie, sino para su propio consumo: El burócrata siniestro, protagonizado por ejecutivos obsesionados con el beneficio antes que con la narrativa.

Su atención real estaba en su novela inacabada, un estudio detallado sobre la maldad funcional que se tejía en las oficinas modernas, un manuscrito que había reescrito docenas de veces, buscando siempre la verdad no adulterada en el fondo de la corrupción.

La verdad es que su apatía no se debía solo al guion de ciencia ficción.

Peter llevaba meses de mierda. En los últimos cuatro meses, apenas había visto a Reese.

Su trabajo, un encargo ambicioso que requería supervisar localizaciones de los episodios terrestres y perfilar ideas, lo había sumergido en una espiral de viajes: de Reno a Vermont, y de allí a California.

Los días que pasaba en Nueva York, estaba asfixiado por el trabajo.

Los horarios de Reese tampoco ayudaban; ella siempre parecía inmersa en sus propios plazos o, simplemente, sus tiempos no lograban compaginarse.

Aunque cada uno conservaba su propio apartamento y pasaban juntos buena parte de la semana, el último mes lo máximo que habían compartido era el silencio frente a alguna película antes de dormir.

Sentía que algo se había enfriado, una distancia sutil que no se atrevía a nombrar.

Le inquietaba, sobre todo, que Reese llevara semanas más callada de lo normal, y no sabía por qué.

Se preguntaba, en las noches de insomnio en hoteles anónimos, si él era el responsable de ese desgaste o si se trataba de algo que ella no le contaba.

Aun así, conservaba el pequeño consuelo de la noche: Reese siempre se aferraba a su espalda, deslizando su mano entre sus piernas, un gesto de costumbre más que sexual que a él le devolvía una paz momentánea.

Pero el sexo era escaso. Tenía pendiente una conversación con ella para entender qué estaba rompiéndose, y aquel viaje forzoso a Nevada no llegaba en el mejor momento para salvar una estructura que ya sentía fracturada.

—¿Sigue siendo el desierto tan vasto como tu ego? —fue el saludo de Reese, con su sorna de siempre.

Peter sonrió amargamente.

—Vasto y estúpido. Estamos decidiendo si la nave espacial debe tener tres o cuatro baños, porque eso, aparentemente, define la experiencia humana en el espacio.

—Estás en el lugar correcto. La estupidez define la experiencia humana en cualquier parte —replicó Reese, y se la oyó sonreír.

—Lo odio. Odio este lugar, Reese. Odio la coacción de la creatividad, la idea de que podemos producir algo valioso bajo estas condiciones de aislamiento forzoso.

—Lo sé. Pero ¿qué vas a hacer? Es tu contrato —hizo una pausa, y su tono se animó—. Vi una película vieja anoche: Chinatown. Me acordé de ti. No por el misterio, sino porque el mal no es ningún tiroteo. Son los contratos del agua, el papeleo aburrido.

—¡Exacto! Es la maldad bien documentada. Y aquí estamos, perdiendo el tiempo hablando de rayos láser que solo son una fachada para la falta de ideas —suspiró Peter.

—Vuelve pronto, Peter. Aquí todo es más sucio, pero al menos no hay final de temporada.

—Lo espero. La cena con las chicas es el catorce de noviembre, ¿cierto?

—Sí. Ya está organizado. Hablamos mañana, que tengas buen día.

Cortó la llamada.

Peter se quedó un momento con el teléfono en la mano. Hacía semanas que no hablaban tanto rato.

Peter regresó a la sala. La discusión sobre los baños espaciales había cesado, reemplazada por una divagación de alto nivel sobre la inutilidad de su trabajo en la cadena alimenticia cultural.

—Volviendo a la nave —dijo David, encendiendo un cigarrillo electrónico con un gesto cansado—.

El problema de fondo no es el número de baños, sino el jabón.

Si nuestra heroína usa uno de farmacia, es una mujer del pueblo.

Si usa uno orgánico de lavanda que cuesta sesenta dólares, es una elitista alienada.

El detalle manda, ¿no? Pues el estudio quiere que la quiera todo el mundo, así que o gastamos una página en esto o no cerramos la escena.

—Yo lo que no soporto es la mecánica —dijo Jeremy, el guionista más joven—. Tres o cuatro baños, jabón barato o caro, y el espectador cree que está descifrando nuestro código. Está haciendo nuestra tarea de sociología gratis y encima se siente listo. Yo entré en esto para escribir otra cosa.

—No es tan simple, es mitología de consumo —corrigió Lena, ajustándose las gafas, con una precisión de seminario—. Subimos una trama como Sísifo sube la roca, sabiendo que la próxima temporada la deshace. Nos pagan lo bastante para que no nos moleste, y eso también tiene nombre en ética.

—Sísifo al menos no tenía reunión de seguimiento a las cuatro —bromeó Jeremy.

—Tú tampoco —dijo David—. La han movido a las cinco.

—Exhaló el humo artificial y lo siguió con la mirada—.

Lo que de verdad me jode es lo del almirante.

Nos hicieron cambiar su muerte por un discurso motivacional, y era lo único bueno que habíamos escrito.

Nadie nos toma en serio como pensadores, solo como proveedores de entretenimiento. Pues vale, pero que me dejen la muerte.

—Es que el discurso rinde más —dijo Jeremy, reclinándose—. Lo han medido. Un beat que sube la retención vale más que un silencio que hace pensar. Ahora todo es una línea de producción de dopamina, y a mí me da vergüenza firmar eso.

—No fue por el silencio —replicó Lena—. Las cifras caían justo en esa escena. No se lo inventaron.

—Las cifras caen siempre en la escena que más cuesta escribir.

—Y suben en la que no cuesta nada —dijo Lena—. Si vendes oro, la gente desconfía. Si vendes latón brillante, lo compran a montones. No lo digo yo, lo dicen los números de los últimos cuatro años.

Peter, escuchando, sintió que Lena había puesto en palabras la esencia de su fracaso con la novela. Él buscaba la verdad, pero la verdad no se vendía por temporadas. David se rió suavemente, exhalando vapor.

—Si soy sincero, a mí me da lo mismo. Estamos en un Marriott de Reno debatiendo el destino de una civilización galáctica para que un ejecutivo de Los Ángeles justifique su bonus de Navidad.

Él no lee las tramas, lee las cifras de retención.

Y si la historia dura lo bastante para amortizar la inversión, es buena historia.

Yo solo digo que con lo que cuesta este viaje me pagaba dos meses de alquiler.

—No es un robo, y ahí está lo grave —dijo Peter, uniéndose al cinismo—.

Nadie se lleva nada. Hay una línea de presupuesto que elimina a un personaje por «exceso de complejidad emocional» porque sale más barato, y nadie sabe quién la firmó.

Es la maldad administrativa. La que no grita, la que solo manda un memorando.

—Eso ya lo dijiste esta mañana —dijo David—. Y no, no hay nadie a quien culpar. Hay una hoja de cálculo.

Lena suspiró.

—Estamos aquí porque la ejecutiva cree que la creatividad solo existe en una burbuja geográfica exótica.

Se imagina una cabaña en Vermont escribiendo El resplandor, y lo que tiene es un Marriott de Reno escribiendo El bostezo.

—Se encogió de hombros—. Si el proyecto fracasa, alguien ganará dinero igual.

La amarga verdad resonó en Peter. Pensó en su novela, en las veces que la había reescrito, y no dijo nada.

Los días siguientes fueron todos iguales.

El 12 de noviembre despertó a la luz incisiva de Nevada.

El desayuno era siempre el mismo: huevos revueltos con textura de espuma de poliestireno y un café aguado que sabía a metal.

Ocho horas de guionización. Debatieron extensamente la ética del hackeo espacial, un tema que a Peter le parecía tan relevante como el clima de Marte.

La sala de conferencias, aséptica y cerrada, se sentía como una celda acolchada.

La llamada rápida a Reese fue corta; ella hablaba de una nueva arquitectura de datos en la firma de análisis informático donde trabajaba y le contó entre risas que habían rebautizado el proyecto por tercera vez.

Peter pasó la noche intentando que su prosa fuera invisible, reescribiendo el primer capítulo de su novela por enésima vez, obsesionado con la necesidad de simplificar el lenguaje. Borró cincuenta páginas al encontrar el menor atisbo de melodrama o autocompasión.