32 #2
Traía una flor de la ladera alta del volcán — roja oscura, con el centro negro, que Inés no había visto en ningún otro sitio de la isla. La presentó ante Ada con elegancia.
Ada la estudió. La olió. La giró despacio.
— La conozco — afirmó —. Mi abuela la usa para teñir telas. La llaman liaru mwaren — flor del fuego viejo.
Kemen mantuvo la compostura. Apenas.
Pahso llegó segundo, cargando algo del tamaño de su cabeza envuelto en hojas — una raíz enorme de forma retorcida que había arrancado de algún rincón oscuro de la selva y que olía a tierra y a algo más dulce.
Ada la examinó.
— La comemos en el Sohlap en Noa. Desde que tengo memoria. La llaman kehp en mwahu — raíz del buen año.
Pahso parpadeó. Su madre, desde el lado, hizo un gesto que claramente significaba una regañina ¿cómo es posible?
Inek salió del agua como si nunca hubiera estado en ella — sin casi mojar el suelo, con algo en las manos envuelto en una hoja de pandano mojada que abrió ante Ada con toda la delicadeza del mundo.
Era una estrella de mar. Pero no como ninguna que Inés hubiera visto — de un color entre naranja y rojo, con los brazos más largos de lo normal, casi translúcida en los bordes.
Ada la miró durante más tiempo que las otras dos cosas.
Leilani se inclinó hacia Apo María y le dijo algo en voz muy baja. Apo María respondió con una sola sílaba.
— ¿Ada? — inquirió Inek, con esa sonrisa suya a medio aparecer.
Ada levantó la vista.
— Los pescadores la llaman liho en nan — la que viene de muy abajo... — pareció titubear —. Nunca había visto una. Y nunca la he tocado.
Hubo un murmullo entre los cortejos.
Inek inclinó la cabeza, ofreciéndosela.
Ada la tocó. Fría. Suave. Irreal.
Inek sonrió entero — la primera vez en todo el día que la sonrisa duró más de un segundo.
Las tres madres miraron hacia la playa norte. Práxedes no había vuelto todavía.
El sol seguía bajando.
Llegó cuando ya nadie esperaba que llegara.
Con las gafas torcidas, una rama enredada en la chaqueta, y el pañuelo doblado con cuidado en las dos manos como si contuviera algo que podía romperse.
Tenía también un rasguño en la frente y la rodilla del pantalón manchada de tierra de una caída.
Se colocó ante Ada.
— ¿Qué has encontrado? — preguntó Ada.
Práxedes miró el pañuelo. Luego el nahs. Luego a Leilani.
— Necesito sombra — indicó —. Para enseñarlo bien.
Ada se giró hacia Apo María. La anciana ya estaba levantándose de su plataforma — lo cual era suficientemente inusual para que todo el claro lo notara.
Leilani la siguió.
Todo el mundo siguió a Leilani.
Bajo el techo del nahs, con la luz del exterior quedándose fuera, Práxedes esperó a que los ojos se ajustaran a la penumbra. Luego abrió el pañuelo despacio.
Era una piedra. Gris, irregular, del tamaño de un puño, cubierta de algo que parecía musgo oscuro y apagado.
Las tres madres intercambiaron una mirada, intrigadas.
Práxedes giró la piedra.
Y el nahs se llenó de verde.
No mucho — no era una hoguera, no era el volcán.
Era una luz quieta y fría que salía del musgo como si siempre hubiera estado ahí esperando que alguien apagara el sol para mostrarla.
Verde. Imposible. El tipo de color que no debería existir en un trozo de roca de lava negra en una isla del Pacífico.
Nadie dijo nada durante un momento.
Ada la observaba fascinada.
— ¿Cómo se llama? — preguntó casi sin darse cuenta.
Práxedes negó con la cabeza.
— No lo sé. Por eso lo he traído.
Ada dió un codazo a Leilani. Leilani negó con la cabeza — no lo sabía.
Apo María miraba la piedra con los ojos brillantes. Dijo algo breve.
— ¿Qué ha dicho? — preguntó Práxedes.
Ada tardó un momento.
— Dice que no tiene nombre para ella.
Ada levantó la vista de la piedra. Inek observaba desde el lado, sonriendo a medias.
La sonrisa desapareció.
Luego, desde el fondo del nahs, Murphy soltó algo en inglés que no necesitaba traducción. Finch lo secundó. Stuart se rio. Cromwell dijo una de sus tres palabras con una convicción que resumía el sentimiento general.
Mal cogió la mano de Inés y la apretó con fuerza.
La segunda y última prueba fue fuera, bajo el sol, con los dos finalistas sentados frente a Apo María — Inek con su calma habitual, Práxedes con la hoja de helechos todavía en el pelo que nadie le había dicho que tenía.
Apo María habló en ponapeño. Ada escuchó y lo tradujo para los finalistas y el público:
— Pregunta de Apo María: ¿qué tiene dientes pero no muerde, y traga sin tener boca?
Inek pensó. Se veía que pensaba de Verdad, frunciendo el ceño y hacienda unos gestos muy extraños. Dijo algo en ponapeño. Ada escuchó.
— Dice que el mar. Que las olas son sus dientes y que se traga los barcos.
Era una respuesta hermosa. Las tres madres asintieron.
Apo María esperó.
Práxedes miraba el suelo. Luego miró las redes de pesca extendidas junto al nahs, secándose al sol con sus mallas abiertas y sus pesos de piedra en los bordes.
— La red — respondió.
Apo María cerró los ojos.
Y asintió.
Las tres madres miraron las redes. Luego miraron a Práxedes. La madre de Inek cerró los ojos un momento.
Ada contemplaba a Práxedes con la boca abierta.
Práxedes se quitó la hoja de helecho del pelo sin darse cuenta de que estaba ahí.
— ¿He ganado? — preguntó incrédulo.
— Has ganado — confirmó Ada, con una voz que contenía aproximadamente veinte emociones distintas a la vez.
Desde fuera del círculo llegó el ruido: Murphy gritando algo en inglés, Stuart silbando, Finch aplaudiendo. Mal dio un salto que hizo que Ipen lo mirara con los ojos muy abiertos. Inés se tapó la boca con las manos emocionada.
Cromwell dijo sus tres palabras seguidas.
Leilani, detrás de Ada, sonreía plácidamente.
Lo que siguió fue diplomacia pura.
Ada, con una solemnidad que habría impresionado a Doña Amalia, agradeció a los tres candidatos y a sus familias el honor de su presencia y la demostración de sus virtudes.
Dijo que el proceso había sido ejemplar.
Dijo que las islas de Pingelap, Mokil y Ngatik siempre tendrían un lugar especial en su corazón.
Las tres madres escucharon. Asintieron. La madre de Kemen dijo algo que Ada tradujo para Inés en voz muy baja:
— Dice que con ese aspecto, menos mal que es listo.
Inés miró a Práxedes.
— Qué equivocada está — respondió orgullosa.
Práxedes se puso colorado hasta las orejas.
Hubo una gran cena esa noche.
Los tres candidatos se quedaron. Pahso comió por tres.
Kemen conversó con Ada durante un rato largo con una cortesía que tenía más de respeto que de derrota.
Inek apareció y desapareció de la conversación con su habitual invisibilidad, y en algún momento Mal lo encontró enseñándole a hacer algo con un cordón que sus manos hacían parecer sencillo e imposible a la vez.
Práxedes estaba sentado entre Inés y Ada.
— Entonces — le dijo a Ada —. Ahora soy tu prometido.
— Temporalmente — puntualizó.
Inés vio que Ada miraba hacia donde estaba Kemen, que en ese momento decía algo que hacía reír a tres mujeres de la isla a la vez.
— Es bastante guapo — comentó Ada.
Inés sonrió.
— Ada.
— Es una observación objetiva.
— Acabas de rechazarlo.
— He rechazado casarme con él — corrigió Ada —. Son cosas distintas.
Práxedes las contemplaba entre divertido y desconcertado.
Mal se acercó a Inés por el otro lado.
— Inés — llamó en voz baja pero no tan baja como creía —. Ahora Práxedes está prometido con Ada.
— Sí.
— O sea que técnicamente no puedes besarle.
— Técnicamente.
— ¿Y eso no te molesta?
Inés miró de reojo a Práxedes, que había escuchado toda la conversación con las orejas progresivamente más rojas.
— El soumas no va a tardar mucho — respondió Inés.
Práxedes terminó de ponerse rojo como un tomate.
Mal los observó a todos con expresión satisfecha.
— Bien — suspiró —. Me alegra haber preguntado.