Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 33
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Era la mañana de la partida. Stubing los esperaba en el muelle con cara de haber dormido poco y de haber hecho cosas mientras no dormía.

— Han llegado noticias por telégrafo — anunció, sin preámbulos —. Madrid envía al general Polavieja a Filipinas para hacerse cargo de la situación. . Manila no es un lugar al que volver ahora mismo.

Inés también se dio cuenta de que no eran buenas noticias. Manila con Polavieja sería otra cosa — más tropas, más represalias, más peligro para cualquiera que hubiera tenido algo que ver con el Katipunán. O con la Capitanía General ardiendo.

— Me he tomado la libertad de mirar rutas — continuó Stubing —.

Hay vapor de Ponapé a Yokohama que sale dentro de dos días.

Tiempo suficiente para llegar. — Abrió sus papeles —.

Desde Yokohama he descartado las compañías alemanas por razones obvias.

He reservado con las Messageries Maritimes — franceses, buena reputación en el Pacífico.

Escala en Singapur, luego Adén, luego Marsella.

Desde Marsella, el Orient Express a Viena.

— Le tendió el sobre —. Todo a nombre de Montesclaros.

Dos pasajeros. Camarote doble en primera clase.

Inés cogió el sobre.

Y entonces, sin pensarlo, sin planificarlo, se acercó a Stubing y lo abrazó.

El capitán se quedó completamente inmóvil durante un segundo — con los brazos a los lados y los papeles en la mano. Luego, torpemente, le dio una palmada en la espalda. Una sola.

— Bueno — su voz que tenía algo distinto —. Bueno.

Inés se apartó. Stubing se aclaró la garganta, se guardó los papeles en el bolsillo y miró al horizonte.

Tenía los ojos brillantes.

— El vapor sale en dos días — repitió, y se fue al puente de mando.

Ada la encontró en la playa.

Tampoco es que tuviera que buscarla — fue al sitio donde Inés solía sentarse cuando quería estar sola, que era la roca grande al sur de la laguna donde el arrecife exterior amortiguaba el oleaje y se podía oír el mar sin que el mar te mojara.

Y ahí estaba Inés, con los pies en el agua y el sobre de Stubing en la mano.

Ada se sentó a su lado.

Estuvieron un rato sin decir nada.

— Yokohama — soltó Ada con un suspiro.

— Yokohama. Y luego el Canal de Suez. Y luego Viena.

Ada asintió.

— Es muy lejos.

— Sí.

Inés metió la mano en el bolsillo. La talla del pájaro estaba ahí — lisa, cálida, entera, como siempre. Promesa cumplida. Y junto a ella, algo que le debía. El diente de su abuela.

Lo sacó. Pequeño, amarillento. Lo sostuvo en la palma abierta.

— Tu diente.

Ada lo contempló con una sonrisa.

— Ese te lo di para que no me olvidaras — recordó —. ¿Me has olvidado?

— No. — Inés sonrió también —. Me dijiste que cuando volviéramos juntas a la isla te lo devolviera.

Ada extendió la mano.

Inés lo puso en su palma.

Ada lo cogió. Lo apretó un momento en el puño — el mismo gesto que Inés había visto tantas veces cuando Ada necesitaba algo sólido donde agarrarse. Luego lo guardó.

— Bienvenida de vuelta — murmuró.

Un niño gritaba algo desde el otro lado de la laguna.

— Ada.

— Mmm.

— Tú eres la primera amiga que he tenido en mi vida. — Lo dijo sin adornos, porque Ada no necesitaba adornos.

Ada jugueteó con un mechón de pelo.

— Y tú la mía. — Encogió levemente los hombros —. En Manila no había amigas. Había chicas que me toleraban y chicas que me evitaban y una que me preguntó si en mi isla comíamos personas. — suspiró —. Y en Ponapé tampoco. Solo Leilani. Que vale por cien, pero es mi tía.

Inés miró la laguna. El volcán. Las palmeras.

— ¿Sabes? Ahora entiendo por qué querías volver desde el momento en que llegaste a Manila. Por qué añorabas todo esto. Yo nunca había tenido un sitio así. Un sitio al que querer volver... Hasta ahora.

Ada se quedó mirándola.

— Gracias — dijo —. Por lo de los pretendientes.

— Ha sido un placer.

— Y por prestarme a tu novio. — Ada le dio un codazo —. Aunque técnicamente ha sido mío durante unas horas.

— Pocas — puntualizó Inés.

— Fue el soumas más rápido de la historia de las islas. Práxedes sopló tan fuerte que se le cayeron las gafas.

Inés se rio. Sentía un nudo por dentro.

— Voy a volver — aseguró.

— Ya lo sé.

— No lo digo por decirlo.

— Ya lo sé — repitió Ada —. Por eso no estoy llorando.

Se abrazaron con fuerza.

Inés cerró los ojos e intentó guardar aquel momento. El tacto de la melena de Ada contra su mejilla, densa y cálida. El olor a aceite de coco y a selva. La suavidad de su piel en los brazos. El peso de ese abrazo que sabía que iba a tardar en repetirse.

Cuando se separaron, Leilani estaba detrás de Ada.

No había dicho nada — Leilani nunca decía nada cuando el silencio era suficiente.

Inés extendió la mano.

Leilani la cogió entre las suyas — esas manos enormes y tatuadas que habían cargado arsenales y cocinado desayunos imposibles y trenzado su pelo — y la apretó una sola vez. Fuerte.

Luego la soltó. Y se giró hacia el mar como si ya hubiera terminado.

Ada observaba a Inés con una sonrisa pequeña.

— Vale por cien — susurró.

Apo María estaba en su plataforma.

Por supuesto que estaba en su plataforma.

Mal llegó antes que Inés. Inés lo encontró sentado junto a la anciana — en la posición de siempre, piernas cruzadas, espalda recta — con algo en las manos que tardó un momento en identificar.

El libro de Bécquer.

Las Rimas. La edición pequeña que Mal llevaba desde que Práxedes se la había dado, con las páginas dobladas y las esquinas gastadas de tanto abrirlo y cerrarlo.

Mal lo miró un momento. Luego se lo tendió a Apo María con las dos manos.

La anciana lo cogió y pasó un dedo por la cubierta sin abrirlo.

Mal habló muy despacio, muy claro:

— Ya las llevo en la cabeza. Las que importan. — Se tocó la sien —. Así que usted puede quedarse con el libro.

Apo María lo abrió por una página al azar.

Ada, que había llegado detrás de Inés, tradujo en voz muy baja lo que Mal acababa de decir.

Apo María escuchó. Cerró el libro. Lo apretó contra su pecho con las dos manos, esas manos de corteza que habían visto más años que nadie en esta isla.

Mal sonrió:

— Dile que la voy a echar de menos.

Ada lo tradujo.

Apo María levantó la mano y le puso la palma en la mejilla — ese gesto suyo, el mismo que le había hecho a Ada cuando volvió, el mismo que le había hecho a Inés cuando llegaron empapados a la isla — y dijo algo que no necesitaba traducción.

Mal se la quedó mirando.

Luego se levantó, se inclinó, y le dio un beso en la frente.

Apo María no se movió. Pero Bismarck, que estaba en su regazo, alzó la vista un momento hacia Mal y luego volvió a cerrar los ojos.

— Bismarck ha encontrado a su nueva Doña Amalia — fue lo único que dijo con una sonrisa.

Inés volvió sola a recoger sus cosas.

La bolsa de viaje estaba ya casi hecha. Metió lo que quedaba — la ropa, las botas, la carta de crédito en su sobre. Y entonces los dedos encontraron el diario. Las esquinas gastadas, el cuero sin color, el peso exacto de siempre.

Lo tuvo un momento en las manos. La letra de la última entrada le pareció de otra persona.

Miró la página en blanco que seguía.

Lo cerró y lo metió en la bolsa. Ya no lo necesitaba de la misma manera. Las cosas que importaban se quedaban solas ahora, sin que nadie tuviera que escribirlas.

En el muelle, Práxedes esperaba.

No con equipaje — Práxedes no se iba. O sí se iba, pero con ellos, hasta Ponapé, donde tomarían el vapor hacia Yokohama.

Después él volvería a la Spirit, a sus pájaros, a las cartas de su padre que seguía sin responder, a ese margen de error cubierto que era su vida oficial mientras su vida real ocurría en otro sitio.

París. En un año.

Inés llegó al muelle la última. Práxedes la abrazó.

— ¿Lista? — preguntó.

— No — contestó Inés.

— Bien. — cogió su bolsa —. Yo tampoco.

Subieron juntos.

La Spirit salió de la laguna de Ivo ilo con la marea.

Inés estaba en la popa. Contemplando la isla que se achicaba detrás de ellos. El volcán con su brasa quieta. Las palmeras. El nahs que se veía desde el mar como una sombra grande y abierta. La plataforma de Apo María — demasiado pequeña ya para distinguir nada.

Mal se puso a su lado.

— Los vamos a echar mucho de menos, ¿verdad? — preguntó.

— Sí — contestó Inés —. Mucho.

Mal miró la isla.

— ¿Crees que volveremos? — añadió.

Inés pensó en Ada sin llorar porque sabía que volvería. En Apo María con el libro de Bécquer apretado contra el pecho. En las pinturas de las cuevas y el volcán y el liksou que aparecía cuando el volcán estaba contento.

— Sí — respondió.

— ¿Seguro?

— Seguro. — Inés contempló el Pacífico, enorme y azul, que en unas semanas los llevaría a Yokohama, y de Yokohama al Canal de Suez, del Canal de Suez a Marsella y de Marsella a Viena donde esperaba una abuela que tenía cosas que contarle —. Este sitio ya es nuestro, Mal. Aunque no estemos aquí.

Mal se quedó pensativo.

— Como las rimas — dijo al fin.

Inés lo miró.

— ¿Cómo?

— Las que ya llevo en el corazón. No las tengo, pero son mías.

Inés sintió un nudo en la garganta.

A veces Mal decía cosas que no necesitaban respuesta.

La isla de Ivo ilo siguió achicándose hasta que fue una línea verde en el horizonte. Luego una mancha. Luego el volcán solo, un punto de fuego sobre el agua.

Luego nada.

Pero Inés supo, con la misma certeza con que sabía que la talla del pájaro en su bolsillo seguía entera, que nada no significaba que no existiera.

Solo significaba que estaba guardado en el sitio donde las cosas no pesan.