Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 32
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Estaban en la playa cuando llegaron los tambores. De golpe, como si el mar los hubiera estado guardando y decidiera soltarlos todos a la vez.

Tres ritmos distintos, superpuestos, cada uno con su propio pulso y su propia urgencia, y detrás de ellos, apareciendo por el paso norte del arrecife en fila india, tres canoas grandes decoradas con guirnaldas y flores y algo que desde lejos parecían plumas pero que Mal identificó correctamente como hojas de pandano pintadas de colores.

— ¿Qué es eso? — preguntó Mal.

Ada miraba las canoas sin entender nada.

— No lo sé — reconoció.

Leilani, que estaba a su lado, dijo algo en ponapeño, muy breve.

— ¿Qué ha dicho? — quiso saber Inés.

Ada estaba un poco pálida.

— Dice que... — Se detuvo —. No. No puede ser.

Desde la plataforma, Apo María exhaló una bocanada de humo lento y dijo también algo. Muy breve.

Ada se giró hacia ella con brusquedad. Como si no la creyera.

Apo María señaló con la pipa hacia las canoas. Luego señaló a Ada. Luego dijo algo más, largo, con una expresión que en cualquier otro rostro habría sido una sonrisa.

Leilani, al lado de Apo María, se tapó la boca con la mano.

Ada se quedó mirándolas a las dos.

— ¿Qué? — casi gritó.

Apo María cogió algo de al lado — una concha grande de nácar, del tamaño de una mano abierta, con marcas grabadas en espiral que Inés reconoció como el mismo tipo de escritura que había visto en las pinturas de las cuevas. Se la tendió a Ada.

Ada la cogió. La giró. Leyó las marcas despacio, con el ceño fruncido.

— ¿Ada? — llamó Inés.

— Dice — empezó Ada, con una voz que tenía algo de incredulidad y algo de catástrofe — que según la tradición de las islas, cuando el Nahnmwarki no tiene pareja, debe elegirla en el plazo de seis lunas...

Entre todos aquellos que se presenten con esa intención.

— Ada contempló la concha —. Y que esta tradición está grabada en las conchas sagradas desde hace veinte generaciones...

No las leí todas. Había muchas. Pensé que las importantes ya las conocía.

Apo María dijo algo más, sin apartar los ojos de las canoas que se acercaban.

— Dice — tradujo Ada — que la última vez que una mujer fue Nahnmwarki fue hace quince generaciones. Se llamaba Rohsa en Pohn... Vaya nombre.

— ¿Qué significa?

Ada respiró hondo.

— La que tenía demasiadas opiniones.

Práxedes no pudo evitar sonreír.

— ¿Y ella cómo lo resolvió? — preguntó —. La de las opiniones.

— Lo echó a suertes. Pero según las conchas, yo tengo derecho a poner pruebas a los que se presenten.

Para entonces las tres canoas habían llegado a la orilla.

De la primera bajaron seis personas — cuatro remeros, una mujer mayor con una guirnalda enorme y un joven alto, bien proporcionado, con el pelo recogido y una expresión de satisfacción.

De la segunda bajaron otras seis, con un hombre enorme al frente — tan ancho de hombros que los dos remeros que lo flanqueaban parecían niños — que avanzó hacia la playa con entusiasmo.

De la tercera bajó un cortejo más discreto, y entre ellos, casi sin que nadie lo viera llegar, un joven de estatura mediana con una sonrisa que aparecía y desaparecía como el liksou.

Bismarck, desde la plataforma de Apo María, los miró a los tres moviendo el rabo.

Las presentaciones fueron solemnes.

Las madres de los tres candidatos — porque eran las madres, naturalmente, las que llevaban la voz cantante — se adelantaron una a una ante Ada con sus guirnaldas y sus discursos en ponapeño, cada una más elaborada que la anterior, describiendo las virtudes de sus respectivos hijos.

Ada escuchaba con la cara con cara de estar calculando a toda velocidad.

Inés, a su lado, escuchaba sin entender nada pero observando todo.

El apuesto se llamaba Kemen. Diecinueve años, hijo del jefe de Pingelap, sabía remar, pescar, construir casas y había vencido en las últimas tres competiciones de canoa de su isla.

El gigante se llamaba Pahso. Veinte años, de Mokil, tan grande que cuando saludó a Ada con una reverencia, el suelo pareció considerar brevemente la posibilidad de ceder.

Su madre era una mujer menuda y enérgica que gesticulaba el doble de lo que hablaba y que en un momento dado le dio a Pahso un codazo en el costado que habría tumbado a cualquier otra persona.

El escurridizo se llamaba Inek. Dieciocho años, de Ngatik, con esa sonrisa suya que aparecía cuando menos se esperaba y desaparecía antes de que uno pudiera estar seguro de haberla visto. Su madre habló menos que las otras dos — solo dijo que su hijo era el más listo de todas las islas.

Leilani, junto a Apo María, observaba a los tres intentando no dejar de sonreír. En un momento dado le dijo algo a Apo María al oído.

Práxedes los estudiaba con el cuaderno abierto.

— ¿Estás dibujándolos? — susurró Inés desconcertada.

— Documentando — corrigió Práxedes —. Para la posteridad.

— Cierra el cuaderno. Tenemos que ayudar a Ada.

— Casi termino al gigante.

— Práxedes.

Cerró el cuaderno.

Fue la madre de Kemen quien explicó las reglas. Habló durante varios minutos, con Ada traduciendo en voz baja para Inés mientras mantenía simultáneamente la expresión correcta de Nahnmwarki atenta y digna.

— Dice que el Nahnmwarki tiene derecho a poner dos pruebas. Solo los dos primeros en la primera pasan a la segunda. El que gane la segunda es el elegido. — Ada respiró —. Y que si ninguno supera las pruebas, puede pedir una nueva ronda en la siguiente luna.

— ¿Y si sigue sin elegir?

— No lo dice. Creo que nadie lo ha considerado nunca una posibilidad.

La madre de Kemen terminó su discurso con un gesto amplio que claramente significaba y bien, cuándo empezamos .

Ada miró a Inés con los ojos de quien necesita urgentemente un plan.

Inés se había quedado inmóvil, pensando en una frase.

Entre todos aquellos que se presenten.

Cogió el brazo de Práxedes y lo levantó.

— ¿Qué haces? — susurró Práxedes, alarmado.

— Preséntate como pretendiente — pidió Inés —. Ahora.

— ¿Qué?

— Por favor, Práxedes.

Práxedes miró a los tres. Luego a Inés.

— Yo — alzó la voz, con la seguridad justa de quien dice algo sin tener la menor idea de por qué —. Me presento.

Apo María asintió una vez. La tradición lo permitía. Cualquiera podía presentarse.

Las tres madres lo miraron de arriba abajo. Kemen arqueó una ceja. Pahso lo miró con la curiosidad de un elefante ante un objeto pequeño e inesperado. Inek sonrió — esa sonrisa suya que nadie sabía del todo qué significaba.

Ada lo miraba con los ojos como platos.

Leilani musitó algo en ponapeño. Apo María respondió con una sola sílaba. Leilani se tapó la boca otra vez.

Stubing, desde el muelle, tosió. Murphy le dijo algo a Cromwell. Cromwell respondió con una de sus tres palabras, que en este contexto resultó de una pertinencia inesperada.

— ¿Qué está pasando? — preguntó Mal nervioso.

— Ahora os lo explico — contestó Inés.

La explicación fue detrás del nahs, mientras Apo María y Leilani entretenían a los tres cortejos con sakau y fruta.

— Entonces — razonó Práxedes — me voy a presentar como pretendiente de Ada.

— Sí.

— Y si gano las pruebas, seré el elegido.

— Y entonces haré el soumas.

— O sea que voy a estar falsamente comprometido contigo, falsamente casado con Ada y luego falsamente divorciado de Ada.

— Solo unos días. Primero tienes que ganar a esos tres.

Práxedes miró por encima del hombro. Kemen sentado con la postura de quien no ha perdido nada en su vida. Pahso comiendo fruta con el ritmo de alguien que no piensa parar. Inek había desaparecido y reaparecido en otro sitio sin que nadie lo hubiera visto moverse.

— Inés.

— ¿Sí?

— Ese hombre mide dos metros.

— Metro noventa y cinco, quizás.

— Y el otro ha ganado tres competiciones de canoa.

— Sí.

— Y el tercero... ¿dónde está el tercero?

Todos lo buscaron. Inek estaba ahora sentado junto a Apo María, diciéndole algo que hacía que la anciana escuchara con atención.

— Ah — resopló Práxedes.

— Solo tienes que terminar entre los dos primeros en la primera prueba. Y luego ganar la segunda. Tú eres muy listo.

— Soy muy cosas, Inés. Pero atleta no es una de ellas.

— Ya lo sé. Pero Ada necesita ayuda y no se me ha ocurrido nada mejor.

Práxedes se quedó contemplando a Ada, que observaba a todos con una calma que no engañaba a nadie.

— De acuerdo — no parecía demasiado convencido.

Mal los miraba a todos.

— Mi hermana es lista, ¿verdad?

Apo María anunció la primera prueba en ponapeño. Ada escuchó y se giró hacia los candidatos y sus cortejos con la postura de Nahnmwarki que Doña Amalia le había enseñado.

— La prueba es la siguiente — explicó Ada —. Cada candidato debe encontrar algo en Ivo ilo que yo nunca haya visto, tocado, probado ni conocido. Tienen hasta que el sol toque la copa de los pandanos del lado oeste. Yo seré el juez.

Apo María dijo algo breve desde su plataforma.

— Y Apo María — añadió Ada — el árbitro inapelable de mi honestidad.

Las tres madres se miraron. Era una prueba digna — y difícil. Nadie conocía la isla mejor que su propia Nahnmwarki.

Práxedes relajó un poco sus hombros al ver que no era una prueba física.

Tres de los candidatos salieron en direcciones distintas.

Kemen hacia el volcán. Pahso hacia el interior de la selva, aplastando helechos. Inek hacia el arrecife — desapareció en el agua sin apenas hacer ruido, como si el mar lo absorbiera. Práxedes se quedó un momento quieto en la playa, mirando la isla con esa expresión suya de ornitólogo que cataloga.

— ¿Adónde vas a ir? — le preguntó Inés.

— No lo sé todavía — contestó Práxedes —. Estoy pensando.

Práxedes recorrió con la mirada el sol, la selva, las rocas de lava al norte de la laguna — ese tramo húmedo y oscuro donde el agua de lluvia se acumulaba en las grietas y que nadie visitaba porque no había ni fruta ni pesca ni nada aparentemente útil.

— Por ahí —señaló las rocas.

Inés dudó un instante pero luego vio la determinación en sus ojos. Le hubiera gustado abrazarle y besarle. En cambio dijo, tímida:

— Mucha suerte.

Kemen volvió primero.