31
— Sus cartas están mal — señaló Ada.
Stubing carraspeó.
— Anotado — cedió, y cogió el lápiz.
Llevaban dos horas con las cartas náuticas desplegadas en la mesa del nahs. Ada señalaba islas con piedrecitas de la playa. Leilani tenía su propia lista en ponapeño. Stubing anotaba.
Habían descartado Ponapé — los españoles estaban allí, con su fuerte y sus cañones viejos, y meter fusiles en ese equilibrio frágil era buscar un problema que Ada no necesitaba todavía.
Habían descartado también las islas más pequeñas — demasiado difícil el adiestramiento, demasiado fácil que cayeran en manos equivocadas.
Lo que quedaba era una lista de siete islas.
— Pingelap — indicó Ada, señalando otra piedrecita —. Aquí sí. Nahlik tiene primos allí. Los conozco.
Stubing anotó.
— ¿Cuántos hombres en edad de combatir?
Ada lo preguntó a Leilani. Leilani respondió.
— Dice que dieciséis. Quizás veinte si cuentas a las mujeres.
— Las cuento — respondió Stubing, sin levantar la vista del papel —. Las cuento siempre.
Ada lo miró un momento.
— Bien.
Fuera del nahs, la tarde de Ivo ilo seguía su ritmo propio.
Los niños jugaban en la laguna. Murphy había montado algo en la playa que olía a guiso y que Cromwell supervisaba desde un palo cercano. Stuart y Cooper remendaban velas en la cubierta de la Spirit, visible en el amarre con su casco negro reflejado en el agua quieta.
Y en el borde del claro, sentado en el tronco caído donde dos noches antes se habían besado por primera vez, Práxedes dibujaba.
Inés lo vio desde lejos.
No lo vio en seguida — lo encontró porque sabía dónde mirar, porque en las últimas semanas había aprendido que cuando Práxedes desaparecía siempre había un pájaro o un tronco o algún rincón con buena luz involucrado.
Estaba concentrado, con el cuaderno en las rodillas y el lápiz moviéndose despacio.
Inés se acercó despacio por detrás.
Miró el cuaderno por encima de su hombro — un pájaro pequeño, verde, con una mancha amarilla en el pecho que Práxedes estaba trazando con una precisión que solo podía venir de haberlo mirado durante mucho tiempo.
Se inclinó y le dio un beso en el cuello.
Práxedes dio un respingo. El lápiz se fue por la izquierda. El pájaro adquirió una cola que no tenía.
— Inés.
— Hola.
— Me has arruinado la cola —regañó con una sonrisa.
— Lo siento mucho. — No lo sentía en absoluto —. ¿Cómo se llama?
Práxedes contempló el dibujo con resignación profesional.
— Como ahora tiene una cola nueva, quizás tenga el honor de bautizar una subespecie...y tú de ser su madrina: Zosterops inensis .
Inés se sentó a su lado. Práxedes cerró el cuaderno.
La observó.
— Te he echado de menos — dijo Inés. — Todo el día.
Práxedes sonrió. No la sonrisa de siempre — la otra, la que Inés había visto por primera vez en la playa del norte y que todavía la descolocaba un poco.
— Yo también — respondió atrayéndola hacia él y besándola con suavidad en los labios.
Estuvieron un rato simplemente así, en el tronco, con el claro delante y la selva detrás y la tarde de Ivo ilo haciendo sus cosas alrededor. Práxedes le cogió la mano. Inés dejó que la cogiera.
— Práxedes.
— ¿Sí?
— ¿Cuándo te empecé a gustar?
Práxedes se quedó callado un momento.
— En el baile del Gobernador — contestó.
Inés se rió.
— ¿Cuando llevabas aquella peluca?
— No me lo recuerdes. — Práxedes se limpió las gafas —. Ibas con Mateo por el balcón y yo estaba en el pasillo con mi peluca torcida y mi traje de Luis XVI y pensé...
— ¿Qué pensaste?
— Que eras la persona más interesante que había conocido en Manila... Y que probablemente me iba a meter en muchos líos por tu culpa.
— ¿Y tenías razón?
— Huimos de la Capitanía General, cruzamos el Pacífico, sobrevivimos a un ataque de los piratas moros y estoy sentado en una isla de las Carolinas con un arsenal en las bodegas de mi barco. — Práxedes la observó detenidamente —. Tenía bastante razón, sí.
Inés asintió divertida.
— ¿Y tú? — quiso saber Práxedes.
— ¿Yo qué? — jugueteó.
— ¿Cuándo te empecé a gustar?
— En Cebú — Inés no lo dudó —. En el taller de la costurera. Llegaste con el pan de leche y se te quedó una cara que tardaste un segundo demasiado largo en guardarte. Con las orejas completamente rojas.
Práxedes se tocó una oreja involuntariamente.
— No estaban rojas.
— Estaban rojas.
— Era el calor de Cebú.
— Claro que sí — añadió acariciándole una de ellas.
Práxedes se quedó callado un momento.
— Curiosamente — apuntó — fue también el día en que nos comprometimos.
Inés volvió a reírse.
— Inés — murmuró Práxedes.
— ¿Sí.
— Si quieres... puedes usar el don. Para saber que lo que te digo es verdad. — Lo dijo despacio, muy serio—. No me importa. Si te ayuda a...
— No — respondió Inés.
Práxedes la miró.
— ¿No?
— No. — Inés le apretó la mano —. Algunas cosas quiero saberlas sin el don.
Práxedes la observó durante un momento. Luego asintió, una sola vez.
— Práxedes.
— Mmm.
— Frankenstein. — Inés miraba el claro —. Lo terminé.
— ¿Y?
— El monstruo no era el problema — señaló Inés —. El problema era el hombre que lo hizo y luego huyó de lo que había hecho. La criatura solo quería existir. Que alguien la mirara y dijera: eres real, mereces estar aquí.
Práxedes sonreía.
— Por eso me lo mandaste — añadió Inés.
— Por eso — confirmó.
Inés contempló sus manos. El don. Los recuerdos que se iban. El pelo rojo que Lautner había puesto ahí como firma.
— Pues ya tienes mi opinión — concluyó —. La criatura no tenía culpa de nada.
Práxedes cogió su mano.
Se besaron un rato con la tarde de Ivo ilo mirando hacia otro lado.
Luego Inés apoyó la cabeza en su hombro y observó a los niños que volvían de la laguna, a Murphy con su guiso, a Cromwell que había decidido que la rama de un pandano cercano era una mejor atalaya que el palo de la playa. Era un buen momento. Quizá por eso lo dijo.
— Mal y yo hemos estado hablando. Sobre lo que queremos hacer.
— ¿Y?
— Quiero irme. Con Mal. — Inés buscó las palabras —.
Tengo dieciséis años y he vivido en un convento toda mi vida.
Salvo Manila, que tampoco es que me haya dejado vivir demasiado.
— suspiró —. Mal quiere ver la Torre Eiffel y los dirigibles y la nieve.
Yo... yo solo quiero ver el mundo con él.
Sentirlo. Que las cosas me pasen de verdad.
Y además... — se calló un momento. Esto era lo más difícil de decir —.
Mal y yo nunca hemos tenido un hogar, Práxedes...
Mal se crió solo en una selva. Yo me crié en un convento.
Los dos tenemos una abuela en Viena que sabe que existimos y que ha mandado dinero para nosotros.
Es lo más parecido a una familia que hemos tenido nunca.
A lo mejor no sale bien. Pero necesito ir a saberlo.
Práxedes no respondió de inmediato.
— ¿Estás enfadado? — preguntó.
— No — respondió Práxedes.
— ¿Seguro?
— Seguro. — Práxedes jugueteó con su cuaderno —. Es solo que... — Se detuvo. Empezó otra vez —. Iba a proponerte que os quedarais. Aquí, o en la Spirit, o... no sé. Algo.
— Lo sé. — Inés lo miró —. No es que no quiera estar contigo. Tú me importas mucho. Es que... nunca he estado sola. Siempre ha habido alguien diciéndome quién soy. Necesito averiguarlo yo.
Práxedes pasó los dedos por el lomo de su cuaderno.
— Ya estaba pensando en lo bien que te llevarías con mi hermana Greer. Es la única de la familia que vale la pena. Le da igual todo lo que se supone que debería importarle y tiene una opinión sobre absolutamente todo.
Inés sonrió. Y entonces, sin quererlo, se imaginó en Nueva York. Los salones. Las visitas. Las tarjetas de presentación y los sombreros y las conversaciones sobre quién se casaba con quién y qué llevaba puesto en la ópera, con sus reglas invisibles y sus muros perfectamente decorados.
Sintió algo que conocía bien.
Era lo que sentía cuando le apretaban demasiado el corsé.
— Greer ya me cae bien — señaló cogiéndole la mano —. Pero Nueva York tendrá que esperar.
— ¿Y entonces? — preguntó, con una voz que intentaba ser ligera y no lo conseguía del todo.
— Tú — decidió Inés — puedes venir a buscarme en un año. — lo pensó —. O yo puedo ir a buscarte a ti. Pero en un año. En algún sitio que decidamos ahora.
Práxedes guardó silencio.
— París — soltó por fin.
— ¿París?
— Si vas a ver la Torre Eiffel, tienes que ir a París. Y yo tengo que ir a París a ver los pájaros del Bosque de Bolonia, que hay una especie de curruca que solo... — Se detuvo. Respiró hondo —. París. En un año. En la base de la Torre Eiffel.
— ¿Lo dices en serio?
— Completamente en serio.
Inés sonrió de nuevo.
— París — repitió —. En un año.
— En un año — confirmó Práxedes.
Y se quedaron así un rato más, con la mano de él en la de ella y el sol bajando sobre Ivo ilo y Cromwell graznando algo desde su pandano que probablemente no era apropiado pero que en ese momento no le importó a nadie.