30
Bajo el agua de la laguna de Ivo ilo, el mundo era otra cosa.
Inés abrió los ojos mientras buceaba y lo vio todo a la vez — la luz bajando en columnas oblicuas que se partían en miles de destellos sobre la arena blanca, los peces que no se apartaban porque aquí no había depredadores y no tenían ninguna razón para moverse, el coral en formas que no había visto en ningún libro: ramas rojas, hongos de color naranja, algo que parecía encaje y que era en realidad un animal vivo respirando despacio.
Salió a la superficie, escupió agua, y se limpió la cara con las dos manos.
Junto a ella, Ipen ya estaba sumergiéndose de nuevo. Tres niños más lo seguían — uno de ellos con una cesta de fibra de coco atada al cinturón para recoger lo que encontraran en el fondo.
Mal estaba en la plataforma de madera que flotaba anclada a unos metros — una estructura simple, cuatro troncos y tablas encima, que los isleños usaban como base para las inmersiones — y miraba el agua con cara de estar calculando.
— ¿Te tiras o no? — preguntó Inés.
— Me estoy preparando.
— Llevas diez minutos preparándote.
— Es complicado.
Inés se rio y volvió a sumergirse.
Mal se tiró.
No con elegancia — con esa entrega total suya de cuando decide que algo merece la pena y no hay término medio. Entró en el agua como una piedra, salió a la superficie tosiendo y castañeteando los dientes.
— Está fría.
— No está fría.
— Está fría comparada con lo que esperaba.
— ¿Y qué esperabas?
Mal lo pensó.
— Más caliente.
Ipen, que había salido a la superficie a su lado, lo miró un momento con sus ojos de catorce años que ya habían visto suficiente de Mal como para no sorprenderse de nada. Luego se sumergió de nuevo.
Mal lo siguió.
Pasaron la tarde así.
Los niños buceaban sin esfuerzo — llenando las cestas con coral muerto, con conchas, con algún erizo que sabían claramente cómo coger sin pincharse. Mal aprendió a observar antes de tocar y a la tercera inmersión ya bajaba casi tan hondo como Ipen.
Inés admiraba aquel paisaje submarino.
El fondo de la laguna de Ivo ilo era el lugar más silencioso en el que había estado en su vida.
No silencioso como el convento de noche — ese silencio tenía reglas, tenía peso, tenía la sensación de algo que podía romperse.
Este era distinto. Era el silencio de un mundo que existía antes de que ella llegara y seguiría existiendo cuando se fuera.
El silencio de la naturaleza siendo ella misma sin ninguna prisa.
Salió a la superficie pensando en eso y encontró a Mal ya en la plataforma, tumbado boca arriba con los brazos extendidos y los ojos cerrados, dejando que el sol le secara.
Los niños seguían buceando.
Inés subió a la plataforma y se tumbó a su lado.
La madera de la plataforma estaba caliente. El agua goteaba de su ropa interior — lo más parecido a un bañador que tenía — sobre las tablas.
Estuvieron un rato sin decir nada.
Mal tenía los ojos cerrados pero Inés sabía que no dormía — su respiración no era la respiración de cuando dormía. Era la respiración de cuando estaba pensando en algo y prefería no mostrar que estaba pensando en algo.
— Mal.
— Mmm.
— ¿Podemos hablar?
Mal abrió los ojos. Se incorporó sobre los codos. La miró.
Y en su cara pasó algo — rápido, un endurecimiento que no pudo controlar.
— ¿Vas a deshacerte de mí? — preguntó.
Inés lo contempló perpleja.
— ¿Qué?
— Que ya no me quieres a tu lado. — Mal lo dijo deprisa, sin mirarla —. Que ha cambiado algo y ya no...
— Mal. — Inés se incorporó también —. No. ¿De dónde te has sacado eso?
Mal no respondió de inmediato. Miraba el agua.
Inés recordó la hacienda de Balabac. Los niños con pelo rojo y deformidades en patrones, en el mundo de la niebla. Lo que Lautner hacía con los que no le servían. Los doce años de vida de Mal antes de que ella llegara.
Tardó un momento. Luego, despacio:
— No me voy a deshacer de ti. Nunca.
Mal siguió contemplando el agua.
— Bueno — habló tras un silencio —. Es que como Práxedes y tú ya habéis... — Se detuvo. Buscó la palabra. No la encontró en español y recurrió a un gesto con las manos que era inequívoco —. Pikapika — dijo —. Pues entonces os tendréis que casar y querréis estar solos y tener bebés y yo...
Inés se echó a reír.
No pudo evitarlo — una risa que salió de Verdad y que tardó un momento en controlar.
— Mal. Las cosas no funcionan así.
— Así es como funcionan en los libros.
— En algunos libros. — Inés se secó los ojos —. Tú y yo somos otra cosa. Somos hermanos. ¿Recuerdas? Lo que pase entre Práxedes y yo no tiene nada que ver con lo que somos tú y yo. Eso es independiente. Eso es aparte.
Mal la miró.
— ¿Seguro?
— Completamente seguro.
Mal suspiró aliviado y volvió a tumbarse boca arriba con los brazos extendidos.
— Bien.
El sol calentaba la plataforma y los niños buceaban a su alrededor como si el mundo no tuviera ninguna prisa.
— Mal — continuó Inés.
— Mmm.
— ¿Te gusta estar aquí? ¿En Ivo ilo?
Mal no respondió de inmediato. Se quedó pensativo.
— Sí. — contestó—. Me gusta Apo María. Y Ada. Y Leilani. Y Ipen. Y el arco, aunque todavía no lo domino del todo.
— Del todo no — confirmó Inés.
— Casi del todo.
— Casi.
Mal cerró los ojos de nuevo.
— ¿Y si te pregunto qué querrías hacer? — preguntó Inés —. No aquí, no ahora. En general. Qué te gustaría ver o conocer o...
Mal abrió los ojos.
— ¿De verdad?
— De verdad.
Mal se incorporó. Estaba pensando — Inés lo notaba en la manera en que miraba el horizonte, como si las respuestas estuvieran ahí afuera esperando ser ordenadas.
— La Torre Eiffel — respondió.
— ¿La Torre Eiffel?
— Práxedes me ha contado que tiene trescientos metros. — Mal la miró —. Trescientos metros, Inés. De hierro. La han construido en dos años. ¿Cómo?
— No sé cómo.
— Yo tampoco. Por eso quiero verla. — tenía los ojos brillantes —. Y los dirigibles. ¿Te acuerdas de lo que dijo el señor Ríos Mont? ¿que hay personas que cruzan el Atlántico en dirigible? El Atlántico entero, Inés. Y quiero ver nieve. Nunca he visto nieve.
Inés sonrió.
— ¿Nieve?
— Práxedes dice que en Europa, en invierno, cae del cielo. Que lo cubre todo de blanco. — Mal arrugó la cara—. ¿Cómo puede caer algo blanco del cielo?
— No lo sé.
— Yo tampoco. Por eso quiero verlo.
Inés contempló el mar. El Pacífico enorme y azul. Manila a semanas de distancia. Europa a meses. La abuela Mathilde von Lautner en Viena con sus sus secretos y sus noventa años. La carta de crédito de Lombard Odier en el bolsillo interior de su bolsa.
— Estoy de acuerdo contigo — señaló.
— ¿En qué?
— En que hay demasiadas cosas esperándonos. — Inés lo miró —. Demasiadas cosas que no hemos visto todavía.
Mal asintió, una sola vez.
Luego se tumbó de nuevo.
Y entonces, sin previo aviso, se giró hacia Inés y la abrazó — con los brazos de alguien que ha crecido en la selva y sabe cuánta fuerza tiene y la calibra para que no duela pero sí se note.
Inés le devolvió el abrazo y aspiró el olor de su pelo mojado — sal y sol y Mal — y le pasó la mano por la cabeza una sola vez, despacio, con cariño.
El sol de Ivo ilo calentaba la plataforma. Los niños seguían buceando en la laguna. Y debajo de ellos, en ese mundo silencioso de luz en columnas y coral de colores, los peces seguían siendo indiferentes a todo lo que no fuera ser peces.
Lo cual, pensó Inés, era una manera muy razonable de vivir.