28 #3
Se había quedado solo con su cuaderno — que había traído por costumbre, naturalmente — y miraba hacia arriba con esa expresión de ornitólogo nocturno que Inés ya conocía. O intentaba tenerla. Porque cada pocos segundos sus ojos bajaban hacia el centro del claro.
Hacia ella.
Inés bailó un poco más cerca del primer chico.
Fue entonces cuando la chica apareció al lado de Práxedes — alta, con las marcas de la noche en la cara. Inés la vio cogerle la mano y tirar. Vio a Práxedes mirar el cuaderno. Vio cómo lo dejaba en el suelo junto a un pandano y se dejaba arrastrar.
Inés perdió el ritmo un segundo.
La chica era buena. Inés lo notó desde lejos — se movía sin distancia, pegada a él. Práxedes seguía el ritmo con menos torpeza de la esperada. La chica dijo algo. Práxedes respondió en inglés sin dejar de mirar a Inés, lo que significaba que no estaba respondiendo a la chica en absoluto.
El primer chico le apartó el pelo de la cara a Inés.
Un gesto pequeño, completamente natural en esta noche.
Al otro lado del claro, Práxedes dejó de bailar.
Lo vio excusarse — en inglés, con un gesto que la chica entendió aunque no las palabras — y cruzar el claro hacia ella con esa determinación nueva, caminando, no corriendo, con la mandíbula un poco apretada y los ojos fijos en ella.
Los dos chicos que quedaban tomaron una decisión silenciosa sobre sus posibilidades y se alejaron.
Inés lo vio venir.
Con las gafas y la camisa blanca en medio de toda esa noche de aceite y fuego y marcas rojas, tan fuera de lugar y tan completamente él.
Llegó hasta Inés.
— Hay mucha gente aquí — murmuró Práxedes.
— Sí — admitió Inés.
— Y algunos son muy... atrevidos.
— Tú también tenías compañía.
Práxedes se limpió las gafas.
— Era diferente — respondió.
— ¿Ah sí?
— Sí.
Ada, que estaba a tres metros, los miraba divertida.
— Creo — continuó Práxedes muy serio — que deberías estar en un sitio con menos... entusiastas.
— ¿Ah sí? — dijo Inés.
— Por tu seguridad.
— Claro.
— La playa del norte está vacía.
Inés lo miró. Con las marcas rojas en la cara y las gafas puestas y esa expresión de quien ha cruzado un claro entero porque no podía quedarse donde estaba, Práxedes Vanderbilt era la persona más transparente que había conocido en su vida.
— Por mi seguridad — repitió Inés.
— Exactamente.
Inés le cogió la mano.
— Vamos.
La playa del norte estaba vacía.
Las hogueras del claro llegaban como un resplandor lejano por encima de los pandanos, y el volcán seguía con su brasa tranquila en lo alto, y el mar seguía con su oleaje y su indiferencia. El mundo entero ocupado con lo suyo.
Se sentaron en la arena. El agua llegaba hasta sus pies y se retiraba.
— Inés.
— No empieces a pensar — sonrió Inés.
— No estaba pensando.
— Tenías cara de estar pensando.
Práxedes se quedó callado un momento.
— Tenía cara de estar intentando no pensar — corrigió.
Inés se rio. Una risa pequeña, de verdad, de las que salen solas. Práxedes se quitó las gafas y las dejó en la arena. La miró. Sin las gafas de por medio, sin el cuaderno, sin nada entre los dos.
— Hola — saludó Práxedes, en voz baja.
— Hola.
Y se acercó.
Esta vez no hubo torpeza. Los dedos de Práxedes encontraron su cara como si ya supieran dónde ir — con más seguridad que la noche anterior, con menos miedo de hacerlo mal. Inés notó el calor de su mano en su mejilla.
El beso llegó y esta vez ninguno de los dos fue despacio por elección — fue despacio porque la noche entera de Ivo ilo lo pedía así, el fuego en lo alto y la música y el aceite en su piel y todo lo acumulado.
Sus manos encontraron su camino hacia él — la tela de su camisa primero, luego el calor de su piel por debajo, luego sus hombros que eran más firmes de lo que parecían con ropa. Práxedes hizo un sonido suave contra su boca que a Inés le bajó hasta el estómago.
La arena fría bajo sus rodillas. El olor de la pasta de flores en su piel mezclado con el salitre y con él. Las manos de Práxedes aprendiendo su espalda como si dibujaran un mapa — y descubriendo que el pareo era una sola tela enrollada, nada más.
Y entonces sus cuerpos se encontraron y Inés sintió un calor que empezaba en la piel y llegaba mucho más adentro, y sus manos lo buscaron más, y él respondió.
El volcán seguía ardiendo en lo alto. El mar seguía haciendo lo suyo.
Y en la playa del norte de Ivo ilo, con el Sohlap en Noa celebrando la fertilidad de la tierra y la vida que persiste, Inés Montesclaros y Práxedes Vanderbilt descubrieron que algunas cosas no necesitan que nadie les diga cómo deben hacerse.
En la sala de costura de Lasalle, una tarde que parecía de otra vida, Beatriz Azcárraga les había leído un libro de un italiano llamado Mantegazza que clasificaba maridos como si fueran mariposas y que tenía capítulos para todo — el tiránico, el celoso, el avaro, hasta una chica llamada Emma que dejó de ser niña al ver un beso en una estación de tren.
Pero no tenía capítulo para una playa de arena negra en el Pacífico, ni para un volcán que celebra que la tierra siga viva, ni para un chico que dibuja pájaros y que ha cruzado un claro entero porque no podía quedarse donde estaba.
No hacía falta. Algunas cosas se aprenden solas.