Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 28 #2
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Le quitaron la ropa con manos rápidas y amables que no dejaban espacio para la incomodidad.

Le ofrecieron una tela — larga, de colores oscuros, rojo y negro como la falda de Apo María — y la enrollaron alrededor de su cuerpo con movimientos rápidos y precisos hasta que quedó un pareo que le llegaba desde el pecho hasta las rodillas.

Luego llegó el aceite.

Una de las mujeres mayores trajo un cuenco de madera con un líquido espeso que olía a coco y a flores que Inés no sabía nombrar.

Se lo extendieron por los hombros, los brazos, el cuello.

Las manos de las mujeres eran cálidas y firmes y no había en ellas ningún pudor porque no había ninguna razón para él.

Inés cerró los ojos.

Pensó en las monjas. En el convento de Luzón con sus paredes blancas y sus reglas sobre el cuerpo — que era pecado, que era tentación, que había que contener y esconder. Pensó en Manila y sus corsés, y sus vestidos con todos sus botones y sus capas.

Y luego dejó de pensar en eso.

Cuando abrió los ojos Ada estaba a su lado, también en pareo, con el aceite brillando en los brazos.

— ¿Bien?

— Bien — contestó Inés. Y lo decía en serio.

Entonces llegaron las marcas.

La anciana cogió un cuenco diferente — más pequeño, con una pasta de color rojo oscuro hecha de semillas de la isla. Con un palito fino y mano firme, trazó líneas en la frente de Ada. Simples, geométricas. Luego le tocó a Inés.

Inés notó el trazo en su frente, en sus pómulos, bajando por el cuello. Las otras mujeres la miraban mientras la anciana trazaba.

— ¿Qué me está poniendo? — preguntó en voz baja.

— Las marcas de la noche — tradujo Ada —. Solo duran hasta que te bañes. Pero esta noche eres de la isla.

Alguien encendió el fuego central.

La llama subió despacio — primero pequeña, luego más alta, hasta que iluminó todo el nahs con una luz que hacía que las sombras bailaran. Una de las mujeres empezó a golpear un ritmo sobre un trozo de madera hueca. Luego otra. Luego una voz, y otra, y el canto — esta vez más rápido, más urgente.

Las mujeres se levantaron.

En oleadas, como todo en esta isla. Empezaron a moverse en círculo alrededor del fuego, despacio al principio, con ese balanceo que Inés ya conocía. Leilani se unió. Ada cogió a Inés de la mano.

— Ven.

El círculo giraba. Los pies descalzos sobre la tierra del nahs, el fuego en el centro, el canto subiendo. Inés dejó que su cuerpo siguiera la cadencia sin pensarlo — y descubrió que el cuerpo sabía más de lo que creía.

El ritmo subió otra vez.

Las mujeres gritaban ahora — no palabras, sonidos, algo entre el canto y el grito de guerra que salía del pecho y llenaba el nahs. Algunas se soltaron el pelo. Otras sacudían los brazos hacia arriba.

Y entonces la primera mujer saltó el fuego.

No el fuego central — habían colocado brasas separadas en el suelo, pequeñas, con llamas bajas pero reales. La mujer corrió, saltó, aterrizó al otro lado con los pies en la tierra y un grito que las demás respondieron.

Otra saltó. Luego otra.

Ada miró a Inés.

Inés corrió. La llama pasó bajo sus pies — un segundo de calor, de aire, de vertigo puro — y aterrizó al otro lado con las rodillas dobladas y el corazón desbocado.

Las mujeres respondieron con el mismo grito.

Inés se rio. Una risa que salió sola.

La señal del volcán llegó cuando la noche estaba ya alta.

El fuego en lo alto de la colina parpadeó, una sola vez, con una intensidad diferente. Las mujeres lo notaron a la vez. El canto se detuvo. Y despacio, sin prisa, empezaron a salir del nahs.

El claro era otra cosa.

Las hogueras en el perímetro. La música — más lenta ahora, más profunda. Y los hombres llegando desde la playa con el aceite brillando en sus cuerpos y las marcas de la noche en sus caras.

Los isleños se encontraron con las isleñas sin ceremonia. En los bordes del claro, entre las palmeras, algunas siluetas ya desaparecían hacia la oscuridad.

Inés estaba de pie junto al nahs con Ada cuando los vio.

Tres chicos jóvenes — diecisiete, dieciocho años, morenos, anchos de hombros — que se acercaban sin disimulo. El primero dijo algo en ponapeño. El segundo se rio. El tercero miraba a Inés con una atención que no necesitaba traducción.

Ada tradujo de todas formas, con una diversión que no intentó ocultar:

— El primero dice que el pelo de fuego trae buena suerte en el Sohlap en Noa. El segundo dice que le gustaría comprobarlo. El tercero no ha dicho nada todavía pero lo está pensando muy alto.

Inés los miró. Eran muy atractivos — eso era un hecho, no una opinión. Y en esa noche, con las marcas en la cara y el pareo y el aceite en los brazos y el cuerpo todavía acelerado de saltar brasas, la situación tenía una lógica propia que en Manila habría sido impensable.

El primero le ofreció la mano hacia la danza.

Inés la cogió.

Ada sonrió hacia el volcán.

La danza del Sohlap en Noa no era como las danzas de Manila.

No había pareja fija, no había pasos establecidos, no había nadie mirando para juzgar la postura.

Era el claro entero moviéndose a la vez — cuerpos respondiendo al ritmo de la madera hueca, proximidad y distancia alternándose con la naturalidad del oleaje.

El primer chico bailaba bien, con soltura.

El segundo se sumó poco después, moviéndose al otro lado de Inés.

Inés se dejó llevar.

Su cuerpo todavía recordaba el fuego bajo sus pies, el grito de las mujeres, el aceite en los brazos.

Era fácil seguir en ese estado — dejar que el ritmo tomara las decisiones.

Los chicos de la isla no tenían ningún reparo en la proximidad: un brazo rozando el suyo, una mano en la cintura un momento, las distancias que en cualquier salón de Manila habrían sido escandálosas aquí eran simplemente la danza.

Inés notó que no le importaba.

Eso, más que cualquier otra cosa, le pareció extraordinario.

De reojo, al otro lado del claro, vio a Práxedes.