Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 28
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— ¿Por qué tiene esa cara?

Mal señalaba al muñeco con el dedo.

El Kahpwal los miraba desde el borde del claro con sus ocho metros de altura y su cara trenzada de hoja de pandano — dos órbitas oscuras donde irían los ojos, una hendidura larga para la boca, los brazos extendidos hacia los lados como quien espera algo o amenaza algo o las dos cosas a la vez.

Por dentro estaba vacío. Hueco. Esperando.

— Es para la ofrenda — explicó Ada —. Arriba lo rellenamos.

— ¿De qué?

— De todo lo que la tierra da. Fruta. Flores. Raíces. — Ada señaló las cestas que los isleños estaban preparando al pie del sendero —. Cuando llegamos arriba lo rellenamos. Y entonces se lo damos al volcán.

Mal lo miró.

— ¿Y el volcán se lo come?

— El volcán lo acepta.

Mal consideró la distinción.

— ¿Y cómo se llama?

— Kahpwal.

— Kahpwal — repitió Mal.

— No, Kahpwal.

— Eso he dicho.

— No del todo.

Mal lo intentó tres veces más. En la tercera, Ipen, que estaba a su lado con su cesta, se tapó la boca.

— Kahpwal — casi deletreó Ada, muy despacio.

— Kahpwal — repitió Mal.

— Casi — dijo Ada.

— Significa — intervino Inés — el que tiene hambre de vida.

— ¿Cómo lo sabes tú? — preguntó Mal.

— Me lo ha dicho Ada.

Mal miró al Kahpwal. El Kahpwal, con sus ocho metros de hoja trenzada y su boca abierta, no ofreció ninguna aclaración.

— Tiene sentido — decidió Mal, y cogió su cesta.

La subida empezó con el sol todavía bajo.

El sendero hacia el cráter no era el mismo que llevaba a las aguas termales — este era más empinado, más estrecho, con piedra de lava negra que cortaba si uno se caía y raíces que salían del suelo en los sitios menos esperados.

Los isleños subían sin mirarse los pies, con las cestas en la cabeza o en la espalda.

El Kahpwal iba delante.

Seis hombres lo cargaban entre sus brazos extendidos, turnándose cada cierto trecho con otros seis.

Era más ligero de lo que parecía — hueco por dentro — pero ocho metros de hoja trenzada en un sendero de montaña seguía siendo una empresa que requería coordinación y algún insulto en ponapeño cuando las ramas bajas lo enganchaban.

Práxedes lo miraba subir con la expresión de alguien que está catalogando algo mentalmente.

— Arcimboldo — soltó de repente.

— ¿Qué? — preguntó Inés desconcertada.

— Un pintor. Hace retratos a base de frutas y verduras. — Práxedes señaló el Kahpwal vacío —. Cuando lo rellenen arriba va a parecer uno de sus cuadros.

Inés miró el muñeco gigante balanceándose entre los árboles.

— ¿Y es bonito?

— Es extraordinario — aseguró Práxedes.

Leilani pasó junto a ellos con una cesta del doble del tamaño de la de Inés, sin variar el paso ni la expresión. Práxedes la miró pasar.

— Yo llevo una cesta más pequeña que ella — observó.

— Todo el mundo lleva una cesta más pequeña que ella — señaló Inés.

A mitad de la subida había un paso estrecho.

No es que fuera peligroso — la piedra era firme, el camino tenía anchura suficiente para un pie adulto — pero a la derecha el terreno caía en una pendiente que no invitaba a la distracción.

Los isleños lo cruzaban sin mirar. Ipen lo cruzó corriendo, que era su manera de demostrar que llevaba haciéndolo todo la vida.

Mal lo cruzó sin mirar tampoco.

Cuando le tocó a ella, Práxedes extendió la mano.

— Por si acaso — dijo.

Inés la cogió. Cruzó el paso sin problema, que era evidente para los dos. Pero al otro lado ninguno soltó la mano de inmediato.

Ada, que cruzaba detrás, lo notó. Inés vio la comisura de sus labios a punto de sonreír.

Siguieron subiendo. Las manos tardaron en separarse.

El cráter olía a azufre.

No mucho — solo lo suficiente para recordarte dónde estabas, para que el cuerpo registrara que el suelo bajo sus pies era la corteza de algo vivo y enorme que llevaba siglos dormitando.

El borde del cráter era una cresta de piedra negra desde la que se veía abajo — no lejos, solo lo suficiente para que la profundidad tuviera peso — una oscuridad que pulsaba con un calor suave y constante.

Mal se asomó al borde del cráter, se agachó, y extendió la mano hacia el calor que subía desde abajo.

— Huele a huevo — dictaminó.

— A azufre — corrigió Práxedes.

— A huevo podrido — insistió Mal.

Práxedes lo consideró.

— Técnicamente — admitió — el azufre y el huevo podrido huelen igual porque...

— Práxedes — dijeron Inés y Ada al unísono.

— Sí.

— Ahora no — corearon.

El Kahpwal llegó al borde del cráter con sus seis portadores y sus ocho metros de brazos abiertos.

Lo colocaron de pie frente al volcán. Nahlik dijo algo. Los isleños respondieron. Y entonces empezaron a rellenarlo.

Las cestas se abrieron — flores primero, rojas y amarillas, que fueron llenando los huecos de la estructura trenzada desde abajo.

Luego fruta: cocos partidos, papayas, algo naranja que Inés no supo nombrar.

Raíces. Hojas. Todo lo que la tierra de Ivo ilo daba, metido con cuidado entre la hoja de pandano hasta que el Kahpwal dejó de estar vacío.

Práxedes miraba el resultado boquiabierto.

— Arcimboldo — repitió impresionado.

El muñeco era otra cosa relleno. Ya no era un fantasma de hoja trenzada — era algo vivo, con color, con peso, con ese exceso de la naturaleza cuando se acumula. La cara seguía siendo la misma pero ahora tenía ojos de papaya y dientes de coco y el pelo hecho de flores rojas que el viento movía.

Ada se puso junto a Inés.

— El que tiene hambre de vida — pronunció — ahora está lleno.

Los seis portadores cogieron el Kahpwal por última vez.

Nahlik levantó la mano.

Habló en ponapeño — ni largo, ni ceremonioso. Su voz subió un momento por encima del viento y del azufre y del calor del cráter.

Ada tradujo en voz muy baja, solo para Inés:

— Dice: volcán, te devolvemos lo que nos diste. Guárdalo bien para el año que viene.

Y entonces Nahlik bajó la mano.

Y lo arrojaron al volcán.

El silencio duró un segundo. Luego llegó el sonido — sordo, lejano, el calor que subió un momento desde el cráter como un suspiro enorme.

Los isleños respondieron con un grito que Inés sintió en el pecho.

El sendero de vuelta era el mismo pero todo es diferente cuando se baja — más rápido, más descuidado, con el temblor del cráter todavía en el cuerpo y los pies encontrando los apoyos a toda velocidad. Los isleños bajaban como agua, como si la ladera fuera un río y ellos supieran cómo fluir.

Inés no era agua. Pero tampoco iba mal.

Práxedes iba detrás de ella — cerca, sin que nadie lo hubiera decidido así, porque el sendero era estrecho y ese había sido el orden en que habían empezado a bajar.

Y en un trecho con raíces cruzadas donde Inés redujo el paso, Práxedes redujo el paso también, y en ese momento de proximidad — sin planificarlo, sin que fuera el momento ni el lugar — le dio un beso en el cuello.

Breve. Deliberado.

Desde delante llegó la voz de Ada:

— ¡Por fiiiiinn!

Y luego, más alto:

— ¡He visto iguanas con más iniciativa!

Leilani, que bajaba delante de Ada, se giró. Ada le gritó algo en ponapeño. Leilani escuchó. Respondió con una frase larga.

— ¿Qué ha dicho? — preguntó Inés, que notaba que se le había subido el calor a la cara y que el azufre del cráter no tenía nada que ver.

— Dice — tradujo Ada, con la solemnidad de un notario — que llevabais tanto calor acumulado que era un milagro que no hubierais incendiado la isla antes que el volcán.

Práxedes se limpió las gafas.

El rumor corrió por el grupo con la velocidad de las noticias buenas en una isla pequeña. Ipen dijo algo a los niños. Los niños dijeron algo a los adultos. Un hombre de los portadores del Kahpwal miró hacia atrás, vio a Inés y Práxedes, y dijo algo que hizo reír a los tres que tenía al lado.

— ¿Qué dice? — preguntó Práxedes.

— Mejor que no lo sepas — decidió Ada.

Alguien empezó a cantar. Algo rítmico, repetitivo, con el nombre de Inés y algo más que ella no entendió pero que tenía el tono inequívoco de una canción que se canta a expensas de alguien.

Mal, que bajaba con Ipen a una velocidad que ninguna persona sensata aprobaría en un sendero de volcán, se giró hacia Inés con una sonrisa enorme.

— ¿Lo veis? — empezó y se detuvo —. No cantes más la Africana.

— Mal — rogó Inés.

— No cantes más la Africaaaana — repitió Mal, ahora con la melodía.

Ada miró al volcán, que seguía humeando suave en lo alto con su brasa tranquila.

— No cantes más la Africaaaana — se unió Ada —. Vente conmigo a Aragóooon.

Y los dos bajaron canturreando por la ladera del volcán de Ivo ilo mientras los isleños los miraban sin entender las palabras pero entendiendo perfectamente el tono.

Práxedes e Inés bajaron detrás, más despacio, con el sendero para ellos solos y el calor del cráter todavía en el aire y ese beso en el cuello flotando entre los dos.

Por la tarde, la isla cambió.

No de golpe — despacio, como cuando la luz de la tarde en el Pacífico va cambiando de color sin que puedas señalar el momento exacto en que dejó de ser una cosa y empezó a ser otra.

El Sohlap en Noa entraba en su última noche.

Las mujeres desaparecieron hacia el nahs grande. Los hombres hacia la playa de la laguna. Los niños pequeños quedaron al cargo de los mayores.

Ada se acercó a Inés.

— Esta noche — dijo — hay una señal. Del volcán. No te la puedo explicar.

— ¿Una señal? — preguntó Inés.

Ada la miró con una sonrisa.

— La sabrás cuando ocurra.

— Ada.

— De verdad. — le sonrió con complicidad —. Ya lo verás. Es parte de la naturaleza. Un tributo a la vida.

Inés contempló el volcán.

— Vamos — indicó Ada —. Las mujeres nos esperan.

El nahs grande olía a flores y a aceite de coco.

Las mujeres de la isla estaban sentadas en círculo. Leilani ya estaba entre ellas. Dos mujeres jóvenes se acercaron a Inés nada más entrar — sin pedir permiso, sin dudar. La cogieron de las manos y la llevaron hacia un rincón donde había telas dobladas.

Inés buscó a Ada.

— Te van a preparar — sonrió Ada.