Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 27 #2
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27 #2

— Dice que su último soumas fue con Nakoa de Pingelap.

— Ada intentó no reírse —. Dice que Nakoa venía de las plantaciones de pimienta y no se había lavado las manos.

Cuando sopló sobre su palma le fue todo a la cara.

Estornudaba sin parar y tuvieron que repetirlo tres veces porque las dos primeras no podían parar de reírse.

Leilani dijo algo más, sin abrir los ojos.

— ¿Y?

— Dice que fue el mejor soumas que ha hecho. — Ada apartó la mano —. Y que Nakoa opina lo mismo.

El vapor subía despacio entre las ramas. En la roca junto al borde de la poza, posado sobre la piedra volcánica negra, había un insecto del tamaño de un dedo. Rosa. Un rosa intenso, casi imposible, que brillaba suave en la luz de la tarde.

Inés lo contempló fascinada.

— ¿Qué es eso?

Ada lo miró también.

— No sé su nombre en español — reconoció —. Pero en ponapeño lo llamamos liksou — la hoja que todavía no sabe que es verde. Aparece cuando el volcán está contento.

El insecto abrió las alas — rosadas también, con un nervio central más oscuro que las cruzaba como una vena — y volvió a cerrarlas.

Inés lo miró un momento más. Luego miró el agua caliente, el vapor, la selva cerrada alrededor, Ada con su cara tranquila de quien lleva toda la vida sabiendo cosas que a Inés le habían costado dieciséis años empezar a entender.

— ¿Y tú? — preguntó con un poco de vergüenza —. ¿Cuándo fue tu primera vez?

Ada se relajó en el agua.

— Tenía trece años. — Contó sin dramatismo —. Era el Sohlap en Noa. El hijo de Nahlik, que tenía quince y era bastante tonto pero tenía buenas intenciones... No fue nada del otro mundo. Pero tampoco fue nada malo.

Inés la miró unos segundos.

— Trece años.

— Aquí se considera el momento natural. — Ada encogió levemente los hombros —. Vosotros lo retrasáis tanto que cuando por fin ocurre está cargado de todo lo que no debería llevar encima.

— ¿Y si uno no está seguro de querer? — preguntó Inés, observando el insecto.

Ada la miró con esa mirada directa suya.

— Entonces no quiere — contestó con una sonrisa —. Y eso también está bien.

— Ada.

— ¿Sí?

— Gracias.

Ada se hundió más en el agua caliente.

— No me des las gracias todavía — aconsejó —. Espera a mañana.

Leilani, sin abrir los ojos, dijo algo en ponapeño. Ada escuchó y se tapó la boca con la mano.

— ¿Qué ha dicho?

— Que mañana habrá más motivos para dar las gracias que hoy. — Ada contenía la risa —. Más o menos.

Esa noche el claro estaba tranquilo.

No vacío — nunca estaba vacío en el Sohlap en Noa — pero más quieto que la noche anterior, con el fuego del volcán todavía visible en lo alto y las hogueras del perímetro bajando despacio hacia las brasas.

Algunos isleños todavía cantaban, lejos, en el nahs pequeño.

Otros habían desaparecido entre las palmeras con la naturalidad de siempre.

Práxedes estaba sentado en un tronco caído al borde del claro.

Solo. Con el cuaderno cerrado en las rodillas.

Inés se acercó y se sentó a su lado.

Estuvieron un momento en silencio. El volcán en lo alto. Los insectos de la noche cantando en la selva — ese coro constante y antiguo que Ivo ilo tenía incluso cuando todo lo demás callaba.

Y en la piedra entre los dos, posado con esa calma suya de hoja que no sabe que es verde, uno de aquellos fascinantes insectos rosas.

Práxedes se quedó mirándolo.

— ¿Qué es?

— Ada dice que aparece cuando el volcán está contento.

Práxedes observó el volcán. El insecto. A Inés.

— ¿Y tú qué dices?

— Que es muy rosa — contestó Inés.

Práxedes saltó una risa pequeña, de las que salen sin que uno las planifique.

— Inés — dijo, después de un momento.

— ¿Sí?

— Hoy en la playa. — Se detuvo. Empezó otra vez —. Cuando estabas detrás de mí. Corrigiéndome la postura.

— La rodilla.

— La rodilla — confirmó Práxedes —. Yo... no estaba pensando en la rodilla.

— Lo sé.

Práxedes miró el cuaderno.

— Llevo semanas sin saber qué hacer con eso — admitió, en voz muy baja.

— ¿Con qué?

— Con lo que siento cuando te miro.

El insecto rosa abrió las alas un momento. Las cerró. El volcán ardía en lo alto con su brasa tranquila.

Inés lo observó — de perfil, las gafas puestas, la camisa blanca con las marcas de la sal del mar de esa mañana, el cuaderno cerrado que nunca abría cuando estaban juntos porque cuando estaban juntos los pájaros dejaban de importar.

— Práxedes — dijo.

— Sí.

— Cállate.

Y se acercó.

Chocaron.

Era inevitable — los dos moviéndose hacia el otro al mismo tiempo, sin coordinación, con el resultado predecible de dos personas que nunca han hecho esto juntas y no han negociado previamente quién se inclina hacia qué lado.

Se separaron un centímetro.

Se miraron.

Y entonces los dos se rieron — una risa corta, limpia, de las que barren el aire y dejan solo lo que hay debajo.

— Otra vez — pidió Práxedes.

Esta vez fue él quien se inclinó primero, despacio, dándole tiempo a ella para decidir.

Inés no necesitó mucho tiempo.

El beso llegó y Inés descubrió que nadie le había explicado que los labios de otra persona podían sentirse así de cálidos, así de reales.

Sus manos encontraron su camino hacia él sin que ella les diera instrucciones — la tela de su camisa, el calor que irradiaba por debajo — y cuando se acercó más notó su propio pulso acelerándose en sitios donde antes no lo había notado.

El cuaderno cayó al suelo y ninguno de los dos lo recogió.

El insecto rosa alzó el vuelo hacia la selva.

El volcán ardía.