Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 27
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Stubing había elegido la playa del norte — la que daba al mar abierto, donde el arrecife exterior amortiguaba el oleaje hasta dejarlo en un susurro. Más larga, más despejada, con el volcán a la espalda y el horizonte delante. Un buen sitio para disparar, había dicho, sin añadir nada más.

Stuart y Cooper habían traído a tierra las cajas y las habían apilado al pie de la palmera más grande de la playa del norte sin hacer preguntas. Los isleños las miraron en silencio — el olor del aceite de las piezas, el peso, la forma inconfundible bajo la tela aceitosa.

Stubing no perdió el tiempo.

Alineó a los isleños — hombres y mujeres, doce en total, desde los dieciséis años hasta los cuarenta y tantos — frente a una hilera de cocos que Cooper había clavado en palos a cincuenta metros.

Stuart tenía los fusiles. Finch tenía los revólveres.

Murphy estaba en la retaguardia con los brazos cruzados y Cromwell en el hombro.

Inés buscó a Ada, a Práxedes, a Leilani para colocarse en la fila.

Leilani ya estaba en el extremo izquierdo, estudiando el revólver que Finch acababa de entregarle.

— ¿Ella ya sabe...? — empezó Inés.

— Leilani — dijo Ada, sin mirarla — llegó antes que Stubing.

La primera ronda fue un desastre glorioso.

No por falta de voluntad — sino porque disparar un fusil por primera vez es una experiencia que ninguna descripción prepara del todo.

El primero en intentarlo fue un hombre de unos treinta años, ancho de hombros, que cogió el fusil con la seguridad de quien ha peleado con lanza y cree que esto no puede ser más difícil. Apuntó. Disparó.

El retroceso lo mandó un paso hacia atrás.

El coco seguía en su palo, indiferente.

La playa entera soltó algo que en español habría sido una carcajada y en ponapeño era lo mismo con más vocales. El hombre miró el fusil. Miró el coco. Dijo algo.

— Dice que la lanza es más honesta — tradujo Ada.

— Dile que la lanza no llega a doscientos metros — replicó Stubing.

Ada lo tradujo. El hombre consideró esto con seriedad. Cogió el fusil otra vez.

El segundo disparo derribó el coco.

La playa respondió de otra manera.

Inés aprendió rápido.

Stubing se lo dijo sin adornos — tiene buen ojo — que en él era el equivalente de un discurso.

Lo que le costó fue el retroceso: la primera vez que disparó el fusil la empujó hacia atrás y casi le hace perder el equilibrio, y Práxedes, que estaba a su lado, extendió un brazo sin pensar para sujetarla.

— Gracias — soltó Inés.

— De nada — respondió Práxedes, retirando el brazo.

Le quedó la mano medio levantada un segundo, como si no supiera dónde ponerla ahora que no estaba en ella.

Inés notó el sitio donde había estado su mano. Todavía caliente. Apuntó al coco.

Ada, desde su posición en la fila, miraba al horizonte con mucho interés.

La segunda vez que el retroceso amenazó con tirarla, Práxedes ya tenía el brazo listo. Inés lo notó — que lo tenía listo, que lo había anticipado — y no dijo nada sobre eso tampoco. Pero tampoco se apartó tan rápido como podría haberse apartado.

Ada siguió mirando el horizonte.

— Stubing — llamó Práxedes, con el tono de quien tiene una pregunta técnica —, ¿hay alguna manera de reducir el retroceso?

— Postura — indicó Stubing —. Hay que anticiparlo. — Se acercó a Inés y le colocó los pies en el ángulo correcto, los hombros. Luego se apartó —. Así. Inténtelo otra vez.

Inés apuntó. Disparó. Esta vez se mantuvo.

— Bien — aprobó Stubing, y se fue al siguiente.

Práxedes la miró.

— Ya no necesitas el brazo — dijo.

— Ya — respondió Inés.

— Es una pena — añadió Práxedes, y se giró hacia su propio coco antes de que Inés pudiera ver su cara.

Ada se aclaró la garganta suavemente y fingió estudiar el mecanismo de su fusil con un interés repentino.

A su lado, Leilani disparó el revólver con la misma calma con que hacía todo — sin apartar los ojos del objetivo, sin cambiar la expresión, con un resultado que hizo que Stubing se quedara un momento inmóvil.

— ¿Dónde aprendió? — preguntó.

Ada tradujo. Leilani respondió.

— Dice que había un cabo en el fuerte Alfonso XIII que se aburría mucho. Y que le sobraban las balas.

Stubing se rascó la barba.

Práxedes no era un tirador natural.

Lo que sí era, descubrió Inés observándole de reojo, era alguien que aprendía observando con mucha atención — miraba a Stubing, a Leilani, a los isleños que ya empezaban a dar en el blanco, y luego lo intentaba. La concentración que ponía en los pájaros la ponía ahora en los cocos.

— Dobla más la rodilla — aconsejó Inés.

Práxedes la miró.

— ¿Perdón?

— La rodilla derecha. La postura.

— Tú llevas disparando veinte minutos.

— Y ya sé doblar la rodilla.

Práxedes no dobló la rodilla. Inés suspiró con la paciencia de quien tiene que hacer las cosas ella misma, se colocó detrás de él y usó su propia rodilla para empujar la de Práxedes al ángulo correcto. Luego le puso una mano en el hombro para cuadrarlo.

— Así — indicó, cerca de su oído.

Práxedes no se movió. No hacia el coco — no se movió en absoluto, como si hubiera olvidado que había un coco.

— Práxedes — llamó Inés.

— Sí.

— Dispara.

Disparó. El coco cayó.

— Vaya — soltó, sin moverse todavía.

— De nada — dijo Inés, apartándose.

Se miraron un momento demasiado largo para ser solo sobre cocos.

Desde el otro extremo de la fila, Ada comentó algo en ponapeño en voz baja. Leilani, sin apartar los ojos de su objetivo, respondió con tres palabras. Ada se tapó la boca con la mano.

— ¿Qué has dicho? — preguntó Inés.

— Nada — se apresuró a contestar Ada.

— Ada.

— Que la postura ha mejorado mucho. — estaba a punto de echarse a reír —. La de Práxedes.

Mal no estaba en la playa del norte. Cuando lo encontraron en el claro, estaba con Ipen y un arco de madera de pandano. En el tronco del pandano viejo había una flecha clavada.

— Ha rozado — aseguró Mal, con dignidad.

Ipen le devolvió el arco con algo que, en catorce años de cara de piedra ponapeña, era lo más parecido a una sonrisa que iba a mostrar ese día.

— Vaya, casi una sonrisa — musitó Mal —. Qué generoso.

Por la tarde, las mujeres fueron a las aguas termales que estaban al otro lado del volcán.

No lejos — media hora caminando por un sendero que los pies de las habitantes de la isla habían trazado durante generaciones entre las raíces y las piedras de lava.

Pero suficientemente al otro lado como para que el ruido del claro desapareciera y quedara solo el sonido de la selva — pájaros, insectos, el agua corriendo por algún sitio que no se veía pero se oía.

Ada iba delante con dos de las mujeres de la isla. Inés detrás. Leilani al final.

El sendero se abrió de repente en una hondonada de piedra volcánica negra donde el agua brotaba caliente desde abajo y formaba una poza natural del tamaño de una sala pequeña. El vapor subía despacio. Alrededor, la selva cerraba el espacio como paredes vivas.

Ya había mujeres dentro.

Cinco, seis, de todas las edades, que hablaban y reían como si llevaran toda la tarde ahí. La mayoría con muy poca ropa — o ninguna, con esa naturalidad del cuerpo que la isla tenía.

Ada se quitó la ropa sin pensarlo y entró.

Inés se quedó un momento en el borde.

— ¿Vienes? — invitó Ada.

Inés se desnudó.

El agua estaba más caliente de lo que esperaba — no incómoda, pero más caliente — y olía a azufre suave y a algo mineral que la piedra volcánica soltaba al agua. El fondo era liso, pulido por el tiempo. Inés se sentó en una piedra sumergida y dejó que el calor le llegara hasta los hombros.

Las mujeres de la isla las miraron con curiosidad — el pelo rojo de Inés, sobre todo, que flotaba en el agua como algo que no pertenecía del todo a ese lugar y al mismo tiempo encajaba perfectamente. Una de ellas dijo algo. Otra respondió. Hubo risas.

— ¿Qué dicen? — preguntó Inés.

— Dicen que el pelo de fuego en el agua caliente es buena señal para el Sohlap en Noa — tradujo Ada, con una diversión que no intentó ocultar —. Que el volcán lo va a notar.

— ¿El volcán va a notar mi pelo?

— El volcán nota todo lo que pasa en sus aguas.

Inés miró el vapor que subía hacia la selva cerrada. Imposible replicarle a eso.

Leilani dijo algo en ponapeño. Ada respondió. Leilani cerró los ojos y se recostó en la piedra.

Ada miró a Inés.

— Mañana — continuó — es la última noche del Sohlap en Noa.

— La noche de la unión — recordó Inés. Lo había oído mencionar pero sin entender del todo.

— Sí. — Ada movió el agua despacio con la mano —.

Los ponapeños no tenemos ese peso que tenéis vosotros.

El pecado. La culpa. El cuerpo como algo que hay que guardar hasta el matrimonio.

— puso los ojos en blanco —. Aquí el cuerpo es tuyo.

Lo descubres cuando estás lista y con quien quieras.

Es el tributo de la isla a la vida — que la vida siga, que la tierra siga siendo fértil.

Inés miró el agua. Pensó en las monjas, en el convento de Luzón, en todo lo que le habían enseñado sobre el cuerpo — que era peligroso, que había que controlarlo, que pertenecía a Dios primero y al marido después.

Ada se hundió un poco más en el agua caliente.

— Aquí no hay matrimonio — hablaba casi para sí misma —. Las parejas están juntas mientras quieren estar juntas. Cuando ya no hay lo que tiene que haber, hay el soumas.

— ¿Qué es el soumas?

— El momento en que el cangrejo cambia de concha.

— Ada buscó las palabras —. Cuando se acaba, coges la mano del otro, abres su palma, y soplas sobre ella.

Lo que había entre vosotros se va con el aliento.

Sin drama. Sin culpa. — Sopló sobre su propia palma para mostrarlo —.

Y puede hacerlo cualquiera. El pescador. La cocinera. El Nahnmwarki.

Inés imaginó eso un momento. Soplar sobre una palma abierta y que todo lo que había entre dos personas se fuera con el aire.

— ¿Y funciona?

— Funciona si los dos quieren que funcione. — Ada encogió los hombros —. Como todo.

Leilani, que había estado con los ojos cerrados, contó algo en ponapeño. Ada escuchó y se tapó la boca con la mano.

— ¿Qué ha dicho?