26
— ¿Qué es eso? — preguntó Mal.
El fuego fue lo primero que vieron de Ivo ilo — un resplandor anaranjado en lo alto de la colina, visible incluso contra la luz del amanecer.
Ada estaba en la proa.
— Sohlap en Noa — murmuró. Y luego, como si necesitara traducirlo para ella misma también —: El agradecimiento al volcán. Cada año, al final de la estación seca. Le dan las gracias por no haberse despertado. Por dejar que la isla siga siendo isla.
Mal observó el fuego en lo alto.
— ¿Y si un año se despierta?
— Entonces — replicó Ada — habrán tenido razón en darle las gracias todos los años anteriores.
La Spirit entró en la laguna con el motor al mínimo.
Stuart al timón, Stubing en la proa con sus cartas, la tripulación en silencio con esa atención de quien navega aguas que no están todas en los mapas.
El arrecife pasó a babor con su murmullo constante y el agua cambió de color — del azul oscuro del océano al verde claro de la laguna, transparente hasta el fondo de arena blanca.
Fue entonces cuando oyeron la música.
Llegaba desde tierra — ritmos percutidos sobre madera hueca, varios a la vez, que se superponían y se respondían con una lógica que Inés no entendía pero que sentía en el pecho antes de poder analizarla.
Y por encima de los ritmos, voces. Muchas voces, hombres y mujeres, en esa salmodia ponapeña que subía y bajaba con el viento.
Ada sonrió.
— Llevan días — añadió —. Vamos a llegar en el momento exacto.
Cromwell, en el hombro de Murphy, inclinó la cabeza hacia la isla. Dijo una de sus tres palabras. Murphy le tapó el pico con dos dedos.
— Respeto — le regañó al loro.
El loro batió sus alas ofendido.
La orilla de Ivo ilo en el Sohlap en Noa era otra cosa.
Las canoas estaban en el agua — seis, ocho, alineadas frente al arrecife con sus remeros quietos, esperando algo.
En la playa, guirnaldas de flores que Inés no supo nombrar — rojas y amarillas, entretejidas con hojas de pandano — colgaban de los árboles y de los postes del nahs, la casa de reuniones de la isla, grande y abierta al aire por los cuatro costados, como si la isla entera se hubiera vestido.
El fuego del volcán seguía visible en lo alto de la colina, más tenue con la luz del día pero persistente, una brasa enorme que nadie había apagado porque nadie iba a apagarla hasta que la ceremonia terminara.
Fue uno de los remeros quien los vio primero.
Señaló la Spirit. Gritó algo. Y en cuestión de segundos toda la orilla se giró hacia la laguna.
Ada no esperó a la barca. Se quitó los zapatos, la falda, y saltó al agua. Leilani se quitó las sandalias y saltó detrás de ella.
Las dos nadaron hacia la orilla con brazadas largas, sin esfuerzo, y cuando llegaron a la playa los remeros estaban ahí — no para recibirlas, sino para estar, para que la llegada tuviera testigos.
Uno de ellos dijo algo a Ada. Ada respondió.
Otro dijo algo a Leilani. Leilani respondió con brevedad y algo que podría haber sido una reprimenda cariñosa.
Mal miró a Inés desde la borda.
— ¿Nos tiramos?
— Hay una barca — recordó Inés.
— La barca tarda.
Inés se giró hacia Práxedes. Práxedes levantó las cejas.
Mal ya estaba quitándose las botas. Se metió a Bismarck dentro de la camisa.
— Ni se te ocurra soltarlo en el agua — le advirtió Inés.
Mal sonrió. Era una sonrisa que significaba que ya lo había pensado.
Inés se empezó a reír mientras se quitaba la chaqueta, la falda, los zapatos. Se quedó en enaguas y camisa y se subió a la borda sin mirar atrás.
Práxedes la contempló entre pasmado y sonrojado.
— ¿En serio?
— La barca tarda — repitió Inés con una sonrisa.
Y saltó.
El agua del Pacífico era más fría de lo que parecía desde arriba y más transparente y más azul, y cuando salió a la superficie escupiendo sal estaba riendo.
Mal cayó a su lado un segundo después levantando una columna de agua que la empapó entera.
Bismarck asomó la cabeza por el cuello de su camisa, empapado, furioso y con una dignidad ultrajada que no le cabía en el cuerpo.
Práxedes se quitó la chaqueta, el chaleco, las botas. Se quedó en camisa y pantalón, miró a Inés desde la borda y se puso aún más rojo.
— La barca tarda — repitió, como convenciéndose.
Y saltó.
Desde la Spirit, Murphy los miraba con los brazos cruzados.
— Yo no pienso mojarme — dictaminó.
Cromwell graznó su aprobación.
El claro de Ivo ilo olía a flores y a humo de madera y a ese otro olor, más difícil de nombrar, que Inés había aprendido a asociar con el sakau en preparación — las raíces machacadas en la piedra grande, el agua mezclándose con la corteza de hibisco.
Apo María estaba en su plataforma.
Con su pipa de bambú y su falda de colores rojos y negros. Pero esta vez las manos no estaban pelando nada — estaban en los apoyabrazos de la silla, y cuando Ada cruzó el claro corriendo, Apo María se levantó.
No lo había hecho la primera vez.
Ada subió a la plataforma de un salto y la anciana la recibió de pie — esa mujer diminuta que le llegaba al hombro — y la abrazo con esos brazos suyos, finos y duros, que parecían hechos de raíz.
Dijeron cosas en ponapeño, las dos a la vez, y luego las dos en silencio, y luego Apo María se separó un poco y le dijo algo mirándola a la cara.
Ada respondió. Corto.
Apo María asintió varias veces — no el asentimiento único y solemne de la primera vez, sino algo más rápido, más vivo, como quien recibe una información que confirma lo que ya sabía.
Leilani subió a la plataforma. Apo María le dijo algo que hizo que Leilani pusiera los ojos en blanco.
Se abrazaron breve, cotidiano. Fue entonces cuando Apo María los vio.
Los miró a los tres — empapados, descalzos, con el pelo pegado a la cara y la ropa chorreando sobre la piedra del claro — y sonrió.
Dijo algo a Ada.
Ada escuchó y se le escapó algo que podría haber sido una carcajada.
— ¿Qué ha dicho? — preguntó Inés.
— Dice que la última vez llegasteis como gente que tiene miedo. — Ada los miraba divertida — chorreando, sonrientes, con el Pacífico todavía encima —. Y que esta vez llegáis como gente que sabe nadar.
Apo María dijo algo más, mirando a Inés directamente. Sin el ritual de la primera vez. Solo la miró con esos ojos suyos de halcón viejo y dijo algo corto.
— ¿Ada?
Ada estaba buscando las palabras exactas.
— Dice que la última vez llegaste con el peso del mundo en los ojos. — Ada sonrió —. Y que ahora los ojos van ligeros.
Inés se sonrojó. Lo cual, dado que estaba empapada y chorreando agua del Pacífico, era un logro considerable.
Apo María bajó la vista hacia Bismarck, que seguía bajo el brazo de Mal, todavía mojado y todavía ofendido. Dijo algo breve.
Ada lo tradujo despacio:
— Dice que la isla ya tiene suficientes gatos. — sonrió —. Pero que ese tiene cara de saber lo que hace.
Bismarck, como si hubiera entendido, se retorció en los brazos de Mal y saltó a la plataforma. Se acercó a Apo María, la olfateó, y se sentó a su lado. Con el pelo pegado al cuerpo parecía la mitad de grande.
Apo María no se movió.
Dijo una sola palabra.
— ¿Qué ha dicho? — preguntó Mal.
— Se queda — tradujo Ada.
Mal miró a Bismarck instalado junto a Apo María como si llevara años haciéndolo.
— Tú sí que sabes — felicitó Mal con una sonrisa.
La tarde fue un desorden de reencuentros y celebración.
Ada desapareció entre sus primos y Leilani fue absorbida por las mujeres de la isla.
Práxedes encontró al niño que le había enseñado el likamw — ahora unos centímetros más alto, con el mismo índice señalador — y los dos desaparecieron hacia los árboles para encontrar de nuevo al pájaro antes de que nadie pudiera decirles nada.
Mal buscó al niño del fruto. Lo encontró en la misma piedra de siempre. El niño tenía otro fruto ovalado. Se sentaron juntos sin decirse nada. El niño lo abrió y lo repartió.
El Sohlap en Noa seguía — los ritmos sobre madera hueca, las voces, las guirnaldas moviéndose con el viento.
Las canoas habían vuelto a la playa después de una carrera que Inés había visto desde lejos sin entender del todo las reglas pero sí el resultado: la canoa ganadora la tripulaban cuatro mujeres que habían subido a la orilla gritando algo que el claro entero respondió.
Stubing desembarcó el último, con sus cartas. Se quedó junto al nahs mirando la isla.
Esa noche, con el sakau preparado y el fuego del volcán todavía visible en lo alto y el claro lleno de gente, Apo María habló.
En ponapeño, lento y deliberado, con Ada traduciendo junto a Inés. Habló del Sohlap en Noa — de los años que llevaba la isla haciendo esta ofrenda al volcán, de lo que significaba el fuego en lo alto: el volcán aceptando las gracias, respondiendo que otro año la isla podía seguir siendo isla.
Luego habló de lo que había pasado desde la última vez.
De los piratas que habían rondado el arrecife dos veces sin atreverse a entrar.
De los hombres del fuerte español en Colonia que habían enviado preguntas y a quienes había respondido con calma que la Nahnmwarki estaba atendiendo asuntos de su pueblo en otras islas.
Miró las bodegas de la Spirit, visible en el amarre con sus luces encendidas.
Dijo algo.
— Dice — tradujo Ada — que huele a hierro desde que llegasteis. Y que el hierro que viene por mar suele traer dos cosas: problemas o soluciones. Y que quiere saber cuál de las dos habéis traído.
Ada e Inés se miraron.
— Las dos — reconoció Ada, repitiéndolo en ponapeño.
Apo María la observó. El fuego del volcán parpadeó en lo alto de la colina — una brasa enorme y tranquila que llevaba días ardiendo y que apagarían mañana cuando la ceremonia terminara, cuando el volcán hubiera recibido sus gracias y la isla pudiera volver a ser solo una isla.
Apo María asintió — una sola vez, despacio.
Y volvió a su pipa.