Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 25
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Inés se despertó con el balanceo.

Lento. Constante. El tipo de movimiento que dice que el mundo sigue girando aunque tú no estés mirando. El camarote olía a madera y a sal y a algo que tardó un momento en identificar: tranquilidad. Una cosa rara.

Bismarck estaba acurrucado entre sus pies. En el centro exacto.

— Buenos días — saludó Inés con un bostezo.

Bismarck parpadeó.

El sol de la mañana entraba a raudales por el ojo de buey. El mar era azul oscuro y liso y enorme, y la Spirit cortaba limpia y tranquila.

Bismarck la adelantó en la escotilla.

Cromwell lo vio salir a cubierta y graznó la menos obscena de sus tres palabras — aunque eso no era decir mucho. Bismarck lo miró sin pestañear, parpadeó una vez, despacio, y se puso a lamerse con esmero. Murphy se limpió las manos en el delantal.

— Ese gato tiene clase — dictaminó.

Mal asintió y se fue a la proa, donde Stuart le esperaba con una cuerda y toda la paciencia del mundo. Ada estaba en la popa, mirando el sur. Inés se acercó y se apoyó a su lado sin decir nada.

Estuvieron un momento así, las dos, con el viento y el mar y la estela blanca que iba borrándose detrás de la Spirit.

— Lo siento — susurró Ada.

Inés la miró.

— Las cajas — explicó Ada —. Por obligaros a salir de Manila. A ti y a Mal.

— No nos has obligado a nada.

— Las cajas sí.

Inés contempló el horizonte.

— Manila no era mi ciudad — se sinceró —. Lo supe cuando la vi alejarse y no sentí lo que se supone que deberías sentir cuando dejas un sitio que es importante para ti... Y Don Esteban tampoco nos habría dejado en paz. Con o sin cajas. Eso ya lo sabes.

Ada no respondió de inmediato.

— Ahora vamos a Ivo ilo — dijo —. Yo sé para qué.

Inés esperó.

— El capitán Stubing se ha ofrecido a quedarse unas semanas. A adiestrar a la gente de la isla. — Ada miró el mar —. Enseñarles a usar los fusiles.

Inés asintió.

— ¿Y tú y Mal? — preguntó Ada —. ¿Qué pensáis hacer?

Inés giró la vista hacia la proa, donde Mal seguía con Stuart y el nudo y la concentración de siempre.

Sonrió.

— No lo sé — admitió —. Y es una sensación que me encanta.

Ada la observó con interés.

— ¿De verdad?

— De verdad. — Inés contempló el mar — azul, enorme, sin bordes visibles —. Toda la vida alguien ha decidido por mi. Y ahora... — Dejó el silencio un momento y miró a Mal —. Cualquier futuro que elija, lo voy a elegir pensando en lo mejor para los dos.

Ada la observe sin decir nada más.

— Espero no molestar.

Práxedes había aparecido desde la escotilla con su cuaderno bajo el brazo.

— No molestas — contestó Inés.

— ¿De qué hablabais?

— Del futuro.

Práxedes se apoyó en la borda a su lado.

Ada entrecerró los ojos, como si le molestara el sol.

— Práxedes — empezó —. Tengo una pregunta.

— Adelante.

— ¿Cómo es posible — Ada buscó las palabras con cuidado — que siempre puedas...dejar lo que haces? Venir. Estar. ¿Cómo?

Práxedes se encogió de hombros y sonrió.

— Mis estudios de Derecho en la Universidad de Santo Tomás — explicó — son, en realidad, una excusa para tener contentos a mis padres. Así que no son muy exigentes con mi rendimiento.

— ¿Una excusa? — repitió Inés.

— Una excusa muy cara y muy bien documentada, sí.

Ada frunció el ceño.

— ¿Y tus padres lo saben?

— Saben que estudio. El rendimiento exacto... — Práxedes hizo un gesto con las manos —. Lo que no preguntas no te lo tienen que responder.

Inés se rió.

— ¿Y cómo terminaste en Manila? ¿En esa universidad? Tan lejos de todo.

Práxedes suspiró.

— Justamente por eso — recalcó —. Porque era lo más lejos que admitían mis padres.

— ¿Una familia complicada?

— Una familia — Práxedes eligió la palabra — muy organizada.

— medio sonrió —. Mi hermano mayor, Newlander, colma todas sus expectativas y necesidades sucesorias.

Ha hecho todo lo que mi padre esperaba. Todo.

— Lo dijo sin amargura —. Mis dos hermanas cumplen perfectamente todas sus expectativas sociales.

Bodas y compromisos adecuados, casas adecuadas, visitas los domingos.

Así que en mi familia yo soy, básicamente, el margen de error que ya está cubierto.

— ¿Y Manila? — preguntó Inés.

— Hablaba español perfectamente. — Práxedes se quedó pensativo —. Gracias a mi niñera. Adela. Una aragonesa recia y divertidísima que fue como una segunda madre. — había calidez en su voz —. Y mi padre tenía un interés particular en cartografiar esta parte del Pacífico.

Los mapas. Las cartografías minuciosas del cuaderno de Práxedes. El padre con sus negocios en el Pacífico.

— ¿Para sus negocios? — preguntó Inés, con cuidado.

— Para sus negocios, supongo. O para lo que sea que hace mi padre cuando dice que son sus negocios. — Práxedes se volvió a encoger de hombros —. Con mi padre todo es posible. Pero yo, os lo puedo asegurar, salí ganando mucho.

Ada lo observaba entre divertida y admirada.

— ¿Y no esperan que vuelvas? — quiso saber —. En algún momento.

— Supongo que sí. — Práxedes miró a Inés de reojo. Solo un momento. Ada lo vio y sonrió hacia el mar —. Pero por ahora tengo cosas más interesantes que hacer por estas latitudes.

Se hizo un extraño silencio.

— Los pájaros — apuntó Inés.

— Los pájaros — confirmó Práxedes, muy serio.

— Ya — añadió Ada.

Se quedó sola en la borda un rato. El mar no pedía nada.

No preguntaba adónde iba ni de dónde venía ni qué pensaba hacer cuando llegara.

El mar era grande y azul y estaba ahí, y eso era todo.

Pensó en Doña Amalia. En la mano fría y el beso en la frente y en que no le había dado las gracias como debería.

Pensó en Hartzenbusch apretando el gatillo sin dudar.

Pensó en la nitroglicerina y en el otro Mal apagándose como brasas sin viento y en su propia voz diciendo no.

No se arrepentía. Pero le pesaba. Todo le pesaba un poco — los muertos, las decisiones, los recuerdos que ya no estaban y los que todavía estaban y a veces dolían más.

El viento le apartó el pelo de la cara. Olía a sal y a distancia.

Bien, pensó. Que pese.

Stubing apareció en cubierta. Se apoyó en la borda junto a Inés y miró el horizonte sur.

— Ivo ilo — dijo.

— Ivo ilo — confirmó Inés.

Stubing miró a Mal, que había terminado con los nudos y estaba ahora sentado en cubierta con Bismarck en el regazo y las Rimas de Bécquer abiertas, leyendo en voz alta para nadie en particular.

— Ese niño — señaló Stubing.

— Sí.

— Va a estar bien.

No era una pregunta. Era Stubing diciendo algo que había decidido que era verdad, con la misma convicción con que miraba el tiempo o calculaba una distancia.

Inés lo observó con curiosidad.

— ¿Cómo lo sabe?

Stubing no respondió. Se apartó de la borda.

— Lo sé — sentenció.

Y volvió a su puesto.

Inés se quedó mirando a Mal con su Bécquer y su gato y el sol poniéndose detrás de él sobre el Pacífico. Su voz llegó clara sobre el viento:

— Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar...

Desde el hombro de Murphy, al otro extremo de cubierta, Cromwell levantó la cabeza.

— ¡Volverán! — graznó.

Era una imagen que quería guardar en algún sitio donde el don no pudiera alcanzarla.

No sabía si lo lograría.

Pero lo intentaría.