24
El carromata de Cándido olía a humo.
Todo Manila olía a humo esa tarde — el viento lo traía desde el centro, desde donde la Capitanía General de Filipinas seguía ardiendo con sus explosiones espaciadas, cada una un poco más lejana que la anterior pero ninguna del todo apagada.
Cándido conducía en silencio, que en él era una forma de hablar.
Inés miraba la calle sin verla.
Mal iba a su lado con la cabeza apoyada en su hombro, todavía sin decir nada. Las convulsiones lo dejaban así — agotado, silencioso, con ese peso de quien ha estado en dos sitios a la vez y necesita tiempo para volver del todo al que le corresponde.
Las cajas .
Tenían que sacarlas esa noche. No mañana, no cuando las cosas se calmaran — las cosas no iban a calmarse.
Don Esteban estaba muerto en el suelo de sus propios calabozos y cuando lo encontraran, que sería pronto, empezarían las preguntas.
Habían bajado con él. Los guardias los habían visto.
Y con Manila en el estado en que estaba, no habría paciencia para nadie.
Tenían que marcharse. Esta noche.
— Cándido — llamó Inés.
— Diga.
— Necesito carromatas. Esta noche. Varios. Para llevar un cargamento al puerto de Cavite.
Cándido no respondió de inmediato. Pero algo en sus hombros cambió.
— ¿Cuántos?
— Los que pueda conseguir.
Cándido asintió despacio. Luego, sin que viniera a cuento, soltó algo que sonó como una carcajada corta y seca.
— Mi hijo está libre — dijo —. Esta noche consigo los que hagan falta.
Inés lo contempló con una sonrisa.
Cándido miraba el camino con los ojos brillantes de alguien que ha visto arder un edificio y ha decidido que el mundo puede ser otro.
— Gracias — contestó Inés.
— De nada, ulo ng apoy. De nada.
Lo primero que Inés notó fue que la garita de Hernández y Gamboa estaba vacía. El carruaje también había desaparecido. En algún lugar entre las explosiones y el humo, los dos guardias civiles habían tomado una decisión sobre dónde estaban más necesarios, y no había sido en Ermita.
Lo segundo que notó fue a Práxedes en la puerta.
Abrió antes de que llegaran al portal — había estado mirando desde dentro, o desde la ventana, o desde algún sitio donde llevaba un rato esperando. Cuando Inés bajó del carromata, Práxedes llegó en cuatro zancadas y la abrazó sin decir nada.
Inés dejó que la abrazara un momento.
— Estoy bien — aseguró.
— Ya lo veo — respondió Práxedes, sin soltarla todavía.
Mal sonreía.
Ada y Leilani estaban en el vestíbulo. Ada tenía la cara de cuando había que actuar y todo lo demás podía esperar.
Inés se lo contó rápido. La trampa de Don Esteban. Mal como palanca. La señorita Hartzenbusch — Mencía — en el despacho con su maletín. Los calabozos, Pilar con los grilletes, las uñas púrpuras. Don Esteban muerto en el suelo. Las explosiones.
Leilani dijo algo en ponapeño. Ada no tradujo de inmediato.
— ¿Qué ha dicho? — preguntó Inés.
— Que la señorita Hartzenbusch tenía el corazón de una guerrera.
— Sí... Lo era.
Se calló.
— Tenemos que sacar las cajas esta noche — anunció Inés —. Ahora. — Se giró hacia Práxedes —. Y creo que te vamos a tener que pedir otra vez que nos saques de esta ciudad.
Práxedes la miró.
— ¿La Spirit estaría lista? —le asaltó la duda a Inés.
— La Spirit siempre está lista — contestó Práxedes con esa naturalidad suya que no era fanfarronería —. la misma con que meses atrás había aparecido en un pasillo de la Capitanía con un cuaderno bajo el brazo y la había sacado de allí sin pedir explicaciones.
— Fuera hay carromatas suficientes para las cajas y para nosotros — señaló Inés —. Al puerto de Cavite.
Ada ya estaba mirando hacia la escalera de la bodega.
— Vamos.
Inés subió a su cuarto.
Sacó la bolsa de viaje de debajo de la cama — la misma que había hecho y deshecho tantas veces desde enero que ya sabía lo que tenía que entrar. Sus diarios primero, todos, envueltos en la camisa más gruesa que tenía. Ropa que sirviera para alta mar — no mucha, lo que cupiera. Las botas.
Miró el armario.
Los vestidos estaban ahí — la batista crema de la soirée, el rosa pálido que había llevado a la zarzuela, el verde que Doña Amalia había aprobado con una inclinación de cabeza la primera vez que se lo vio puesto. Todos perfectamente colgados, perfectamente inútiles para lo que venía.
Los dejó.
Abrió el cajón de la mesilla. La carta de crédito estaba donde debía — doblada dentro del sobre de Lombard Odier, con el nombre de Inés Montesclaros Lautner en la esquina. El futuro de los dos, Mal y ella, en un papel que cabía en el bolsillo interior de la bolsa.
Lo guardó.
Cerró la bolsa.
Y entonces recordó que tenía que hablar con Doña Amalia.
Corrió hacia su dormitorio y llamó a la puerta.
Nada.
— ¿Doña Amalia?
Nada.
Empujó la puerta despacio.
Doña Amalia estaba en su sillón junto a la ventana, con la manta sobre las piernas y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. En la mesilla, la taza de té vacía. La copita de jerez sin tocar.
— Doña Amalia.
Se acercó.
La mano que tocó estaba fría. De esa frialdad que no tiene remedio.
Luego se arrodilló junto al sillón, despacio, y miró esa cara que había visto reírse con una ironía de ochenta y seis años, que había contado la historia de España con la serenidad de quien ya no tiene miedo de nada.
Había visto reyes y repúblicas y dictaduras y había seguido aquí, en esta mansión, con sus vinos y su Visitación y su Bismarck y ese jerez de cada tarde que esta vez no había hecho falta.
Despacio, le dio un beso en la frente.
— Gracias — murmuró —. Por todo.
Se levantó.
Bajó las escaleras.
Mal estaba en el vestíbulo con su mochila a los pies y Bismarck sentado junto a él, mirando todo aquel movimiento de la casa con curiosidad.
— ¿Podemos llevarnos a Bismarck? — preguntó Mal.
Inés miró hacia arriba y pensó en Doña Amalia.
— Sí — contestó.
— ¿De verdad? — la mirada de Mal se iluminó —. ¿A Doña Amalia no le importará?
Inés sonrió.
— Creo que te lo agradecerá eternamente.
Mal se agachó y recogió a Bismarck.
Visitación estaba en la puerta de la sala cuando Inés bajó el último escalón con su bolsa.
Los ojos de la doncella estaban secos pero su cara lo decía todo.
— Ya lo sabe — adivinó Inés.
Visitación asintió.
— Lo siento.
Visitación se acercó y la abrazó — con los brazos de alguien menudo que abraza con más fuerza de la que parece posible — y cuando se separó dijo, en voz muy baja:
— Cuídense.
Inés asintió. No encontró otras palabras.
Fuera, la calle de Ermita estaba llena de carromatas.
Ocho, contó Inés. Cándido al frente con su sombrero torcido, los otros cocheros alineados detrás sin hacer preguntas. Ada y Leilani ya estaban cargando — Leilani con dos cajas a la vez, Ada dirigiéndolo todo.
Se repartieron entre los carromatas. Práxedes al primero. Ada y Leilani al segundo, con más cajas. Inés y Mal al tercero, con Bismarck instalado en el regazo de Mal como si llevara años viajando en carromata y le pareciera lo más natural del mundo.
— Al muelle norte — indicó Práxedes, desde el primer carromata —. La Spirit está en el amarre cuatro.
Cándido soltó su grito.
Los ocho carromatas arrancaron juntos calle abajo, hacia el puerto, alejándose de la mansión de los Astolfi con sus ventanas cerradas y su escudo y Visitación de pie en la puerta contemplándolos irse.
Manila seguía ardiendo a lo lejos.
Inés no quiso mirar.
Los ocho carromatas llegaron en fila al muelle norte con el ruido sordo de las ruedas sobre los adoquines húmedos. Era tarde — la hora en que el puerto dormía a medias, con los barcos quietos en sus amarres y solo alguna linterna moviéndose en la oscuridad. El amarre cuatro estaba al fondo.
La Spirit estaba ahí.
Inés la vio desde lejos y el pecho se le apretó. El casco negro con su línea de cobre, los dos mástiles, el albatros tallado en la proa con las alas extendidas mirando hacia el mar abierto.
Stubing estaba en la pasarela.
Por supuesto que estaba en la pasarela. Stubing siempre sabía cuándo llegaban, igual que Cándido siempre sabía cuándo le necesitaban — como si Manila y sus puertos tuvieran sus propios sistemas de información que no necesitaban teléfono ni telégrafo.
Los vio bajar de los carromatas. Las cajas que Leilani y Ada ya estaban descargando. A Inés.
— Segunda vez, Miss Montesclaros — saludó con media sonrisa.
— Segunda vez, capitán — confirmó Inés.
Stubing se giró:
— ¡Stuart! ¡Cooper! ¡A cubierta!
La carga fue rápida.
Leilani y dos marineros trabajaron en silencio — las cajas pasando de mano en mano, por la pasarela, desapareciendo en las bodegas de la Spirit sin que nadie dijera una palabra.
Stuart, el contramaestre, dirigía la operación con su voz que compensaba en volumen todo lo que le faltaba en altura.
Los otros — Cooper, Finch, Murphy asomado desde la cocina con las manos enharinadas — saludaron a Ada y a Leilani como a familia que lleva tiempo fuera.
Mal se sentó en un cabo de amarre con Bismarck en el regazo.
Práxedes habló con Stubing en voz baja junto a la proa — rumbo, viento, mareas.
Ada pasó junto a Inés con una caja.
— ¿Bien? — preguntó, sin detenerse.
— Bien — respondió Inés.
Ada asintió y siguió.
Cuando la última caja desapareció en la bodega, Inés buscó a Cándido.
Estaba junto a su carromata — el primero de la fila, el único con el cartel oxidado que decía Cándido, El Mejor — con el sombrero torcido y los brazos cruzados.
Inés se acercó.
— Gracias.
Cándido sonrió.
— Por esta noche — añadió Inés —. Y por todo lo demás.
Se tocó el sombrero con dos dedos — ese gesto suyo, el saludo de siempre.
— Cuide al ulo ng apoy pequeño.
— Lo haré.
Cándido observó la Spirit. Luego se volvió hacia Inés.
— ¿Volverá? — preguntó.
Inés pensó en Manila con su humo y sus explosiones y sus periódicos con nombres de detenidos y la mansión de los Astolfi vacía con el escudo en la portezuela y Visitación de pie en la puerta.
— No lo sé — respondió.
Cándido asintió con la cabeza.
— Adiós, Cándido.
— Buen viento, ulo ng apoy. —contest, volviendo a tocarse el sombrero con dos dedos.
La Spirit zarpó una hora antes del amanecer.
Stubing maniobró la salida del muelle con la precisión silenciosa de siempre — las órdenes a media voz, las cuerdas soltándose una a una, el motor auxiliar encendido con su zumbido familiar. El agua del puerto se abrió bajo la proa y el albatros de madera apuntó hacia el mar abierto.
Inés estaba en la popa.
Mal se acercó y se quedó a su lado sin decir nada, con Bismarck bajo el brazo. Ada estaba un poco más allá, mirando también, con Leilani detrás. Práxedes junto al mástil, las manos en los bolsillos.
Manila se fue alejando despacio.
Primero desaparecieron los muelles. Luego las casas bajas de Cavite. Luego, sobre el horizonte negro de la bahía, la silueta de la ciudad — los campanarios, las azoteas, las palmeras recortadas contra el cielo que empezaba a clarear por el este.
Y en el centro, todavía, el resplandor.
La Capitanía General de Filipinas ardía con una luz anaranjada y quieta que se reflejaba en el agua de la bahía como si Manila entera estuviera mirándose en un espejo roto.
Las explosiones habían parado — o eran demasiado lejanas para oírse desde aquí — pero el fuego seguía, paciente, deshaciendo lo que había sido.
Inés lo miró.
Pensó en el convento de Luzón donde había crecido entre paredes blancas y latín y el olor a cera de las velas.
Pensó en la Academia Lasalle con sus clases y sus benefactores.
Pensó en las calles de Manila — la Escolta, Binondo, Quiapo, Ermita — que había recorrido buscando un color en las uñas de alguien, intentando entender un mundo que le daba la bienvenida con una mano y la empujaba con la otra.
Manila. Su ciudad, se había dicho durante meses. Su hogar, había intentado creer.
Pero no lo era.
Nunca lo había sido.
Tampoco lo era el convento de las monjas españolas ni la academia de señoritas ni la mansión con escudo en la portezuela.
No era filipina ni española ni alemana para nada.
Era pelirroja en una ciudad que no sabía qué hacer con el pelo rojo.
Era hija de nadie y de demasiadas personas a la vez.
Era el don y el coste del don y los recuerdos que se iban y los que quedaban.
La brisa de la bahía le revolvió el pelo — esa masa roja y desordenada que Cándido llamaba ulo ng apoy y que las monjas habían intentado apagar y alisar siempre.
A su lado, Mal seguía mirando el horizonte con Bismarck en brazos.
El resplandor de la Capitanía se fue haciendo más pequeño. Luego más pequeño todavía. Luego fue solo una mancha de luz sobre el agua, indistinguible de las otras luces de la ciudad que también empezaban a encenderse con el amanecer — Manila despertándose sin saber todavía todo lo que había pasado.
Y luego desapareció.