Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 23 #3
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Inés cogió a Mal de la mano.

— Señorita Hart... — empezó.

— Mencía — la cortó ella —. Me llamo Mencía.

Y entonces la miró — directamente, a través del velo.

— No permitas que te hagan lo que me han hecho a mí. Nunca.

La escalera era un caos.

Mujeres saliendo en tromba, voces, el sonido de tiros desde el pasillo de los hombres — Pilar abriendo camino con el revólver — y el edificio entero vibrando con el movimiento de demasiada gente corriendo en todas las direcciones.

Inés tenía la mano de Mal. Mal tenía sus pies y su equilibrio y los estaba usando para abrirse paso entre la turba con una soltura que Inés no habría esperado de alguien a quien acababan de asfixiar contra una pared.

Llegaron al primer rellano.

Entonces Mal se detuvo.

Inés lo sintió antes de verlo — ese cambio en la mano que sostenía, algo que se iba antes de que el cuerpo lo siguiera. Se giró.

Mal tenía los ojos en blanco.

— Mal. Mal.

Las chispas llegaron con la primera explosión — el edificio tembló, polvo del techo, el sonido sordo y enorme que venía de abajo — y Mal cayó al suelo con las convulsiones ya encima.

La turba los rodeó y los pasó por encima — nadie miraba, nadie se detenía, todo el mundo corría hacia la salida.

Inés se arrodilló en el suelo junto a él.

Mal. Quédate conmigo.

El mundo cambió.

Y no era el mundo de la niebla ni el de la pólvora.

Era calor seco y un olor acre, químico, que arañaba la garganta — nitroglicerina. El mismo olor de las explosiones que estaban destrozando el edificio encima de ellos.

Estaban en un espacio sin paredes exactas. Luz naranja por todas partes. Y en el centro, el otro Mal.

Era Mal pero no era Mal — la misma cara, el mismo pelo rojo, pero hecho de algo que ardía por dentro y que miraba el mundo con los ojos de quien ha estado esperando que le dejaran actuar.

Se giró hacia Inés, como hacía siempre. Pero esta vez, habló. Era la voz de Mal, pero con un calor que vibraba en cada sílaba.

— Hay fuego.

— Lo sé — contestó Inés.

— Puedo usarlo.

— Lo sé.

El otro Mal miró hacia donde debería estar el edificio. Sus manos tenían luz propia.

— Puedo sacaros — continuó —. Puedo apartar todo lo que esté en el camino.

Inés sostuvo la mirada de aquellos ojos incandescentes.

Pensó en Lautner. Tan perecederos... duran lo que duran.

Pensó en la manera en que lo había dicho — con frialdad, como quien describe un mecanismo..

Pensó en lo que significaba y se preguntó si cada vez que el otro Mal actuaba, el Mal de fuera consumía algo que no se recuperaba. ¿Días? ¿meses de vida?

No.

Lautner mentía. Lautner siempre mezclaba verdades y mentiras.

Pero ¿y si esta vez no mentía?

Y luego estaba la otra cosa que había dicho Lautner. ¿Ese otro Mal es una creación tuya para hacer lo que no quieres?

Una creación de sus deseos. Todo lo que ella no quería admitir que quería hacer — el daño, la destrucción, la rabia — tomando la forma de su hermano pequeño para que no pareciera suyo.

Miró al otro Mal con sus ojos incandescentes.

¿Era eso? ¿Era ella?

— No — casi gritó Inés.

El otro Mal vibró.

— Podemos salir solos — decidió Inés —. Los dos. Sin esto. No lo necesitamos.

— Hay fuego — repitió el otro Mal. — Hay guardias. Hay...

— Lo sé. — Inés dio un paso hacia él —. Y vamos a salir igual. Porque somos nosotros los que decidimos. No Lautner. No el don. Nosotros.

El otro Mal la observó. Un instante.

Luego las manos dejaron de arder.

Despacio — como brasas que se apagan sin viento, sin agua, simplemente porque han decidido apagarse — la luz fue retrocediendo.

El otro Mal siguió mirándola mientras se iba convirtiendo en el Mal de siempre, el de doce años, el que comía bibingka y recitaba a Bécquer y no tenía ningún filtro al hablar.

Inés lo abrazó.

El mundo volvió.

El suelo de piedra. El humo. El ruido de la turba que seguía pasando.

Mal parpadeó.

— ¿Cuánto? — preguntó.

— Poco — aseguró Inés —. Venga.

Lo ayudó a levantarse. Las piernas de Mal temblaban — siempre temblaban después — pero se sostuvieron.

La segunda explosión llegó desde abajo y el edificio no tembló sino que rugió.

Subieron las escaleras.

En la puerta de la Capitanía, en medio del caos de gente corriendo y militares intentando contener lo que ya no tenía contención, Inés buscó con los ojos.

El carromata estaba en la esquina de enfrente.

Cándido estaba de pie en el pescante — no sentado, de pie, con el sombrero torcido y los brazos en el aire — gritando algo en tagalo que Inés no entendió pero que no necesitaba entender porque su cara lo decía todo: había visto a alguien entre la turba, alguien que corría hacia la calle lateral con el pelo negro y quince años y una libertad recién ganada.

Su hijo.

— Cándido — gritó Inés.

Cándido la vio. Bajó del pescante de un salto. Los recogió a los dos — a Inés, a Mal — sin decir una palabra.

— Arriba — ordenó —. Arriba, arriba.

Subieron.

El carromata arrancó antes de que Inés tuviera los pies dentro.

Detrás, la Capitanía General de Filipinas ardía. Y seguían las explosiones — una, otra, cada una más violenta que la anterior.