Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 23 #2
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Mal tenía la cara roja. Las manos en el brazo de Don Esteban, empujando sin resultado.

Inés contempló a Mal.

Pero el ruido que hacía al respirar — ese ruido específico, entrecortado — no le dejaba pensar en otra cosa.

Cerró los ojos.

Abrió la grieta.

El don llegó con una fuerza inusitada tras reprimirlo durante tanto tiempo. Y lo hizo como siempre — sin permiso, sin elegancia, con ese filo familiar que cortaba en dos la voz de quien hablaba y la voz de lo que pensaba.

Pero Don Esteban no estaba pensando en ella.

Estaba pensando en una habitación. Una ventana con rejas.

Una mujer de pelo oscuro sentada frente a esa ventana sin mirar nada.

El nombre llegó solo, pegado a la imagen como siempre llegaban los pensamientos: Consuelo .

Y debajo del nombre, enterrado tan hondo que casi no llegó: Barcelona. Doce años ya.

Inés abrió los ojos.

El rostro de Mal estaba cada vez más rojo.

Miró a Don Esteban.

Él la miraba a ella.

— Su esposa — La voz de Inés salió tranquila, como cuando tenía nueve años y le respondió a la hermana Caterina algo que no debería haber sabido —. Doce años en Barcelona. ¿Saben sus hijos que sigue viva?

Lo que vino después fue rápido. La mano de Don Esteban agarrando a Inés por el brazo, tirando de ella, la cara a un palmo de la suya y algo en los ojos que ya no era cálculo sino otra cosa.

Clic.

El sonido fue pequeño y perfectamente audible en el silencio del calabozo.

Don Esteban se quedó inmóvil.

La señorita Hartzenbusch estaba de pie a dos metros, con un revólver apuntando directamente a la sien de Don Esteban. El maletín estaba en el suelo, abierto. Las manos no le temblaban.

— Suéltelo — ordenó.

Don Esteban soltó a Mal.

Mal se dobló hacia delante, tosiendo, agarrándose a la pared. Inés fue hacia él — una mano en su espalda, sintiendo cómo volvía el aire — y no apartó los ojos de Don Esteban.

Don Esteban miraba a Hartzenbusch. No con miedo. Con la cara de quien acaba de cometer un error y lo sabe.

— Señorita Hartzenbusch — replicó, con una calma que ya no era del todo convincente —. Esto es la Capitanía General. Hay cincuenta guardias en el edificio.

— Lo sé — contestó Hartzenbusch —. Por eso no voy a disparar todavía.

— ¿Y qué va a hacer?

Hartzenbusch se quedó un momento más con el revólver firme. Luego se volvió hacia Pilar — de pie, libre, con el corte en la ceja y llena de moretones — y le lanzó el manojo de llaves.

— Abre las de las demás. Y luego las de los hombres.

Pilar cogió las llaves. Sus ojos bajaron un momento — las manos de Hartzenbusch, el revólver, las uñas — y volvieron a subir.

Inés también las vio.

Púrpura. Con ese toque de brillo que había seguido por media Manila, que había encontrado en una tienda de Binondo, que se había pintado ella misma para entrar en una reunión nocturna en la calle Dulumbayan. El mismo color exacto, cuidado, esmaltado en las manos de Hartzenbusch.

Pilar asintió. Y se puso a trabajar.

Don Esteban hizo un movimiento.

— No se mueva — indicó Hartzenbusch.

Don Esteban sonrió.

— ¿Cree — empezó — que esta fuga va a salir bien? ¿Que van a salir de aquí? ¿Que no van a...?

— No soy tan tonta — lo cortó Hartzenbusch —. Sé perfectamente cómo termina esto para mí.

— Entonces ¿para qué?

Hartzenbusch lo contempló, saboreando el momento.

— Hay que aprovechar las ocasiones — respondió —. ¿No cree?

Metió la mano libre en el maletín sin apartar el revólver de Don Esteban. Sacó un segundo revólver y lo dejó en el suelo junto a sus pies para Pilar.

Don Esteban observó el maletín.

— ¿Qué hay ahí dentro?

— Lo que iba a usar esta mañana en el polvorín de San Telmo — explicó Hartzenbusch —.

Antes de que ese pequeño se pusiera a comer su bibingka justo en medio de la calle y me dejara sin ángulo.

— Miró a Mal brevemente —. Y entonces aparecieron los militares.

Me vieron con el maletín, actitud sospechosa, sola.

Así que lo cogí del brazo y me inventé lo de la institutriz. Él no dijo nada. Un gran chico.

Mal estaba apoyado en Inés, todavía recuperando el aire.

Hartzenbusch contemplaba el maletín casi con cariño.

— ¿Sabe usted cuánto pesa la culpa? — siguió —.

Años de trabajo. Una institución entera.

Alumnas. Familias. Todo lo que una persona construye cuando cree que está haciendo algo que importa...

Pesa bastante. Pero esto — señaló el maletín con la cabeza — pesa mucho menos.

Es lo curioso de la nitroglicerina. Para lo que hace, pesa muy poco.

Don Esteban se quedó paralizado.

— Suficiente para el polvorín de San Telmo — señaló Hartzenbusch —. Suficiente también para este lugar.

Don Esteban tragó saliva.

— Va a volar la Capitanía General — dijo. No era una pregunta.

— Sería una pena desperdiciarla — confirmó Hartzenbusch —. ¿No cree?

Don Esteban se revolvió.

Fue rápido — demasiado rápido para su tamaño — y llegó casi a la muñeca de Hartzenbusch antes de que ella apretara el gatillo.

Tres disparos.

Don Esteban se detuvo.

Miró hacia abajo desconcertado. Luego sus rodillas cedieron — despacio, casi ordenadamente — y se desplomó en el suelo del calabozo.

El silencio duró medio segundo.

Hartzenbusch lo contempló desde arriba. Respiraba despacio. Sin sorpresa.

— Ha destruido todo lo que construí — casi era un murmullo —. Y lo ha hecho sin perder la sonrisa.

El charco de sangre se fue formando despacio en el suelo de piedra, oscuro y silencioso.

Desde el fondo de la sala llegaba el ruido de las mujeres levantándose — Pilar abriéndoles los grilletes una a una, voces en tagalo, en español. Alguien cogió el segundo revólver. La puerta de hierro se abrió y el ruido del resto del calabozo entró de golpe.

— Tenéis que iros — señaló Hartzenbusch, sin mirarlos.