23
Cándido estaba en la esquina.
Por supuesto que estaba en la esquina. Inés ya había dejado de preguntarse cómo lo hacía — si escuchaba los teléfonos de Manila o leía el humo de las chimeneas o llevaba tantos años en las calles de la ciudad que sabía cuándo alguien iba a necesitarle antes de que esa persona lo supiera.
— Capitanía General — soltó Inés, subiendo al carromata.
Cándido no arrancó de inmediato. La miró preocupado.
— Capitanía — repitió—. Tienen a mi hermano.
Cándido asintió. Luego soltó el grito al caballo, pero más suave que de costumbre.
— A mi hijo también lo tienen — explicó, después de una manzana de silencio.
Inés ahogó un suspiro.
— ¿Desde cuándo?
— Tres días. — Cándido no apartó los ojos del camino —. Nada ha hecho. Tiene quince años y reparte periódicos y nada ha hecho. Pero los periódicos que repartía... — Se detuvo —. En estos tiempos cualquier papel es sospechoso.
Pasaron por las calles de Ermita, el puente, el río — con su ruido habitual.
— Lo siento — dijo Inés.
— Ulo ng apoy pequeño — señaló Cándido —. ¿Está bien?
— No lo sé todavía.
Cándido no preguntó más.
La Capitanía General de Filipinas era un edificio que Inés ya conocía y que no había mejorado desde la última vez.
Los mismos muros gruesos, el mismo patio con palmeras inmóviles en el calor de agosto, los mismos pasillos que olían a papel oficial.
Solo que esta vez había más movimiento — uniformes por todas partes, cajas de documentos que cruzaban de un despacho a otro, voces que bajaban cuando pasabas cerca y volvían a subir cuando te alejabas.
Manila reprimiendo su propio miedo con burocracia.
Un oficial la recibió en la entrada y la hizo esperar diez minutos de pie, que era seguramente el tiempo calculado para que cualquiera llegara ya intimidada al despacho.
Inés lo sabía. Lo sabía y de todas formas le funcionó, porque en esos diez minutos pensó en Mal y en lo que Don Esteban era capaz de hacer y cuando la hicieron pasar tenía las manos más frías de lo que debería con el calor que hacía.
Llamó. Abrió la puerta.
Don Esteban estaba detrás del escritorio.
Y delante de él, en dos sillas, Mal...
Y la señorita Hartzenbusch.
La reconoció de inmediato. El vestido marrón era distinto, el sombrero con velo a juego nuevo, y el maletín grande y oscuro sobre sus muslos era un detalle que Inés no esperaba. Pero era ella. Sin ninguna duda.
— Inés — saludó Mal, con una sonrisa que era demasiado tranquila para las circunstancias.
— Mal. — Inés levantó una mano imperceptiblemente. Espera. No digas nada todavía .
Mal cerró la boca. La sonrisa se quedó donde estaba.
Don Esteban se levantó.
— Señorita Montesclaros. Qué celeridad. — Rodeó el escritorio y le tendió la mano —. Siéntese, por favor.
— Prefiero estar de pie — replicó Inés.
— Como quiera.
Don Esteban retiró la mano sin que le temblara un músculo.
— No sabía — continuó — que habían decidido contratar a esta...
persona... en su casa. — Señaló a la señorita Hartzenbusch con un gesto que contenía todo el desprecio que no había puesto en la voz —.
Creí que había dejado claro que después de lo sucedido, no era admisible que encontrara trabajo en ninguna casa decente de Manila.
Inés no miró a Hartzenbusch. Miró a Don Esteban.
— La señorita Hartzenbusch — contestó, con una calma que le costó más de lo que parecía — fue siempre una gran maestra. Y sí, decidimos que se encargara de la educación de mi hermano.
Se lo debía. Hartzenbusch les había cubierto la huida de Lasalle — a ella y a Ada — sin que nadie se lo pidiera, sin pedir nada a cambio.
Hartzenbusch no se movió. Ni un gesto. Ni un músculo. Las manos sobre el maletín.
— ¿Puedo preguntar — quiso saber Inés — qué han hecho un niño de doce años y su institutriz para merecer ser traídos a la Capitanía General?
— Los encontraron merodeando frente al polvorín de San Telmo. — Don Esteban volvió a su lado del escritorio —. En actitud sospechosa.
— ¿Un niño y su institutriz?
— En estos tiempos, señorita, cualquiera puede ser sospechoso. — Se sentó —. Incluso los niños. Incluso las institutrices.
Inés miró a Mal. Mal le devolvió una cara de calma absoluta — no entendía todo lo que estaba pasando, pero no se le escapaba nada.
Después hablarían. Ahora no.
— Entonces — Inés se volvió hacia Don Esteban —, ¿podemos irnos?
— Naturalmente. — Don Esteban cruzó las manos sobre la mesa —. En cuanto hayamos tenido una pequeña conversación.
Inés esperó.
— Es maravilloso — continuó Don Esteban — que haya acudido tan rápidamente. Eso me deja muy claro que le importa su hermano. Que haría cualquier cosa por él.
— Cualquier cosa razonable — mintió Inés.
— Por supuesto. — Sonrisa —. Solo le pido una cosa pequeña. Una colaboración mínima. Y los tres podrán marcharse sin más complicaciones.
— ¿Qué colaboración?
Don Esteban se levantó.
— Acompáñenme. Los tres.
Los calabozos de la Capitanía estaban en el sótano.
Inés los conocía de oídas — todo Manila los conocía de oídas. Pero una cosa era oírlo y otra estar ahí. Y mientras bajaba por la escalera de piedra con Don Esteban delante y Mal y Hartzenbusch detrás, Inés entendió la diferencia.
El calor era distinto. Denso, estancado. Y el ruido — voces, movimiento, algo que no quería identificar — llegaba antes de que los ojos pudieran ver nada.
El guardia abrió una puerta de hierro.
La sala de mujeres era grande. Más grande de lo que Inés esperaba — una nave larga con poca luz y demasiadas personas. Algunas sentadas en el suelo, algunas de pie junto a las paredes.
Don Esteban se giró a los guardias.
— Déjennos. Yo me manejo.
Los guardias miraron a Don Esteban con sus llaves y su traje de lino y su expresión de hombre que no necesita que nadie le recuerde quién es. Asintieron. Se retiraron.
La puerta quedó entornada.
Don Esteban avanzó hacia el fondo de la sala. Inés fue detrás — con Mal a su lado, tan cerca que notaba el calor de su brazo — y Hartzenbusch cerrando, con su maletín.
Al fondo, en la pared, tres mujeres con grilletes.
Don Esteban se detuvo frente a ellas.
— Llevamos días intentando que hablen — explicó con frialdad, como si hablara del tiempo —. Sin éxito. — Se giró hacia Inés —. Me gustaría que usara esa persuasión que tiene usted, con ellas. Saber quién las manda. Dónde se reúnen. Quién más está implicado.
Inés miró a las tres mujeres.
Se acercó a la primera. La mujer levantó la vista — treinta años, quizás, cara de no haber dormido en días. Inés notó el don al borde, la grieta familiar. Lo cerró. No iba a darle a Don Esteban lo que quería.
Se arrodilló frente a la segunda.
Mal, a su lado, hizo un sonido pequeño y brusco — no una palabra, solo aire — y se calló.
Y entonces lo entendió.
Las manos. Cruzadas sobre el regazo, sucias, con días de calabozo encima. Pero el color todavía visible en las uñas, resistiendo todo lo que no debería haber resistido.
Púrpura. Con ese toque de brillo inconfundible.
Inés no se movió.
Levantó despacio la vista hacia la cara de la mujer.
Pilar.
Tenía un corte en la ceja izquierda que no estaba cuando la había visto salir de Santa Filomena con su caballete bajo el brazo diciéndole que la luz de agosto era extraordinaria.
El pelo suelto. La ropa rota en un hombro.
Pero los ojos eran los mismos — esa cara abierta de quien no esconde nada, o de quien esconde todo tan bien que parece que no esconde nada.
Pilar la miró.
Ninguna de las dos dijo nada.
Detrás de Inés, Don Esteban esperaba con la paciencia de quien está muy seguro de que va a obtener lo que quiere.
Inés se puso de pie.
Se acercó a la primera mujer — la de treinta años, la cara sin dormir — y se arrodilló frente a ella.
— ¿Cómo te llamas? — preguntó, en voz baja.
La mujer no respondió.
Inés esperó un momento. Luego se giró hacia Don Esteban.
— Hay miedo — se justificó —. Necesito tiempo.
Don Esteban asintió. Cruzó los brazos.
Inés volvió a la mujer.
Luego, despacio, empezó a hablar — casi un murmullo, eligiendo las palabras con el cuidado de quien construye algo frágil.
— Hay una casa en el Paco — empezó —. Con un patio interior. Se reúnen los martes.
Don Esteban se acercó un paso.
— ¿Quién las dirige?
Inés fingió concentrarse.
— Una mujer. Nombre de flor. — Frunció el ceño —. Azucena, creo.
— ¿Dónde vive?
— Cerca de la iglesia. Calle... — Inés dejó el silencio crecer —. Calle del Beaterio.
Don Esteban sacó un cuaderno. Apuntó. Inés lo vio apuntar y supo que tenía un margen pequeño — lo suficiente para inventar dos o tres datos más antes de que empezara a verificarlos.
— ¿Y el armamento? — preguntó Don Esteban.
— Hay un almacén — indicó Inés —. En el puerto. Cerca del muelle de...
— ¿Qué muelle?
— En Cavite. Muelle norte. — Inés lo dijo con seguridad —. Un almacén con la puerta verde. El hombre que lo lleva se llama...
Se detuvo.
Don Esteban esperó.
— Se llama... — Inés frunció el ceño, como buscando —. Rosario. Ernesto Rosario. Llega los viernes en el tren de las cinco.
Se hizo un silencio interrumpido solo por una tos.
El cuaderno seguía abierto en la mano de Don Esteban pero el lápiz no se movía.
— Qué interesante — su voz había cambiado —. El tren de Cavite no tiene servicio los viernes desde hace tres años. Todo el mundo en Manila lo sabe.
Inés no contestó.
— Señorita Montesclaros. — cerró el cuaderno despacio —. No me haga perder el tiempo.
Se movió tan rápido que Inés no lo vio venir. Una mano en el cuello de Mal — que estaba a su lado, que no había dicho nada, que no había podido hacer nada — y lo empujó contra la pared de piedra con un golpe seco que le cortó el aire.
Mal intentó resistir. Era doce años y cincuenta kilos contra un hombre de metro ochenta que sabía lo que hacía. No hubo resistencia.
Don Esteban lo sostuvo contra la pared con una sola mano, el antebrazo atravesando la garganta de Mal, el peso de su cuerpo haciendo el trabajo. Mal intentó apartar el brazo. No pudo.
— Escúcheme — Don Esteban miraba a Inés con odio —. Usted va a usar lo que tiene. Ahora. Y va a darme información real. O su hermano no va a salir de aquí.