Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 22 #2
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— Quesemire de Valdemar. Está en los archivos parroquiales. — Doña Amalia bebió su café —. La madre lleva dos días en cama. La tía abuela no entiende por qué y el pobre niño con ese nombre terrible que parece un tipo de queso francés.

Leilani escuchó la traducción de Ada y replicó brevemente.

— Dice — tradujo Ada, con cuidado — que en Ponapé los nombres los decide la madre. Solo la madre.

— En Ponapé — respondió Doña Amalia — tienen más sentido común que nosotros.

Inés miraba el jardín todavía con la sonrisa puesta cuando Doña Amalia añadió, con la misma naturalidad:

— Por cierto. En el Zorrilla, la semana pasada. ¿Es verdad que mi nieto Javier estaba muy pendiente de Luján Tantoco?

Inés y Ada se miraron.

— Estaban en el mismo palco — respondió Inés, con cuidado.

— Muy atento él — apuntó Ada.

— Javier es siempre muy atento con las mujeres guapas. El problema es que luego no sabe qué hacer con esa atención — Doña Amalia dejó la taza —. ¿Y ella?

— Ella sonreía... mucho — confirmó Inés.

— Demasiado — añadió Ada divertida.

Doña Amalia las miró a las dos un momento más de la cuenta.

— Con Luján Tantoco — aseguró — una sonrisa puede significar cualquier cosa.

— Hacían buena pareja — señaló Práxedes, sin la menor idea del jardín en el que se habían metido —. Javier es buen chico.

Inés y Ada se miraron.

— Sí — repitió Inés —. Javier es muy buen chico.

— Y generoso — añadió Ada.

— Muy generoso — confirmó Inés.

Práxedes las observó con suspicacia.

— ¿Qué queréis decir?

— Nada — soltaron las dos, al mismo tiempo intentando no reírse.

Doña Amalia miró a Práxedes.

— Joven — dijo —, hay conversaciones en las que es mejor no tirar del hilo.

Práxedes asintió, poniéndose rojo, y no preguntó más.

Inés miró el jardín. Pensó en esa mirada de Doña Amalia — no la de quien no entiende, sino la de quien entiende perfectamente que hay algo que no le están contando y ha decidido, por ahora, no insistir.

Luján Tantoco no parecía ser santo de su devoción, eso ya lo sabía.

Y con lo que Doña Amalia había captado solo de dos adjetivos y una mirada cruzada, Inés estuvo segura de que, a partir de ahora, iba a estar muy pendiente.

Fue a las siete cuando Inés se dio cuenta.

Mal no había vuelto al jardín. No era raro — Mal tenía sus itinerarios propios dentro de la mansión y no siempre los anunciaba. Pero algo en el silencio de la casa era diferente al silencio de Mal leyendo en su cuarto o jugando con Bismarck en el pasillo.

Fue a buscarlo.

No estaba en su cuarto. No estaba en el salón. No estaba en el corredor de la primera planta ni en el de la segunda. Bismarck estaba dormido en el sillón del salón, solo.

Visitación no lo había visto desde la sobremesa.

Inés volvió al jardín.

— No encuentro a Mal — anunció.

Práxedes se levantó inmediatamente.

Buscaron por toda la mansión — Ada y Leilani el ala de servicio, Práxedes el jardín trasero, Inés la planta baja con una urgencia que empezaba a parecerse al miedo. Doña Amalia, desde su silla en la galería, preguntó qué pasaba y nadie supo cómo explicárselo con calma.

Salieron a la calle.

Hernández y Gamboa — que habían vuelto a su garita a media tarde sin explicación — los miraron con la atención recién despertada de quien lleva horas sin que pase nada.

— El niño pelirrojo — explicó Inés —. ¿Lo han visto?

Hernández frunció el bigote.

— Hace un rato salió. Había un vendedor de bibingka en la esquina.

— ¿Y luego?

Gamboa se rascó la nuca.

— Luego ya no lo vi. Pensé que había vuelto.

Inés miró la calle. La esquina. El vendedor de bibingka que ya no estaba.

Manila al atardecer, con sus últimas luces y sus sombras largas, completamente indiferente a un niño de pelo rojo que había salido a comprar un pastelillo y no había vuelto.

Entonces sonó el teléfono dentro de la mansión.

A Inés se le aceleró el pulso.

Visitación la llamó desde la puerta.

Inés cruzó el vestíbulo, cogió el auricular, dijo su nombre.

— Señorita Montesclaros.

La voz era la que era. Inconfundible — esa cadencia de hombre acostumbrado a que le escuchen, a que las cosas que dice tengan consecuencias.

Don Esteban Tantoco.

— Tengo delante de mí a su encantador hermano — anunció —. Les han detenido a él y a su institutriz cuando merodeaban el polvorín de San Telmo en actitud sospechosa.

Inés tardó un segundo en asimilarlo.

— Sería conveniente que viniera a buscarlo, señorita Montesclaros.

Inés notó el don al borde — la grieta que se abría sola cuando había algo que no cuadraba. No lo usó. No hacía falta. La voz de Don Esteban era perfectamente legible sin don de ningún tipo.

— ¿Cuándo? — preguntó.

— Esta misma tarde, si puede ser... Usted sola, señorita Montesclaros. La Capitanía General es un sitio poco apropiado para visitas numerosas en estos tiempos que corren.

Inés miró la pared frente a ella.

— Entiendo.

— Me alegro de que, por fin, lo entienda. — Y en su voz había satisfacción—. La espero.

La línea se cortó.

Inés dejó el auricular en su sitio despacio.

Institutriz. Mal no tenía institutriz. ¿Qué institutriz? ¿Qué hacía Mal con una desconocida merodeando el polvorín de San Telmo? Actitud sospechosa , había dicho Don Esteban. ¿Mal? ¿Mal siendo sospechoso de algo que no fuera comerse el último bibingka sin avisar a nadie.

No tenía sentido. Nada tenía sentido todavía.

Y Don Esteban al otro lado del teléfono con sus amenazas veladas.

Usted sola.

Práxedes estaba en la puerta del vestíbulo.

— ¿Mal? — preguntó.

— Lo tienen en la Capitanía — respondió Inés —. Don Esteban Tantoco.

Práxedes se tensó.

— ¿Qué quiere?

Inés lo miró.

— A mí — respondió.