22
Los periódicos llegaban cada mañana con noticias que eran peores que las del día anterior.
En capas — como una cebolla a la que le quitaban una capa y debajo había otra y luego otra y cada una era más oscura que la anterior.
Los primeros días habían sido los de Tondo — la imprenta, los papeles escondidos en la pared, los detenidos.
Luego habían empezado los nombres. Bonifacio.
El Katipunán. La lista de miembros que las autoridades decían tener y que cada día era más larga y más imprecisa, porque en la propia imprecisión había una utilidad: si cualquiera podía ser sospechoso, cualquiera podía ser detenido.
— Dicen que hay más de doscientos detenidos — resumió Inés, sin levantar la vista del periódico.
— Muchos no tienen nada que ver — añadió Ada, desde el otro lado de la mesa.
— Eso es lo que dicen los periódicos también. — Inés dobló la hoja —. Aunque con otras palabras.
Visitación entró a retirar los platos del desayuno. Antes de salir se detuvo un momento junto a Inés — un gesto pequeño, apenas perceptible — y dijo, en voz muy baja:
— La cocinera tiene una prima en Tondo. Le detuvieron al marido el martes. No sabe por qué. Todavía no le han dicho nada.
Y salió, con los platos y con la información, dejándola flotando en el aire del comedor.
Los días en la mansión habían adquirido una rutina nueva — la rutina de quien espera que pase algo sin saber qué ni cuándo. Salían poco. Leían los periódicos. Escuchaban lo que traía Visitación desde la cocina, que era siempre más preciso y más inmediato que cualquier cosa impresa.
Desde la ventana del salón, si uno miraba en el ángulo exacto, podía ver la esquina donde Hernández y Gamboa montaban su guardia con la resignación de dos hombres que han entendido que su misión es estar ahí y que estar ahí es, en el fondo, bastante aburrido.
Hernández leía. Gamboa jugaba a algo con una moneda que hacía girar y girar sobre la palma.
Inés los miraba a veces y pensaba en las cajas.
El plan original había sido bueno. El muelle de Cavite, Leilani cargando, un carruaje discreto — todo razonablemente viable hasta que Hernández y Gamboa habían aparecido con su garita portátil y sus sonrisas y su presencia permanente en la entrada.
— Disfrazamos las cajas — había dicho Ada al día siguiente —. Las cubrimos de paja. Un carruaje de bodeguero, entrega normal. Nadie mira lo que lleva un bodeguero.
— Ada. Llevan tres días revisando todas las entregas en Ermita. Lo dice el periódico.
Ada había guardado silencio. Luego había mirado por la ventana hacia el jardín del lado, visible por encima de la tapia — ese jardín con sus cipreses y sus lápidas blancas y la iglesita de piedra al fondo.
— ¿Hay un cementerio ahí? — había preguntado.
— Una iglesia con su pequeño camposanto, sí.
Ada lo había considerado un momento.
— Sería temporal — había dicho —. Solo unos días. Las escondemos. Nadie va a sospechar y los muertos no hablan.
Inés la había mirado. Luego el cementerio. Luego otra vez a Ada.
— No — había sentenciado.
— Es lógico.
— No.
— Los muertos...
— No, Ada.
Leilani, cuando Ada le tradujo los dos planes en ponapeño, había respondido con el mismo sonido breve y sin inflexión para cada uno. Ada lo había clasificado como no y absolutamente no .
La noticia del almacén llegó un jueves por la mañana.
No en el periódico — eso habría tardado un día más. Llegó por Visitación, que lo había oído de la cocinera, que lo había oído de su prima en Tondo, que había visto el humo desde su ventana la noche anterior.
El almacén en el puerto había ardido.
No todo — las paredes de piedra aguantaban — pero lo que había dentro, sí. Un enfrentamiento en la calle, tiros, alguien con una antorcha, el fuego extendiéndose antes de que llegara nadie a apagarlo. Los guardias habían disparado. Había heridos. Nadie sabía todavía cuántos ni de qué lado.
Fue cuando Inés tuvo la idea.
— La Spirit — propuso de repente, dejando su café.
Ada la observó desde su silla.
— Stubing dijo que era como suelo estadounidense. Que nadie se atrevería a registrarla sin su permiso. — Inés se sentó frente a ella —. Y Práxedes...
— Práxedes no sabe nada de las cajas.
— Todavía.
Ada arrugó el ceño.
— Vas a contárselo.
— Creo que tenemos que contárselo. — Inés miró sus manos —. Todo. Porque si las cajas siguen aquí y alguien empieza a registrar casas...
No terminó la frase. No hacía falta.
— Sería alta traición — dijo Ada.
— O algo peor, supongo.
Las dos pensaron en Doña Amalia.
— Invitémosle a comer — propuso Ada.
Práxedes llegó a la una en punto con una botella de vino y sin saber muy bien para qué le habían invitado.
La conversación seria tuvo lugar antes de sentarse a la mesa — en el salón, los cuatro, con Leilani añadiendo comentarios en ponapeño que Ada traducía a medias.
Inés habló primero. Las Mga Babae, la reunión en la calle Dulumbayan, las uñas púrpuras como contraseña, Pilar, Hartzenbusch incendiando los archivos de la audiencia.
Práxedes la escuchó sin interrumpir. Se limpió las gafas una vez, que era lo que hacía cuando pensaba en algo que le costaba asimilar.
Luego habló Ada. El mercado de Quiapo. El almacén del puerto. Las cajas en la bodega de Doña Amalia — y aquí Práxedes sí interrumpió, con una sola pregunta:
— ¿Cuántas?
— Bastantes — admitió Ada.
Práxedes no preguntó más.
Leilani dijo algo en ponapeño. Ada tradujo:
— Dice que la Spirit tiene bodegas vacías y que Stubing sabe guardar secretos.
— Stubing sabe guardar secretos — confirmó Práxedes —. Es probablemente la persona que conozco con menos tendencia a hablar de lo que no debe.
— ¿Y tú? — preguntó Inés.
Práxedes la miró.
— ¿Yo qué?
— Si las cajas están en la Spirit y alguien lo descubre, tú también te verías implicado. Te podrían acusar de lo mismo.
Práxedes se quedó callado un momento. Luego los recorrió a todos con la mirada — Ada, Inés, Leilani, que le sostuvo la mirada sin parpadear.
— Sí — confirmó —. Lo sé.
Y no añadió nada más. Que era, pensó Inés, la respuesta correcta.
La comida fue otra cosa.
Doña Amalia presidía desde la cabecera. Su mesa funcionaba y eso le bastaba.
— Práxedes — Doña Amalia le hablaba con el tono que reservaba para la gente que le agradaba de verdad—. Espero que siga siendo amigo de mi nieto Mateo.
— Seguimos en contacto — confirmó Práxedes divertido.
— Ese chico necesita amigos con criterio. — Doña Amalia cogió su servilleta —. Últimamente le veo demasiado influenciado por su hermano Javier, que es encantador pero no tiene dos dedos de frente.
Primero llegó el caldo. Doña Amalia, a mitad del plato, levantó la vista como si acabara de recordar algo.
— Visitación. Para el caldo, el Albariño. Hay dos botellas en el estante central, las de etiqueta verde.
Inés buscó a Práxedes. Práxedes buscó a Ada. Ada buscó a Leilani, que estaba concentrada en el caldo y no iba a ayudar a nadie.
— Doña Amalia — intervino Práxedes —, con el caldo yo preferiría agua. El calor de agosto...
— El Albariño es fresco — replicó Doña Amalia —. Precisamente por eso.
— Yo tampoco bebo — intentó Ada.
— Ni yo — se sumó Inés.
Doña Amalia los miró a los tres.
— Son ustedes los invitados más abstemios que he tenido en cincuenta años de mesa. Visitación, el Albariño. Yo sí lo necesito.
Visitación fue. Volvió. Sirvió. Nadie dijo nada.
Con el guiso llegó la segunda petición.
— El Rioja del 82. Hay tres botellas en el estante de la izquierda, las de etiqueta roja. — Doña Amalia conocía su bodega mejor que su propio dormitorio —: No las del 84. Esas son para otra ocasión.
Práxedes carraspeó.
— El Rioja del 82 es demasiado bueno para desperdiciarlo un jueves — apuntó con delicadeza.
— El lunes pasado era lunes y el martes era martes.
Hoy es jueves y hay guiso. — Doña Amalia los miró a los tres con la paciencia de toda una vida tratando con gente que no entra en razón —.
De acuerdo. Como ustedes se empeñan. — Y entonces miró la botella que Práxedes había traído, todavía en el aparador —.
Joven, no me puedo negar a probar lo que ha tenido usted la amabilidad de traer.
— Y añadió, con una dulzura que no engañaba a nadie —: Visitación, sirva usted primero a los ilustres miembros de la Junta de Templanza, que tanto bien hacen a sus hígados.
Visitación introdujo el sacacorchos. Giró con cuidado. Luego tiró.
El corcho salió como un disparo, pasó entre Mal y Ada, rebotó en la pared del fondo y de vuelta rozó el cristal de la lámpara del comedor con un tintineo que dejó a todos inmóviles.
El espumoso borboteó sobre el mantel. Bismarck apareció de debajo de la mesa, miró el charco con desaprobación y desapareció de nuevo.
La lámpara osciló.
Se estabilizó.
Visitación, sin inmutarse, sirvió.
Doña Amalia fue del techo a la lámpara y de la lámpara a la botella.
— La Junta de Templanza — admitió por fin — puede que tenga razón en algo y ya haya sido suficiente con el Albariño.
La sobremesa se trasladó al jardín cuando el calor de agosto empezó a bajar un poco — esa hora entre las cuatro y las cinco en que Manila recordaba brevemente que podría ser agradable cuando quería.
Mal anunció que se aburría y desapareció hacia el interior con Bismarck siguiéndole.
Los cuatro se quedaron con el café y con la tarde.
Fue Doña Amalia quien abrió la sobremesa. Se le notaba que no podía guardárselo más.
— El bautizo de los Valdemar — casi anunció — ha sido un escándalo.
Nadie la interrumpió.
— La tía abuela, que está más sorda que esta mesa, quería ponerle Casimiro al niño. La madre quería Guzmán. El párroco, que tampoco oye bien, le preguntó a la tía cómo se llamaría la criatura. Ella, creyendo que le preguntaba otra cosa, respondió a voz en grito: ¡Que se mire en el Señor!
Se quedó callada y sonrió.
— El párroco lo bautizó Quesemire.
Inés dio un respingo.
— ¿Quesemire? — no terminaba de creérselo.