21
El plan era sencillo en teoría.
— Hay un almacén en el puerto — explicó Ada —. Cerca del muelle de Cavite. Discreto. El hombre que lo lleva es de confianza.
— ¿De confianza tuya o de confianza en general? — preguntó Inés.
Ada la miró.
— Mía.
Leilani, al otro lado de la mesa, dijo algo en ponapeño. Ada escuchó y asintió.
— Dice que de noche es mejor. Menos gente en el muelle. Y que ella puede cargar todas las cajas.
— ¿Sola?
Ada tradujo. Leilani respondió con brevedad.
— Dice que sí.
Inés no lo dudó. Había visto a Leilani bajar el equipaje entero de Santa Filomena de una sola vez.
— El carruaje — apuntó Inés —. Necesitamos uno discreto. Sin escudo en la portezuela.
Leilani añadió algo más. Ada frunció levemente el ceño mientras traducía.
— Dice que mejor esta misma noche. Que esperar es arriesgar.
Inés cogió la taza de café. El desayuno de Doña Amalia era abundante y puntual — pan, mantequilla, fruta, el café que llegaba solo cuando Visitación decidía que era la hora y no antes — y esa mañana la mesa estaba vacía de las dos personas que más la llenaban: Doña Amalia todavía en su cuarto, Mal todavía dormido porque agosto no merecía madrugar.
Inés miró el pan. Pensó en las cajas en la bodega. Pensó en Doña Amalia pidiendo un día una botella de Rioja para una visita inesperada y encontrando algo que no era Rioja.
— Esta noche — acordó —. Antes de que...
El timbre de la puerta sonó.
Se miraron.
Eran dos guardias civiles.
Uniforme de campaña, tricornio con el barniz todavía brillante. El de la izquierda era alto y tenía un bigote imponente. El de la derecha era más bajo y tenía cara de haber dormido bien.
— Buenos días — saludó el alto —. ¿Es esta la residencia de la marquesa de Astolfi?
— Sí — dijo Inés.
— Cabo Hernández — se presentó el alto —. Y el cabo Gamboa. — Señaló al otro —. Nos envían desde Gobernación. A partir de hoy quedaremos asignados a la custodia y protección de esta mansión, dadas las circunstancias.
Sonreían los dos. Con la tranquilidad de una misión cómoda.
Inés los miró — los dos guardias, el carruaje, la garita portátil que el cochero descargaba con cara de saber ya dónde iba a pasar las próximas semanas.
— Claro — respondió Inés —. Pasen.
Ada estaba sola en la mesa del desayuno cuando Inés volvió.
Inés se sentó. Cogió el café.
— Dos guardias civiles — explicó —. Asignados a la mansión. A partir de hoy.
Ada miró la mesa.
— Ah — contestó.
— Sí.
Ada jugueteó con una cucharilla
— El almacén del puerto — murmuró.
— Sigue siendo una buena idea — admitió Inés —. El problema es llegar hasta allí con las cajas sin que...
— Buenos días.
Doña Amalia entró al comedor en su silla de ruedas con su cadencia habitual — Visitación empujando desde atrás con la discreción de siempre.
Miró hacia el vestíbulo.
— ¿Qué ha pasado?
— Han enviado dos guardias civiles — explicó Inés —. Para custodiar la mansión.
Doña Amalia se sirvió café con calma.
— ¿Hernández y Gamboa? — preguntó.
Inés la miró.
— El alto y el bajo — confirmó.
— Los conozco. — Doña Amalia cogió su café —. Son inofensivos. — dio un sorbo —. Y no están aquí por mí.
Señaló hacia la ventana del fondo con un gesto preciso desde su silla.
— ¿Ven esa cruz?
Inés y Ada se acercaron a la ventana. Una torre de piedra por encima de los tejados, la cruz de hierro en lo alto recortada contra el azul de agosto.
— San Telmo — indicó Doña Amalia desde donde estaba —. Y el edificio a su lado, el de los muros gruesos. ¿Lo ven? Del ejército. Lleva años ahí. — bebió su café —. Lo que están protegiendo es eso. Yo soy simplemente la excusa presentable.
Inés miró el almacén. Luego miró a Ada.
— Doña Amalia — empezó Inés, volviéndose —. ¿No le preocupa? La situación, quiero decir. Lo de ayer, los tiros, las redadas...
Doña Amalia la observó un momento. Y algo se le ablandó en la cara — apenas, lo justo para que Inés lo notara.
— Querida — respondió —, yo nací en 1810.
Con los franceses todavía en España y la mitad del país ardiendo.
— Se sirvió más café con la serenidad de quien va a contar algo que ha contado pocas veces pero que sabe de memoria —.
Luego volvió Fernando VII. El Deseado, lo llamaban — lo dijo con una ironía tan fina que casi no se notaba —.
Y restauró su tiranía con todo el entusiasmo que le cabía.
Luego vinieron los alzamientos, los pronunciamientos, los gobiernos que duraban lo que duraban.
En el 68 tuvimos una revolución, cambiamos de familia real, trajimos a los pobres Saboya — ese muchacho, Amadeo, no se merecía lo que le hicimos.
Luego probamos una República. Luego la dictadura del general Serrano... — respiró profundamente — Y aquí sigo.
Contempló a Inés con una expresión que era simultáneamente cansancio y algo que se parecía mucho a la satisfacción de quien ha sobrevivido a demasiadas cosas como para que una más le quite el sueño.
— Creo que ya estoy curada de espanto — concluyó —. Ya nada me sorprende. Y muy pocas cosas me asustan.
Cogió el pan. Lo untó con mantequilla.
Inés iba a responder cuando algo pasó por la ventana — una sombra, un movimiento — y los tres miraron a tiempo de ver a Mal cruzando el jardín delantero a paso rápido con los ojos fijos en algo que había al otro lado de la verja.
— ¿Mal? — llamó Inés.
Demasiado tarde.
Mal había saludado ya a Hernández y Gamboa con un gesto de lo más natural — los dos le devolvieron el saludo cuadrándose por instinto, lo cual no tenía ningún sentido— y había salido a la calle.
Desde la ventana lo vieron llegar al vendedor ambulante que empujaba su carrito por la acera — un hombre mayor con sombrero de palma y una bandeja de bibingkas humeantes envueltos en hojas de banana — y señalar con entusiasmo.
Inés lo encontró en el jardín interior diez minutos después.
Estaba sentado en el banco de piedra junto a la fuente con dos bibingkas en las manos — uno ya a medias, el otro intacto — y Bismarck instalado a su lado mirando el pastelillo con una atención que pretendía ser indiferente y no lo era del todo.
— Mal.
— Te he traído uno para ti — le ofreció el intacto.
Inés se sentó. Lo cogió. El calor de la hoja de banana le llegó a las manos y el olor a arroz tostado y coco era lo suficientemente bueno como para que durante un segundo se olvidara de los guardias civiles y las cajas.
Solo un segundo.
— La próxima vez pide permiso antes de salir — rogó.
— Los guardias son simpáticos.
— Por ahora. — Inés miró el bibingka —. La situación en Manila es complicada, Mal. No es un buen momento para salir corriendo a la calle sin avisar.
Mal se quedó pensativo mientras masticaba.
— ¿Por lo de ayer? ¿Los tiros?
— Por lo de ayer y por lo que viene después de lo de ayer. — Inés buscó las palabras —. Cuando empieza algo así no termina de un día para otro.
Mal contempló la fuente. El agua caía con su sonido constante, indiferente a agosto y a la Guardia Civil y a todo lo demás.
— Inés — dijo —. Nosotros, ¿qué somos?
Inés lo miró.
— ¿Cómo?
— Filipinos. Españoles. — Mal frunció el ceño —. Alemanes. ¿Qué somos?
Inés se quedó callada.
Era una pregunta perfectamente razonable. Y era una pregunta para la que no tenía una respuesta perfectamente razonable.
— Los dos nacimos en Balabac — repasó, despacio —.
Que es Filipinas. Que es una provincia española.
Pero Lautner era alemán, así que por ese lado somos...
algo alemán. — había empezado a contar con los dedos —.
Somos pelirrojos y muy pálidos y casi no hablamos tagalo.
Yo me crié en un convento de monjas españolas. Tú te criaste en la selva.
Mal suspiró resignado.
— Y el capitán Stubing nos hizo cédulas de ciudadanos estadounidenses — continuó Inés —. Así que según qué papel miremos somos una cosa distinta. — Miró el bibingka en su mano —. La verdad, Mal, no tengo ni idea de lo que somos.
Mal se había quedado muy serio.
— ¿Y eso importa? — preguntó.
— A las autoridades sí. Para ellos eres lo que dice tu papel. Y según qué papel, tienes unos derechos o ninguno.
Bismarck se levantó, olfateó el borde del bibingka de Mal con delicadeza, y volvió a sentarse con la expresión de quien ha obtenido la información que buscaba.
— ¿Y ahora qué va a pasar? — preguntó Mal.
Inés miró por encima de los tejados del jardín. El cielo de Manila en agosto, azul y quieto, completamente ajeno a lo que pasaba debajo.
— La gente quiere libertad — explicó —. Quiere tomar las riendas, decidir ella misma lo que le pasa... Pero no creo que ningún país lo vaya a permitir fácilmente. Ya sea España, o Alemania, o Francia, o Estados Unidos. Ninguno.
Mal la miró de reojo.
— ¿Entonces van a pasar cosas malas?
Inés pensó en Honoria rezando su rosario. En la imprenta de Tondo. En las cajas en la bodega de Doña Amalia. En la señorita Hartzenbusch prendiendo fuego a los archivos.
— Sí — contestó —. Van a pasar cosas malas.
Mal asintió, una sola vez, con seriedad.
Luego miró el bibingka que le quedaba.
— ¿Quieres el mío también? — ofreció —. A Bismarck no pienso darle.
— No — agradeció Inés —. Cómetelo tú.
Se quedaron los dos en el banco de piedra con la fuente sonando y Bismarck vigilando los bibingkas. El jardín estaba en paz. La mañana era perfecta.
Pero Manila olía a tormenta, aunque el cielo estaba limpio.