20
Doña Amalia nunca mencionaba la bodega. La mencionaba de pasada, que era su forma de presumir.
Vinos de Rioja. Jerez de tres décadas. Botellas de Burdeos que habían cruzado el Atlántico y luego el Pacífico y habían llegado intactas a Manila porque Doña Amalia no concebía que el mundo le fallara en las cosas importantes.
Bismarck conocía la entrada.
La puerta era de madera oscura y pesada, al fondo del corredor de servicio, con un cerrojo que cualquier persona adulta habría respetado. Bismarck no era una persona adulta. Bismarck era un gato con una filosofía propia sobre las puertas cerradas: eran una sugerencia, no una prohibición.
Mal lo había descubierto siguiéndolo.
— Inés — llamó Mal desde el pie de las escaleras —. Ven a ver esto.
La escalera bajaba ocho peldaños hasta un espacio alargado con techo bajo y paredes de piedra donde el calor de Manila no llegaba del todo.
Las botellas de Doña Amalia estaban en sus estantes, ordenadas con precisión, etiquetas hacia afuera, polvo encima con la cantidad exacta de polvo que indica respeto y no abandono.
Y delante de las botellas, cubriendo el suelo desde la mitad del espacio hasta el fondo, apiladas con un orden que no tenía nada que ver con el vino:
Cajas rectangulares. Alargadas.
Inés bajó los últimos peldaños despacio.
Bismarck estaba sentado junto a una de las cajas. Mal estaba a su lado, con las manos en los bolsillos, estudiándolas con curiosidad.
— ¿Qué son? — preguntó.
Inés se acercó a la caja más cercana. La madera sin marcar, los bordes reforzados con metal, el cierre con pasador. La abrió.
Los reconoció inmediatamente — el mismo modelo que había visto en el mercado, semanas atrás, en el puesto del hombre que vendía cosas que no eran claramente legales pero que tampoco eran claramente ilegales si no preguntabas demasiado. Cinco en esta caja. Miró las otras. Contó. Dejó de contar.
Cerró la caja.
— ¿Qué son? — repitió Mal.
— Cosas de Ada — respondió Inés con calma.
Mal frunció el ceño.
— Son muchas cosas
— Bastantes —Inés respiró hondo—. Doña Amalia no puede saber nada de... esto. ¿De acuerdo?
Mal asintió.
— ¿Y Visitación?
— Tampoco.
— ¿Y Bismarck?
Bismarck, desde su caja, parpadeó una vez con total indiferencia.
— Bismarck ya lo sabe — decidió Inés —. Y no va a decir nada.
Inés pasó la mañana con el secreto encima como una piedra.
Arriba, la mansión funcionaba con su ritmo habitual — Visitación con sus quehaceres silenciosos, Doña Amalia en su cuarto con sus papeles y su chocolate de las once, el jardín quieto bajo el calor de agosto.
Nada indicaba que en el sótano hubiera suficientes cajas para comprometer a todos los que vivían allí.
Ada y Leilani habían salido temprano. Recado , había dicho Ada, y punto. Inés llevaba semanas sin preguntar más. Era más fácil así.
Pensó en Doña Amalia arriba con su chocolate. En la marquesa de Astolfi, que había abierto su casa sin pedir explicaciones, que había peleado por Ada, que había dado su nombre y su reputación como escudo.
Que no sabía lo que tenía debajo de los pies.
Inés se levantó. Se sentó. Se volvió a levantar.
Mal la observaba desde el sillón con Bismarck instalado en su regazo — los dos con la misma expresión de quien está dispuesto a esperar todo el tiempo que haga falta.
— Están tardando — confirmó Inés.
— Sí — añadió Mal.
Y entonces llegaron los tiros.
No fueron muchos al principio. Uno, lejano, que podría haber sido cualquier cosa. Luego otro. Luego algo que no era tiro sino el eco de varios tiros juntos rebotando entre las calles de piedra, y las campanas — no el tañido ordenado de las horas sino el repique urgente, acelerado.
Mal se levantó. Bismarck saltó al suelo.
Inés fue a la ventana.
La calle estaba vacía. No la vacía de siempre — postigos cerrándose, el silbato de la Guardia Civil desde algún punto cercano, otro silbato respondiendo desde más lejos, y luego el sonido de caballos.
Inés cerró las contraventanas y el teléfono sonó.
Era Práxedes.
Su voz llegó distorsionada por el aparato.
— ¿Estáis todos ahí?
— Mal y yo — respondió Inés.
Hubo un silencio brevísimo al otro lado.
— No salgáis — rogó Práxedes —. Por nada. ¿Me oyes? Por nada.
— ¿Qué está pasando?
— La Capitanía General es un caos. — Ruido de fondo, voces, algo que caía —.
Hay redadas en Tondo. Una imprenta clandestina — encontraron papeles, listas, no sé muy bien qué, pero están deteniendo a todo el que encuentran cerca.
La cosa viene de un fraile. Al parecer una mujer se lo confesó hace unos días y el fraile se lo ha contado a las autoridades y...
Inés dejó de escuchar la voz de Práxedes.
Honoria.
Con su rosario entre los dedos y esa mirada de quien necesita creer en algo más grande que ella misma. Todavía no sabe nada , habían dicho las mujeres en la reunión de las Mga Babae. Como si fuera cuestión de tiempo. Como si supieran de sobra cómo terminaría.
Honoria, que era devotísima. Que se confesaba casi a diario con su fraile de siempre. Que cuando el peso de algo se volvía insoportable lo llevaba al único sitio donde sabía que la escucharían.
Lo había averiguado. Y había hecho lo único que sabía hacer con las cosas que la aplastaban.
— ...¿Inés? ¿Sigues ahí?
— Sigo — contestó —. Práxedes, Ada está en la calle.
Hubo un chisporroteo en la línea.
— ¿Sola?
— Con Leilani. Salieron esta mañana.
— Dios. — Un momento —. Escucha, si no han vuelto para cuando oscurezca, llámame. Y no salgáis vosotros. Jura que no vais a salir.
— Lo juro.
— Inés.
— Lo juro, Práxedes.
Colgó.
La tarde fue larga.
Doña Amalia bajó a comer con su serenidad habitual, preguntó por Ada y Leilani, y aceptó la explicación de que habían salido a un recado.
No había oído los tiros, o había decidido que no eran de su incumbencia, o ambas cosas — con Doña Amalia era a veces difícil saber qué no oía y qué elegía no oír.
Inés comió sin saborear nada.
Mal comió con su concentración habitual. Bismarck durmió en el sillón durante toda la tarde con la desenvoltura de quien no tiene nada en el sótano que le quite el sueño.
Las campanas pararon a media tarde. Los silbatos siguieron más tiempo. Los caballos también.
Llegaron cuando el sol estaba bajando.
Inés las oyó antes de verlas — la puerta de servicio, pasos que no tenían el ritmo habitual de Ada, la voz de Leilani diciendo algo en ponapeño con una urgencia que no necesitaba traducción.
Llegó al corredor a tiempo de ver a Ada apoyada en el marco de la puerta con la mano derecha sujetando el brazo izquierdo y una mancha oscura entre los dedos que en la luz del corredor tardó un segundo en identificar y luego no pudo dejar de ver.
— Es solo una rozadura — señaló Ada, antes de que Inés pudiera decir nada —. No es nada.
— Siéntate.
— Inés...
— Siéntate, Ada.
Ada se sentó.
La rozadura era limpia — la bala había pasado muy cerca y se había llevado un trozo de manga y un trozo de piel sin entrar.
Inés lo limpió con lo que había en el botiquín, con las manos firmes que le habían enseñado las monjas aunque las monjas no habían imaginado esto.
Ada apretó los dientes y no hizo ningún sonido excepto una vez, cuando Inés llegó a la parte más profunda, en que soltó un siseo corto y miró al techo.
Leilani estaba de pie junto a la pared y empezó a hablar.
En ponapeño, naturalmente.
Con una energía considerable. Con gestos.
Con lo que era evidentemente una recreación muy detallada de lo que había pasado, incluyendo una sección que implicaba correr y otra que implicaba agacharse y otra que implicaba algo con los brazos que podría haber sido esquivar o podría haber sido espantar pájaros, era difícil saberlo.
— ¿Qué dice? — preguntó Mal, desde la puerta.
Ada tradujo a trompicones — entre el dolor del brazo y el ponapeño acelerado de Leilani, su español quedó reducido a su versión más esencial:
— Dice que guardia civil, tres, venían por calle y nosotras en medio... Leilani vio primero pero yo ya corría... — se mordió el labio cuando Inés llegó a una zona complicada —. Y callejón, y señora que abrió puerta, y luego... — Ada escuchó un momento más —. Y luego muro. Dice que escalé un muro.
— ¿Escalaste un muro? — repitió Inés.
— Era un muro pequeño.
Leilani añadió algo con énfasis. Ada consideró si traducirlo.
— Dice que no era tan pequeño — admitió.
Mal, en la puerta, absorbía todo concentrado. Bismarck había aparecido de algún sitio y se había instalado junto a los pies de Ada.
Inés terminó de limpiar. Cogió la venda. Empezó a enrollarla.
— Mal — no levantó la vista —. ¿Puedes llevar a Bismarck al jardín?
Mal miró a Inés. Miró a Ada. Cogió a Bismarck, que toleró el traslado con resignación.
— Venga — le susurró al gato.
Ada le dijo algo en ponapeño a Leilani, breve, y ella asintió y salió también.
Inés terminó la venda. Hizo el nudo. Lo comprobó.
Luego se quedó con las manos sobre el brazo vendado de Ada sin soltarlo todavía, mirando el nudo:
— He visto la bodega.
Ada no se movió.
— Esta mañana. Mal encontró la puerta siguiendo a Bismarck.
Un momento.
— Ah — musitó Ada.
— Sí.
Silencio. Por la ventana llegaba el último ruido de la calle — un silbato lejano, el trote de un caballo, Manila recogiendo los pedazos de su día.
— Doña Amalia no sabe nada — continuó Inés. No era una pregunta.
— No.
— Ada. Si encuentran eso aquí, sabes lo que le pasará. Su casa, su nombre, su responsabilidad. — Inés soltó el brazo por fin —. Ella no lo ha elegido.
Ada abrió la boca. La cerró.
— Pensé que era la mejor idea — confesó, al cabo de un momento —. Nadie sospecharía. Y necesitábamos un sitio seguro... No pensé que la situación se pondría como se ha puesto. No tan rápido.
— No tan rápido — repitió Inés.
— No me arrepiento de las armas — indicó Ada, con la claridad de siempre —. Mis islas las necesitan. Eso no cambia. Pero... — Miró su brazo vendado —. No quiero hacer daño a Doña Amalia. Ni a nadie que no haya elegido mi camino.
Era lo más cercano que Ada llegaría a una disculpa.
Inés lo sabía. Y además, debajo de la rabia y del miedo y del alivio de ver a Ada sentada y viva, había algo más incómodo: la comprensión de que ella habría hecho algo parecido.
No lo mismo. Pero algo con el mismo principio — actuar primero, explicar después, proteger lo que hay que proteger aunque el método sea discutible.
— Yo tampoco te he contado algunas cosas — empezó Inés.
Ada la miró.
Inés respiró.
— Hay una hermandad. De mujeres. Se llaman las Mga Babae. Llevan tiempo organizándose contra el gobierno. No sé hasta dónde llegan, pero están en todas partes y saben cosas que no deberían saber.
Ada escuchaba sin interrumpir.
— Las seguí hasta una reunión. — Inés cerró los ojos un momento —. No me preguntes cómo terminé pudiendo entrar, porque no me creerías. Digamos que tiene que ver con un esmalte de uñas de color púrpura.
Ada frunció el ceño levemente pero no preguntó.
— Había una mujer a la que seguí después, hasta la calle Cabildo, y la vi entrar. Era Hartzenbusch. Y Pilar, la de la residencia. También es de las Mga Babae.
Ada se quedó boquiabierta.
— La pusieron a prueba — continuó Inés —. Hartzenbusch. Y fue quien incendió los archivos el día de tu audiencia. La vi cuando escapaba, vestida de viuda... Llevo semanas sabiéndolo y no te lo dije porque no sabía qué hacer con ello todavía.
Ada miraba un punto entre sus manos y el suelo.
— Y hay más — añadió Inés, más despacio.
Ada levantó la vista.
— La noche del terremoto... No era como los otros mundos, Ada. Era un mundo de muertos. — tragó saliva —. Vimos a Lautner. A Friedrich Lautner... Me dijo cosas. Sobre mí, sobre los experimentos, sobre el don. — Inés buscó las palabras —. Y sobre Mal.
— ¿Qué sobre Mal?
Inés contempló la venda blanca sobre el brazo de Ada. Pensó en Lautner mirando al niño en camisón de dormir con el colgante de Stubing en la mano.
— Que es una estrella fugaz — casi recitó —. Que duran lo que duran.
El silencio después de esa frase fue diferente a todos los silencios anteriores.
— No sé todavía cómo contarte el resto — añadió Inés, en voz muy baja —. Pero eso sí necesitaba decírtelo.
Ada miró el brazo vendado.
— Vaya par de amigas — intentó sonreír —. Tú con hermandades secretas y mundos de muertos. Yo con un arsenal en la bodega de Doña Amalia.
La sonrisa no aguantó.
— Hemos sido idiotas — dijo Ada, en voz baja.
Inés no respondió enseguida. Porque era verdad. Semanas guardándose cosas la una a la otra, semanas de “recados” y silencios y mirar hacia otro lado, y al final se lo habían contado todo en media hora sentadas en un corredor con una venda y una bala de por medio.
— Sí — admitió Inés —. Hemos sido bastante idiotas.
— No va a volver a pasar.
— No.
Se miraron. Y en ese momento — sin abrazos, sin grandes declaraciones— algo que llevaba semanas torcido volvió a su sitio.
— Las cajas hay que moverlas — anunció Ada.
— Mañana — cortó Inés —. Esta noche no se mueve nada. Esta noche tienes fiebre y te vas a la cama.
Ada puso cara de querer protestar.
— No tengo fiebre.
— Todavía — respondió Inés —. Pero esta noche no se mueven cajas. Esta noche se descansa.
Ada la miró como si fuera a discutir. No discutió.
Se levantó. Se tambaleó un poco — menos de lo que Inés esperaba, más de lo que Ada habría querido. Inés le ofreció el brazo. Ada lo cogió.
Salieron juntas al corredor.
Mal estaba sentado en el suelo junto a la puerta con Bismarck instalado en su regazo de manera aparentemente voluntaria esta vez, los dos con la misma expresión de quien ha estado esperando pacientemente y no piensa fingir que no estaba ahí.
— ¿Todo bien? — preguntó Mal.
— Todo bien — contestó Ada.
Mal miró a Inés. Inés asintió levemente.
El reloj del salón empezó a dar las ocho. Manila, afuera, seguía recogiendo los pedazos. Y en el sótano de la marquesa de Astolfi, entre las botellas de Rioja y el Burdeos que había cruzado dos océanos, las cajas seguían donde Ada las había dejado.