19 #2
Todos con ese pelo — ese pelo que ella reconocía porque era el suyo. Se movían con una agilidad que no era humana del todo, apareciendo y desapareciendo en los bordes de la niebla, acercándose y retrocediendo, mirándolos con unos ojos que brillaban levemente en la blancura.
Y entonces Inés los vio bien.
A uno le faltaba una mano. Al siguiente los dedos de ambos pies, o lo que hubieran sido los dedos, estaban fundidos en algo que no era pie.
Otro tenía la cabeza girada unos grados de más hacia la izquierda, permanentemente, como si el cuello hubiera solidificado en ese ángulo.
Otro tenía quemaduras — no como las de un accidente sino distribuidas con una regularidad que era peor que cualquier accidente, en líneas, en patrones.
Y uno más, al fondo, que no tenía nada de eso. Ninguna deformidad. Ninguna quemadura. Solo un moratón enorme en el brazo, azul oscuro, casi negro, demasiado grande para cualquier golpe.
No estaban sufriendo. Solo estaban.
Era como verse en un espejo roto, cada fragmento devolviendo una versión diferente.
Uno soltó una risita.
Aguda, brevísima, sin alegría. El que tenía la cabeza torcida la imitó. Luego otro, y otro, hasta que la niebla estaba llena de ese sonido — y Mal se pegó a ella.
Uno de los niños se acercó demasiado.
Mal levantó la mano — un gesto pequeño, instintivo — y el niño paró. Lo miró. Inclinó la cabeza. Y luego soltó otro sonido, más agudo, y los demás lo imitaron como un eco multiplicado.
Inés no sabía cómo salir. En los otros mundos había habido siempre un impulso de vuelta — el mundo que se disolvía, el borde que se deshacía.
Aquí no había bordes. Aquí todo era niebla en todas direcciones y niños con deformidades que aparecían y desaparecían y los miraban con esa familiaridad perturbadora.
Uno se acercó a su oído.
También tú , susurró. También tú eres de los nuestros. Solo que llegaste más lejos.
Inés no respondió.
Quédate , dijo otro, desde el otro lado. Aquí no duele nada .
Y entonces...
Un chasquido.
Seco. El sonido de dos palmas chocando.
— Basta.
Los niños desaparecieron.
De golpe — como velas apagadas de un soplido, como si nunca hubieran estado. La niebla quedó quieta y vacía y blanca, y en el centro de esa blancura había un hombre.
Alto. Pelo rojo — más oscuro que el de Inés, más apagado, inconfundiblemente el mismo origen.
Pero no había ropa. Lo que había era piel.
Piel que había sido piel y que ahora era otra cosa — quemaduras viejas, profundas, que subían desde las manos por los antebrazos y el cuello y la mitad de la cara, piel que se había fundido y solidificado en texturas que no eran humanas, en pliegues y cordones y superficies que brillaban levemente en la blancura del mundo como si todavía guardaran calor.
Y sin embargo se movía con la facilidad de quien no tiene dolor.
— ¿Qué tenemos aquí? — saludó Friedrich Lautner —. Una visita inesperada.
Su voz llegó directamente, sin pasar por el aire — como la de la monja.
Los miró a los dos. Despacio.
— Qué curioso — añadió, sin moverse —. Los dos juntos. No lo había previsto.
Mal no se apartó de Inés.
Lautner lo notó. Algo en lo que quedaba de su expresión — la mitad derecha, más o menos intacta; la izquierda, rehecha en cicatriz — se movió en una dirección que podría haber sido apreciación.
Meine Funken dijo, casi para sí mismo. Mis chispas. Miró a Inés —. Und mein erstes Wunder . Mi primer prodigio. — Torció la boca —. Aunque “prodigio” quizás es demasiado. Eras un experimento, principalmente. Los primeros siempre son los más imprecisos.
Se acercó dos pasos. Lento. Sin urgencia.
— Ya eres una mujer — observó—. Eso tampoco estaba previsto. Ninguno de los primeros debería haber llegado a esto. — Un gesto vago hacia ella, hacia su existencia entera —. Sois más resistentes de lo que calculé. O más tercos. A veces es lo mismo.
En la niebla, a la izquierda, uno de los niños reapareció un momento — solo un momento, solo para estar — y luego se fue.
Lautner no le prestó atención.
— Él, en cambio — estudiaba a Mal —, es de otra hornada. La última. Cuando yo ya estaba... — Buscó la palabra —. Menos preciso. Los últimos no eran experimentos. Eran fuegos artificiales. Sin otro objetivo. Detonadores. Muy brillantes mientras duran... Y tan perecederos.
Mal no entendía las palabras — Inés lo sabía. Pero algo en él se quedó más quieto que antes.
Lautner se acercó otro paso.
— Aunque —en su voz había ahora algo más suave y por eso más peligroso — me pregunto si sabes realmente lo que es. — La miraba a ella —. Ese otro que aparece cuando estáis juntos. ¿Crees que es él?
Inés no respondió.
— Piénsalo. — Lautner ladeó ligeramente la cabeza —.
Él nunca ha elegido nada. Tú eres quien lleva el don, tú eres quien encauza — se inclinó hacia ella —.
¿No te has preguntado si ese otro no es una creación tuya?
¿Una manera de hacer las cosas que quieres sin tener que reconocer que las quieres?
Los piratas. El submarino. — Sus ojos — el ojo derecho intacto, el izquierdo rehecho en cicatriz pero todavía funcionando — la miraban con una atención precisa —. ¿Cuántas de esas cosas deseabas tú?
Inés abrió la boca. La cerró.
“No lo sé”, pensó. Y el problema era que no lo sabía del todo.
En la niebla, a la derecha, dos de los niños aparecieron juntos y le cuchichearon.
Lautner los miró un momento. Luego volvió a Inés.
— Deberías dejarlo aquí — continuó, con la misma calma de antes —. Con nosotros. Tú no lo necesitas. — la estudió —. No es real, ¿sabes? No de la manera en que tú eres real. — Y luego, con algo que casi era amabilidad —: ¿A que luego no recuerda nada de todo esto?
Era verdad. Mal nunca recordaba nada.
Pero Inés miró a Mal — a Mal que llevaba el colgante de Stubing en la mano y que la miraba a ella con los ojos muy abiertos — y el pecho se le cerró alrededor de esa imagen con una determinación que no necesitaba palabras.
No.
Los niños empezaron a moverse.
Despacio al principio — apareciendo en los bordes, acercándose, retrocediendo, acercándose un poco más. El que tenía la cabeza torcida. El que no tenía la mano. Los dos que cuchicheaban. Todos moviéndose hacia el centro, hacia ellos.
Inés buscó a Lautner.
Lautner no se había movido.
No había salida visible. No había borde que se deshiciera, no había impulso de vuelta, no había nada que hacer con las manos porque este mundo no era de hacer sino de ser, y los niños seguían acercándose con esa lentitud inevitable de las cosas que no tienen prisa porque saben que el tiempo no corre para ellos, y Mal apretó el colgante de madera en la mano con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos...
Y el mundo se rompió.
No desde dentro.
Desde fuera.
Una sacudida — física, brusca, el tipo de sacudida que viene de manos reales sobre hombros reales — y luego el olor.
El amoniaco llegó antes que el techo, antes que la yesería de Doña Amalia, antes que el aire caliente de Manila entrando por las ventanas abiertas de golpe.
Llegó como un puñetazo y el cerebro de Inés respondió al puñetazo con la misma inmediatez con que un cuerpo responde al frío: de golpe, sin negociación, de vuelta.
Tosió.
Los ojos le lloraban. La garganta protestaba. El cuarto era demasiado brillante y demasiado ruidoso y demasiado real después de tanta blancura, y Ada tenía las dos manos en su cara buscando sus ojos con una urgencia que Inés no le había visto nunca.
— Inés. Inés, mírame.
— Estoy — consiguió decir —. Estoy aquí.
Ada la soltó.
Se giró hacia Mal.
Mal no respondió al amoniaco. No respondió a las sacudidas de Ada, que perdió por un momento esa calma suya y lo sacudió más fuerte, llamándolo por su nombre con una voz que Inés no le reconocía.
No respondió a Leilani que le abría los párpados con los dedos buscando algo.
No respondió a Visitación que le ponía el frasco directamente bajo la nariz.
— Mal — llamó Ada angustiada —. Mal, ya está. Ya está, vuelve.
Nada.
Inés se incorporó. Le cogió la mano — la mano con el colgante de Stubing todavía apretado dentro — y dijo su nombre una vez, sin urgencia, como quien llama a alguien que sabe que está ahí pero necesita oír su nombre para encontrar el camino de vuelta.
— Mal.
Un segundo.
Dos.
Los ojos de Mal se abrieron.
Miraron el techo. Miraron la lámpara apagada. Miraron a Ada, que tenía una expresión que Mal probablemente nunca le había visto, y luego miraron a Inés.
— Qué asco — soltó, con perfecta claridad.
Ada cerró los ojos un momento.
Luego los abrió y le dio al frasco de amoniaco a Visitación con un gesto que decía “guárdalo” y se levantó y fue a la ventana y se quedó ahí de espaldas, mirando el jardín de noche. Respirando con fuerza.
Visitación ya tenía un vaso de agua en la mano y algo de comer en un plato que dejó en la mesilla sin decir nada.
Mal bebió el agua. Comió algo. Se recostó.
Inés se quedó sentada en el borde de la cama con la mano todavía sobre la suya, mirando la yesería del techo.
Duran lo que duran.
¿Cuántas de esas cosas deseabas tú?
No sabía si Lautner mentía. No sabía cuánto de lo que había dicho era verdad y cuánto era la trampa de algo que llevaba mucho tiempo en un lugar donde el tiempo no corre y ha aprendido bien qué decir para que duela.
Podía mentir. Probablemente mentía. Pero la pregunta se había quedado dentro de todas formas, pequeña y persistente, como una astilla que no duele del todo pero que está.
Ada volvió de la ventana. Se sentó en el borde de la cama de Inés, con la espalda recta y las manos en el regazo.
No preguntó nada.
Inés tampoco dijo nada.
El reloj del salón dio las tres de la madrugada.
Manila seguía en pie.