19
La mansión de los Astolfi dormía.
Las luces apagadas, las persianas cerradas, el jardín quieto bajo el calor de la madrugada de Manila. Hasta Bismarck había abandonado sus rondas habituales y dormía en algún sitio desconocido.
El reloj del salón principal era un mueble de caoba y latón que Doña Amalia había traído de Suiza y que marcaba las horas con una seriedad de catedral.
Inés lo había oído las primeras noches — una campanada, dos, el golpe profundo que hacía vibrar el aire del corredor — y ya se había acostumbrado a él como se acostumbra uno a los ruidos que no cambian.
A las dos de la madrugada, el reloj empezó a dar las campanadas.
Una.
Dos.
Y entonces el suelo se movió.
No fue gradual. Fue de golpe — un sacudida lateral, corta y violenta, como si alguien hubiera empujado la casa con las dos manos.
El reloj tintineó. Algo en la estantería del cuarto de Inés cayó con un golpe sordo.
Las lámparas de gas en la pared oscilaron en sus soportes, la llama reducida a azul por la noche, y la sombra de todo saltó y se retorció en las paredes.
Inés se incorporó en la cama.
Supo inmediatamente lo que era — había dormido dieciséis años en el convento en Luzón, y Luzón temblaba.
No como Manila, no tan seguido, pero temblaba.
La primera vez tenía nueve años y la hermana Clara la había sacado corriendo al patio en camisón y luego había rezado un rosario entero mientras Inés miraba el cielo preguntándose si iba a caerse.
No se cayó.
No se caía casi nunca.
Se quedó quieta en la cama, con las manos apoyadas en el colchón, esperando.
La segunda sacudida llegó diez segundos después — más suave, el eco de la primera, como una frase que se repite más débil. Las lámparas oscilaron de nuevo. El reloj del salón dio una campanada extraña, fuera de hora, como si hubiera perdido el hilo.
Inés esperó un poco más. Nada.
Ya había pasado.
La puerta se abrió de golpe.
Mal entró corriendo descalzo, con la camisa de dormir y el colgante de Stubing golpeando contra su pecho, y antes de que Inés pudiera decir nada ya estaba en su cama, metido debajo de la manta, con los brazos alrededor de su cintura y la cara enterrada en su hombro.
Inés no se movió.
— Ya ha pasado — intentó calmarle.
Mal no respondió. Respiraba rápido.
— Mal. Ya ha pasado.
— Sigo notándolo.
Mal seguía aferrado a ella.
— ¿Qué ha sido?
— Un terremoto.
— ¿Un qué?
Así que era eso. Nunca había vivido uno.
— La tierra que se mueve. Aquí pasa. En Luzón también. En casi todas las islas.
— ¿Por qué?
Inés pensó en cómo explicarlo.
— Porque el suelo no es tan sólido como parece. Hay capas debajo, y a veces se deslizan. Como cuando metes un pie en la arena mojada y la arena cede.
Mal consideró su respuesta.
— No me gusta.
— A nadie le gusta.
— ¿Van a volver?
— Quizás una réplica pequeña. Pero el gordo ya ha pasado.
Mal seguía sin soltarla. Inés no intentó que lo hiciera.
Desde otros cuartos de la mansión llegaban señales de vida — unos pasos en el corredor de arriba, una voz que preguntaba algo en tagalo, la respuesta de Visitación desde algún sitio. La mansión entera despertando y haciendo inventario.
— ¿En tu convento también pasaba? — preguntó Mal.
— Sí. La primera vez creí que se caía el techo.
— ¿Y no se cayó?
— No. Las paredes de los conventos son muy gruesas.
Mal reflexionó.
— ¿Y aquí?
— Aquí también son gruesas. — Inés miró hacia el techo. La yesería impecable de Doña Amalia, intacta — Doña Amalia no toleraría que su techo se cayera.
Algo parecido a una exhalación, no una risa del todo pero sí su pariente cercana, escapó de Mal.
Inés sonrió.
Fue Mal quien lo olió primero.
Llevaban quizás cinco minutos así — él todavía aferrado, ella con la espalda apoyada en el cabecero, los dos escuchando cómo la mansión iba volviendo en sí — cuando Mal levantó la cabeza.
— ¿Qué es eso?
— ¿El qué?
— Ese olor.
Inés aspiró.
Dulzón. Pesado. Como algo que no debería estar en el aire pero estaba. Familiar de una manera que tardó un segundo en identificar.
Miró las lámparas de la pared.
Estaban a ambos lados de la cabecera, a un palmo de la cama — puestas ahí por algún decorador que había priorizado la simetría sobre la sensatez.
La llama de la izquierda era normal, pequeña y azul en la penumbra.
Pero en la derecha había algo distinto — un siseo casi imperceptible, un sonido que no debería existir, y alrededor del soporte una oscilación en el aire como el calor que sube de las piedras en verano.
El terremoto había roto algo en la pared.
— Hay un escape — advirtió Inés, y se levantó de la cama.
— ¿De qué?
— Del gas. De las lámparas. Hay que abrir las ventanas y...
Mal se sentó en la cama.
Sus manos aferraron la manta.
Inés lo vio antes de que él lo dijera — ese instante de antes donde todavía había una persona completa y consciente antes de que las chispas se lo llevaran.
— Mal...
— Ya vienen — casi gimió él.
Inés cruzó la habitación en dos pasos. Se sentó a su lado. Lo cogió por los hombros.
— El colgante — pidió agitada —. Necesito el colgante.
Las manos de Mal ya no le respondían del todo. Inés buscó el cordón de cuero en su cuello, encontró el disco de madera y se lo puso entre los labios.
— Muérdelo. ¿Me oyes?
Mal lo mordió con fuerza.
Inés lo abrazó.
El contacto fue inmediato — esa corriente familiar que reconocía ya como propia, el punto donde terminaba ella y empezaba él era imposible de distinguir.
El gas dulzón seguía llenando el aire. Las lámparas siseaban.
Y el mundo de la habitación — la cama, las paredes, el reloj lejano del salón — se fue volviendo translúcido, como papel mojado que se transparenta, y luego se fue del todo.
No había suelo.
O había suelo pero no se veía — solo niebla blanca debajo de los pies, densa y quieta, sin horizonte en ninguna dirección.
La misma niebla arriba. La misma a los lados.
Un espacio sin forma definida que podría haber sido enorme o podría haber sido una habitación de paredes blancas — imposible saberlo porque no había nada con lo que medir.
Inés miró sus manos.
No eran de pólvora, como en Ivo ilo. No eran de electricidad, como en Ponapé. Eran sus manos — pero sin peso, sin temperatura, sin la sensación de que existían en el espacio de una manera concreta. Como mirarse las manos en un sueño lúcido y saber que están ahí pero no poder sentirlas del todo.
A su lado, Mal.
También él mismo. Sin transformación, sin la forma de sombra ni la forma de luz. Solo Mal en camisón de dormir con el colgante de Stubing en la mano, mirando la niebla con los ojos muy abiertos y una expresión que no era miedo sino su pariente más tranquila: cautela.
No podían hablar. Inés lo sabía — en los otros mundos tampoco podían, solo sentir. Pero aquí era diferente. Aquí el silencio tenía otra textura — no el silencio de un mundo que hablaba en otro idioma, sino el silencio de un espacio que esperaba.
Mal la miró.
Ella negó con la cabeza levemente: no sé todavía.
Y entonces algo se movió en la niebla.
Era pequeña.
Una figura que emergió de la blancura con la lentitud — primero el contorno, luego los detalles, y luego de golpe la totalidad: una monja. Hábito oscuro, toca blanca, manos entrelazadas. Una cara que Inés tardó un momento en reconocer y luego reconoció de golpe.
La hermana Virtudes.
Había muerto cuando Inés tenía siete años. Fiebre, en agosto, en tres días. La recordaba como una mujer de manos frías que le daba pan con aceite cuando se portaba bien y que una mañana simplemente no estaba y nadie le dio ninguna explicación.
La hermana Virtudes la miró.
Creciste , dijo. No con la boca — la boca no se movía. Las palabras llegaban directamente, como si se formaran dentro de la cabeza de Inés sin pasar por el aire.
Inés no supo cómo responder.
Sigues llevando secretos que no son tuyos . Igual que entonces .
Inés frunció el ceño. ¿Qué secretos había guardado a los siete años?
La hermana Virtudes inclinó la cabeza levemente.
El niño de la cocina. Sabías que era el hijo del padre Anselmo y no lo dijiste nunca.
Inés se quedó paralizada.
Lo había olvidado completamente. Un recuerdo tan viejo que había dejado de ser recuerdo y se había convertido en nada — pero ahí estaba, intacto, devuelto desde algún lugar donde los recuerdos van cuando uno ya no los necesita: un niño de ojos claros en la cocina del convento, la cocinera que lo miraba con demasiado cuidado, el padre Anselmo que aparecía demasiado seguido con la excusa de bendecir los fogones.
Lo había sabido. Y no había dicho nada. Porque tenía siete años y y no alcanzaba a comprender del todo qué sabía.
Siempre has sabido más de lo que convenía , advirtió la hermana Virtudes.
Ten cuidado con lo que sabes, hija. Hay cosas que, una vez sabidas, no pueden dejar de pesarte .
Y entonces la hermana Virtudes se disolvió en la niebla con la misma lentitud con que había aparecido, sin despedirse, sin añadir nada más.
Mal la había observado todo el tiempo sin moverse.
Inés lo miró. Él frunció el ceño — una pregunta sin palabras.
Ella negó con la cabeza: luego.
Y entonces la niebla cambió.
Huidiza.
En los otros mundos en los que había estado tenían algo que hacer con las manos.
La pólvora tenía sus sombras, la electricidad tenía su luz, y en ambos casos había una dirección — un impulso, una fuerza, algo que empujaba hacia algún sitio. Inés lo comprendió ahora porque este mundo no tenía nada de eso. Aquí no había nada que hacer. Aquí solo había lo que ya había pasado.
Un mundo de muertos.
El primero llegó desde la izquierda — una sombra pequeña que se materializó en la niebla en forma de niño. Pelo rojo, oscuro, apagado. Luego otro desde la derecha. Luego dos más, juntos, desde algún punto que no tenía dirección concreta.
Inés los contó sin querer.
Cinco. Siete. Diez.