Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 18 #2
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El salón seguía vaciándose a su alrededor. Las arañas de gas zumbaban suavemente.

Nada.

— Ah — soltó Mateo.

— Sí — confirmó Inés.

Mateo se quedó mirándola. Luego asintió con una expresión que Inés no esperaba — no herida, no ofendida.

— Está bien — dijo. Y lo decía en serio.

— Lo siento.

— No lo sientas. — Mateo recogió su programa de mano de donde lo había dejado —. No es una cosa que se pueda fingir... Y tú no serías de las que fingen.

Inés no supo qué responder a eso.

No tuvo que hacerlo.

Práxedes estaba en el umbral de la puerta que daba a las butacas, con Mal al lado — Mal con su horchata milagrosamente recuperada — y una expresión desconcertada.

Sus ojos fueron de Inés a Mateo. De Mateo a Inés. De vuelta a Mateo.

¿Cuánto ha visto?

No había manera de saberlo. La cara de Práxedes no daba pistas — o daba demasiadas.

Mateo le sostuvo la mirada un segundo y luego hizo un gesto con la cabeza hacia las butacas.

— Empieza el segundo acto — señaló, dirigiéndose a todos en general, y entró primero.

El segundo acto fue más divertido que el primero.

Mal ya había entendido las reglas — que las voces iban y venían y que entre medias pasaban cosas y que las cosas que pasaban tenían que ver con el amor y los celos y la gente que no dice lo que piensa. Lo observaba todo con la misma atención que el primero, pero ahora disfrutando.

Se inclinó hacia Inés.

— El hombre no entiende nada — observó.

— No.

— ¿Y ella tampoco?

— Ella entiende demasiado.

A su derecha, Práxedes miraba el escenario con una concentración que llevaba dos actos sin aflojarse ni un momento. Inés lo observó de reojo.

Sabía lo que había visto.

Y estaba sacando sus propias conclusiones.

Inés lo conocía lo suficiente para saber cuáles eran — Mateo siempre, las chicas siempre, Inés no era diferente.

La lógica era perfectamente razonable y completamente equivocada y no había ninguna manera de corregirla sin tener una conversación que Inés no sabía cómo empezar y que Práxedes probablemente tampoco sabía que necesitaban tener.

Y entonces, casi al final, llegó la jota.

El tenor se plantó en el centro del escenario con los brazos abiertos y soltó aquello de “No cantes más la Africana, no cantes más esa canción” con una convicción que llenó el teatro entero.

Mal abrió los ojos.

La canción siguió. El ritmo de jota, pegadizo e imposible de ignorar, rebotó contra las paredes del teatro y se instaló en el aire con la determinación de las melodías que saben que no van a irse.

Mal abrió la boca en todo lo que quedaba de función.

Salieron al calor de la noche de Manila con el zumbido de la música todavía en los oídos y la calle Binondo animada a esa hora de una manera que no se explicaba del todo pero que existía. Los carruajes esperaban en fila y la gente se mezclaba en la escalinata.

Los hermanos Casal se despidieron con efusión — Miguel con un beso en la mano a Ada que ella dejó hacer sin inmutarse, Javier con una torpeza que al menos tenía la virtud de ser auténtica.

Mateo besó la mano de Ada, luego la de Inés, y al hacerlo la miró un segundo con esa expresión suya de antes — reconocimiento, sin rencor — y luego se marchó con sus hermanos calle abajo.

Práxedes buscó el carruaje de Doña Amalia con el programa de mano todavía en la mano. Mal ya estaba trepando al pescante con el cochero para tener una perspectiva mejor de la calle, lo cual el cochero aceptó con resignación.

Ada se adelantó hacia el carruaje.

Inés iba a seguirla cuando Práxedes se detuvo a su lado:

— Buenas noches — algo en el tono de su voz no encajaba.

— Buenas noches, Práxedes — respondió Inés.

Práxedes observó la calle. El carruaje. El programa de mano doblado entre sus dedos.

— Mateo — empezó, y se detuvo.

Inés esperó.

— Mateo es — volvió a detenerse. Era un terreno que no parecía conocer demasiado bien —. Es muy buen amigo. Siempre lo ha sido.

— Lo sé.

— Solo quería — Se mordió el labio —. Pues eso. — Dobló el programa una vez más, innecesariamente —. Que lo sepas.

La farola más cercana le daba la luz de lado, lo suficiente para ver que estaba mirando el carruaje para evitar mirarla.

— Práxedes.

— ¿Sí?

— ¿Qué quieres decirme?

Práxedes estudió el programa de mano como si la respuesta estuviera ahí impresa entre los nombres del elenco.

— Nada — respondió al fin —. Buenas noches, Inés.

Se giró hacia el carruaje.

— Práxedes. — Esperó a que se volviera —. No hay nada con Mateo.

No añadió más. No hacía falta.

Práxedes tardó un momento. Luego asintió una vez, despacio, y subió al carruaje.

Inés se quedó un momento en la acera con el ruido de Manila a su alrededor. No sabía por qué lo había dicho. O sí lo sabía y no estaba lista para pensarlo demasiado.

Desde el pescante, Mal la miraba con los ojos entornados.

— ¿Cara rara tienes? — preguntó.

— Es el calor — respondió Inés, y subió al carruaje.

Dentro, Ada tarareaba “No cantes más la Africana” con esa precisión suya para las melodías que no perdonaba ni una nota. El carruaje arrancó hacia Ermita con su traqueteo habitual.

Tres calles después, Mal se unió.

No tarareó — cantó, con una vocecita aguda que intentaba imitar a la soprano con una seriedad absoluta y un resultado que era objetivamente desastroso y objetivamente perfecto.

Ada levantó una ceja. Ajustó. Los dos encontraron el ritmo de la jota con una facilidad inexplicable.

“No cantes más la Africana, vente conmigo a Aragón...”

Inés los observó y sonrió.

“...y allí la Jota que es gloriaaaaaaa...”

Y se unió.

“...nos cantaremos los dos.”

El carruaje de Doña Amalia cruzó Ermita con tres voces cantando una jota a distintas alturas — Ada llevando la melodía, Inés y Mal destrozándola con entusiasmo.

Mal se tomó el último verso con una convicción especial:

“...lo que aquí es prima donna reina en mi casa saráaaaa” mirando a Ada con una seriedad que no admitía debate, y Ada le sostuvo la mirada sin inmutarse porque era la verdad y los dos lo sabían.

La letra se fue perdiendo cuando el carruaje dobló hacia la mansión.

El cochero no dijo nada porque en el fondo el ritmo era contagioso y él también lo llevaba marcando con el pie desde la tercera calle.