Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 18
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El Teatro Zorrilla tenía esa luz de las noches de gala — gas en las arañas del techo, velas en los palcos, y la suma de todo ello creando la sensación de que el mundo se había acordado de ponerse guapo.

— Mucha gente — comentó Ada a su lado.

— Sí.

— Bien vestida.

— También.

Ada la cogió del brazo y sonrió.

— Nosotras más.

No era vanidad. Era una constatación. Los vestidos de noche los había elegido Doña Amalia con el ojo de quien ha vestido a varias generaciones de señoritas y sabe a la perfección qué funciona — el de Inés en rosa pálido, con el escote más abierto que el de la soirée, dejando al aire los hombros y las clavículas, y el de Ada en amarillo azafrán que hacía que su piel pareciera tallada en madera noble.

Leilani las había sentado a las dos en la habitación de Ada media hora antes con la autoridad de quien no concibe que alguien salga de su casa sin que ella lo haya revisado primero.

A Ada le hizo un trenzado alto con tres pasadas que Inés no consiguió seguir con los ojos — los dedos iban demasiado rápido, como si estuviera tejiendo hoja de palma en vez de pelo.

A Inés le repitió el recogido de la soirée, apretado y bajo, pero esta vez dejó dos mechones sueltos que le caían por el cuello hasta las clavículas.

Ada se miró en el espejo. Luego miró a Inés. Luego a Leilani.

— En Ponapé esto vale un cerdo, tía — le dijo en español, lo cual era un acontecimiento lingüístico de primer orden.

Leilani sonrió satisfecha.

Ninguna de ellas se reconocía del todo en los espejos, lo cual Inés encontraba simultáneamente inquietante y satisfactorio.

Mal llegó por el otro lado de la escalinata con Práxedes y los tres hermanos Casal, y por un momento Inés no pudo hacer otra cosa que admirarlo.

El frac era perfecto. Pequeño, impecable, con el cuello almidonado y los botones abrochados hasta el último. Mal lo llevaba con la seriedad absoluta de quien ha comprendido que esta noche hay un protocolo y piensa cumplirlo al pie de la letra.

— El caballero más elegante de Manila — le piropeó Inés cuando llegaron a su altura.

— Lo sé — respondió Mal sonrojándose.

Práxedes llegó justo detrás con el programa de mano en la mano y una expresión levemente distraída que duró hasta que vio a Inés.

Se detuvo. El programa bajó medio palmo.

La mirada fue del recogido al cuello, del cuello a los hombros desnudos, de los hombros a los mechones que le caían contra las clavículas.

Y se quedó ahí. Como en la soirée de Doña Amalia, pero peor — porque ahora sabía lo que estaba mirando y no tenía la excusa de la sorpresa.

Se puso rojo. No un poco — rojo de verdad, desde las orejas, que era por donde siempre empezaba.

Abrió la boca. Miró el programa como si fuera lo único que podía salvarle la vida.

— El dúo de La Africana — anunció, agarrándose a lo primero que había encontrado—. Excelente elección. La partitura es muy sólida.

— ¿La conoces? — preguntó Inés.

— He oído hablar de ella.

Mateo apareció entonces a su lado — Mateo que la miró con esa sonrisa suya que sabía perfectamente el efecto que producía.

— Señorita Montesclaros. — Y luego, más bajo — . Inés.

— Mateo.

Sus hermanos llegaron con la energía de quien ha estado esperando la ocasión — Miguel, el mediano, casi tan guapo como Mateo pero con menos conciencia de ello, saludó a las dos con alegría. Javier, el menor, saludó brevemente a Inés y se colocó de inmediato al lado de Ada.

Ada lo notó. Inés la vio notarlo. Ada decidió no comentar nada.

Las butacas eran de terciopelo rojo y estaban dispuestas de manera que resultaba imposible no acabar más cerca de tu vecino de lo que la situación estrictamente requería. Inés terminó entre Mal y Práxedes, con Mateo al otro lado de Práxedes y Ada flanqueada por los dos hermanos menores.

Las arañas de gas se atenuaron despacio.

Mal miró hacia el techo fascinado.

— ¿Cómo lo hacen? — murmuró.

— Regulan el gas — respondió Práxedes divertido.

¡La orquesta arrancó.

Y entonces entraron las voces.

Mal se quedó completamente inmóvil. Inés lo miró de reojo.

Tenía las manos quietas sobre las rodillas, la boca entreabierta y una expresión que no le había visto nunca — como si hubiera dejado de estar en el teatro y estuviera en otro sitio.

El tenor llenó la sala. Mal no se movió en todo el primer número.

Práxedes tampoco.

La historia avanzó — un tenor llamado Querubini con problemas conyugales y ambiciones operísticas que superaban con creces su capacidad para gestionar las dos mujeres que lo amaban simultáneamente. El público reía. Las voces se entrelazaban y se separaban y volvían a encontrarse.

Cuando terminó el primer número y el teatro rompió en aplausos, Mal se inclinó hacia Inés.

— Otra vez — casi rogó.

— ¿Qué?

— Que lo canten otra vez.

— No funciona así.

— ¿Por qué no?

— Porque ese número ya ha pasado. Ahora viene el siguiente.

Mal frunció el ceño. Pero duró poco.

— ¿Hay más?

— Hay más.

— ¿Cuántos más? — Varios.

Mal se recostó en la butaca con una sonrisa de oreja a oreja.

A su derecha, Práxedes tenía el libreto abierto y la vista clavada en él con una determinación sospechosa. Cada vez que Inés se movía en la butaca, el libreto subía medio centímetro, como un escudo de papel. Inés se había dado cuenta.

Y no iba a mentirse: le gustaba.

El intermedio llegó con el teatro entero poniéndose de pie y el salón de descanso llenándose en treinta segundos de perfumes, abanicos y el ruido de Manila reunida para verse.

Había champán en bandejas. Mal lo evaluó, lo descartó, y encontró en algún sitio un vaso de horchata cuyo origen era un misterio pero que defendió con determinación frente a cualquier sugerencia de cambiarlo.

Ada aceptó champán, lo olió, lo probó, y asintió una vez como quien aprueba un resultado.

Javier Casal casi tiró al camarero para llegar antes con otra copa.

— Ada — Inés disimuló, pasándole por el lado.

— Lo sé — respondió Ada, sin mirarla pero sonriendo.

— ¿Sí qué?

— Que me mira mucho. — Ada bebió el champán. Reflexionó —. Es inofensivo.

— ¿Seguro?

— Los inofensivos siempre miran mucho. Los peligrosos — Ada levantó ligeramente los ojos hacia algún punto por encima del hombro de Inés — no necesitan mirar.

Inés se giró.

Don Esteban Tantoco estaba al otro lado del salón.

No la miraba. No miraba a Ada. Tenía la vista puesta en el grupo de su hija — Luján del brazo de Miguel Casal con un vestido de noche que era espectacular, y que justificaba sin ningún esfuerzo lo que Ada dijo a continuación:

— Cada vez más exuberante.

Inés se atragantó con el champán.

— Ada.

— Es solo una observación — se defendió Ada, con serenidad.

Don Esteban cruzó el salón saludando a medio mundo por el camino y llegó hasta ellas.

— Señoritas. — La sonrisa. Impecable —. Qué agradable sorpresa.

— Don Esteban — saludó Inés.

— Una velada magnífica, ¿verdad? — señaló a su alrededor —. La compañía Brull es la mejor que ha pasado por Manila en años. — Se giró levemente hacia Ada —. Señorita Mori. Espero que Manila le esté resultando más amable esta vez.

— Agradable — respondió Ada, con una contención que era en sí misma una pequeña obra de arte.

Y entonces Don Esteban miró a Mal.

Solo un momento. El pelo rojo. Los ojos azules. El frac impecable. La última vez que se habían visto, Mal le había eructado en la cara.

Mal le sostuvo la mirada. Don Esteban volvió a Inés.

— Disfruten de la función — y se fue hacia donde estaba Luján con la misma fluidez con la que había llegado.

Mal esperó hasta que estuvo fuera de su alcance.

— No me gusta nada ese señor — sentenció.

— Ya somos dos — respondió Inés.

— Tres — añadió Ada.

Inés no planeó el momento. Fue el salón de descanso el que lo organizó — el salón y la marea de gente moviéndose hacia las puertas cuando la segunda campana anunció que el intermedio terminaba, y Práxedes que se detuvo a hablar con alguien que conocía de algún sitio, y Ada arrastrada por Javier Casal hacia no sabía muy bien dónde, y Mal que había desaparecido en la dirección del servicio con una urgencia que no admitía demora.

Y entonces Mateo estaba a su lado.

Solo ellos dos en un rincón que se vaciaba, con las últimas personas pasando a su alrededor hacia las butacas.

— Tenía ganas de hablar contigo — reconoció Mateo — A solas.

— Ya veo — respondió Inés.

Mateo sonrió. Esa sonrisa. Perfecta, calculada sin parecerlo, casi imposible de ignorar. Casi.

— Parece que el baile de máscaras hubiese sido hace mil años — comentó Mateo.

— Sí.

— Y desde entonces, no hemos hablado. Ni siquiera en la velada en casa de mi abuela.

— No.

— Inés. — Bajó la voz un poquito —. Puedo llamarte Inés, ¿verdad?

— Me llamas siempre Inés.

Mateo se rio. Breve, de verdad — y eso era lo desconcertante de Mateo Casal, que debajo de toda la eficacia encantadora había algo que parecía real. Se acercó un paso. No demasiado. Lo suficiente.

— En el baile — empezó.

— Lo sé.

— ¿Lo sabes?

— Sé lo que vas a decir.

Mateo la observó con curiosidad.

— ¿Y?

Inés lo miró. De verdad — los ojos oscuros, la mandíbula perfecta, la manera en que llenaba el traje sin esfuerzo, como si hubiera nacido dentro de él.

Terriblemente guapo. Objetivamente, indiscutiblemente.

Y completamente silencioso dentro de ella.

No había nada. Ninguna de esas cosas que debería haber — ese desasosiego, esa conciencia física que hacía que el aire cambiara cuando una persona se acercaba.

El baile había sido el ponche y la noche y sus dieciséis años y Mateo que era justamente la clase de persona que uno se besa en un baile de máscaras cuando tiene dieciséis años y ponche y la noche.

Nada más.

Tendría que haberlo sabido antes de comprobarlo.

No se lo había dicho a sí misma con claridad suficiente.

Cerró la pequeña distancia que quedaba entre ellos. Se puso de puntillas. Lo besó, brevemente, con toda la resolución de quien está ejecutando un experimento necesario.

Mateo no reaccionó de inmediato — sorpresa, quizás, o la cautela de quien no quiere malinterpretar.

Inés se separó.