17
El licenciado Ríos Mont había llegado a las diez en punto con su pasante, su maletín de cuero, y la expresión solemne de quien traa noticias de Estado.
El pasante llevaba una carpeta tan gruesa que necesitaba sujetarla con los dos brazos, lo cual no le dejaba manos libres para nada y hacía que cada puerta fuera una pequeña batalla.
Doña Amalia les había cedido el salón pequeño — el de las plantas — y se había retirado para su siesta de la mañana.
— Bien — empezó Ríos Mont, abriendo el maletín ceremonioso—. Vamos por orden.
Su pasante depositó la carpeta sobre la mesa. Tres páginas planearon al suelo inmediatamente. Las recogió, las reordenó, y colocó la carpeta de nuevo. Otras dos páginas se escurrieron por el otro lado.
— Jacinto — reprendió Ríos Mont, sin mirarlo.
— Ya, ya — murmuró el joven.
Lo primero fueron los documentos de tutela — Doña Amalia como tutora legal de Inés y Mal, firmado, sellado, con todos los sellos que podía acumular un documento sin derrumbarse por el peso.
Inés firmó donde le indicaron. Mal, que había sido convocado para la ocasión, firmó con la lengua ligeramente fuera y una concentración que sugería que estaba dejando su huella en la historia.
Llevaba tres tardes practicando la firma en cualquier papel disponible — incluyendo, según Visitación, el cuello de una camisa limpia y el reverso de una factura de la pescadería.
— ¿Puedo irme ya? — preguntó en cuanto levantó el lápiz.
— Sí — dijo Inés.
Desapareció antes de que nadie pudiera añadir nada.
Lo segundo fueron los documentos de la herencia von Lautner — finca en Baviera, casa en Viena, participaciones industriales en siete empresas que Ríos Mont nombró con reverencia. Inés firmó. Jacinto recogió dos páginas del suelo.
Lo tercero fue el banco.
— La señora von Lautner — anunció Ríos Mont, con un tono que ascendía ligeramente, como si estuviera llegando al punto culminante de una obra en tres actos — tiene depositada en su nombre una cantidad considerable en la casa Lombard Odier de Ginebra.
Una de las instituciones financieras más sólidas y discretas de Europa.
Inés asintió como si entendiera algo de aquel galimatías
No entendía nada.
— ¿Es como el Banco Español Filipino? — preguntó.
Ríos Mont parpadeó.
— Es... — Buscó las palabras —. Considerablemente más antiguo. Y más privado.
— ¿Más privado?
— Los bancos privados suizos — dijo Ríos Mont con paciencia — son una categoría en sí mismos, señorita Montesclaros. Lombard Odier no anuncia sus clientes. No comenta sus depósitos. No responde preguntas de terceros. — la miró de reojo —. Ni de gobiernos, en muchos casos.
— Ah — contestó Inés. Eso sí lo entendía.
— Su fortuna está dividida en tres partes — continuó Ríos Mont, desplegando un documento que Jacinto casi dejó caer —. Una parte en Lombard Odier, Ginebra. Otra en participaciones industriales en Viena y Múnich. Y una tercera, disponible de manera más inmediata a través de corresponsales locales.
— ¿Corresponsales?
— Entidades bancarias en distintos países que tienen acuerdos con Lombard Odier. En Manila, por ejemplo, puede usted realizar operaciones a través del Banco Español Filipino — vaciló un instante — aunque con ciertos límites y procedimientos.
— ¿Y si estoy en otro sitio?
— Para eso — aquí el tono de Ríos Mont alcanzó el punto exacto de solemnidad que había estado construyendo desde que entró por la puerta — existe esto.
Jacinto abrió la carpeta. Extrajo un sobre. Solo se le cayó una página.
Dentro del sobre había un documento de tamaño medio, impreso en papel de un grosor que no parecía necesario para ningún propósito práctico, con membrete grabado en relieve y una caligrafía que sugería que la persona que lo había escrito cobraba por cada letra.
— Una carta de crédito — anunció Ríos Mont —. Emitida por Lombard Odier. A su nombre.
Inés la cogió.
La estudió.
Era un rectángulo de papel con números y palabras en tres idiomas — francés, alemán y algo que podría haber sido latín — y un sello rojo en la esquina inferior derecha que parecía tomarse muy en serio a sí mismo.
— ¿Y con esto — preguntó Inés, despacio — puedo sacar dinero en cualquier sitio?
— En cualquier banco corresponsal de Europa y en varios de las Américas y Asia — confirmó Ríos Mont —. Presenta usted la carta, el banco verifica con Ginebra — cuando sea posible hacerlo, dependiendo de la disponibilidad telegráfica — y le entrega los fondos solicitados.
Inés contempló el rectángulo de papel en sus manos.
Un rectángulo de papel. Con el que podía ir a cualquier parte del mundo.
Cuide su fortuna como herramienta , había dicho Doña Amalia en el jardín. No como un fin.
— Guárdela bien — aconsejó Ríos Mont—. Es nominativa, pero en manos equivocadas podría crear complicaciones.
— La guardaré — respondió Inés.
Jacinto recogió las últimas páginas del suelo. Ríos Mont cerró el maletín. Se pusieron de pie con la sincronía de quienes han terminado muchas reuniones juntos y conocen la coreografía.
— Cualquier duda — terminó Ríos Mont — estamos a su disposición.
Inés los acompañó hasta la puerta. Jacinto tropezó con el escalón de la entrada pero se recuperó con una dignidad que era en sí misma un triunfo del espíritu humano.
La puerta se cerró.
Inés se quedó en el vestíbulo con la carta de crédito en la mano, mirándola.
Un rectángulo de papel.
La guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
El timbre sonó tres minutos después.
Inés frunció el ceño. Visitación ya había ido hacia la puerta pero Inés llegó antes — Ríos Mont seguro que había olvidado algo, Jacinto probablemente había dejado caer media carpeta en la calle.
Abrió la puerta.
Don Esteban Tantoco sostenía un ramo de flores tropicales. Iba impecable — traje claro, sombrero en la mano, esa sonrisa suya que era técnicamente una sonrisa pero que Inés ya sabía leer.
— Señorita Montesclaros. Qué sorpresa encontrarla a usted.
No era una sorpresa. Y no necesitó su don para saberlo.
— Don Esteban.
— Venía a saludar a Doña Amalia — explicó él sin dejar su sonrisa —. La velada del otro día fue extraordinaria. Quería agradecérselo personalmente. — Levantó el ramo un centímetro—. ¿Está en casa?
— Está en la hora de su siesta — replicó Inés —. No se la puede interrumpir.
— Por supuesto, por supuesto. — Don Esteban asintió —. No faltaría más. Quizás podría dejarle las flores con un recado.
— Claro — se ofreció Inés —. Se las doy a Visitación.
Don Esteban no entregó las flores.
— Lo cortés — puntualizó— sería que me invitara a tomar algo mientras espero. Un café. Un té. Lo que tengan.
Se quedaron mirándose.
— Cómo no — dijo Inés.
El jardín de la mansión tenía esa calma de media mañana en que Manila recoge el aliento entre el calor de antes y el calor de después.
Visitación trajo café y unos dulces de coco que nadie había pedido y que nadie iba a rechazar.
Recogió el ramo de Don Esteban sin que nadie se lo pidiera, lo puso en un jarrón que había en el aparador, y se retiró con la discreción de siempre.
Las flores quedaron ahí — tropicales, vistosas, completamente fuera de lugar.
Don Esteban miró los árboles, la fuente, los arriates con las buganvillas.
— Una casa extraordinaria — observó —. Doña Amalia tiene un gusto exquisito.
— Sí — contestó Inés.
— Y una generosidad poco común. — Meneó la cabeza con admiración —. Una mujer encomiable.
Inés bebió su café.
Don Esteban dejó pasar un momento y casi suspiró.
— Manila está revuelta estos días. — Cogió su taza —. No sé si se habrá enterado. Aparte del incendio en la Audiencia — que fue lamentable, lamentable — ha habido sabotajes en varias líneas telegráficas. Dos en Intramuros, uno en el camino a Cavite.
— He oído algo — reconoció Inés sin entender muy bien a dónde quería llegar.
— Es una situación delicada. — Don Esteban dejó la taza en el plato —. Tenemos algunos detenidos. Pero — esta vez sí, un suspiro breve, casi resignado — no hay manera de sacarles información útil. Los métodos convencionales tienen sus límites, como comprenderá.
Inés no respondió.
— En estas circunstancias — continuó Don Esteban, con la misma voz tranquila — cualquier ayuda es bienvenida. Cualquier... capacidad especial de obtener información que de otra manera no está disponible. — Le sostuvo la mirada —. Ya me entiende.
— Me temo que no — contestó Inés, con una cortesía perfecta —. Como ya le dije en su momento, no sé de qué me habla.
Don Esteban torció el gesto. No era enfado todavía, pero era el antesala del enfado.
— Señorita Montesclaros — dijo, con una voz un grado más baja —. Usted es una joven inteligente. Extraordinariamente inteligente, de hecho. Sería una lástima desperdiciar esa inteligencia en... malentendidos.
Inés bebió su café.
— Me alegra que lo piense — dijo.
Don Esteban cambiaba de ángulo con la fluidez de quien tiene varios preparados.
— Por cierto — continuó, en un tono distendido —. Qué impresionante estuvo su amiga en la Audiencia. La señorita Mori. Toda Manila habla de ello. Parece que habrá a una resolución favorable.
— Eso esperamos.
— Sí. — Don Esteban miró la buganvilla más cercana —.
Aunque en estas cosas nunca se sabe. La justicia colonial es...
compleja. Un detalle inesperado, un informe que llega en el momento equivocado...
— hubo un breve silencio —. Esos negocios que tenía el padre de la señorita Mori con los alemanes, por ejemplo.
Podrían leerse de maneras muy distintas dependiendo de quién los examine y cuándo.
Inés dejó la taza en el plato.
Clavó sus ojos en él.
— Sería terrible — continuó Don Esteban — que después de tanto esfuerzo, tanto viaje, tanto sacrificio... una acusación de alta traición contra su padre difunto complicara el proceso indefinidamente. Meses. Años, quizás.
El jardín estaba muy quieto.
Inés notó el calor subiéndole por el cuello, hacia las sienes. El enfado, la ira, o lo que fuera — aquel hombre la estaba chantajeando con la mayor tranquilidad del mundo, tomando café en el jardín de Doña Amalia como si estuviera comentando el tiempo. Respiró hondo.
Muy bien.
Si él quería jugar a ese juego, podían jugar a ese juego.
No era su estilo. Nunca lo había hecho — nunca había usado lo que sabía de alguien como un arma. Pero Don Esteban acababa de amenazar a Ada.
— Hablando de la velada — empezó con tranquilidad —me alegré de ver a Luján tan bien. Aunque la noté un poco indispuesta. ¿Se encuentra mejor?
Don Esteban no respondió de inmediato.
— Está perfectamente — replicó sin mirarla.
— Me alegra — continuó Inés —. Es que estaba un poco... — buscó la palabra, con una lentitud que no era accidental — delicada. Como cuando una está en ciertos estados que no conviene forzar. — Levantó los ojos hacia él—. Espero que esté descansando todo lo que necesita.
Don Esteban dejó la taza en el plato. La dejó con la misma precisión de antes, pero algo en el gesto había cambiado — un milímetro de más, un control que costaba un poco más de lo habitual.
— Luján está perfectamente — repitió.
— Estupendo — sonrió Inés.
Don Esteban se puso de pie.
— Ha sido un placer, señorita Montesclaros. — Se puso el sombrero —. Como siempre.
— El placer es mío —Inés se puso de pie también.
Lo acompañó hasta la puerta. Don Esteban enpezó a bajar los escalones y se detuvo en el último, girándose.
— Esto no ha terminado, señorita Montesclaros.
Esta vez no se molestó en disfrazarlo de cortesía.
— Buenos días, don Esteban — replicó Inés.
Cerró la puerta.
Se apoyó contra ella.
Desde el piso de arriba llegaba el sonido de las patas de Bismarck — ese trote corto y decidido de quien ha visto algo interesante. Tenía predilección por las mariposas.
Inés metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. El papel de la carta de crédito. Y debajo, algo que no esperaba encontrar — cálido, pequeño.
La talla del pájaro que le había regalado Ada en Ivo ilo.
Su promesa.
La había llevado encima sin saberlo, como tantas veces. La apretó un momento en el puño.
Por Ada haría lo que fuera.
Y que Don Esteban Tantoco cumpliría su amenaza.
Eso también lo tenía completamente claro