16
La Audiencia Territorial de Manila ocupaba un edificio de piedra en Intramuros que llevaba dos siglos dejándole claro a todo el que entraba que el poder español en Filipinas no pensaba irse a ninguna parte.
Columnas, arcos, techos altos que hacían que las voces resonaran no para que se escucharan mejor sino para que sonaran más pequeñas.
Llegaron con veinte minutos de antelación.
Doña Amalia había insistido en eso — en la antelación, en el vestido, en la postura.
No como una chica de dieciséis años de unas islas que nadie sabe situar en un mapa.
Sino como lo que es. Ada había escuchado, había asentido, y había aparecido esa mañana en el desayuno con un traje de seda en color marfil oscuro y el pelo recogido en un moño bajo que Leilani le había hecho con una precisión que desmentía completamente sus manos enormes.
Doña Amalia la había mirado durante un buen rato.
— Perfecta — había sentenciado satisfecha.
La sala de audiencias tenía capacidad para unas cincuenta personas y estaba casi llena.
Inés no esperaba el público — o sí lo esperaba, porque ya sabían que era pública, pero una cosa era saberlo y otra ver las filas de sillas ocupadas por funcionarios, curiosos, dos periodistas con cuadernos y varias señoras de Manila que habían venido con ganas de espectáculo.
Inés, Mal, Práxedes y Leilani se sentaron juntos en la tercera fila.
Mal miró el techo.
— Hace eco — soltó una risita.
Práxedes, a su izquierda, tenía el cuaderno abierto en el regazo — no con pájaros esta vez sino con anotaciones en letra pequeña y apretada. Estaba repasando algo.
— ¿Qué has encontrado? — quiso saber Inés.
— Jurisprudencia colonial. Precedentes de reconocimiento de autoridad indígena bajo soberanía española. — cerró el cuaderno —. Hay más de lo que parece.
— ¿Es bueno o malo?
— Depende de quién presida.
En ese momento se abrió la puerta lateral y entró el Fiscal.
Era un hombre de unos cincuenta y cinco años — alto, delgado, con el tipo de cara que no revela nada porque lleva décadas entrenada para no revelar nada. Toga negra, cuello blanco, el paso de quien conoce estas salas mejor que su propia casa. Se sentó en el estrado.
— La Audiencia Territorial de Manila — anunció, con una voz que llenaba la sala sin esfuerzo aparente — en sesión pública. Comparecencia de Adalgisa Mori, natural de Ponapé, islas Carolinas, en solicitud de reconocimiento formal de autoridad como Nahnmwarki de dichas islas ante la Corona española.
Se quedó callado un momento.
— Que pase la compareciente.
Ada entró por la puerta del fondo.
Caminaba como Doña Amalia le había dicho — como lo que era. Sin prisa, sin disculparse, con esa postura que hacía que la sala entera pareciera reorganizarse a su alrededor. El traje de seda marfil oscuro, el pelo recogido. A su lado, un paso atrás, Leilani — enorme, tatuada, inmóvil.
Inés oyó cómo la sala contenía su respiración.
El Fiscal la observó con curiosidad.
— Señorita Mori — saludó.
— Nahnmwarki Mori — respondió Ada, con una amabilidad perfecta que no cedía un milímetro.
El Fiscal anotó algo.
— Nahnmwarki Mori — repitió, sin énfasis particular —. Puede sentarse.
Las primeras preguntas fueron lo que Inés esperaba — edad, origen, estado civil, filiación.
Ada respondió a todo con la economía de palabras de quien sabe que cada sílaba cuenta y no va a desperdiciar ninguna.
Dieciséis años. Ponapé, islas Carolinas, territorio bajo soberanía española.
Hija única de Nahnmwarki Mori Soukar, fallecido. Sin estado civil.
— ¿Dieciséis años? — repitió el Fiscal con tono neutro.
— Dieciséis años — confirmó Ada.
— Y solicita usted el reconocimiento formal como máxima autoridad de las islas Carolinas bajo soberanía española.
— Como Nahnmwarki de Ponapé — precisó Ada —. La autoridad es sobre Ponapé y sus islas dependientes. Las Carolinas son un archipiélago extenso con sus propias estructuras de gobierno.
El Fiscal pestañeó.
— Una distinción interesante — dijo, sin que fuera posible saber si lo decía con aprobación o con otra cosa.
— Una distinción necesaria — respondió Ada.
En la tercera fila, Práxedes anotó algo en su cuaderno.
— El problema — continuó el Fiscal, juntando las manos sobre el estrado — es que dieciséis años presenta ciertas... complejidades jurídicas. La Corona española reconoce autoridades locales bajo su soberanía, sí. Pero el reconocimiento formal de una autoridad de gobierno en una menor de edad —
— Isabel Segunda — interrumpió Ada.
El Fiscal se detuvo.
— ¿Perdón?
— Isabel Segunda — repitió Ada, con la misma amabilidad de antes —.
Reina de España. Tenía trece años cuando fue proclamada.
— respiró hondo —. María Teresa de Austria tenía once cuando fue reconocida heredera del Imperio.
Catalina de Aragón firmaba documentos oficiales a los quince...
La minoría de edad, señor Fiscal, no ha sido históricamente un impedimento para el ejercicio de autoridad soberana.
La Corona española lo sabe mejor que nadie.
La sala volvió a contener la respiración.
— Continúe — señaló el Fiscal sin inmutarse.
Alguien en las filas de atrás se removió en la silla. Uno de los periodistas levantó el lápiz.
Y Ada continuó.
Habló durante veinte minutos.
No era un discurso — era algo más afilado.
Habló de Ponapé y de su historia, de la dinastía Saudeleur y de Nan Madol, de la estructura de gobierno ponapeño que llevaba siglos funcionando antes de que ningún europeo pisara aquellas islas.
Habló de su padre y de los acuerdos que había firmado con la Corona española — acuerdos que reconocían implícitamente la autoridad del Nahnmwarki.
Habló de las plantaciones de copra y pimienta, de los impuestos que Ponapé pagaba puntualmente.
El español salía de ella diferente en esa sala — más cuidado, más construido, sin la economía de siempre pero sin perder nunca su cadencia particular.
Leilani, a su lado, no se movía.
El Fiscal escuchaba. Y algo en su manera de escuchar había cambiado desde las primeras preguntas — ya no era la atención protocolaria de quien cumple con su función sino algo más parecido a interés real, a la evaluación de quien está recibiendo más de lo que esperaba.
Cuando Ada terminó, el Fiscal guardó silencio un momento.
Luego, casi imperceptiblemente, asintió.
— Ha sido — empezó, y Inés tuvo la sensación de que iba a decir algo importante.
Se contuvo. El cargo no le permitía más. Pero lo que había en su cara un segundo antes de que volviera a ser Fiscal era suficientemente claro para quien supiera leerlo.
— La Audiencia Territorial da por concluida la sesión de hoy. Se comunicará la resolución en el plazo reglamentario.
Golpe de mazo.
En la tercera fila, Práxedes soltó el aire muy despacio. Mal se giró hacia Inés sin haber entendido del todo el protocolo pero sí las caras de la gente. Leilani no se movió — nunca se movía — pero algo en la manera en que tenía los hombros era diferente.
El pasillo se llenó en cuestión de minutos. Ada salió la última, con Leilani, y Inés la buscó con la mirada antes de que llegara a la escalera — la espalda todavía recta, el moño bajo intacto.
Mal apareció a su lado.
— ¿Hemos ganado?
— Todavía no —Ada intentó sonreirle.
— Pero casi.
— Pero casi.
Mal lo consideró durante un momento.
— La cara que ha puesto al final — señaló — era de casi.
Práxedes, que había llegado por el otro lado, sonreía.
— Ha sido Ada — resumió, sin más.
Y no había nada que añadir a eso.
Fue entonces cuando Inés la vio.
Al fondo del pasillo, junto a la puerta que daba a la calle, una mujer de unos cuarenta años con sombrero de paja y guantes blancos miraba a su alrededor. Se giraba, miraba hacia un lado, miraba hacia el otro, con el ceño levemente fruncido.
Inés tardó un momento.
Luego lo recordó todo de golpe — el sombrero violeta, el abanico, esos chinos , Ninay corriendo a buscar al capitán.
Y también reparó en otro detalle.
El apellido del Fiscal, en un cartelito en la entrada de la sala.
Eusebio Monturiol.
Cruzó el pasillo.
— Señora Monturiol.
La mujer contempló a Inés de arriba abajo — el pelo, el vestido, la manera de estar — con la cara de quien intenta recordar.
— Perdone, ¿nos conocemos?
— En el tren — apuntó Inés —. Hace meses.
Los ojos de Elisenda Monturiol se abrieron.
— La chica del tren. — Otra mirada, más lenta —. Dios mío. Está usted tan diferente. Ese pelo... tan llamativo. — No era un cumplido. No del todo —. ¿Qué hace usted aquí? Aquel día me quedé tan inquieta cuando...
— Estoy perfectamente. — Inés sonrió —. Tuve mucha suerte. Como siempre, gracias a usted.
Elisenda Monturiol se esponjó levemente, con esa manera suya de recibir la gratitud como si fuera algo que le correspondía por derecho.
— Bueno, yo solo hice lo que cualquier persona de bien habría hecho. Esos hombres eran un peligro para todos los que viajábamos en ese tren. — Bajó la voz con satisfacción —. Mi marido dice que fue providencial que yo estuviera allí.
— Su marido — repitió Inés, con el tono exacto de quien acaba de atar todos los cabos —. ¿Es el Fiscal que preside hoy la audiencia?
— El mismo. Eusebio lleva cinco años aquí. — dio un suspiro, orgullosa —. Ha visto de todo.
Inés abrió la boca para decir algo.
Pero Elisenda ya no la miraba.
— Ay, disculpe, querida. Es que venía acompañada de una señora y la he perdido en todo este gentío.
Una pobre viuda. — Meneó la cabeza con esa manera suya de convertir cualquier cosa en drama doméstico—.
Me ha pedido que la acompañara a recoger una partida de defunción, la pobrecilla.
Tan afligida, con ese luto tan riguroso...
¿Cómo era su nombre?... Era muy francés— Chasqueó los dedos —¡Lo tengo! La viuda Coeurbuisson.
En ese momento, desde algún lugar del interior del edificio, se oyó un grito.
— ¡Fuego!
El olor llegó antes que el humo — papel quemado, madera. Luego el humo mismo, una voluta gris que se coló por el pasillo desde el ala norte como si buscara la salida.
La gente tardó apenas tres segundos en decidir que también la buscaba.
Lo que siguió no fue precisamente pánico — era Manila, la gente de Manila había visto de todo — pero sí fue ese movimiento brusco y sin coordinación de cincuenta personas que quieren estar en la calle al mismo tiempo.
Alguien tiró un montón de expedientes. Los papeles volaron.
Uno de los periodistas corría con el cuaderno en alto como si eso lo protegiera de algo.
Las señoras de Manila habían pasado de la emoción de la audiencia a la emoción del incendio con una fluidez digna de sadmiración.
Práxedes apareció a su lado.
— Conozco el edificio. Por aquí.
Se llevó a Mal e Inés hacia una salida lateral por un pasillo secundario, lejos del embudo principal donde la gente se apretujaba contra la puerta grande. En el cruce con el pasillo central encontraron a Ada y Leilani, que ya habían salido por la puerta del fondo. Mal iba mirando atrás.
— No mires atrás — rogó Inés.
— Pero hay llamas de verdad.
— Ya lo veremos desde fuera.
Salieron a la calle por una puerta que daba a un callejón lateral. El aire de Manila les recibió bochornoso y oliendo a humo. En la fachada norte de la Audiencia, una ventana del segundo piso escupía una columna densa y oscura que el viento empujaba hacia los tejados de Intramuros.
Práxedes miró hacia arriba. Entornó los ojos.
— ¿Qué? — preguntó Mal.
— Es el ala de los expedientes penales.
— ¿Es grave? — preguntó Ada.
— Para el edificio, probablemente no. — Práxedes se ajustó las gafas —. Para algunos expedientes... Alguien va a despertarse mañana con una vida nueva.
Mal frunció el ceño.
— ¿Eso es bueno o malo?
— Depende de lo que hubiera en el expediente.
Doña Elisenda Monturiol había salido detrás de ellos y ya se estaba lamentando en voz alta — el susto, el peligro, el estado de las instituciones, que si esto hubiera pasado en Madrid — con esa capacidad suya para llenar cualquier silencio con el volumen exacto de indignación que la situación requería y un poco más.
— Además — añadió, mirando a Inés—, siempre que nos vemos usted y yo acaba pasando algo. En el tren aquello, y ahora esto. — Suspiró con fuerza —. Y encima he perdido a mi acompañante en todo el revuelo. La pobre viuda esa, que ya bastante tiene con lo suyo, y ahora con el susto...
El gentío que seguía saliendo del edificio.
— ¡Ah! Ahí está. — Levantó una mano —. ¡Querida!
Inés siguió su mirada.
Al fondo de la calle, separándose del grupo que salía de la entrada principal — una figura de negro. Sombrero con velo que dejaba ver solo un poco la barbilla y los labios. Caminaba deprisa.
Elisenda agitó el brazo.
La figura no se giró.
Dobló la esquina.
Se fue.
Coeurbuisson.
Coeur. Corazón. Buisson. Matorral. Para algo le habían servido las interminables clases de francés de la hermana Claudia.
Corazón de matorral.
En alemán...
Hartzenbusch.
No necesitó nada más.