Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 15
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La capa era de Doña Amalia.

O mejor dicho: era una capa que había en el armario de la entrada que nadie usaba, que Inés le había pedido a Visitación — la doncella, menuda y discreta, con la discreción profesional de quien lleva veinte años en casas donde pasan cosas — con la peregrina explicación de que hacía fresco por las noches en el jardín.

Visitación la había sacado sin hacer preguntas, la había sacudido, y la había dejado doblada en la silla del cuarto de Inés.

Oscura, larga, con capucha generosa.

Perfecta.

El pelo se lo recogió ella misma — no con la precisión de Leilani, pero suficiente. Lo enrolló apretado contra la nuca, se puso la capucha encima, y se miró en el espejo de la habitación. No se reconoció.

Bien.

Lo último fueron las uñas. Sacó el frasco del cajón — el que había comprado en el bazar de Binondo con Cándido, el que había costado una estantería volcada y un puñado de pimienta en la cara de un hombre — y lo abrió con cuidado.

El color púrpura con su brillo particular.

Se lo aplicó despacio, con más cuidado del que esperaba tener, y cuando terminó se quedó mirando sus propias manos como si fueran las de otra persona.

Bismarck la observó desde la cama.

— No digas nada — se llevó un dedo a los labios.

Bismarck pestañeó una vez y volvió a cerrar los ojos.

Cándido estaba en la esquina a las diez en punto.

La noche de Manila en julio era tibia y densa, con ese olor que la ciudad soltaba cuando bajaba la guardia — jazmín, agua estancada, humo de cocina desde algún sitio.

Inés subió sin hacer ruido. Cándido no abrió la boca hasta que el carromata arrancó y la mansión de los Astolfi quedó atrás.

— Calle Dulumbayan. La dejo a media manzana.

— Bien.

Condujo un momento. Luego:

— Las Mga Babae . — Lo pronunció sin dramatismo —. Las Mujeres. — dejó que el nombre calara —. Son mucho más que eso, señorita. Más peligrosas de lo que parecen.

Inés no respondió enseguida. Las calles de la Escolta iban quedando atrás.

— ¿Cuánto más?

Cándido consideró la pregunta.

— Como cualquier hombre.

Inés no respondió. No hacía falta.

El carromata paró a media manzana de una casa con portón de madera oscura y un jardín que no se veía desde la calle pero se intuía — había luz filtrada entre las maderas, muy tenue, del tipo que se pone cuando no se quiere que se vea desde fuera pero tampoco se puede estar completamente a oscuras.

— Estaré aquí cuando salga. Tiempo que sea.

Inés bajó. Se detuvo un momento.

— Cándido.

— ¿Sí?

— Gracias.

Cándido se tocó el sombrero torcido y arreó al caballo hacia la sombra más cercana.

El portón tenía una mirilla.

Inés llamó dos veces — como había visto hacer a la mujer que había llegado justo antes que ella, una figura encapuchada que no había mirado atrás. La mirilla se abrió. Unos ojos oscuros la evaluaron en silencio.

Inés extendió la mano.

Las uñas púrpuras con su brillo particular, visibles bajo la luz tenue del farolillo de la calle.

La mirilla se cerró. El portón se abrió.

El jardín era pequeño y estaba lleno de sombras — árboles que bloqueaban la luz de las casas vecinas, una fuente seca en el centro que no funcionaba desde hacía tiempo.

Las mujeres estaban de pie en semicírculo, todas encapuchadas, todas con las manos visibles — púrpura con brillo, veinte pares de manos iguales en la oscuridad.

Inés se colocó en el exterior del semicírculo.

Nadie miraba las caras. Solo las manos.

Una mujer en el centro — alta, postura de quien está acostumbrada a que la escuchen — empezó a hablar en español con alguna palabra en tagalo entretejida, sin alzar la voz.

— Empezamos con los informes. Binondo primero.

Una voz desde el lado derecho del semicírculo — baja, segura, con esa cadencia que Inés reconoció antes de terminar de escucharla.

Pilar.

— La imprenta de Tondo sigue activa. Dos nuevas operarias desde el mes pasado. Las que mencioné. Trabajan bien y no hacen preguntas.

Honoria y Prudencia, pensó Inés. Sin poder evitarlo.

— ¿Siguen sin saber? — preguntó la mujer del centro.

— Siguen sin saber — confirmó Pilar —. Pero la mayor... — pareció dudar — va a misa todos los días. Con el mismo padre.

— Lo tenemos en cuenta.

Siguieron los informes. Una voz habló de una casa en Intramuros donde trabajaba como lavandera — había visto documentos en el escritorio del oficial, había memorizado lo que pudo.

Otra habló de un cargamento que había pasado por el puerto la semana anterior, más de lo declarado.

Una tercera mencionó un nombre — un nombre que Inés no conocía pero que hizo que varias cabezas se movieran levemente.

Inés escuchaba. No usaba el don. No lo necesitaba — las palabras eran suficientemente claras.

— Bienvenida.

La mujer del centro se giró levemente hacia una figura en el extremo del semicírculo — alta, inmóvil.

— Llevamos tiempo contando con usted. Su trabajo lo conocemos. Lo que le hicieron tampoco se olvida ni se perdona. Pero para ser una de las nuestras sin condición... tendrá que demostrarlo de otra manera. En los próximos días recibirá un encargo. Una prueba. No será fácil.

La figura alta no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, fue con tres palabras — breves, precisas, sin adorno ninguno.

— Esperaré con impaciencia.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

La voz. Algo en ella, una manera de colocar las palabras que conocía — o creía conocer, porque la capucha distorsionaba, porque el jardín oscuro distorsionaba, porque quizás era solo que llevaba demasiado tiempo despierta y con demasiadas cosas en la cabeza.

No estaba segura.

No podía estar segura.

Hubo murmullos en el semicírculo — de aprobación, de bienvenida. La figura alta inclinó levemente la cabeza y no volvió a hablar.

La segunda parte de la reunión fue diferente.

Menos informes. Más silencio entre las frases. La mujer del centro habló despacio — el Katipunán estaba listo, los tiempos cambiaban, las Mga Babae habían hecho su trabajo en las sombras durante demasiado tiempo. Era el momento de algo más.

— Hay dos opciones sobre la mesa — anunció —. Las dos necesitan decisión esta noche... La primera: el polvorín de San Juan del Monte. Está menos vigilado de lo que creen. Tenemos a alguien dentro.

El jardín entero se quedó quieto.

— La segunda es más... quirúrgica. Hay un hombre que sabe demasiado. Un delator que lleva meses vendiendo nombres a la Guardia Civil. Si sigue, no llegaremos a agosto.

Nadie habló durante un momento.

Luego Pilar, desde su sitio en el semicírculo:

— ¿Las dos?

— Una por ahora. Votamos.

Lo que siguió fue breve y silencioso — manos levantadas en la oscuridad, púrpura con brillo, contadas sin nombre. Inés no levantó la mano. Nadie pareció notarlo.

No supo cuál de las dos había ganado.

No quería saberlo.

Salió antes de que terminara — con cuidado, pegada a la sombra del muro, mientras las voces seguían en voz baja a su espalda. El portón se abrió sin ruido. La calle Dulumbayan estaba vacía.

Cándido estaba donde había dicho.

Inés subió al carromata sin hablar. El caballo arrancó. Las calles de vuelta a Ermita pasaron despacio con su silencio de medianoche.

— ¿Está bien? — Cándido sin girarse.

Inés miró sus manos en el regazo. Las uñas púrpuras con su brillo particular, visibles incluso en la oscuridad del carromata.

— Sí... — acababa de tener una idea — Cándido.

— ¿Sí, ulo ng apoy?

— A la Calle Cabildo. Antes de volver.

Cándido no preguntó por qué. Torció hacia el norte.

La pensión de la calle Cabildo tenía la fachada descascarillada y una farola delante que daba más sombra que luz.

Esperaron.

Manila a medianoche tenía ese silencio de ciudad que no duerme del todo — un perro lejos, el tranvía nocturno en alguna calle paralela, el ruido del mar que a veces llegaba cuando el viento soplaba desde la bahía.

Inés no sabía muy bien qué esperaba ver. O sí lo sabía y prefería que la realidad lo confirmara o lo desmintiera sin que ella tuviera que decidir nada todavía.

Tardó poco.

Una figura encapuchada dobló la esquina de la calle Cabildo caminando deprisa — con esa manera de moverse de quien conoce cada adoquín del camino. Se detuvo un momento frente a la pensión. Miró a ambos lados.

Entró.

Inés no necesitó verle la cara.

No necesitó la voz ni la máscara ni ninguna otra confirmación.

Ya lo sabía.

Y con el reconocimiento llegó, sin buscarlo, la imagen de aquellos martes en el Lasalle — la figura con la capa oscura desapareciendo por la puerta lateral del jardín trasero, ese paso que no era el paso de alguien que va a gestionar papeles.

María en las cocinas cuchicheando entre verduras, la mirada baja, Tiya Rosa con el trapo.

Ahora lo entendía.

La señorita Hartzenbusch.