14
El estudio del señor Lacroix estaba en la calle Escolta, entre una perfumería francesa y una sastrería, con un escaparate donde se exhibían retratos enmarcados de familias de Manila con la expresión solemne de quien sabe que está haciendo historia.
El señor Lacroix no se llamaba Lacroix.
Inés lo supo en cuanto abrió la puerta — un hombre filipino de unos cincuenta años, bajito y redondo, con bigote de puntas enceradas y una levita negra demasiado larga para el calor de Manila, que se presentó con una reverencia y un acento que no había pisado París en su vida pero que había decidido que París era todo lo que necesitaba para su negocio.
— Bonjour, bonjour — se frotó las manos —. Bienvenidos al atelier Lacroix. El mejor estudio fotográfico de Manila... Y de toda Filipinas, en realidad.
Mal lo miró.
— ¿Se llama usted Lacroix?
El señor Lacroix carraspeó.
— Es mi nombre artístico — respondió, con dignidad.
— ¿Y el otro?
— Mal — Inés le lanzó una mirada que él conocía perfectamente.
— Solo pregunto.
El estudio en sí era un mundo aparte — telas de fondo en distintos colores, una silla de respaldo alto que el señor Lacroix llamaba le trône con un énfasis que no admitía traducción, varios telones pintados con paisajes que podían ser París o podían ser cualquier otra ciudad europea según la imaginación del cliente.
Una cámara enorme sobre un trípode ocupaba el centro de la sala con la autoridad de un objeto que sabe perfectamente lo importante que es.
— La técnica — anunció el señor Lacroix, con el tono de quien va a revelar los secretos del universo — es la placa de gelatina.
La más moderna. La más precisa. — Se tocó el bigote —.
Pero requiere disciplina. Rigor. Y sobre todo — observó a Mal con el ojo de quien ha fotografiado a suficientes niños como para saber lo que se le viene encima — quietud absoluta.
— ¿Cuánto tiempo? — preguntó Mal.
— Depende. — El señor Lacroix hizo un gesto vago —. Unos segundos. Quizás más. El arte no se puede apresurar.
— ¿Cuántos segundos?
— Los que hagan falta.
Mal puso una expression desafiante.
— Puedo estarme quieto — aseguró —. He estado quieto en sitios mucho peores que este.
El señor Lacroix no supo muy bien qué responder a a esa frase y a esa cara.
La sesión de Inés fue primero.
El señor Lacroix la instaló en le trône con ceremonia — un poco a la derecha, la barbilla arriba, las manos en el regazo. El pelo lo detuvo en seco.
— El pelo... — empezó.
— ¿Qué le pasa?
— Es muy... — buscó la palabra —. Expressif .
— Sí.
— Quizás lo recogemos un poco.
— No — zanjó Inés, con amabilidad pero sin dejar ningún espacio para negociar.
El señor Lacroix estudió la situación. Luego dejó salir un suspiro que dejaba constancia de su sacrificio artístico.
— Muy bien. El pelo suelto. — Se colocó detrás de la cámara —. Ahora, señorita — alzó un dedo —, lo más importante: no sonría.
Inés lo miró.
— ¿Por qué?
— Porque los retratos serios son más elegantes. Más distingués . — se peinó el bigote —. Y porque es muy difícil mantener una sonrisa inmóvil el tiempo suficiente sin que quede rara.
Mal, desde su silla en el rincón, levantó la mano.
— ¿Puedo sonreír yo?
— No.
— ¿Por qué no?
— Porque nadie sonríe en los retratos.
Mal refunfuñó.
El retrato de Inés salió — según el señor Lacroix — magnifique . El de Mal fue una negociación.
El problema no era la quietud — Mal cumplió su promesa con una inmovilidad que desconcertó al señor Lacroix, que estaba claramente preparado para lo peor.
El problema fue la expresión. Mal tenía una cara de seriedad tan absoluta, tan desprovista de cualquier cosa que pudiera llamarse emoción, que el señor Lacroix salió de detrás de la cámara tres veces a pedirle que se relajara un poco.
— No estoy tenso — explicó Mal, con paciencia de adulto—. Esta es mi cara normal.
— Quizás debería pensar en algo agradable — sugirió el señor Lacroix.
— Estoy pensando en los pingüinos.
— ¿Perdón?
— Los pingüinos. Que no pueden volar pero nadan muy bien. Me parece interesante.
El señor Lacroix se giró hacia Inés con una expresión que pedía ayuda. Inés levantó levemente las manos — no hay nada que hacer, esa es su cara.
El retrato final de Mal era un niño de doce años con traje de domingo y una expresión de filósofo meditando sobre el sentido de la vida, con el pelo rojo peinado hacia atrás en un esfuerzo que la pomada no había ganado del todo y los ojos azules mirando directamente a la cámara sin parpadear.
— C'est... intéressant — comentó el señor Lacroix sorprendido, mirando la placa.
— ¿Está bien o no? — preguntó Mal.
— Está... muy bien.
— Entonces por qué pone esa cara.
El señor Lacroix decidió que era el momento de hablar del precio.
Salieron a la calle Escolta con las placas envueltas en papel de seda bajo el brazo — para enviar a Viena en el próximo correo, junto con una carta que Inés llevaba días componiendo en su cabeza y todavía no había empezado a escribir.
El sol de Manila a media mañana era ya considerable. Inés se puso el sombrero — el nuevo, porque el anterior había quedado en su persecución en Binondo — y los dos echaron a andar por la Escolta sin prisa.
Fue Mal quien lo vio primero.
— Inés.
Lo dijo en voz baja. No asustado, sino alerta. La diferencia entre las dos era importante y Mal la conocía bien. Inés siguió su mirada.
Al final de la calle, junto a la esquina con la calle Nueva, tres guardias civiles habían rodeado a dos hombres jóvenes — filipinos, con ropa de trabajo, uno de ellos con un fajo de papeles que intentaba esconder sin conseguirlo.
La escena tenía esa tensión de cuando algo está a punto de volverse peor y todo el mundo alrededor lo sabe y mira hacia otro lado.
Uno de los guardias agarró el fajo de papeles.
El otro hombre intentó correr. No llegó lejos.
En treinta segundos los dos estaban esposados contra la pared con los papeles desperdigados por el suelo — hojas impresas con texto en tagalo que el viento fue llevándose una a una hacia la calzada.
Inés no necesitó leerlas para saber lo que eran. Propaganda del Katipunán. Kalayaan — Libertad .
La gente seguía caminando. Nadie se detuvo. El tranvía pasó con su ruido habitual como si nada hubiera ocurrido en la acera.
— ¿Qué son esos papeles? — preguntó Mal.
— Nada bueno para ellos — respondió Inés con tristeza.
Mal se quedó mirando a los dos hombres esposados — la manera en que uno de ellos mantenía la cabeza alta y el otro miraba el suelo, los papeles dispersos, el guardia civil que los recogía con el cuidado de quien sabe que son importantes.
— Vamos — dijo Inés, con suavidad.
Cándido estaba en la esquina siguiente.
No era una sorpresa ya — Cándido aparecía donde hacía falta con la inevitabilidad de una marea.
Estaba recostado en el pescante con el sombrero torcido, el caballo comiendo como siempre algo del suelo, y cuando vio salir a Inés de la Escolta con un paquete de papel de seda y un niño de pelo rojo al lado, se incorporó con interés.
— Ulo ng apoy.
— Cándido.
Echó un vistazo a Mal.
— ¿Es su hermano? — sonrió —. Ulo ng apoy grande y ulo ng apoy pequeño.
Mal lo observó con curiosidad.
— ¿Ulo ng apoy?
— Cabeza de fuego — explicó Cándido —. Los dos.
— Me gusta — respondió Mal leyendo el cartel que llevaba—. ¿Usted es el mejor carromata de Manila?
— El único que importa — respondió Cándido, con modestia profesional. Miró hacia la esquina donde los guardias civiles todavía estaban con los dos detenidos —. Mala mañana para andar por aquí. — Le hizo un gesto a Inés —. ¿Les llevo de vuelta?
Subieron. Esta vez Cándido no dio su grito de guerra al caballo. Arrancaron hacia Ermita despacio, sin traqueteo, como quien no quiere llamar la atención de nadie.
Cándido esperó a que el ruido de la calle Escolta quedara atrás y luego se giró ligeramente hacia Inés como quien no quiere.
— Señorita. ¿Recuerda que me preguntó por un esmalte de uñas? ¿Púrpura, muy especial, difícil de encontrar?
Inés lo miró.
— Lo recuerdo.
— Me han dicho — Cándido eligió las palabras con cuidado, sin apartar los ojos del camino — que esta noche hay una reunión. Muy selecta. Damas de Manila que se juntan a hablar de belleza. — bajó el tono —. En la calle Dulumbayan. Casa con jardín, portón de madera oscura.
Mal iba asomado por el otro lado del carromata, siguiendo con la mirada a un gato que caminaba por el borde de un muro con el equilibrio de un funambulista.
— ¿A qué hora? — preguntó Inés, de repente nerviosa.
— Las diez de la noche.
El carromata dobló hacia Ermita. La mansión de los Astolfi apareció al fondo de la calle con su fachada blanca y su escudo en la portezuela.
Cándido paró. Mal saltó del carromata con agilidad y se quedó en la acera mirando el escudo con la cara de quien no termina de creerse que vive en un sitio así.
Cándido se inclinó levemente hacia Inés antes de que bajara.
— Estaré aquí a las diez — indicó —. Capa larga hasta el suelo. Con capucha. — señaló sus manos —. Y las uñas.
Inés asintió. Bajó del carromata.
Esta vez Cándido sí que soltó el grito al caballo y desapareció calle abajo.
Mal la estaba observando.
— ¿De qué le conoces? — preguntó.
Inés buscó una respuesta creíble.
— De cuando iba a la Academia Lasalle — se inventó —. Me llevaba a veces.
Mal la miró un momento más de la cuenta.
— Pues no entiendo la cara rara — soltó por fin.
— ¿La de Cándido?
— No. — Sin parpadear —. La tuya.
Inés abrió la puerta de la mansión.
— Es el calor.