Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 13
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Los últimos invitados se habían ido hacía un rato.

El jardín tenía esa calma de después — las mesas todavía con los manteles, alguna copa olvidada, los farolillos de papel apagándose uno a uno mientras el servicio recogía sin prisa. El aire olía a gardenias y a cera.

Inés cruzaba el vestíbulo hacia las escaleras cuando vio la figura de Doña Amalia junto a las puertas del jardín.

Estaba sola. Quieta, en su silla, mirando los últimos farolillos encendidos con una expresión ausente.

Notó a Inés sin girarse.

— Inés, querida.

Inés salió al jardín y se sentó en la silla más cercana. La noche era tibia — en Manila siempre era tibia — con esa brisa leve que llegaba a veces del mar y que hacía que todo pareciera ligeramente más llevadero.

— Ha sido una velada maravillosa — felicitó Inés.

— Ha sido casi perfecta — respondió Doña Amalia —. Casi.

Los últimos tres o cuatro farolillos que seguían encendidos movían su luz despacio, como respirando.

— Hay noches — comenzó, sin apartar la vista — en que uno sabe que algo termina. No me refiero a esas pamplinas que dicen los caballeros después del brandy. Algo más cercano. Más propio... Esta ha sido una de esas noches.

Inés no respondió. Había aprendido que Doña Amalia no necesitaba que respondieran — necesitaba que escucharan, que era distinto.

— He visto que mi nieto y usted ya se conocían — indicó Doña Amalia con naturalidad.

— Nos conocimos hace unos meses. En el comedor de San Lázaro.

— Ya. — Doña Amalia no preguntó más —. Los Casal son apuestos.

Los tres. Su madre lo era también. — dio un largo suspiro —.

Pero nunca dan el corazón, Inés. Lo decía mi pobre Teresa.

Decía que era algo que venía de familia, como el color de ojos.

— La miró de reojo —. Se lo digo sin ánimo de entrometida. Solo como observación.

Inés no se atrevió a devolverle la mirada. Lo sabe. No solo que Mateo la buscaba con los ojos cada vez que creía que nadie miraba — eso lo veía cualquiera. Sabía lo demás. Las escaleras. La manera en que la había mirado. Que llevaba meses desaparecida y se le notaba.

— Lo tendré en cuenta — respondió.

— Bien. — Doña Amalia volvió a los farolillos —.

Y no tenga prisa por nada de eso, además.

Tiene una fortuna, tiene salud, tiene toda la vida por delante.

Viva antes de atarse a nada. — sonrió —.

A mí me casaron con quince años. Con el Marqués de Astolfi.

Que era un hombre correcto y absolutamente insoportable.

Inés la miró.

— Enviudé con veinte — continuó Doña Amalia, con una serenidad que no era frialdad sino algo que había tenido décadas para asentarse —.

Y aunque suene terrible, fue un alivio. Ahí sí que pude hacer lo que quise.

He visto guerras. He visto reyes caer y reinas exiliarse.

He conocido medio mundo. He tomado mis propias decisiones durante más de sesenta años.

Y esa sensación, Inés — ser dueña de lo que uno hace — es muy placentera. No se la cambio por nada.

El jardín estaba casi a oscuras ya. Solo quedaba un farolillo encendido, moviéndose despacio con la brisa.

— Las mujeres de su generación — Inés habló despacio — ¿podían hacer eso? ¿Tomar sus propias decisiones?

— Las que tenían dinero, sí. — Doña Amalia lo dijo sin suavizarlo —. Las que tenían apellido, a veces. Las demás... las demás se las arreglaban como podían. Que no es poco. — La observó —. Por eso le digo que cuide su fortuna. No como un fin. Como una herramienta.

Inés pensó en Mathilde von Lautner. Noventa años, convaleciente en Viena, buscando a los hijos de un hombre que había hecho cosas horribles. Pensó en la finca en Baviera sin habitar veinte años. En la casa de Viena. En lo que significaba heredar algo que venía de donde venía.

— Don Esteban —Doña Amalia cambió de tono sin previo aviso —. He notado también que la conoce.

— Nos hemos cruzado.

— Me lo imagino. — Doña Amalia juntó las manos en el regazo —.

Es un hombre complicado. Con poder y con paciencia, que es la combinación más peligrosa.

— sus ojos grises brillaban —. No juegue con fuego con él, Inés.

No porque no pueda — creo que puede más de lo que cree — sino porque hay batallas que conviene librar en el momento y el terreno adecuados. Y ese momento no es ahora.

— ¿Y cuándo será?

Doña Amalia casi sonrió.

— Cuando usted lo decida — respondió —. No cuando él la provoque.

El último farolillo se apagó.

El jardín quedó en la oscuridad suave de una noche de Manila, con las estrellas arriba y el olor a gardenias que no se había ido del todo.

— Buenas noches, Inés — dijo Doña Amalia.

— Buenas noches.

Inés cruzó el jardín hacia la mansión. En el umbral se giró un momento. Doña Amalia seguía quieta, de espaldas, mirando el jardín oscuro con esa expresión de nostalgia.

Subió las escaleras sin hacer ruido.

Mal dormía al otro lado de la pared contigua — lo sabía por la ausencia de ruido, que con Mal era la única señal fiable. Bismarck, que había decidido instalarse en su cama en lugar de la de Mal por razones que solo él conocía, abrió un ojo cuando entró y lo volvió a cerrar.

Inés encendió la lamparilla de la mesilla. Se llevó las manos a la nuca y soltó las horquillas. El pelo cayó de golpe — pesado, caliente de llevar horas recogido, con la forma del moño todavía marcada en las ondas. Se lo sacudió con los dedos.

Sacó el diario.

Escribió durante un rato — con esa letra suya pequeña y apretada, puntillosa, que no dejaba huecos porque los huecos eran donde se colaban las cosas que no quería olvidar.

La velada. Doña Amalia y los farolillos.

Mateo en las escaleras. Don Esteban agachándose hacia Mal con esa voz.

El eructo de Mal. Clara ruborizándose. Luis con una expresión que no se había molestado en descifrar.

Luján.

Se detuvo un momento en Luján. Escribió poco — solo que la había visto, que le había dado pena, que le había deseado lo mejor y lo decía en serio. Que Manila era pequeña y que algunas cosas se notan antes de que nadie las diga.

Cerró el diario.

Se quedó un momento con las manos encima de la cubierta.

Pensó en Turismunda Barbieri con su vestido rosa y sus rizos escapándose.

En el hueco limpio donde debería haber un recuerdo.

En cuántos más habría así — huecos que no sabía que tenía porque los recuerdos perdidos no duelen hasta que alguien los nombra.

Prometió no usar el don.

Lo seguía prometiendo.

Apartó el diario y cogió la novela. Frankenstein .

Práxedes la había mandado en un paquete con los otros dos libros — para Mal, para Ada — sin más explicación que una nota escueta: Para ti: Frankenstein. No te lo explico. Solo te digo que lo leas. Lo había dejado con la cubierta hacia abajo y así había estado varios días, esperando.

Abrió por la primera página.

La lamparilla parpadeó una vez. Bismarck se acomodó contra sus pies y ronroneó.

Leyó.

No supo en qué momento la historia dejó de ser la de Victor Frankenstein y empezó a ser la suya — o si siempre había sido las dos a la vez.

La criatura hecha de piezas ajenas, buscando un lugar en el mundo que no había pedido.

El creador que huía de lo que había hecho.

El nombre inventado, el origen oscuro, el don que era también una carga.

Solo te digo que lo leas.

La lamparilla se fue apagando despacio mientras las páginas pasaban, y en algún punto entre una página y la siguiente Inés se quedó dormida con el libro abierto en el pecho — mezclando en sueños los farolillos del jardín con el fuego del laboratorio de Frankenstein, la voz de Doña Amalia con la voz de la criatura, el pelo rojo de Mal con el hilo rojo que recorre todas las cosas y las une aunque uno no sepa todavía cómo.

Bismarck no se movió en toda la noche.