Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 12
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Los murmullos empezaron antes de que los Tantoco llegaran al centro del jardín.

Murmullos de Manila — de perfil, sin girar la cabeza, el tipo de comentario que se hace mirando hacia otro lado.

Inés lo notó en la manera en que dos señoras de la tercera mesa dejaron de hablar al mismo tiempo.

En cómo el coronel retirado, a mitad de una frase sobre O'Donnell, siguió con los ojos a Don Esteban sin mover la cabeza.

Era la primera vez que Luján Tantoco aparecía en sociedad desde el escándalo del Lasalle, y Manila, que olvidaba pocas cosas, no había olvidado esa.

Detrás de Don Esteban, Luis Tantoco con Clara del brazo. Pómulos altos, ojos negros, esa sonrisa que irradiaba calidez como una chimenea en invierno. Imposible no querer a Clara. Inés lo había pensado en el baile del Gobernador y lo seguía pensando.

Inés sintió cómo Práxedes se colocaba a su izquierda sin decir nada.

No fue un movimiento llamativo — estaba ahí, como si siempre hubiera estado en ese punto exacto del jardín.

Ada apareció a su derecha con Leilani un paso detrás.

Mal, que no sabía muy bien qué estaba pasando pero llevaba suficiente tiempo sobreviviendo como para reconocer cuándo algo requería atención, dejó a los niños de ocho años y se acercó despacio.

Don Esteban hizo los honores con Doña Amalia — una reverencia correcta, las presentaciones de rigor, Luján con los ojos bajos y Luis con su prometida.

Doña Amalia respondió con la urbanidad de quien conoce perfectamente las reglas del juego y las juega mejor que nadie, pero Inés, que la conocía ya lo suficiente, vio algo en la manera en que sujetaba los brazos de su silla.

Luego Don Esteban se giró.

La buscó con la mirada entre los invitados con la tranquilidad de quien sabe dónde va a encontrar lo que busca. Y cuando la encontró, cruzó el jardín hacia ella con una sonrisa que parecía más una mueca de desagrado.

— Señorita Montesclaros. — Se detuvo a la distancia correcta. Miró el círculo sin que su expresión cambiara lo más mínimo —. Cuánto tiempo.

— Don Esteban.

— Qué alegría verla tan... — se detuvo un instante, deliberado — ...repuesta. Los viajes sientan bien a la juventud. — Miró la mansión, el jardín, los farolillos —. Y vaya, vaya. Con Doña Amalia como tutora legal. Impresionante su progreso en tan poco tiempo, señorita.

— La vida da sorpresas — respondió Inés.

— Las da. — Don Esteban intentó sonreir —. Y uno nunca sabe cuándo dejan de darlas. — se le torció el gesto —. Espero que aproveche esta racha, señorita Montesclaros. Estas cosas son... frágiles, a veces.

Inés lo miró.

Recordó perfectamente la última vez que habían estado en la misma habitación.

La Capitanía General. La voz de Don Esteban — si no consigo convertirla en un arma, la diseccionaré como a una rana — captada por el don antes de que él abriera la boca.

Lo había pensado con la misma tranquilidad con que ahora le sonreía en el jardín de los Astolfi.

No usó el don.

No lo necesitaba.

— Gracias por su preocupación — contestó, con una calma que le costó menos de lo que esperaba —. La tendré en cuenta.

Don Esteban abrió la boca para responder.

— Hola.

Mal estaba a su lado. Con Bismarck a los pies.

Don Esteban miró el pelo rojo. Algo cruzó su cara — muy rápido, muy contenido.

— Otro más.

Y sin pedir permiso, con la naturalidad de quien no ha necesitado pedirlo nunca, alargó la mano y le tocó el pelo.

Mal no se apartó. Lo miró — con esa mirada suya, directa. Don Esteban se agachó levemente hacia él.

— Dime — murmuró, con una voz que Inés oyó perfectamente —. ¿Tú también sabes hacer algún truquito?

Mal lo miró.

Luego asintió, muy serio.

— Sí — respondió —. Tengo una habilidad muy especial. — Hizo un gesto con los dedos — ven, baja.

Don Esteban se agachó a la altura de su cara.

Mal se concentró un instante.

Y soltó un eructo monumental.

El silencio que siguió duró lo que tarda un jardín lleno de personas en asimilar lo que acaba de ocurrir. Bismarck bufó — no a Mal, sino a Don Esteban. Y uno de los niños de ocho años, desde el otro lado del jardín, soltó una carcajada que su madre intentó cortar demasiado tarde.

Don Esteban se incorporó. Se alisó la chaqueta. Dio media vuelta y se alejó hacia el otro extremo del jardín sin decir una palabra, con la espalda muy recta.

Inés se volvió hacia Mal.

Mal se encogió de hombros.

— Ha preguntado si tenía una habilidad especial — se defendió.

Inés abrió la boca. La cerró. Buscó ayuda — Práxedes contemplaba el horizonte con demasiado interés, Ada tenía la cabeza girada y Leilani estudiaba el cielo como si acabara de descubrir que existía.

Aguantó tres segundos.

No aguantó cuatro.

La risa salió sin permiso — breve, real, de las que duelen un poco — y tuvo que llevarse la mano a la boca para contenerla mientras Mal la observaba satisfecho.

— Gracias — consiguió decir.

— De nada — respondió Mal, con toda la dignidad del mundo.

Luego miró a Práxedes, a Ada, a Leilani.

— Gracias — repitió, en voz más baja.

Nadie respondió. No hacía falta.

Luján estaba sola junto a una de las mesas del fondo — su padre había ido a hablar con el coronel retirado y Luis estaba en algún sitio con Clara. Tenía una copa en la mano y miraba a su alrededor incómoda.

Inés cruzó el jardín hacia ella.

Luján la vio venir y cambió de expresión.

— Luján.

— Señorita Montesclaros. — la miró —. Inés.

— ¿Estás bien?

Luján parpadeó. Evidentemente no era la pregunta que esperaba.

— Estoy... — buscó la palabra —. Bien.

Inés la miró. El vestido precioso, el pelo perfecto, la postura estudiada. Pero los hombros no estaban del todo rectos y la sonrisa no llegaba a los ojos.

— Me alegra que hayas podido salir — dijo Inés—. De verdad.

Luján abrió la boca. La cerró.

— Tu situación — empezó, mirando la mansión — ha cambiado considerablemente.

— Sí.

— Eres... — buscó las palabras —. He oído lo de la herencia.

— Manila es pequeña.

— Siempre lo ha sido. — Luján miró su copa —. Me alegro por ti. — Y lo dijo de una manera que, para sorpresa de Inés, sonó completamente sincera.

— Tú también vas a estar bien.

Luján la miró.

— No lo sabes.

— No. — Inés sostuvo su mirada —. Pero te lo deseo de todas formas.

Luján no respondió.

Fue entonces cuando apareció Luis con dos copas de ponche y la expresión de quien no esperaba encontrarse esta conversación.

Se detuvo.

— Inés — saludó rehuyendo su mirada.

— Luis.

Esperó algo — no sabía muy bien qué, algún eco de lo que había sentido antes, en el tren, en Lasalle, en el baile, en todas esas ocasiones en las que el nombre de Luis Tantoco había ocupado más espacio del que merecía en su cabeza.

No había nada.

No era amargura ni resentimiento — era ausencia, limpia y simple, como cuando termina de llover y el aire queda despejado. Luis Tantoco era un hombre apuesto con dos copas de ponche y una prometida en algún sitio del jardín, y eso era todo lo que era.

— Me alegra verte bien — dijo Luis, con una incomodidad que Inés encontró, de manera inesperada, casi tierna.

— Igualmente.

En ese momento apareció Clar con su sonrisa fácil y sus ojos luminosos.

— Clara — carraspeó Luis —, ella es Inés Montesclaros...

Clara sonrió aún más ampliamente.

— ¡Nos conocemos! — interrumpió, con una calidez desbordante —. El baile del Gobernador. Las chicas de los vestidos de la Regencia. — Se giró hacia Luis —. Te lo conté, ¿no te acuerdas?

— Estaba allí — intentó sonreir él.

— Qué alegría verte — continuó Clara, mirando la mansión, el jardín, los farolillos, con los ojos de quien encuentra todo fascinante—. Y qué velada tan bonita — añadió, sin más.

Imposible no querer a Clara. Seguía siendo verdad.

— Vas a ser una novia preciosa — no pudo evitar el comentario.

Clara se ruborizó y Luis miró a Inés con una expresión que ella no se molestó en descifrar.

— Felicidades a los dos — Y lo decía en serio.

El jardín encontró su ritmo después de eso.

Don Esteban se marchó antes del brindis — con Luján y Luis y Clara.

Y algo en el ambiente se distendió — como cuando se abre una ventana y entra aire nuevo.

Los hermanos Casal encontraron su ritmo: Miguel contando algo que hacía reír a Ada, Javier en conversación con Práxedes sobre algo que parecía acalorado y académico; y Mateo gravitando —sin disimulo excesivo— hacia el radio de Inés cada vez que la conversación se lo permitía.

Bismarck había vuelto al regazo de la señora de mediana edad, que ya lo aceptaba como inevitable.

Mal había encontrado al coronel retirado otra vez.

Fue entonces cuando Doña Amalia hizo sonar su copa con una cucharilla — dos veces, tres — y el jardín fue callando en ondas hasta que solo quedó el ruido de los farolillos moviéndose con la brisa.

— No voy a entretenerlos mucho — Doña Amalia no necesitaba levantar el tono para que todo el mundo la escuchara —.

Pero sí quiero aprovechar que están todos aquí para presentarles a dos personas que, de manera un tanto inesperada para todos los implicados, han llegado a esta casa y han decidido quedarse.

Sus ojos buscaron a Inés y a Mal.

— Inés y Mal Montesclaros. — sonrió despacio —.

A veces la vida tiene la buena costumbre de traerte justamente lo que no sabías que necesitabas.

Estos dos son, para mí, una de esas sorpresas.

Les pido que les brinden su amistad y su apoyo, porque Manila puede ser una ciudad generosa cuando quiere.

— Levantó la copa —. Y porque se lo merecen.

El jardín levantó las copas.

Mal, que tenía limonada, levantó la suya.

Sintió una lágrima. Tuvo que mirar un momento los farolillos para que no se le notara nada.

Más tarde — cuando la velada había encontrado ese punto perfecto en que la gente ya no se comporta sino que simplemente es — Inés estaba junto a Ada mirando al otro extremo del jardín, donde Luján, antes de marcharse, había tenido tiempo de intercambiar tres frases con Miguel Casal y dos con Javier y una sonrisa con Mateo que había durado lo suficiente para no ser casual.

— Esa chica nunca cambiará— comentó Ada.

Leilani, a su lado, dijo algo en ponapeño. Breve.

Ada escuchó. Parpadeó.

Leilani ya miraba hacia otro lado.

— ¿Qué ha dicho? — preguntó Inés intrigada por sus reacciones.

Ada consideró cómo resumirlo.

— Dice que los Casal — eligió las palabras con cuidado — deberían andarse con cuidado. Que hay cosas que se notan antes de que nadie las diga.

Inés miró el sitio vacío donde había estado Luján.

— ¿Qué tipo de cosas?

Ada no respondió de inmediato.

— Las que cambian todo — añadió igual de enigmática.

Mal, que había estado escuchando, miró hacia donde había estado Luján.

— Es una chica muy guapa — comentó con tono de adulto —. Pero no debe ir a muchas fiestas. Ha sido oler el ponche y ponerse mala ¿No es raro que te den náuseas con el ponche? Estaba muy bueno.

Ada y Leilani se miraron.

— Sí — contestó Ada —. Muy raro.