11 #2
— Bismarck — añadió Doña Amalia—, fuera del jardín hasta las nueve.
Bismarck se detuvo, evaluó la orden, y decidió ignorarla parcialmente situándose bajo la mesa más cercana donde técnicamente no estorbaba pero desde donde podía supervisar la situación.
Los invitados empezaron a llegar a medida que la tarde perdía intensidad.
Manila en junio tenía esas tardes en que el calor cede muy despacio pero cuando cede lo hace con generosidad — el aire se mueve, el jardín huele a hierba húmeda, y la luz entre los árboles tiene una calidad dorada que hace que todo parezca más hermoso.
Los farolillos de papel se fueron encendiendo uno a uno cuando el sol empezó a bajar.
Vinieron familias de apellidos que Inés reconocía de la Academia Lasalle — los Zaragoza-Peña, los Herranz, una señora de nombre impronunciable con tres hijas que llevaban vestidos idénticos en colores distintos y que miraron a Leilani con una mezcla de fascinación y pánico que Leilani no pareció notar o no se molestó en notar.
Un coronel retirado que conocía a Doña Amalia desde los tiempos de O'Donnell y que pasó veinte minutos contándole a Mal la historia de una batalla que Mal escuchó con una atención absoluta.
Un matrimonio de comerciantes catalanes que hablaban muy rápido y se interrumpían el uno al otro.
Ada era, sin discusión, la persona más interesante de la velada.
No porque lo intentara — precisamente porque no lo intentaba.
Estaba de pie con la postura que Doña Amalia había reconocido en la fiesta del gobernador y la gente gravitaba hacia ella sin saber muy bien por qué.
Leilani, a su lado, era una fuerza de la naturaleza en seda dorada que sonreía y no necesitaba idioma para comunicarse.
Mal había encontrado al coronel retirado, a dos niños de unos ocho años cuyos padres los habían traído sin preguntarse si era apropiado, y a Bismarck, que había salido de debajo de la mesa y se había instalado en el regazo de una señora de mediana edad que no parecía saber muy bien cómo había ocurrido eso pero tampoco hacía nada por cambiarlo.
Fue entonces cuando Inés sintió que alguien se detenía a su lado.
Se giró.
Práxedes llevaba una chaqueta color marfil sobre camisa blanca, sin corbata — con el bronceado todavía en la cara y las manos, que hacía que el marfil de la chaqueta pareciera más cálido.
Pero no miraba el jardín, ni los farolillos, ni a Ada.
La miraba a ella. A la cara despejada, al cuello, a los pómulos con las pecas de Ivo ilo que ahora, sin el pelo tapándolos, estaban ahí para quien quisiera verlos.
— Vaya — casi lo resopló.
Inés había visto esa expresión antes. En la cubierta de la Spirit, cuando Práxedes identificaba un pájaro que no esperaba encontrar — ese segundo de inmovilidad absoluta, de retener la respiración para no espantarlo, de querer mirarlo todo a la vez antes de que desapareciera. Esa expresión. La misma.
— ¿Cómo está mi prometida? — consiguió decir al fin.
Inés no apartó la mirada.
— Creo que no vas a poder pedirle mi mano a mi abuela — respondió con una sonrisa —. Sigue en Viena.
— ¡Lástima! — señaló alrededor —. Lo que vas a tener que explicarme es cómo has terminado aquí. ¿Ya no tengo que enviaros los libros a Santa Filomena? — añadió, mirando la mansión con fingida decepción —. Si te soy sincero, ese sitio olía demasiado a iglesia.
Inés tuvo que darle la razón.
— Doña Amalia es la representante legal de mi abuela en Manila. Se ofreció a ser mi tutora... — dudó un instante—. Y acabo de descubrir que es la abuela de Mateo.
— O sea — razonó Práxedes —, ¿que ahora tengo que pedirle a ella tu mano?
— Técnicamente... sí.
Práxedes empezó a sonreir.
— Las posibilidades han mejorado considerablemente — señaló.
— ¿Ah, sí?
— Doña Amalia me conoce desde hace unos cuantos años. — sonrió un poco más —. Aunque no estoy seguro de que eso juegue a mi favor.
Inés se rió.
— Frankenstein — soltó Práxedes, cambiando de tono sin perder del todo la sonrisa —. ¿Lo estás leyendo de verdad?
— Lo estoy intentando. — Lo miró —. Todavía no me has dicho por qué.
— Y no voy a decírtelo.
— Ya.
— Pero cuando llegues al final — dijo Práxedes — me cuentas qué te ha parecido.
El jardín seguía su ritmo a su alrededor — voces, el tintinear de las copas, los farolillos de papel moviéndose levemente con la brisa — y los dos estaban ligeramente al margen de todo eso, en ese espacio que se crea cuando dos personas están hablando y el resto del mundo existe pero en otro plano.
A dos metros, Mal los observaba con atención.
Fue entonces cuando Mateo apareció con dos copas.
Práxedes y él se miraron.
— Casal.
— Vanderbilt.
Mal, desde su posición de observación, dijo algo en voz muy baja a los dos niños de ocho años que tenía al lado. Uno de ellos se tapó la boca con la mano.
Ada, que lo había visto todo desde el otro lado del jardín, se inclinó hacia Leilani y le dijo algo en ponapeño — probablemente algo sobre Mateo y Práxedes y la expresión de Inés entre los dos, porque Leilani miró la escena y respondió con una frase corta y una sonrisa que no necesitaba traducción.
Luego Leilani añadió algo más.
Una frase diferente. Con otra cadencia — más seria, más concreta, con una nota que no encajaba del todo con el tono de antes.
Ada dejó de sonreír.
Porque Leilani estaba mirando hacia otro lado — hacia la entrada del jardín.
Inés siguió su mirada.
Y entonces los vio.
Luján Tantoco del brazo de su padre. Llevaba un vestido de muselina en color blanco roto, el pelo recogido. Estaba más delgada. O más callada. O las dos cosas.
Detrás de ellos, Luis Tantoco con una joven del brazo — su prometida Clara, supuso Inés — que miraba el jardín con los ojos muy abiertos.
Y delante de todos, Don Esteban Tantoco.
Que la había visto ya.