11
La mansión de los Astolfi llevaba dos días transformándose.
No era que estuviera descuidada antes — Doña Amalia no era el tipo de persona que permitía el descuido en nada que llevara su nombre — pero había una diferencia entre una casa bien mantenida y una casa que se prepara para recibir.
Las ventanas del piso principal estaban abiertas de par en par y las alfombras habían desaparecido de los pasillos, sustituidas por el brillo frío del suelo de madera pulida.
En el vestíbulo, dos jarrones enormes con gardenias blancas y helechos tropicales flanqueaban la entrada como guardias de honor.
Pero era el jardín trasero lo que había cambiado del todo.
Lo vio desde su ventana esa mañana y se quedó un momento sin moverse.
Alguien — varias personas, en realidad, porque aquello no lo había hecho una sola — había colgado farolillos de papel de color marfil entre los árboles, siguiendo las ramas como si fueran constelaciones trazadas a mano.
Las mesas estaban cubiertas con manteles de lino blanco.
En el centro del jardín, el espacio estaba despejado — para moverse, para hablar, para lo que fuera que Doña Amalia tenía pensado que ocurriera ahí.
De noche, con los farolillos encendidos, iba a ser otra cosa.
El vestido llegó a media mañana, doblado en papel de seda dentro de una caja de cartón con el nombre de la modista en tinta azul.
Inés lo sacó con cuidado.
No era ostentoso — eso era lo primero que notó, y lo que más le gustó.
El tejido era batista de algodón en color crema muy pálido, casi blanco, con una caída suave que no pesaba.
El escote era recto, sin excesos. Lo que lo hacía especial era el bordado en el bajo y en los puños — diminutos — flores tropicales en hilo de seda en tonos muy suaves, casi desvanecidos, que desde lejos no se veían y de cerca eran un mundo entero.
— Deja que te vea — dijo Ada desde el umbral.
Inés se giró.
Ada entró, la rodeó despacio y la miró de arriba abajo con la evaluación tranquila de quien sabe claramente lo que está mirando.
— El pelo — señaló.
— ¿Qué le pasa al pelo?
— Nada. Eso es. No le pasa nada. Déjalo suelto.
Inés se miró en el espejo. El pelo rojo y ondulado, cayendo sobre los hombros y la espalda sobre el crema del vestido. Ada tenía razón. Probablemente.
— ¿Y tú? — preguntó Inés.
Ada retrocedió un paso y abrió los brazos.
Llevaba un vestido de seda en un color granate oscuro, con el cuello alto y sin adornos. Ningún volante, ningún encaje. Solo la tela y la persona dentro.
— Doña Amalia dijo que me mostrara como lo que soy — respondió Ada, con una sonrisa breve.
— Pues lo has conseguido.
Fue entonces cuando Leilani apareció detrás de Ada.
No llamó. No pidió permiso. Miró a Inés. Miró el pelo suelto. Le dijo algo a Ada en ponapeño. Dos frases. Secas.
Ada parpadeó.
— Dice que no.
— ¿Que no qué?
— Que no suelto. — Ada se quedó pensativa, como si estuviera traduciendo algo que no tenía equivalente exacto —. Dice que con este vestido y esta cara, el pelo suelto es esconderse. Que en su isla, cuando una mujer quiere que la vean de verdad, se despeja la frente, los pómulos y el cuello.
Leilani la miraba sin parpadear.
— ¿Y tú qué opinas? — preguntó Inés a Ada.
Ada se cruzó de brazos.
— Yo opino que Leilani le arregla el pelo a todo el que cae en sus manos. Es una experta en trenzados con hoja de palma. — La sonrisa de Ada era ancha y no admitía discusión —. Hace coletas y recogidos a cualquier ser vivo que se le ponga a tiro.
Leilani no esperó. Entró, le puso las manos en los hombros a Inés y la giró hacia el espejo.
Inés se tensó. No quiso hacerlo pero el cuerpo lo hizo solo — las manos en la cabeza, el pelo a punto de ser estirado, la trenza tirante del convento.
Las monjas agarraban el pelo como si lo castigaran.
Tiraban hacia abajo, aplastaban las ondas con los dedos mojados en tónico, forzaban cada mechón a caer recto antes de trenzar.
La hermana María tenía una manera de apretar la nuca con la palma que significaba “estate quieta”.
Leilani hizo otra cosa.
Le recogió el pelo con los dedos — mechón a mechón, sin estirar, sin aplastar, aprovechando las ondas en vez de luchar contra ellas. No tiraba. No castigaba. Lo dejó en un moño bajo pegado a la nuca.
Cuando terminó, dio un paso atrás.
Inés se miró en el espejo.
No se reconoció.
No era el vestido — el vestido seguía siendo el mismo.
Era que sin el pelo enmarcándole la cara, sin los mechones cayendo por los hombros, lo que quedaba era otra cosa.
Los ojos parecían más grandes, o quizá era que ahora no competían con nada.
Los pómulos. Las pecas suaves que Ivo ilo le había dejado por la nariz y que nunca se habían ido.
El cuello largo que nunca había visto así. Los labios.
Era muy peninsular. Como los retratos de las iglesias del convento — esas mujeres con el pelo tirante y la cara despejada que parecían no necesitar nada más que sus propios huesos para sostenerse.
Ada no dijo nada. Lo cual era, viniendo de Ada, lo más elocuente que podía decir.
Leilani asintió una vez. Satisfecha. Le dijo algo corto a Ada y salió de la habitación.
— ¿Qué ha dicho? — preguntó Inés.
— Que ya está.
Un ruido en el pasillo las interrumpió. Pasos. Luego una voz:
— ¿Estáis listas?
Mal apareció en el umbral.
Llevaba un traje completo — pantalón y chaqueta en color marfil, camisa blanca y una corbata en beige claro que había sobrevivido a varios intentos de nudo. El pelo rojo estaba peinado hacia atrás con más entusiasmo que resultado.
— Estoy listo — anunció.
Inés tardó un momento en encontrar la voz.
— Mal.
— ¿Qué?
— Estás muy guapo.
Mal lo consideró.
— Ya lo sé — dijo. Y entonces la vio de verdad. Ladeó la cabeza —. Te han quitado el pelo.
— No me lo han quitado. Me lo han recogido.
— Es raro. — Se acercó un paso. La estudió con la atención que dedicaba a los mecanismos y a los pájaros de Práxedes —. Se te ve toda la cara.
— Esa es la idea.
— Ya. — Otro segundo —. Estás guapa. Pero diferente. Como cuando Ada se suelta la trenza y parece otra persona pero sigue siendo Ada.
Cuando bajaron las escaleras, Leilani ya estaba en el vestíbulo.
Inés se detuvo en el tercer escalón.
Llevaba un pareo de seda en tonos dorados y blancos enrollado con una maestría que ninguna modista de Manila habría sabido replicar — no porque fuera complicado sino porque requería saber cómo llevarlo.
Los tatuajes en el cuello y los brazos no quedaban cubiertos sino enmarcados. Tenía flores blancas en el pelo.
— Preciosa — resumió Mal.
Leilani le dijo algo en ponapeño. Ada tradujo sin disimular la sonrisa:
— Dice que tú también.
Mal se estiró la corbata.
— Ya lo sé — repitió.
Bajaron los últimos escalones juntos — Inés y Mal en cabeza, Ada y Leilani detrás. El vestíbulo olía a gardenias. Desde el jardín llegaban voces del servicio terminando de colocar las mesas.
Inés tenía la mano en la barandilla cuando la puerta principal se abrió.
Entraron tres personas.
Venían riéndose y bromeando. El primero era alto, con el pelo oscuro y la chaqueta un poco torcida. El segundo llevaba el sombrero todavía puesto. El tercero...
Inés no terminó de bajar el escalón.
Mateo Casal levantó la vista.
Se miraron.
— ¿Y tú qué... — empezó Mateo.
Se detuvo.
— ...¿haces aquí ?— completó Inés, con más calma de la que sentía.
— Iba a preguntarte lo mismo.
Pero no lo dijo enseguida. Se quedó observándola un momento — la escalera, el vestido, y algo que tardó un segundo en asimilar. La cara despejada. El pelo recogido, tirante, todo fuera. No era la Inés que conocía.
— Bajas como si vivieras aquí — terminó.
— Es que vivo aquí.
Mateo parpadeó.
— ¿Desde cuándo?
— Desde hace poco. Doña Amalia es mi tutora legal.
— ¿Mi abuela? — Mateo lo repitió despacio.
Inés lo miró desconcertada.
— ¿Es tu abuela?
— Doña Amalia era la madre de mi madre.
El vestíbulo se quedó en silencio. Inés tardó dos segundos en entenderlo, durante los cuales Mateo pareció recordar que tenía personas a su lado.
— Estos son mis hermanos. Miguel. — El del sombrero, que se lo estaba quitando. — Javier. — El de la chaqueta torcida, que ya la había enderezado.
Los dos hermanos miraron a Inés bajar la escalera. Se les notó.
— Llevas meses desaparecida — murmuró Mateo. Más bajo, casi solo para ella.
— He estado fuera.
— Lo sé. — Le sostuvo los ojos un segundo de más —. Se te nota.
Inés no respondió.
Fue Mal quien rompió el silencio.
— Yo soy su hermano — anunció, bajando el último escalón con la formalidad de quien ha ensayado esta presentación —. Mal Montesclaros Lautner. — Extendió la mano con la solemnidad de un caballero de doce años completamente convencido de su papel.
Javier le estrechó la mano con una seriedad perfectamente calibrada.
— Javier Casal. Un placer.
Mal lo evaluó.
— Llevas la corbata torcida — observó.
El jardín estaba listo — las flores en su sitio, los farolillos sin encender todavía porque la tarde aún tenía luz, las mesas con sus manteles de lino blanco. Doña Amalia estaba en el centro, en su silla de ruedas, haciendo mover una mesa medio palmo a la izquierda.
Levantó la vista cuando entraron.
— Vosotros — dijo, con el tono de quien lleva tiempo esperando una explicación —. Descastados. Me tenéis abandonada.
— Abuela — empezó Miguel.
— No empieces. — Los miró a los tres —. Casi dos meses sin pisar esta casa. Menos mal que tengo a Inés y a Mal. Que si no, esto parecería un convento.
Inés parpadeó.
Mateo la miró.
— Ya me has oído. — Doña Amalia sonrió a Inés —.
Ese vestido es justamente lo que debías ponerte.
— Se detuvo un instante en el recogido—.
Y el pelo. Bien. Muy bien. Eso es saber lo que una tiene.
Ada — la evaluó rápidamente —, perfecta.
Tía Leilani — otra mirada, esta vez más larga —, van a hablar de usted durante una semana.
Leilani no entendió las palabras pero entendió el tono. Inclinó la cabeza con la dignidad de quien acepta un cumplido sin necesitar traducción.