Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 10
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Salió sin decirle nada a nadie.

Desde que había visto las uñas de Pilar en el vestíbulo de Santa Filomena no había dejado de darles vueltas.

Púrpura con un toque de brillo. El mismo color exacto que había visto en el tren.

En las uñas de la mujer que había degollado a un hombre.

No era Pilar — eso lo sabía. Pero intuía que ese esmalte era lo que unía a esas dos personas.

Pilar y la extraña del tren. Un color demasiado insólito para ser una coincidencia.

Cogió un pañuelo oscuro del cajón, se recogió el pelo con él apretado contra la nuca, se encasquetó encima el sombrero de ala ancha hasta las cejas, y salió a la calle.

Se detuvo en el portal.

— No es posible — se dijo.

Cándido estaba en la esquina.

El mismo sombrero de paja torcido. El mismo caballo comiendo algo del suelo. El mismo cartel oxidado: Cándido, El Mejor . Como si Manila fuera un pueblo pequeño y Cándido su único habitante fijo.

La vio salir. Miró la mansión — el escudo de los Astolfi en la portezuela, las ruedas lacadas del carruaje aparcado junto a la entrada, la fachada blanca de Ermita — y luego la miró a ella con una sonrisa que lo decía todo.

— Ulo ng apoy — saludó.

Inés se detuvo.

— ¿Perdón?

— Ulo ng apoy. — Cándido señaló su propio pelo con un dedo —. En tagalo. Cabeza de fuego. — Sonrió más —. No deja de progresar, la señorita. Nuevo barrio. Casa grande. Escudo en la puerta.

Inés no pudo evitar sonreír.

— No pregunte.

— No pregunto, no pregunto — concedió Cándido, levantando las manos —. Yo solo paso por aquí. ¿Y a dónde vamos hoy? ¿Otro tranvía que perseguir? ¿Otra gallera?

— Hoy es diferente. — Inés se acercó al carromata —. Necesito encontrar algo. Un esmalte de uñas. De un color muy concreto.

Cándido la miró.

— ¿Esmalte de uñas?

— Púrpura. Con un toque de brillo. Un color que no he visto en ningún otro sitio.

Cándido tardó un momento en contestar.

— ¿Para ponérselo usted?

— Para saber de dónde viene.

Cándido chasqueó la lengua.

— Primero las boticas — indicó —. Luego la Escolta. Luego, si no aparece, Binondo.

— ¿Por qué en ese orden?

— Porque así funciona Manila — respondió Cándido, con la autoridad de quien conoce su ciudad mejor que nadie —. Lo barato en las boticas. Lo europeo en la Escolta. Lo que no existe en ningún otro sitio, en Binondo.

Inés subió al carromata.

— Ulo ng apoy — repitió en voz baja.

— Es un buen nombre — se defendió Cándido, y soltó el grito de siempre que hizo arrancar al caballo como una exhalación.

Inés se agarró.

La primera botica estaba en la calle Real — un local estrecho y oscuro que olía a eucalipto, con estantes hasta el techo llenos de frascos de todos los tamaños y un boticario filipino de unos sesenta años con gafas redondas que escuchó la descripción de Inés sin pestañear.

— Esmalte de uñas púrpura con brillo — repitió, como catalogando —. ¿Europeo o asiático?

— No lo sé — admitió Inés.

El boticario desapareció entre los estantes. Volvió con tres frascos pequeños que depositó ceremonioso en el mostrador.

Inés los miró. Un rojo oscuro. Un rosa pálido. Un morado apagado sin ningún brillo.

— No es ninguno de estos.

El boticario recogió los frascos sin inmutarse.

— Escolta — dijo, como si eso fuera todo lo que tenía que añadir.

La Escolta era la calle más elegante de Manila — tiendas de importación europea, perfumerías con escaparates que habrían encajado en París, almacenes donde se podía comprar cualquier cosa siempre que se tuviera suficiente dinero y suficiente paciencia.

Cándido aparcó el carromata con la indiferencia de quien sabe que su vehículo desentona pero no le importa lo más mínimo.

Entraron en tres tiendas.

En la primera — una perfumería francesa con el dependiente más altivo que Inés había visto en su vida — el dependiente los miró a los dos con una expresión que decía claramente que un carromata desvencijado aparcado en la puerta no era la clientela habitual.

— No tenemos — anunció, antes de que Inés abriera la boca.

— Todavía no he dicho qué busco.

— No tenemos — repitió con firmeza.

En la segunda — un almacén de importaciones con más criterio y menos pretensiones — el dependiente escuchó, buscó con verdadero interés, y volvió con una caja de lacas japonesas que tenían colores extraordinarios pero ninguno que fuera justo el que Inés buscaba.

La tercera tienda tenía un escaparate lleno de productos de tocador europeos y una dueña filipina de mediana edad que conocía su mercancía mejor que nadie.

— Púrpura con brillo — repitió, frunciendo el ceño —. Hay una laca china. La traen de Cantón. Pero no la vendo yo.

— ¿Quién la vende?

La mujer observó a Cándido, que esperaba en la puerta con el sombrero torcido.

— En Binondo — dijo —. Hay un bazar en la calle Ongpin.

Binondo olía a incienso y a especias y a grasa caliente. La calle Ongpin era un laberinto de puestos y tiendas donde se vendía de todo con una lógica que solo tenía sentido si uno la conocía de antes.

Cándido la conocía.

Dobló dos esquinas, cruzó un callejón donde unos niños jugaban a las canicas, y se detuvo frente a una tienda pequeña con la fachada oscura y un letrero en caracteres chinos.

— Aquí es — anunció Cándido, con una cara rara.

Inés lo miró.

— ¿Qué pasa?

Cándido recorrió la tienda y el callejón y se volvió hacia Inés sopesando si decir lo que pensaba o guardárselo.

— No me gusta este sitio — explicó al fin —. Mala gente. — Buscó la palabra —. Masamang tao. Los que hacen negocios que no son negocios.

— ¿Y me trae aquí?

— Usted preguntó por el esmalte — respondió Cándido, con una lógica impecable —. El esmalte está aquí. — calló un instante —. Yo espero fuera.

— Claro — Inés empujó la puerta.

El interior era un mundo aparte. Estantes hasta el techo con cajas, frascos, y rollos de tela. El olor era a incienso y a algún barniz.

Detrás del mostrador, un hombre de edad indefinida — podría haber tenido sesenta años o noventa — con una coleta blanca y unos ojos que evaluaban con la rapidez.

La vio entrar.

Inés se acercó al mostrador.

— Me han enviado a usted para un esmalte de uñas muy especial — dijo.

El hombre no se movió. Pero algo en sus ojos cambió — muy despacio, casi imperceptible.

— ¿Muy especial? — repitió.

— Púrpura. Con un toque de brillo. — Inés llevaba meses con ese color en la cabeza —. No es un esmalte corriente.

Sin decir nada, se dio la vuelta y desapareció entre los estantes con una agilidad que desmentía completamente su aspecto.

Volvió con un frasco pequeño.

Lo depositó en el mostrador.

Púrpura. Con ese toque de brillo inconfundible. El mismo color exacto.

— Sí — confirmó —. Es este.

El hombre la miraba de una manera diferente — con más atención.

— ¿Cuántos frascos? — preguntó.

— Uno es suficiente.

— ¿Primera vez que viene?

— Sí.

Cogió el frasco, lo envolvió en un papel fino y lo depositó de nuevo en el mostrador.

— Un momento — se disculpó —. Voy a buscar el recibo.

Y desapareció hacia la trastienda.

Inés esperó.

Había cientos de frascos de cristal con líquidos de colores. Ninguno tenía nada escrito que ella supiera leer.

Luego escuchó algo.

Voces. Muy bajas, desde la trastienda. En hokkien — ese dialecto chino de Manila que Inés ya reconocía aunque no entendiera. Rápidas. Urgentes.

Y en ese momento la cortina se abrió y salieron dos hombres que no tenían ningún recibo en la mano.

Inés miró la puerta a su espalda — tres pasos, puede que cuatro.

El primero llegó al mostrador.

Inés agarró el estante más cercano con las dos manos y tiró.

Era una estantería de madera cargada de frascos, cajas y años de mercancía acumulada. No cayó limpiamente. El hombre retrocedió, resbaló en algo que se había derramado — aceite, barniz, algún líquido oscuro que olía a trementina — y cayó hacia atrás con un golpe seco.

El segundo rodeó los escombros hacia ella.

Inés cogió el frasco de esmalte del mostrador y corrió hacia la puerta.

La abrió de golpe.

— ¡Cándido!

Cándido estaba en la esquina. Vio salir a Inés y al segundo hombre pisándole los talones y tomó una decisión inmediata — soltó las riendas, el caballo arrancó solo hacia adelante bloqueando el callejón, y Cándido saltó del pescante interponiéndose entre el hombre y la puerta.

— ¡Corra! — gritó —. ¡Yo me encargo!

Inés corrió.

El sombrero salió volando en la segunda esquina — un giro demasiado brusco, el ala enganchándose en el aire — y no hubo tiempo de recogerlo. No importaba. El pañuelo seguía apretado contra la nuca.

Binondo a media tarde era justamente el tipo de sitio donde perderse era fácil — demasiada gente, demasiado ruido, demasiados callejones que llevaban a otros callejones.

Inés dobló la primera esquina que encontró y luego otra y luego se metió en el primer mercado cubierto que vio porque la gente era la mejor cobertura disponible.

El hombre la seguía.

Lo notó en la segunda esquina — él conocía el barrio, anticipaba sus giros, aparecía siempre un poco más cerca de lo que debería.

Inés se detuvo.

Correr no funcionaba.

Miró a su alrededor con rapidez. Un puesto de especias a la derecha — sacos grandes de pimienta, cúrcuma, algo rojo intenso que podía ser pimentón o podía ser otra cosa. Y una señora filipina detrás del puesto mirando con curiosidad.

El hombre dobló la esquina y la vio parada.

Se detuvo también. Sonrió — la sonrisa de quien cree que ya ha ganado.

Inés metió la mano en el saco de pimienta más cercano.

Lo que ocurrió a continuación fue simple, efectivo, y dejó al hombre estornudando en el suelo del mercado durante un tiempo suficiente para que Inés desapareciera por el fondo del puesto con las disculpas correspondientes a la señora y un puñado de pimienta todavía en la mano por si acaso.

Cándido estaba en la calle Ongpin a media manzana del bazar chino, con el carromata aparcado en diagonal y el caballo paciendo con su filosofía habitual, arreglándose el sombrero torcido con la cara de quien ha terminado algo y está verificando los daños.

Tenía un corte pequeño en la ceja derecha.

Cuando vio aparecer a Inés por la esquina — sin sombrero, con el pañuelo torcido y la mano derecha ligeramente amarilla de cúrcuma — la miró de arriba abajo con una expresión que iba del alivio a algo que podría haber sido admiración si Cándido hubiera sido el tipo de persona que admite admiración fácilmente.

— Ulo ng apoy — saludó.

— Cándido — respondió Inés. Le señaló la ceja — ¿Está bien?

— Nada. — Se tocó el corte sin mirarse —. ¿Y usted?

Inés sacó el frasco del bolsillo. Intacto. Con su papel fino a medio envolver y su color púrpura inconfundible.

— Con lo que vine a buscar — sonrió satisfecha.

Cándido miró el frasco, luego a Inés, luego otra vez el frasco, como quien de pronto se da cuenta de que no conoce en absoluto a la persona que tiene enfrente.

— El sombrero — señaló su cabeza.

— Lo he perdido.

— Era buen sombrero.

— Ha servido para algo mejor.

Cándido se rascó la barbilla.

— Siguiente vez — indicó —, me cuenta antes a dónde vamos.

Inés miró el frasco.

— Espero que no haya una próxima vez — confesó.

Cándido la miró.

Inés subió al carromata y Cándido soltó el grito.

Manila pasaba con su ruido y su calor. Inés miró el frasco durante todo el camino — púrpura con su brillo particular.

Pilar. La mujer del tren. ¿Y cuántas más?

El carromata cruzó el puente de España con su traqueteo habitual y Manila fue cambiando de cara — el ruido de Binondo quedando atrás, el olor del río, las calles más anchas de Ermita apareciendo despacio hasta que el escudo de los Astolfi en la portezuela de la mansión asomó al final de la calle.

Cándido paró.

Inés no bajó de inmediato.

— Cándido.

El hombre se giró.

— Necesito un favor.

— ¿Qué tipo de favor? — suspiró Cándido.

— Husmear. Por ahí. — Inés contempló el frasco —. Mujeres con las uñas púrpuras en Manila. Lo que sepa, lo que oiga, lo que le cuenten.

Cándido se removió inquieto.

— Cándido no es un espía.

— No. — Inés bajó del carromata —. Es el mejor carromata de Manila. Y el mejor carromata de Manila lo ve todo.

Cándido consideró esto con seriedad. Luego se tocó el sombrero torcido.

— Le cobro aparte.

— Por supuesto — respondió Inés.