Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 9
24%

9

— Bismarck — dijo Doña Amalia, sin levantar la vista de su plato —, esa silla está ocupada.

Bismarck la miró desde la silla en cuestión — la que estaba entre Mal y Ada, perfectamente centrada en la mesa — con los ojos de quien no reconoce la autoridad de nadie.

— Lleva ahí desde que me he sentado — observó Mal.

— Lleva ahí desde que nació — respondió Doña Amalia —. Es su silla favorita. Pero hay invitados.

Bismarck no se movió.

Leilani lo miró desde el otro lado de la mesa — al gato, a Doña Amalia, al gato otra vez — con una expresión de evaluación tranquila.

Hizo un sonido muy suave — casi nada, algo entre un chasquido y una sílaba en ponapeño que Inés no supo identificar.

Bismarck bajó de la silla, se instaló debajo de la mesa junto a los pies de Leilani, y se quedó ahí con la dignidad de quien ha tomado una decisión propia y no ha sido en absoluto persuadido por nadie.

— Vaya — murmuró Doña Amalia.

Empezaba a ser ya habitual en ella.

El almuerzo era arroz con pollo en salsa de azafrán, pan recién hecho y una ensalada de frutas que el cocinero había dispuesto en el centro de la mesa con una simetría que sugería que llevaba tiempo practicándola. Todo era bueno. Todo era abundante.

Leilani lo confirmó comiendo dos veces de todo sin comentario.

— Su cocinero — observó Ada, con la diplomacia de quien ha decidido que los cumplidos directos funcionan mejor que los indirectos — cocina muy bien.

— Lleva veinte años en esta casa — respondió Doña Amalia —. Aunque los primeros diez los pasó aprendiendo a no añadir demasiado azafrán a todo.

— ¿Y lo aprendió?

— Más o menos.

Mal miraba su plato con la concentración de quien intenta resolver un dilema en su cabeza.

— ¿Siempre come sola? — preguntó.

Inés contuvo el aliento.

Doña Amalia dejó el tenedor en el plato con un sonido pequeño y preciso. Lo miró.

— Últimamente sí — respondió, con un tono neutro que, sin llegar a ser frío, zanjaba de golpe cualquier intento de continuar por ahí.

Mal arrugó el ceño.

— Es una mesa muy grande para una sola persona — observó.

— Mal — dijo Inés.

— No — intervino Doña Amalia. Se esforzó por sonar indiferente, pero había tirantez en su voz —. Tiene razón. Es una mesa muy grande.

Bismarck apareció desde debajo de la mesa, olfateó el aire en dirección al arroz, y volvió a desaparecer.

Fue después del segundo plato cuando Doña Amalia se volvió hacia Ada con esa mirada suya de quien ha estado pensando algo desde el principio y ha esperado el momento correcto para decirlo.

— Creo que tiene usted una audiencia el jueves — comenzó.

— Sí.

— ¿Sabe lo que va a decir?

Ada la miró.

— Sé quién soy — respondió —. Lo demás lo decide el Fiscal.

— El Fiscal — Doña Amalia dejó el tenedor — decide lo que le conviene decidir. Como todos. — Paró un momento —. Lo que usted necesita es que le convenga reconocerla.

Ada no apartó los ojos.

— ¿Y cómo?

— Presentándose de manera que no pueda ignorarla.

— Doña Amalia cogió el vaso de agua con esa precisión que gobernaba todos sus gestos —.

No como una chica de dieciséis años de unas islas que nadie sabe situar en un mapa.

Sino como lo que es. Una autoridad legítima de un territorio bajo soberanía española que ha venido a Manila a reclamar un reconocimiento que le corresponde por derecho.

— Eso es lo que soy.

— Ya lo sé. Pero hay una diferencia entre serlo y parecerlo ante un hombre que lleva diez años detrás de la misma mesa.

Ada la miró durante un momento.

— Usted conoce al Fiscal — dedujo.

Doña Amalia no respondió de inmediato.

— Conozco a mucha gente en Manila — respondió tras un silencio —. Eso es lo que pasa cuando llevas suficientes años en un sitio y no te mueres.

Inés miraba el intercambio sin decir nada. Había algo entre las dos — Doña Amalia y Ada — que no era tensión pero tampoco comodidad.

— ¿Qué me recomienda? — preguntó Ada.

— Que venga a verme mañana por la mañana a la biblioteca — señaló Doña Amalia —. Hablaremos de cómo presentarse, qué decir, qué no decir... Y de cómo entrar en una sala de manera que todo el mundo entienda inmediatamente quién es usted.

— La postura — adivinó.

— Entre otras cosas.

Algo en la cara de Ada se movió — muy rápido, casi imperceptible — la sombra de una sonrisa contenida.

— De acuerdo — aceptó.

El cocinero trajo el postre — unas natillas con caramelo que Mal miró con los ojos muy abiertos — y Doña Amalia esperó a que todos tuvieran el plato delante.

— He pensado — anunció, como quien dice algo que lleva días preparando — organizar una pequeña velada. Una soirée. Aquí, en casa.

Inés la miró desconcertada.

— ¿Para qué?

— Para presentarlos. — Doña Amalia miró a Inés, luego a Mal —. Manila tiene que saber quiénes son ustedes antes de que lo descubra por su cuenta. Y prefiero que lo descubra en mis condiciones.

— ¿Cuándo?

— Pasado mañana — Sobre la mesa, las natillas. En la cara de Doña Amalia, una expresión de satisfacción —. También vendrán mis nietos. Llevan demasiado tiempo sin visitarme y una velada es un recordatorio que no admite excusas.

— ¿Cuántos nietos tiene? — preguntó Mal saboreando sus natillas con deleite.

— Tres. — Doña Amalia cogió la cuchara de las natillas —. Todos varones. Todos perfectamente capaces de venir a ver a su abuela con más frecuencia de la que lo hacen.

Lo dijo sin énfasis. Pero bajo la aparente indiferencia latía un reproche que Inés notó enseguida.

— ¿Y vendrán? — preguntó Mal.

Doña Amalia lo miró con esa mirada suya que no disimulaba nada.

— Vendrán — sentenció.

Era una afirmación. No una esperanza.

Inés miró el mantel. Pensó en la soirée. En Manila descubriendo que existía. En los nietos de Doña Amalia llenando ese salón que llevaba demasiado tiempo vacío.

Desde debajo de la mesa llegó el ronroneo de Bismarck — suave, constante, como un motor muy pequeño que había decidido, por fin, que el sitio era aceptable.

Y entonces, recordó algo importante. Algo que tenía que averiguar.