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— Por favor — dijo la señora Reyes de Villanueva —. Por favor, con cuidado con la barandilla.
Leilani no la miró. Tenía cuatro bolsas en cada mano, el caballete de Pilar bajo un brazo — que nadie había pedido que bajara pero que estaba en el camino — y avanzaba por las escaleras concentrada.
La barandilla crujió.
— Por favor — repitió la señora Reyes de Villanueva.
Leilani llegó al vestíbulo, depositó todo en el suelo con una precisión que no admitía discusión, y la miró.
La mujer contempló la barandilla. Luego a Leilani. Luego la barandilla otra vez.
— Está bien — se dio por vencida con un suspiro.
Ada bajó detrás con su bolsa y el libro de Verne en la mano. Inés detrás de ella. Mal el último, con el libro de Bécquer asomando por el bolsillo de sus pantalones.
El vestíbulo de Santa Filomena, que nunca había sido lo que se dice espacioso, tenía ahora el aspecto de un puerto en día de mercado.
La señora Reyes de Villanueva se plantó frente a ellas con su taza de caldo y la expresión de quien ha ensayado lo que va a decir y está decidida a decirlo con dignidad.
— Ha sido un placer tenerlas — anunció —. Santa Filomena siempre tiene las puertas abiertas para señoritas decentes.
— Gracias — contestó Inés —. Por todo.
La señora Reyes de Villanueva miró a Leilani, que ya estaba recogiendo las bolsas del suelo.
— Y para sus... acompañantes también — añadió, con un esfuerzo visible.
Leilani dijo algo en ponapeño.
Ada esperó un momento antes de traducir.
— Dice que ha dormido bien. Que las camas son buenas.
La señora Reyes de Villanueva se quedó un momento con la taza de caldo en la mano, sin saber muy bien qué hacer con ese comentario.
— Dígale que me alegra — dijo al fin.
Fue entonces cuando aparecieron Honoria y Prudencia en la escalera, con sus bolsos y sus sombreros y ese paso discreto y sincronizado que tenían siempre, como si hubieran aprendido a moverse juntas desde pequeñas.
— Buenos días — saludó Honoria con timidez.
— Buenos días — respondió Inés —. ¿Van a trabajar?
— Sí. — Honoria bajó los ojos un momento —. En una imprenta. En Tondo.
Prudencia asintió sin decir nada, con esa costumbre suya de dejar que su hermana hablara por las dos.
— Que les vaya bien — añadió Honoria.
Prudencia levantó la vista un momento — solo un momento — con lo que podría haber sido una sonrisa si hubiera llegado a completarse. Luego las dos salieron por la puerta con sus pasos discretos y sus sombreros y su silencio compartido.
Mal las siguió con la mirada hasta que desaparecieron.
Luego miró las escaleras.
— Tengo que dejar algo — anunció.
Subió antes de que nadie pudiera preguntarle qué. Volvió tres minutos después con las manos vacías y la cara de quien ha hecho algo que le parecía importante y no necesita explicarlo.
— ¿Qué has dejado? — preguntó Inés.
— Un dibujo. Para Pilar.
Mal cogió su bolso de viaje del suelo.
El carruaje de Doña Amalia esperaba en la puerta — con las ruedas lacadas y el escudo de los Astolfi en la portezuela. El cochero vio llegar al grupo con sus bolsas y sus caras y a Leilani con su metro ochenta y sus tatuajes y mantuvo una expresión profesional que no le debió de costar poco.
Subieron.
Mal primero, luego Inés, luego Ada. Leilani observó el carruaje y luego al cochero como quien calcula si una cosa y otra son compatibles.
Subió.
El carruaje se inclinó levemente hacia su lado.
El cochero clavó los ojos en el camino.
— ¿Cabes? — preguntó Mal.
— Sí — respondió Leilani, en español, con una serenidad absoluta.
Era su quinta palabra.
Doña Amalia los esperaba en el vestíbulo.
No en la sala de las contraventanas entornadas y la alfombra burdeos — en el vestíbulo, con la silla de ruedas y las manos sobre los apoyabrazos y esa espalda recta que no necesitaba levantarse para ocupar el espacio.
La doncella había abierto la puerta. El grupo entró.
Doña Amalia los miró entrar — a Inés, a Mal, a Ada — y se detuvo en Leilani.
Leilani llenaba el umbral de la mansión con la misma fuerza con la que había llenado el de Santa Filomena. Con la diferencia de que Doña Amalia no retrocedió, no parpadeó y no consultó ningún libro de reservas.
Los observó a todos durante un momento.
— Bienvenidos.
Luego sus ojos fueron a Ada.
— La recuerdo del baile de máscaras — observó —. Y de antes. — Un silencio brevísimo —. Sigue teniendo la misma postura.
Ada la miró de frente.
— Usted también.
Algo en la cara de Doña Amalia cambió.
— Creo que vamos a llevarnos bien.
Fue entonces cuando Bismarck apareció desde el pasillo con su paso de gato que no tiene prisa porque sabe que el mundo puede esperarle. Recorrió el vestíbulo con sus ojos naranjas — Ada, Leilani — y se detuvo.
Los dos se miraron.
Leilani inclinó levemente la cabeza.
Bismarck inclinó levemente la cabeza.
Luego el gato pasó de largo hacia el jardín con la indiferencia de quien ha tomado nota de algo pero no piensa admitirlo todavía.
— ¿Le ha caído bien? — Mal lo había seguido con los ojos.
— Con Bismarck nunca se sabe — respondió Doña Amalia —. Pero no ha bufado. Es buena señal.
— ¿Bufa?
— Cuando algo no le gusta. Y a veces llora como un niño pequeño. Es un gato con criterio.
Mal lo pensó un momento.
— Me cae bien — decidió.
— A él también —Doña Amalia miró hacia donde había desaparecido el gato —. Aunque no se lo diga.
La doncella empezó a subir el equipaje. Inés miró el vestíbulo — los retratos europeos, la escalera ancha, la luz que entraba desde el jardín interior.
La misma mansión de las dos visitas anteriores.
Pero diferente ahora, con sus bolsas en el suelo y Ada al lado y Leilani ocupando el espacio como si siempre hubiera sido suyo.
— Las habitaciones están en el segundo piso — indicó Doña Amalia, girando la silla hacia la escalera —. La del fondo tiene más luz. — Miró a Mal —. Y hay una más pequeña contigua que podría interesarle.
— ¿Y se ve el mar?
— Estamos en Ermita — respondió Doña Amalia con el principio de una sonrisa —. Con un poco de esfuerzo, sí.
Mal cogió su bolsa y siguió a la doncella escaleras arriba sin más deliberación.
Doña Amalia los miró subir. Luego se volvió hacia el pasillo.
— El almuerzo es a la una — recalcó —. Sean puntuales.
Y desapareció hacia el interior de la mansión con la silla de ruedas y Bismarck, que había vuelto de ningún sitio, siguiéndola a un paso exacto de distancia.
Se quedaron solas en el vestíbulo.
Leilani dijo algo en ponapeño, cogió las bolsas del suelo y subió las escaleras.
— ¿Qué ha dicho? — preguntó Inés.
Ada la siguió con la suya.
— Que la casa es grande — respondió sin girarse —. Y que huele bien.
La habitación de Inés tenía una ventana que daba al jardín interior y una cama con dosel que era la cosa más grande en la que había dormido en su vida.
Había un escritorio junto a la ventana, un armario de caoba con espejo, y en la mesita de noche alguien había puesto un jarrón con una flor blanca que Inés no supo identificar.
Se quedó en el umbral un momento.
Luego entró, dejó la bolsa en el suelo, y se sentó en el borde de la cama.
Rebotó levemente.
Desde el otro lado de la pared llegó un golpe suave — como alguien dejando caer una bolsa — y luego la voz de Mal:
— ¿Inés?
— ¿Qué?
— Se ve el mar.
Inés miró la pared. Luego miró su propia ventana.
— Desde la mía no.
— Desde la mía sí. Hay que asomarse mucho pero se ve.
Inés se levantó y buscó la puerta contigua. Estaba entornada — una puerta pequeña entre los dos cuartos que alguien había dejado sin cerrar del todo, como si supiera que iba a necesitarse. La abrió.
La habitación de Mal era más pequeña que la suya pero tenía la ventana mejor — más alta, con vistas al jardín y más allá, en la distancia, una franja azul que con buena voluntad podía ser el mar.
Mal estaba asomado con la barbilla en el alféizar.
— ¿Ves? — señaló.
Inés se asomó a su lado.
Era muy poco mar. Casi nada de mar. Una insinuación de mar entre los tejados de Ermita.
— Sí.
— Es suficiente — decidió Mal.
Se quedaron un momento los dos asomados a la ventana con el ruido de Manila llegando desde abajo y la franja azul en la distancia y Bismarck, que había aparecido de repente, instalándose en la cama de Mal con la autoridad de quien lleva años durmiendo ahí.
— Creo que esa es su cama — observó Inés.
Mal miró al gato. El gato lo miró a él.
— La compartiremos — resolvió Mal.
Las habitaciones de Ada y Leilani estaban al final del pasillo — dos cuartos contiguos, como los de Inés y Mal, con una puerta entre ellos que ya estaba abierta de par en par cuando Inés fue a ver cómo se habían instalado.
Se detuvo antes de llegar.
Desde dentro llegaban voces en ponapeño — bajas, rápidas, con ese ritmo de cuando Ada y Leilani hablaban en serio de algo que no era para oídos de nadie más. No era la primera vez que Inés lo escuchaba. Pero esta vez era diferente.
Notó el don al borde — ese filo familiar, esa grieta que se abría sola cuando había algo que no cuadraba.
Lo dejó pasar.
Turismunda. El hueco donde debería haber un recuerdo y no había nada. La cara de una mujer que la había querido bien y a quien ella había borrado sin querer, sin saberlo, por abrir esa grieta una vez más.
No. Ya no.
Se apoyó en la pared del pasillo y esperó a que las voces pararan.
Pensó en Ada convenciéndolas de aceptar la invitación de Doña Amalia. Lo había hecho como hacía siempre — con la decisión ya tomada y las palabras justas para que pareciera que se acababa de decidir entre todos.
Doña Amalia es alguien muy importante en Manila. Para la audiencia con el fiscal, eso vale mucho.
Lógico. Razonable. Completamente cierto.
Y también completamente Ada.
Una casa en Ermita con el escudo de los Astolfi en la portezuela. Un nombre que abría puertas en Manila. Una cobertura que no había pedido pero que le venía perfecta para lo que fuera que Ada estuviera haciendo en las trastiendas de Quiapo.
Inés miró el pasillo. La puerta entornada. La franja de luz que salía por debajo.
Decidió que no necesitaba saber más.
Llamó con los nudillos.
— ¿Todo bien?
Las voces pararon.
— Todo bien — respondió Ada con naturalidad—. La habitación es grande.
— La mía también.
— ¿Mal tiene ventana?
— Con vistas al mar. Casi.
Desde dentro llegó algo que podría haber sido una carcajada de Leilani, corta y limpia.
— El almuerzo es a la una — añadió Inés —. Tenemos que ser puntuales.
— Lo seremos — aseguró Ada.
Inés se alejó por el pasillo hacia su habitación. Detrás, después de un momento, las voces en ponapeño volvieron — más bajas todavía, casi un murmullo.
Inés no se giró.
Llamaron a la puerta de su habitación cuando acababa de abrir el equipaje.
Ada entró, miró el cuarto, se sentó en el borde de la silla sin quitarse los zapatos. Como quien no piensa quedarse mucho.
Inés esperó.
Ada contemplaba sus manos.
Y entonces Inés entendió que Ada no había venido a contarle nada. Había venido a ver cómo estaba.
— El lunes me encontré con Turismunda — empezó —. En la calle. Me llamó por mi nombre, me cogió las manos, me miraba como... — Se paró —. Como la gente mira a alguien que quiere.
Ada levantó la vista.
— Y yo no la recordaba. Nada. Ni la cara, ni la voz.
Un hueco donde debería haber algo... Me contó que han cerrado Lasalle.
Por un escándalo — Luján y el padre Rafael.
Don Esteban se enteró y montó en cólera, obligó a los benefactores, a los padres de todas las chicas...
Las sacaron a todas. — Inés sonrió con amargura—.
Don Esteban destruyendo en dos semanas lo que Hartzenbusch había construido en años.
Y la señorita Hartzenbusch está ahora en una pensión de la calle Cabildo.
— Ah — dijo Ada. Solo eso.
— Cuando volví busqué en el diario. Había una entrada del primer día, en el tren. — Inés lo recitó de memoria —. Me ha recogido una tal Turismunda Barbieri. Creo que me cae bien. Era lo único que quedaba de ella.
Ada la miró:
— Siempre nos trató muy bien.
— Sí.
Inés esperó. Pensó que quizás ahora Ada diría algo — lo del mercado, lo del cuchicheo con Leilani al otro lado del pasillo. Algo.
— Entonces el almuerzo a la una — Ada se levantó—. Seremos puntuales.
Y salió.
Inés se quedó mirando la puerta cerrada.