Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 7
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La tienda de materiales de dibujo estaba en una calle lateral de Intramuros que Inés encontró por casualidad — un escaparate pequeño con papel y pinceles expuestos con el orden meticuloso de quien ama lo que vende.

Tardó más de lo previsto porque no sabía a ciencia cierta qué buscaba para Mal: un cuaderno que no fuera demasiado pequeño, lápices de colores, quizás algo de acuarela si había.

El dependiente, un chino de unos sesenta años con gafas redondas, la ayudó sin hacer preguntas innecesarias, que era justamente el tipo de ayuda que Inés necesitaba ese día.

Salió con un paquete bajo el brazo y el sol de Manila cayéndole encima con su habitual falta de consideración.

Fue entonces cuando la oyó.

— ¡Señorita Montesclaros! ¡Señorita Montesclaros, por el amor de Dios!

Una mujer bajita y regordeta se abría paso entre la gente con la determinación de quien nunca ha dejado que su estatura fuera un obstáculo.

Vestido color rosa claro. Pelo castaño grisáceo escapándose del moño en mechones rebeldes.

Cara redonda y sonrosada, más sonrosada todavía por el calor o por el esfuerzo o por las dos cosas a la vez.

— ¡Llevo dos cuadras siguiéndola! — llegó jadeando, llevándose el pañuelo a la frente — . ¡Con este calor! ¡Ay, niña, qué alegría verla! ¡Qué alegría tan grande!

Le agarró las dos manos y se las apretó con una efusividad que no dejaba lugar a dudas sobre lo que sentía.

Inés la miraba.

Sonreía. Claro que sonreía — la mujer delante de ella irradiaba una calidez tan natural, una alegría tan desbordante, que no sonreír habría sido una crueldad. Pero por dentro, detrás de la sonrisa, algo se había quedado muy frío.

No la recordaba.

No la recordaba en absoluto.

La cara, el vestido, el pañuelo, los mechones rebeldes — nada. Un hueco limpio donde debería haber algo. Como abrir un cajón que siempre ha tenido cosas dentro y encontrarlo vacío.

— ¡Y con ese pelo! — La mujer le soltó las manos para llevárselas a las mejillas con un gesto de pura admiración — . ¡El pelo de verdad! ¡Sabía yo que era así! ¡Lo sabía desde el primer día!

— Sí — dijo Inés.

— ¡Y qué bien la veo! ¡Más alta, ¿verdad? ¡O es el vestido! ¡Ay, cuánto tiempo!

— Sí — Sonrió, aunque por dentro buscaba con desesperación cualquier cosa — un nombre, un momento, una voz — que le dijera quién era esta mujer que la conocía tan bien y a quien ella había borrado completamente de su memoria.

Nada.

— ¿Va con prisa? — preguntó la mujer, ya mirando a su alrededor con el ojo práctico de quien evalúa posibilidades — . Porque yo conozco una pastelería aquí cerca que tiene unos bollos de coco que son una maravilla. ¿Me acompaña un momento? Tengo tantas cosas que contarle...

Inés miró el paquete bajo su brazo. Pensó en Mal esperando en Santa Filomena con Pilar y sus pinceles.

— Por supuesto — dijo.

La pastelería era pequeña y olía a azúcar tostada y a café recién hecho. Se sentaron junto a la ventana — la mujer con sus bollos de coco y su taza de té, Inés con un café que no había pedido pero que agradeció porque tener algo en las manos ayudaba.

La mujer habló desde el principio con la energía imparable de quien lleva tiempo sin tener a quien contarle las cosas importantes.

Inés escuchaba. Asentía. Buscaba.

¿Quién eres? Era la pregunta que no podía hacer. No podía preguntárselo a alguien que la miraba con ese cariño tan evidente, tan arrollador. Sería como decirle: todo lo que fuimos juntas no existe para mí. No podía hacerle eso.

Así que escuchaba. Y buscaba pistas.

— ...y la señorita Hartzenbusch, pobrecita, no sabe ya qué hacer. Yo le dije, le dije desde el principio: esto va a tener consecuencias. Pero claro, nadie me escucha a mí...

Hartzenbusch. La academia. Era alguien de la Academia Lasalle.

Inés se aferró a ese cabo como a una cuerda en el agua.

— ¿Cómo está la señorita Hartzenbusch? — preguntó, con toda la naturalidad que pudo.

La mujer dejó el bollo en el plato y su cara cambió — esa expresión de quien va a contar algo terrible y sabe que es terrible pero no puede evitar contarlo.

— Ay, señorita Montesclaros. Ay. Por dónde empiezo. — Se limpió los dedos con la servilleta — . ¿Sabe usted lo del padre Rafael?

— Cuénteme — pidió Inés, que lo recordaba de las misas de los domingos.

Y la mujer contó.

El padre Rafael y Luján Tantoco. El escándalo.

Y entonces, sin buscarlo, dos imágenes llegaron a la vez.

La primera: una salita en el palacio del Gobernador, las cortinas moviéndose un segundo, Luján con su vestido blanco de Sisí de Austria y una capa oscura de caballero veneciano. Labios besándose. Las cortinas volviendo a cerrarse. ¿Lo había visto? ¿Lo había imaginado?

La segunda: un tranvía de vuelta de Intramuros, una grieta pequeña entre lo que el padre Rafael decía y lo que pensaba — qué largo se me está haciendo este invierno, menos mal que la tengo a ella — y él llevándose la mano a la medalla. La Virgen, había pensado ella. La Virgen. Claro.

No era la Virgen. Nunca había sido la Virgen.

Turismunda seguía hablando. Don Esteban enterándose. La cólera. Los benefactores. Las llamadas. Los padres de otras alumnas. Todo el edificio cuidadosamente construido por Hartzenbusch durante años desmoronándose en semanas porque Don Esteban había decidido que tenía que desmoronarse.

— Al padre Rafael lo han mandado a las misiones en China — susurró la mujer, como si el padre Rafael pudiera escucharla desde algún punto del Pacífico — .

A las misiones más lejanas que encontraron.

Y Luján... pobrecita, aunque la verdad es que...

— Se detuvo. Eligió — . Luján está en casa.

Castigada. Sin salir. Sin ver a nadie. Don Esteban es un hombre muy... muy...

— Lo sé — intentó ayudar Inés.

La mujer la miró.

— Sí — admitió, en voz más baja — . Supongo que usted sí lo sabe.

Hubo un momento entre las dos — pequeño, cargado — que Inés no supo leer del todo porque no tenía los recuerdos que lo habrían hecho legible.

— ¿Y la señorita Hartzenbusch? — preguntó.

— En una pensión. — La mujer lo dijo con la tristeza de quien enuncia algo que todavía no ha terminado de aceptar — . En la calle Cabildo. Una pensión decente, no crea, pero... — Miró sus manos — . Después de todo lo que fue la Academia Lasalle... Una pensión.

Inés pensó en Hartzenbusch. En su despacho lleno de libros y objetos traídos de medio mundo, de sus viajes. En todo lo que Hartzenbusch sabía y no decía.

— ¿Y usted? — preguntó.

La mujer levantó la vista.

— ¿Yo? — Sonrió, y en la sonrisa había algo que intentaba ser despreocupado y no lo conseguía del todo — .

Yo me busco la vida. Siempre me la he buscado.

— Cogió el bollo — . Tengo unos sobrinos en Binondo que me tienen dicho que cuando quiera...

— Se encogió de hombros — . Pero todavía no. Todavía hay cosas que resolver.

Inés sonrió.

— Ah, y por cierto — añadió Turismunda, como quien recuerda algo importante justo cuando iba a olvidarlo —.

¿Sabe que Tiya Rosa está con los Palomares?

En Paco. Le han tomado mucho cariño, dice que está bien.

— Cogió el último trozo de bollo —. Y Charing se ha ido con su familia a Cavite, la pobrecita, con todo lo que está pasando...

Y María y Lito siguen juntos, que ya era hora, ¿verdad? Siempre lo dije yo. Siempre.

Inés la miró.

Los recordaba a todos. A Tiya Rosa con su trapo y su manera de cuchichear entre verduras. A Charing corriendo por los pasillos. A María. A Lito. Los recordaba con nitidez, con peso, con el calor de las cosas que han existido de verdad.

Y no recordaba a esta mujer que se los estaba nombrando.

Esta mujer — fuera quien fuera, este hueco con vestido rosa claro y mechones rebeldes y manos que le habían apretado las suyas con tanto cariño — había perdido su trabajo, su casa, su vida organizada alrededor de una institución que ya no existía.

Y seguía preocupándose por los demás. Y estaba aquí, en una pastelería, comiéndose un bollo de coco y alegrándose de verla como si nada de lo demás importara demasiado.

— Me alegra haberla encontrado — confesó Inés. Y lo decía en serio, aunque no supiera por qué.

La mujer la miró con una expresión que Inés no pudo sostener demasiado tiempo.

— Ay, niña — estaba emocionada — . Yo también. Yo también.

Se despidieron en la puerta de la pastelería. La mujer le dio dos besos, le apretó las manos otra vez, le dijo que cuidara ese pelo tan bonito y que si alguna vez necesitaba algo — lo que fuera — que ya sabía dónde encontrarla aunque Lasalle ya no existiera.

Inés asintió. Sonrió. La vio alejarse calle abajo con su paso decidido y su vestido rosa y su moño perdiéndose entre la gente de Intramuros.

Y se quedó de pie en la acera con el paquete bajo el brazo y un hueco por dentro que no tenía nombre todavía.

¿Quién eras?

No lo sabía. No iba a saberlo — no de la manera en que debería, no con el peso real de lo vivido juntas detrás. Podía preguntar. Podía reconstruir. Pero el recuerdo en sí — ese, el de verdad — se había ido.

El don se lo había llevado.

En algún momento, en alguna de las veces en que había abierto esa grieta entre lo dicho y lo pensado, había perdido a esta mujer. A esta mujer concreta que la había mirado con esos ojos llenos de cariño y que se había alegrado tanto de verla que había corrido dos cuadras con ese calor.

Inés miró la calle. El sol de Manila. Los carruajes y los pregoneros y el ruido constante que nunca paraba.

El don tenía un coste. Lo sabía desde el principio. Lo había aceptado como algo abstracto — recuerdos perdidos, huecos sin nombre, el precio de escuchar lo que nadie había pedido que escuchara.

Pero esto no era abstracto.

Esto era una persona.

Echó a andar con el paso un poco más rápido de lo necesario, como si la velocidad pudiera dejar atrás algo que iba por dentro.

Llegó a Santa Filomena casi corriendo.

La señora Reyes de Villanueva dijo algo desde el salón — algo sobre el almuerzo, sobre los horarios — que Inés no escuchó.

Subió las escaleras de dos en dos con el paquete todavía bajo el brazo y la garganta apretada con algo que no había conseguido soltar en la calle porque en la calle no se podía.

La habitación. La bolsa. El diario al fondo, envuelto en la tela que lo protegía.

Lo abrió.

Buscó hacia atrás — los primeros días en Manila, la llegada, el tren — con los dedos que no le obedecían del todo porque le temblaban un poco más de lo que le habría gustado.

Y lo encontró.

Unas líneas. Su letra de entonces, más pequeña y más apretada que ahora.

Me ha recogido en el tren Turismunda Barbieri. Creo que es el ama de llaves o algo así. Me ha parecido muy divertido su pelo, lleno de rizos escapándose por todos lados. Es pequeñita y un manojo de nervios. No ha parado de hablar en todo el trayecto. Creo que me cae bien.

Turismunda.

Turismunda Barbieri, que había corrido dos cuadras con el calor de Manila para alcanzarla. Que le había apretado las manos. Que le había dicho que si necesitaba algo — lo que fuera.

Turismunda, que había sido la primera persona que le había hablado con normalidad en esta ciudad. Y que Inés había borrado completamente, sin saberlo, sin quererlo, en alguna de las veces en que el don había abierto su grieta y se había llevado lo que le había dado la gana.

Cerró el diario.

Y rompió a llorar.