Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 6
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El paquete llegó durante el desayuno, cuando Inés estaba en su segunda taza de café y Mal en su tercer pan.

Era un paquete pequeño, envuelto en papel marrón y atado con un cordel con un nudo que era innecesariamente complicado para su tamaño. En la parte delantera, con una letra ordenada y ligeramente inclinada hacia la derecha que Inés reconoció de inmediato:

Para Inés Montesclaros Lautner. Santa Filomena, Intramuros, Manila.

— ¿De quién es? — preguntó Ada, sin levantar la vista de su taza.

Inés ya estaba deshaciendo el nudo.

— De Práxedes.

Ada levantó la vista.

Mal dejó el pan.

Dentro había tres libros y una nota doblada en cuatro. Inés desplegó la nota primero.

Inés:

He tardado más de lo que debería en encontrar el de Mal.

El librero de Cebú me miró como si le hubiera pedido algo obsceno cuando le describí lo que buscaba.

Al final lo encontré en el puerto, en un cajón de un marinero holandés que necesitaba dinero para el pasaje.

Supongo que así es como deben llegar los mejores libros.

Para Mal: las Leyendas de Bécquer. Ya sé que tiene las Rimas, pero Bécquer también escribía cuentos de miedo — los mejores que conozco, y eso que he leído a Poe.

Que nadie le diga que el mismo hombre que escribía sobre golondrinas también escribía sobre muertos que vuelven y manos que salen de las tumbas. Que lo descubra solo.

Para Ada: El rayo verde, de Verne. Es una novela sobre alguien que busca algo en el horizonte del mar y no sabe muy bien qué encontrará cuando lo encuentre. Me pareció adecuado. Ada sabrá por qué.

Para ti: Frankenstein. No te lo explico. Solo te digo que lo leas.

Hasta luego.

P.

Mal ya tenía el libro en las manos, examinando la cubierta con esa concentración suya de cuando algo le parecía importante.

— ¿Muertos que vuelven?

— Eso pone.

— ¿De verdad?

— Ya lo descubrirás —sonrió Inés al ver su emoción.

Mal abrió la primera página con el cuidado de siempre — el mismo que había puesto en el pincel de Pilar, el mismo que ponía en el mordedor de Stubing. Las cosas importantes se tocaban así.

Ada tenía El rayo verde en la mano y lo miraba entre intrigada y emocionada.

— Ada sabrá por qué — leyó Ada, más para sí misma.

Se lo guardó en el bolsillo.

Inés miró su propio libro. La cubierta. El título.

Frankenstein.

No te lo explico. Solo te digo que lo leas.

Inés lo dejó en la mesa con la cubierta hacia abajo. Tenía una encuadernación preciosa, con ribeteados plateados.

Fue entonces cuando la señora Reyes de Villanueva apareció en la puerta del comedor con su taza de caldo y una expresión de anuncio inminente.

— Señorita Montesclaros. Hay un carruaje esperándola en la puerta. Un carruaje muy bonito, si me permite decirlo.

Era burdeos, con las ruedas lacadas y el escudo de los Astolfi grabado en la portezuela.

Mal lo examinó de arriba abajo antes de subir.

— Mejor que el de Ríos Mont — dictaminó.

— No se lo digas al señor Ríos Mont.

— No pienso verle.

— Nunca se sabe.

Mal subió. Inés subió detrás. El cochero cerró la portezuela con un sonido preciso y el carruaje arrancó con una suavidad que el carromata de Cándido nunca habría podido permitirse.

Mal miró por la ventanilla.

— ¿Crees que habrá más pastas?

— Yo apostaría a que sí.

Mal sonrió satisfecho.

Doña Amalia los esperaba en la misma sala que la primera vez — las contraventanas entornadas, la luz en franjas oblicuas sobre la alfombra, las manos sobre los apoyabrazos, la espalda recta de siempre.

Pero esta vez solo dos sillas frente a ella, y la bandeja con el té ya puesta encima de la mesita, y en el plato de las pastas, Inés lo vio de inmediato, algo diferente de la primera vez.

Mal lo vio antes.

— Todas tienen bolita — comentó.

— Sentaos — indicó Doña Amalia sin inmutarse.

Se sentaron. Mal cogió una pasta. Doña Amalia lo observó con algo nuevo en los ojos — todavía no era ternura, pero la evaluación ya se había quedado atrás.

— He hablado con Viena — anunció, mirando a Inés —. Mathilde ya sabe que sois dos.

— ¿Y cómo se lo ha tomado? —preguntó Inés, de repente nerviosa.

— Mejor de lo que esperaba. — Apretó los labios —. Peor de lo que esperaba, también. Son las dos cosas a la vez, con Mathilde. Siempre lo han sido.

Inés esperó.

Doña Amalia dejó la taza en el platillo con un sonido pequeño y preciso.

— Hay cosas que Mathilde quiere que sepas — continuó —.

Cosas que lleva años sin poder decirle a nadie porque no había nadie a quien decírselas.

— Miró a Mal un momento, luego volvió a Inés —.

Friedrich no era un hombre normal. Eso lo sabes mejor que nadie.

Pero no empezó en Balabac. Empezó mucho antes, en Baviera, cuando todavía era un niño.

— ¿Qué hacía?

— Cosas que los niños no hacen. — Doña Amalia lo dijo con frialdad —.

Con animales, al principio. Luego con otras cosas.

Mathilde lo vio y no supo qué hacer con lo que veía.

Su marido decía que era curiosidad científica.

Que el muchacho tenía talento. — hizo un gesto de resignación —.

La endogamia tiene esos efectos, en las familias que llevan demasiados siglos casándose entre primas.

Ha destruido casas reales y tronos enteros. Los Von Lautner no eran una excepción.

Mal había dejado la pasta a medio comer.

Escuchaba.

— ¿Y Mathilde lo dejó hacer? — preguntó Inés.

— Mathilde hizo lo que hacen las madres que ven algo que no quieren ver — explicó Doña Amalia —.

Miró hacia otro lado. Durante años. Hasta que ya no pudo seguir mirando hacia otro lado porque Friedrich se había ido a Filipinas y las noticias que llegaban de aquí eran demasiado concretas para ignorarlas.

— ¿Qué noticias?

— Rumores, al principio. Luego algo más que rumores. — Doña Amalia cruzó las manos sobre el regazo —. Mathilde contrató a alguien para investigar. Lo que le contaron... — Se detuvo. Eligió —. Le costó dos años aceptarlo. Y otros dos decidir qué hacer.

— ¿Y qué decidió?

— Encontraros. A vosotros. A quien quedara. — el silencio se alargó —. Y limpiar el apellido. En la medida en que eso sea posible.

La luz seguía entrando oblicua por las contraventanas. Afuera, en el jardín, algo — un pájaro, el viento — movió las hojas de un árbol con un sonido breve.

Fue Mal quien habló.

— Padre quemaba cosas.

Doña Amalia lo miró.

— ¿Qué clase de cosas?

— Las que no le salían bien. — Mal lo dijo con la misma frialdad con que Doña Amalia había hablado de Friedrich en Baviera, pero desde un lugar completamente diferente — desde dentro, desde cerca, desde los ojos de un niño que había sobrevivido observando —.

Los animales primero. Luego los que no tenían el pelo bien.

Los que lloraban mucho. Los que se ponían enfermos.

Doña Amalia no abrió la boca.

— Yo no lloraba — continuó Mal —. Por eso me quedé. — miró al suelo —. Creo.

El silencio que siguió era de una clase diferente a todos los silencios anteriores de esa sala.

Doña Amalia tenía las manos sobre el regazo y las miraba. Era la primera vez, desde que Inés la conocía, que no miraba a quien tenía delante. Como si necesitara un momento en que nadie pudiera verle la cara.

Mal cogió su pasta y siguió comiéndola.

Doña Amalia levantó la vista.

— Mathilde — su voz era la misma de siempre pero con algo dentro que no había estado antes — lo siente. No es suficiente. Lo sabe. Pero lo siente.

— Ella no hizo nada — señaló Mal.

— No.

— Entonces no tiene que sentirlo.

Doña Amalia lo observó con interés.

— Ojalá fuera tan sencillo.

— Es sencillo — replicó Mal —. Padre era Padre. Ella es ella. Son distintos.

Doña Amalia asintió con la cabeza. No como quien concede un punto en una discusión sino como quien recibe algo que no esperaba recibir de donde menos lo esperaba.

Las pastas habían desaparecido casi todas cuando Doña Amalia volvió a los papeles.

— La herencia — empezó despacio, midiendo las palabras — es considerable.

Mathilde ha sido una gestora prudente durante décadas.

Lo que Friedrich dilapidó en sus... investigaciones era una fracción de lo que había.

— Respiró hondo —. Hay una casa en Viena.

Una finca en Baviera con un castillo que lleva veinte años sin habitarse.

Inversiones en varios sectores industriales que un abogado de Viena gestiona desde hace años y que seguirá gestionando hasta que usted decida otra cosa.

— Miró a Inés —. Es mucho dinero. Más del que probablemente podáis imaginar en este momento.

Inés no sabía qué pensar. Nunca había tenido nada. Y ahora...

— ¿Y qué tengo que hacer?

— De momento, firmar unos documentos que reconocen tu identidad como heredera. — Doña Amalia la miró —. Para eso necesitas una tutora legal en Manila. Alguien que responda por ti ante las autoridades hasta que cumplas los dieciocho.

Inés la observó con curiosidad.

— ¿Se ofrece usted?

— Mathilde me lo pidió — confesó Doña Amalia —. Y yo acepté. — Se aliso la falda —. No es un papel que haya ejercido con frecuencia. Pero tampoco es el primero.

Inés pensó en la hija que había enterrado. En una vida entera en Europa y un final en Manila cuidando de dos extraños.

— De acuerdo — contestó.

Doña Amalia suspiró y, con ese gesto, pareció dar el asunto por resuelto.

— Lo cual — añadió — hace que la Residencia de Señoritas Santa Filomena sea todavía menos adecuada de lo que ya era.

— ¿Tiene alguna alternativa en mente?

— Tengo una casa grande — comenzó Doña Amalia —. Con habitaciones que llevan años sin usarse. — parecía hablar para si misma —. Hay sitio para todos. Incluida la tía.

Mal levantó la vista de la última pasta.

— ¿Y podemos tener un gato?

Doña Amalia lo miró.

— En esta casa ya hay un gato — señaló —. Se llama Bismarck. Es viejo, antipático y araña a quien no le cae bien.

Mal se quedó callado.

— ¿Yo le caigo bien?

— Eso — Doña Amalia lo miró — tendrá que decidirlo él.

Los acompañó hasta la puerta.

— Lo de la mudanza — indicó — no corre ninguna prisa. Cuando lo creas conveniente. — la observó un instante —. Aunque imagino que querrás consultarlo con tus... acompañantes.

— Sí — adimitió Inés —. Tengo que hablarlo con Ada. Y con Leilani.

Doña Amalia la contempló como si eso fuera precisamente lo que esperaba escuchar.

— El jueves que viene trae los documentos firmados. Ríos Mont te hará llegar su copia antes del fin de semana.

Les tendió la mano a los dos — primero a Inés, luego a Mal, con la misma formalidad para los dos, que era su manera de no distinguir.

Mal se la estrechó con seriedad de adulto.

— Bismarck. — Mal se había quedado mirando la puerta del jardín.

— ¿Perdón?

— El gato. ¿Puedo verle antes de irnos?

Doña Amalia lo miró sorprendida.

— Está en el jardín — apuntó —. Pero le advierto que no le gustan las visitas.

— A mí sí me gustan los gatos — soltó Mal, como si eso resolviera el asunto.

Doña Amalia hizo un gesto a la doncella. La doncella desapareció y volvió con un gato enorme, anaranjado y con cara de llevar años desaprobando al género humano en general. Lo dejó en el suelo. El gato recorrió a Inés, a Doña Amalia y a Mal con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo.

Se acercó a Mal y le olisqueó la mano.

Luego se sentó a su lado con indiferencia y frotó una vez la cara contra su pierna.

Doña Amalia levantó las cejas.

En el carruaje de vuelta, Mal miraba por la ventanilla con el mordedor de Stubing en la mano.

— ¿Somos ricos? — preguntó.

Inés tardó un momento en responder.

— Parece que sí.

Mal soltó el mordedor.

— ¿Muy ricos?

Inés pensó en el castillo de Baviera sin habitar. En la casa de Viena. En las inversiones que un abogado gestionaba desde hacía años.

— Mucho — respondió.

Mal volvió a la ventanilla.

— ¿Y eso es bueno?

Inés se miró las manos.

— No lo sé todavía.

Sintió un escalofrío pequeño y preciso ajeno por completo al calor de Manila; la certeza de que todo se había puesto en movimiento y que ya no había manera de pararlo.

Santa Filomena estaba en silencio cuando llegaron — esa hora muerta de la tarde en que las residentes dormían la siesta o leían o hacían cualquier cosa que la señora Reyes de Villanueva considerara apropiada para señoritas decentes.

Pilar estaba en el vestíbulo.

Había recogido todas sus cosas de pintura — el caballete doblado bajo el brazo, la caja de madera colgada del hombro, el delantal manchado encima de todo — y tenía el aspecto de quien está a punto de salir a buscar la siguiente luz buena del día.

— Buenas tardes — saludó, con esa sonrisa suya rápida y expresiva.

— Buenas tardes — respondió Inés.

Y entonces lo vio.

Las uñas.

Pilar sujetaba el caballete con las dos manos y las uñas quedaban a la vista — cortas, limpias, y pintadas de un color que Inés tardó un segundo en identificar porque no era un color que esperara ver ahí.

Púrpura. Con un toque de brillo que no era barniz normal sino algo más — un pigmento, quizás, de los que Pilar tendría en su caja de pinturas.

Púrpura.

Inés solo había visto ese color una vez en su vida.

En el tren. La mujer que había matado a alguien y había desaparecido antes de que nadie pudiera verle la cara.

Miró a Pilar.

La voz no era la misma. La estatura tampoco. Pilar era menuda y joven y tenía esa cara abierta de quien no esconde nada — o de quien esconde todo tan bien que parece que no esconde nada.

No era ella.

No podía ser ella.

Pero las uñas eran iguales que esas.

— Hay muy buena luz esta tarde — Pilar señaló hacia la calle, completamente ajena —. El jardín del convento de enfrente tiene una pared que a esta hora es extraordinaria.

— Que la disfrutes — fue lo único que se le ocurrió a Inés.

Pilar salió. La puerta se cerró detrás de ella.

Mal observó a Inés.

— Cara rara tienes —intentó imitar el tono de voz de Ada.

— Es el calor — volvió a mentir Inés.

Mal la miró un momento más con esa cara suya que no disimulaba nada. Luego subió las escaleras hacia su habitación con el libro de Bécquer bajo el brazo.

Inés se quedó en el vestíbulo.

Miró la puerta cerrada.

Púrpura.