5
— ¿Por qué no has ido con las otras? — preguntó Mal.
Pilar no levantó la vista del lienzo.
— Porque hoy hay buena luz.
Inés la había visto desde la ventana del pasillo — el caballete plantado entre las buganvillas, la figura menuda inclinada sobre el papel — y había bajado con Mal sin saber muy bien por qué.
Quizás porque el jardín de la residencia era mucho más agradable que la habitación y pensar de pie era mejor que pensar sentada.
Pilar era menuda y morena, con el pelo recogido de cualquier manera y una mancha de verde en el dorso de la mano derecha que claramente no era de hoy.
Tenía una cara que en reposo parecía seria y en movimiento era otra cosa completamente — rápida, expresiva, con unos ojos oscuros que se detenían en las cosas un segundo más de lo normal, como si las estuviera midiendo para pintarlas.
Llevaba un delantal encima del vestido con más manchas que el de Stuart después de una mañana de fogones.
Mal miraba el lienzo sin pestañear, con la boca un poco abierta.
— ¿Quieres probar? — le propuso la joven.
Su mirada fue del lienzo a los pinceles y de los pinceles a Pilar.
— ¿Puedo?
Pilar sacó un pincel pequeño de su caja de madera y lo sostuvo hacia él sin decir nada.
Lo cogió con el cuidado de quien toca algo que puede romperse, los ojos yendo de las flores al lienzo.
Inés lo observó un momento.
Desde el almuerzo llevaba dándole vueltas — el solo podemos ir nosotras dos de Ada, sin brusquedad pero sin fisura, con esa firmeza de quien ha decidido algo de antemano. No era desconfianza. Era que no encajaba, como cuando una puerta cierra bien pero uno sabe que hay algo detrás.
Desde el interior de la residencia llegaron voces. Ada y Leilani, en el pasillo.
Inés miró a Mal, que tenía el pincel en la mano y los ojos fijos en las buganvillas, absorto de una manera que Inés no había visto antes en su cara.
— Vuelvo pronto.
— Mm — dijo Mal, sin apartar los ojos del pincel.
Subió a la habitación, cogió el sombrero de ala ancha que había comprado en Cebú, se lo encasquetó hasta las cejas, y salió a la calle.
Ada y Leilani estaban en la acera, de espaldas, caminando hacia la parada del tranvía. Inés esperó en el portal hasta que doblaron la esquina y entonces salió.
El sombrero era una idea razonable en teoría. En la práctica, una chica pelirroja con sombrero de ala ancha seguía siendo una chica pelirroja. Pero era lo que había.
Llegó a la esquina justo a tiempo de ver el tranvía arrancar.
Ada y Leilani ya estaban dentro.
Había un carromata parado junto a la acera de enfrente — una calesa ligera de dos ruedas, con un caballo bastante flaco y encima del pescante un hombre de unos cuarenta años con un sombrero de paja torcido y una sonrisa que sugería que estaba dispuesto a negociar cualquier cosa.
Inés no se lo pensó.
— Siga ese tranvía.
Cándido — así ponía en un cartel oxidado clavado en el lateral del carromata: Cándido, El Mejor — la miró un segundo, miró el tranvía, y soltó un grito que hizo que el caballo arrancara como si le hubieran disparado.
Inés se agarró a lo que pudo.
Lo que pudo resultó ser una barra de madera astillada que crujió de manera preocupante pero aguantó mientras Cándido metía el carromata por un callejón que visualmente no tenía anchura suficiente para un carromata.
Lo tenía. Por muy poco. Una señora con una cesta de mangos se apartó con una maldición en tagalo.
Un perro salió corriendo. Dos niños se rieron.
Cándido salió al otro lado a la calle principal con el tranvía ahora solo una cuadra por delante y una expresión de satisfacción profesional absoluta.
— Ahí está — dijo, como si hubiera alguna posibilidad de que Inés no lo hubiera visto.
El tranvía iba hacia el norte, cruzando hacia Quiapo.
Cándido lo seguía con una dedicación que no distinguía entre acera y calle, entre espacio suficiente y espacio que podía serlo si el caballo lo decidía.
En dos ocasiones Inés cerró los ojos. En una tercera decidió que cerrarlos no ayudaba y los mantuvo abiertos.
El puente de España apareció adelante — el Pasig debajo, ancho y marrón y lleno de bancas que cruzaban en todas direcciones con una lógica propia que no era la de las calles. El tranvía lo cruzó despacio. Cándido lo cruzó de otra manera.
— ¡Apártense! — gritó, sin especificar a quién.
Varios se apartaron. Suficientes.
Al otro lado del puente Manila era diferente — más ruidosa, más mezclada, con el olor del río todavía pegado al aire y los puestos desbordando las aceras hacia la calle.
La iglesia de Quiapo apareció a la derecha con su fachada oscura y sus devotos del Nazareno Negro en la escalinata, inmóviles como si llevaran ahí desde siempre.
El tranvía frenó en la parada.
— Pareeee — casi chilló Inés.
Cándido paró. El caballo tardó un poco más en enterarse.
Ada y Leilani bajaron del tranvía y desaparecieron entre la gente sin girarse.
Inés le tendió el dinero a Cándido.
Cándido lo cogió y siguió con los ojos a Ada y Leilani, luego a Inés, luego al sombrero.
— ¿Quiere que espere? — preguntó, con el tono neutro de quien ha aprendido que en Quiapo las preguntas directas ahorran tiempo.
Inés evaluó el callejón. Miró a Cándido.
— Espere — decidió.
Cándido se recostó en el pescante con la filosofía de quien tiene todo el tiempo del mundo, y el caballo aprovechó para comer algo del suelo que era mejor no identificar.
Inés se caló el sombrero y fue tras ellas.
El mercado era una sucesión interminable de puestos de tela, de especias, de fruta y de cosas sin nombre aparente apiladas con una lógica que solo el vendedor entendía.
Se oían voces en tagalo, en español y en lenguas que Inés no conocía.
El olor era una mezcla de flores cortadas y pescado seco y aceite caliente y el río, siempre el río, filtrándose desde el Pasig como un recordatorio de que todo esto estaba construido sobre agua.
Inés vio a Leilani primero — fácil, porque Leilani por encima de la multitud era inevitable. Avanzaban deprisa, con Ada marcando el ritmo y Leilani abriéndose paso sin esfuerzo visible, como un barco que no necesita esquivar las olas porque las olas se apartan solas.
Inés las siguió a distancia.
Giraron dos veces. Luego una tercera, por un callejón donde los puestos se apretaban hasta casi tocarse y la luz caía desde arriba en franjas estrechas entre los toldos. Inés perdió a Leilani un momento — demasiada gente, demasiado movimiento — y aceleró el paso.
Las encontró al doblar la esquina.
Paradas. Hablando con un hombre.
Inés se metió detrás de un puesto de especias con más instinto que plan. El vendedor la miró. Inés cogió un saquito de pimienta y fingió examinarlo con interés.
El hombre con quien hablaba Ada era chino, de unos cincuenta años, con una chaqueta oscura y la cara de quien lleva toda la vida en el mismo sitio y conoce cuánto vale cada cosa que pasa por sus manos.
Hablaba en voz baja. Ada escuchaba con la postura de la Nahnmwarki — recta, quieta, sin mostrar nada.
Leilani no decía nada. Solo estaba ahí, que era suficiente.
El hombre señaló hacia el fondo del callejón. Los tres desaparecieron por una puerta que Inés no había visto hasta que se cerró detrás de ellos.
Inés dejó el saquito de pimienta.
— ¿Va a comprar? — preguntó el vendedor.
— No — Inés fue hacia la puerta.
No era literalmente una puerta — era una cortina de tela gruesa que daba a un patio interior donde el ruido del mercado llegaba amortiguado y el olor era diferente: serrín y aceite de máquina.
El patio era más grande de lo que sugería el callejón. Había cajas apiladas contra las paredes, algunas abiertas, algunas no. En el centro, bajo un toldo de lona, varios hombres miraban algo que Inés no podía ver desde donde estaba.
Y en un rincón, junto a la pared del fondo, una jaula de madera con dos gallos dentro.
Inés lo entendió entonces.
No era solo un almacén. Era la trastienda de una gallera — el ruido de la pelea de gallos llegaba de más adentro, amortiguado pero inconfundible: gritos, apuestas y el sonido de mucho dinero cambiando de manos muy deprisa.
Ada y Leilani habían seguido al hombre hacia las cajas.
Inés se pegó a la pared, detrás de una columna de cajones, y esperó.
El hombre abrió una. Dentro había algo envuelto en tela aceitosa que desenvolvió. Ada lo examinó. Le dijo unas palabras en voz demasiado baja para que Inés las oyera.
Fue entonces cuando el hombre que estaba junto a la caja comentó algo al vendedor — algo rápido, en una lengua que Inés no reconoció de inmediato.
No era tagalo. No era español. Era algo más cerrado, más tonal, con esa música del dialecto chino que llevaba siglos sonando en los mercados de Quiapo — el hokkien de los sangleys, los comerciantes chinos de Manila que llevaban generaciones mezclándose con la ciudad sin llegar a ser del todo de la ciudad.
El don llegó sin aviso.
No eran las palabras — esas no las entendía.
Era la otra cosa, la que había aprendido en Ivo ilo con el ponapeño y en Ponapé con el alemán: la certeza física de la disonancia, la vibración que venía de algún sitio anterior al idioma.
El hombre estaba diciendo algo distinto de lo que pensaba.
No sabía sobre qué. Solo que no cuadraba.
Sintió el hueco después — pequeño, preciso, el coste de siempre.
Miró la caja. La tela aceitosa. La forma que dibujaba la tela por encima, inconfundible una vez que la veías.
No hacían falta las palabras.
Fusiles.
Ada estaba comprando armas.
Inés se pegó más a la pared. Respiró despacio. Desde más adentro llegaba el rugido de la pelea de gallos.
Ada tenía razón. Lo había dicho en Ponapé: necesitamos empezar a armarnos.
No era una sorpresa. Era Ada siendo justamente Ada.
Inés se dio la vuelta y salió por la cortina antes de que nadie la viera.
Cándido seguía en la misma esquina donde lo había dejado.
— ¿De vuelta? — preguntó.
— De vuelta — contestó Inés sin poder ocultar su agitación.
Cándido soltó el grito. El caballo salió disparado.
Inés se agarró a la barra astillada y cerró los ojos.
Ada comprando armas. En Quiapo. En la trastienda de una gallera. En Manila en el verano de 1896, cuando los pasquines del Katipunán aparecían en las paredes y los soldados paraban carruajes sin motivo y cualquier cosa podía convertirse en cualquier otra cosa muy deprisa.
Si la descubrían no sería una chica de dieciséis años con un recado de Ponapé. Sería una extranjera con armas ilegales en una ciudad que estaba aprendiendo a desconfiar de todo el mundo.
Cándido dobló una esquina a una velocidad que no era para nada razonable.
Inés mantuvo los ojos cerrados hasta el puente.
Llegó a Santa Filomena con el sombrero torcido y el vestido con una mancha de pimienta en la manga que no sabía cuándo había pasado. Se asomó al jardín.
Mal seguía con Pilar. Tenía el pincel en la mano y en el papel, junto a las buganvillas de Pilar, algo que podría haber sido una flor o podría haber sido una concha o podría haber sido cualquier otra cosa — informe, intenso, colorido, completamente suyo.
Pilar lo miraba con una expresión que Inés no supo leer del todo.
— ¿Qué es? — le preguntó desde su caballete, señalando el papel.
— Lo que recuerdo — contestó Mal.
Inés se sentó en el banco del jardín sin que ninguno de los dos la viera. Pensó en Ada. En las cajas. En la tela aceitosa.
Ada y Leilani llegaron media hora después, con las caras de quien ha tenido una tarde productiva de recados aunque solo cargaran una caja.
Ada la miró un segundo.
— Cara rara tienes.
— Es el calor — se defendió Inés buscando algún espejo alrededor que, por fin, le descubriera cómo era esa cara que ponía y que debía resultar tan evidente.
Ada, aparentemente satisfecha con su respuesta, entró en la residencia.
Inés se quedó en el jardín un momento más, con el ruido de Manila entrando por encima de la tapia y el olor a pimienta todavía en la manga.
Luego entró también.